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10 min
Bolsas negras
Suspense |
16.05.15
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Sinopsis

John Carmack cena con su familia una noche como cualquier otra en Victoria. Hombres como Carmack son llamados Bolsas negras, su trabajo, hacer lo que la administración ordena. Sin preguntas, sin respuestas.

Bolsas negras

Al señor Carmack le gusta la carne a medio cocer. Le agrada el sabor, la textura y la sensación que solo ese término le da al momento de sentir como mientras machaca la carne con sus dientes, un poco de sangre se libera en su boca. Hace presión con el tendedor, corta con el cuchillo, disfruta de la carne. Toda la familia esperó por él para cenar, inclusive los perros aguardaron por su comida. Ya es entrada la noche, los niños llevan horas hambrientos, pero en esa casa todos esperan por el señor Carmack.

Las puertas del comedor se abren de tanto en tanto interrumpiendo el sonido de los cubiertos. Conociendo la rutina entran y salen los sirvientes trayendo comida y llevándose los platos vacíos. Todos ellos eficientes, acostumbrados a las formas de la familia Carmack, ven su labor como un salvoconducto que los protege del implacable orden de la ciudad Victoria. No obstante hay otros que preferirían tirar a su familia desde lo alto de un edificio, para luego lanzarse ellos, antes de tener que vivir bajo el techo de un Bolsa Negra.

-John ¿Cómo estuvo tu día?- Pregunta la señora Carmack después de finalizar su pequeño plato de estofado de verduras.
El señor Carmack voltea a verla mientras sigue masticando, su mirada es penetrante. De un extremo de la mesa al otro, ambas figuras contrastan. Aveline Carmack es muy delgada, de cara alargada y con ojos cansados; sin embargo su cabello castaño es tan impresionante como un otoño andante. John Carmack en el otro extremo, es un toro. Hombros anchos encuadran su torso y sostienen una cabeza cuadrada y calva. Su estatura es equivalente a su musculatura. Traga la carne masticada antes de responderle a su esposa, vaya que le encanta el término medio.

-Un día más en el paraíso- Dice extendiendo su largos brazos a lo ancho. Por cierto Dona, Héctor, en el recibidor dejé los regalos que me pidieron. Pueden abrirlos cuando nos levantemos de la mesa.
Ambos niños sonríen. La niña es una mujercita de 15 años que quiere parecerse a su madre en todo, inclusive en las cosas que son peligrosamente dañinas para su salud. Héctor se siente confundido en la escuela cuando los monitores hablan de sexualidad, dentro de un par de años tendrá problemas por eso.
Un hombre de tez oscura entra al comedor por la puerta que lleva a la cocina. Se acerca con respeto hasta el lugar en que ocupa la señora Carmack en la mesa y con meticulosa distancia se acerca a hablar con ella.
-Señora, los cocineros se preguntan si necesitarán algo más por esta noche. ¿Galletas con miel? ¿Terrinas? ¿Panecillos dulces?
-No será necesario Malik, todo está bien.- Responde Aveline Carmack siendo la única que parece notar la presencia de Malik. El resto de la familia sigue con la tarea de finalizar sus platos.
-Excelente señora- Dice Malik. Antes de marcharse parece recordar algo más. –Una última cosa señora Aveline- Continua. Se integró un nuevo elemento a nuestro grupo de trabajo, Michael es joven, pero aprende rápido y es eficiente.
La señora Carmack arquea la ceja en señal de sorpresa, pero luego regresa la vista hacía su copa de vino. -¿Cómo está tu gente Malik? ¿Todo en orden?-
-Todo en orden señora.
-Me alegro entonces, eso sería todo.

Cuando Malik sale del comedor por la misma puerta por la que entró, John Carmack termina de cenar. Sus hijos son los que parecen comer a marchas forzadas. En el plato de Dona la comida no sube a su boca y los bocados que engulle Héctor parecen no terminar jamás.

-Esta mañana recibí un aviso por parte de los monitores- Anuncia el señor Carmack. Toda la familia voltea a verlo discretamente. Las ganas de comer incrementan para Héctor y Aveline disimula un trago profundo a la copa de vino. –Ubicaron a un elemento subversivo, necesitaban que le diéramos una visita.
Toda la familia a excepción del señor Carcmack guarda silencio. Esta sería una de esas noches en las que sería difícil para los niños no tener pesadillas y Aveline necesitaría una de esas pastillas que pintaban como el próximo remplazo del Prozac.
-Cuando llegamos al lugar todos hicimos lo que nos correspondía: Kilo sedó a los vecinos con el gas, Victor derribo la puerta, Lima cortó la electricidad y papá Charlie neutralizó a los escandalosos. Si no hubieran gritado solo hubiéramos tenido que dormirlos, no llevábamos suficientes bolsas pequeñas, tuvimos que meter a dos de ellos en una. Encontramos al subversivo debajo de una cama en el cuarto del fondo, no debía de tener más de 30 años, era un chiquillo todavía.

Aveline había vivido con John mucho más tiempo que el que lo han hecho sus hijos. Ella sabe hacía donde va el relato y a pesar de que en cualquier otra circunstancia no permitiría por ninguna razón que dos niños escucharan algo así, ella se encoje dentro del sabor del vino, esperando que llegue un momento en el que simplemente deje de importarle. Sin embargo sabe que antes del final, escuchará lo que John Carmack hizo, siempre lo hace.

