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Blues Nocturno (Historias que vuelan, Historias de Escribanía).
Varios |
05.12.14
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Sinopsis

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Blues Nocturno

La noche está tan bella, llena de luces azul claro de las farolas, que la ciudad parece manar una especie de blues (que en inglés significa alma). Sinceramente, le falta algún instrumento de viento, como un saxofón, el cual le dé una sensación más clara de ese blues; así, se respiraría éste por otro sentido, lo desbordaría todo como agua de una fuente con mil chorros. Creo que como pensaban esos ñoños y antiguos románticos, hacen falta todos los sentidos para comprender; y aquí, es lo que me parece que se necesita: más sentidos, más formas de llegar hasta ahí, por los que creo se me introduce el blues por los ojos, derritiéndose la realidad y fundiéndose luego sentimientos y realidad.

Esto me recuerda a ti. Aun lejos tú, la mente te me trae por culpa de estas impresiones, las que tengo la impresión vienen de todos los sitios, incluso donde menos me lo espero. Te echo en falta, sí, y me suena tan empalagoso, yo que he despreciado “estas cosas”; me provocan la misma atracción, las ganas de recordarte, blues, la magia de ésa que no creo y hace que vengas. Traerte hasta mi mente, a este lugar de blues.

Yo, que he sido un solitario per se, un lobo solitario en esencia, ahora me siento solo, incluso en esta multitud, que sale a la noche, de negra y oscura alegría, esa alegría desenfrenada y caótica. Y eso, en un lobo solitario, es como para un lobezno no encontrar a la loba que le amamantase, como si a Rómulo le hubiera dejado aquella loba de la leyenda solo en la oscuridad de un inmenso bosque, lleno de ruidos de animales y del ambiente.

Si pudiera iluminarse el alma, como lo hace la ciudad, yo sería como uno de esos focos que funcionan con luz solar, que casi no consiguen iluminarse a sí mismos. Apagado, prácticamente. Yo, un borrón en medio de una fuente de luz, que chisporrotea rayos acuosos de vida. Y tampoco dentro de mí encuentro esa luz que quisiera poder expulsar, por mi boca, ese agua, ese blues, como aquellos focos, y llamar la atención al igual que esas niñas de veintitantos, vestidas de negra-oscuridad, con sus faldas y medias, y con esos aires de comerse la noche hasta con la piel, con sus coños incluso diría —como agujeros negros… de libido creador y destructor— (bajo esas luces intensas de las discotecas, calentándolas, creyéndolas protagonista de una historia).

Ojalá, y no me apetece, ni tengo ganas, ¡no tengo fuerzas!, ni siquiera para desearlas; no podría atraparlas, como en ese relato de Bécquer con aquella mujer que no existía, ni podría fundirme en ese deseo falso de sus pieles, que me parecerían frías, ni con esas piernas, sus manos, sus brazos, y sus cuerpos en general; no podría follarlas, para casi hasta quererlas hacer el amor, lo que quisiera contigo, devorarlas enteras buscando algo de debajo de la puta piel, que de tanto protegerla, y sí, ese muro epitelial de sensibilidades y deseos es… tan rico, pero luego no es nada, no lo siento de verdad, ¡no siento lo que hay debajo!… Ahí no hay blues. Y se me mezcla la rabia y el deseo, las palabras y los sentimientos.

Ojalá conocieras estos pensamientos; qué es lo que quiero de ti. No sólo un cuerpo, ni tampoco esas mariconadas con que muchos poetuchos farfullan como alma y ni saben lo que es realmente.

Cuando la ciudad parece enmudecer, pero en realidad grita (en los garitos, en los telecomida basura o en los restaurantes, con los últimos que cenan y salen tarde), uno siente una especie como de ambiente simbiótico. La gente parece movida por “algo”, que parece igual en todos; pero luego es “diferente” en cada uno, como si el conjunto fuera una explosión de colores, iguales, o de colores sólo diferentes en sus matices, o en otros casos distintos colores pero que se complementan en la oscuridad. Yo, creo ser por primera vez, o mejor dicho, tengo conciencia de un color; un fuego artificial que sale errado, que explota mal y disgusta a todos; y siempre he amado forma parte de esa fiesta de la noche, eufórica, desbordante… Ahora entiendo el blues de la noche. Cómo y por qué es tan triste una estrella en un mar de oscuridad para los poetuchos. (Yo debo ser un estrellado: pide un deseo.) No, son tonterías. En realidad, si fuera una estrella, una como yo, nadie la pediría un deseo ni la escucharían. Ni creo, merece la pena, con todo este mundo que hay, lleno de tristezas, desolación y destrucción…

Por mucho que lo intente, esta noche será para mí una noche de blues: un sonido de saxofón en el silencio al que nadie le importa en esta orquesta festiva.

Y mientras, aun así, mientras suene, aunque no quiera pensaré en ti.

Maldito blues de la noche. Cómo me gusta, pero cómo me jode sentirlo. Es tan destrozadamente bello. Es tan pegajoso como la melosa miel. Es como el blues del solitario que está solo a altas horas.

Sí, definitivamente, maldito blues. Maldito blues de la noche.

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