-Lo sujetamos al marco de una puerta con uno de esos nuevo aparatos que nos entregó Inteligencia la semana pasada. Podía sentirse el olor a carne quemada que soltaban las muñecas de ese tipo, chillaba como un animal. Victor lo interrogó durante horas. No dijo ni una sola palabra. Antes de caer la tarde Lima me informó que habían encontrado a un niño escondido en un armario, el niño preguntaba por su papá. Cuando el sol se metió hice lo que tenía que hacer, él no estaba dándonos nada. Tomé al niño y lo alcé hasta la altura de la cara de ese hombre. No tengo idea de si era su hijo, o de dónde diablos venía; pero cuando él pudo abrir los ojos lo suficiente como para verlo, no volvió a cerrarlos. Le pedí una y otra vez que nos dijera lo que necesitábamos ¡Una y otra vez!

El color del rostro de John Carmack era rojo. La clásica imagen del hombre iracundo, tan común y corriente como espantadora y amenazante. Él seguía estando en cuerpo sentado en el comedor de su casa; pero su mente se encontraba sosteniendo a un niño frente a un hombre golpeado y mutilado quien se rehusaba a confesar su deserción.

-Tomé mi cuchillo y lo acerqué a la oreja del niño.- Dijo Carmack haciendo el gesto con el mismo cuchillo que había utilizado para cortar su carne. –Le pregunte al tipo si estaba dispuesto a sacrificar al niño por un montón de mierdas que tarde o temprano acabarían igual que él. El hijo de puta no dijo nada, sol balbuceó sin sentido hasta que Kilo le rompió otra costilla. Ya estaba cansado, solo quería salir de ahí y venir a cenar con mi familia, así que empecé a cortar. Lentamente al principio mientras Victor y Lima sostenían al niño. La oreja está hecha de cartílago, no lo recordé hasta ese momento. Nunca había escuchado a alguien gritar de esa manera. Mientras cortaba volví a preguntarle a ese desgraciado si no pensaba hablar. Él abría la boca, pero no escuchamos nada más que los gritos del niño. Mi uniforme está empapado de sangre en la camioneta. Cuando terminé de cortar la oreja la metí dentro de la boca de ese mierdas y lo golpeé en el estómago una y otra vez.

Antes de perderse en el sopor etílico Aveline Carmack  da un último vistado a sus hijos. Dona ya no es virgen y lo sabe, encontró las pastillas mientras limpiaba su cuarto. Si se casa con un hombre rico su vida estará solucionada; pero por otro lado está Héctor. Ese chico tiene un problema, algo está mal con él. Malik se lo dijo rogándole por qué no lo echaran de la casa. Héctor guardaba en su armario fotos de escenas como en las que trabajaba su padre y hacía cosas horribles con ellas. Si algún día su padre se enterara, no sabría cómo reaccionaría, pero trata con todas sus fuerzas de alejar de su cabeza la imagen de las bolsas negras.

-¿Saben dónde está la gracia de todo esto?- Pregunta el señor Carmack con esa voz que pocos están acostumbrados a oír. No es alguien de muchas palabras, pero su voz es como la de cualquier otra persona, no hay nada de mítico o amenazante en ella. –Con el niño desangrándose en el suelo y el hijo de puta ahogándose en su sangre, recibimos una notificación. El equipo de Sanders había encontrado al sospechoso, esa no era la casa del disidente. Ese lugar era uno de los guetos de la administración para indeseables: Huerfanos, invalidos, descapacitados. El hombre con el pulmón perforado era mudo. Teníamos a un puto mudo con la oreja de un niño metida en la boca. ¿Pueden creerlo? Saqué el revólver y los maté. Dos tiros y estaban muertos. Los de limpieza están lavando el lugar en este momento, pero eh, los bolsas negras hicimos nuestro trabajo.

Carmack no se había dado cuenta de que durante todo el tiempo que había estado hablando, masticó un pedazo de carne invisible dentro de su boca. Movió los dientes de arriba abajo, creyendo que con cada machada, un poco de ese corte término medio se deshacía en su boca. Un poco de sangre por aquí, un poco de sangre por allá. Aveline ya estaba ebria y no le importaba lo que su esposo dijera, de cualquier modo y quisiera o no, él tendría sexo con ella más tarde. Dona quería vomitar, pero no porque le diera asco lo que su padre acababa de contar, sino porque quería verse igual de delgada que su madre. Héctor tenía una erección.

-Pueden levantarse. Hijos, sus regalos están en el recibidor. Los quiero.

Los niños se marchan de prisa buscando los regalos que su padre les trajo. Los sirvientes entran en silencio a llevarse los platos que la familia dejó en la mesa. Aveline Carmack mira a su esposo en el extremo opuesto de la mesa y consiguiendo un momento de lucidez logra concretar una pregunta que su curiosidad la obliga a hacer.
-¿Quién era?- Pregunta Aveline intentando referirse al nuevo sirviente que entra en el comedor

John Carmack abre la boca para responder pero se ve interrumpido por la notifiación que acaba de llegar a su dispositivo. Mira la pantalla y observa los datos: Hombre, joven 17-23 años, altura promedio, piel oscura. Nombre sospechado: Michael Buhari.

-Un donnadie, era un donnadie.

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