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7 min
Borrones en la barra
Reales |
26.07.17
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Sinopsis

Hoy os traigo el día a día de Diego, barman de un bareto heredado de su padre hacía un par de años. Aunque a veces duda, en el fondo ama su trabajo.

Estaba de pie, sirviendo las copas de los pocos que quedaban. Mi bar “El campeador” era uno de esos sitios a los que no llevarías a tu familia a comer. Ni tú irías allí a comer. Estaba decorado con estatuillas medievales, escudos de armas, espadas, manguales y hasta una armadura medio oxidada al fondo del local. Las paredes semejaban la roca porosa amarillenta del interior de un castillo del Medievo. Las armas no parecían tener ningún orden a primera vista. Tampoco disimulaban que mi bar parecía más bien un antro: sucio, oscuro y apestaba a cigarro.

-Diego, un tirito –Me dijo con compadreo mi mejor cliente, Miguel-. Ya son más de las tres y me estoy durmiendo con tu puta música de ascensor. Y una cañita de paso que tengo sed.

-Aquí va –Le ofrecí una dosis de medio gramo de cocaína, ya la tenía, era lo normal aquí- ¿Va fiado a tu cuenta?

-Claro tío, ya a fin de mes te pago lo que falte –Me dijo Miguel entre risas mientras empezó a sacar la cartera, buscó un billete, lo enrolló y se esnifó la mitad. Empezó a toser un poco y tras un par de minutos en silencio terminó de meterse lo que le quedaba-. Está buena –Me dijo, y se lo agradecí-.

Era una noche tranquila en “El campeador”. Miguel ya se veía más animado. Llevaba unas horas decaído bebiendo y mirando hacia el suelo. Sin decir más que masculleos azarosos. A la izquierda de Miguel, en la barra, estaba Carlos. Era padre de dos, un niño de tres años y una niña de nueve, pero disfrutaba recreándose en la barra del bar. Alcohólico de profesión.

- Diego, estoy cansado –Me dijo Carlos con frialdad, notaba algo extraño en su voz-. No la aguanto más.

- ¿Hablas de Luisa? –Ya sabía por dónde iba a salir, todas las noches viene aquí a emborracharse y hablar mal de su esposa. Luego volvía borracho a casa, levantaba a su hija para obligarla a ver la tele con él. Quizá pensara de verdad que aquello era lo que debía hacer de verdad un buen padre-.  

- Sí, Diego. No la aguanto, volví a casa, como de costumbre y fui para ella. Intenté besarla. No se dejó –Iba haciendo pausas constantes, aunque como cada noche, tenía claro por dónde iba a salir con su historia-. Así que la tiré a la cama de un empujón, le metí bien fuerte en la cara y me bajé los pantalones.

- ¿Te la follaste? –Le anticipé la historia-.

- Desde luego. Es mía ¿No? ¿Acaso no puedo hacer lo que quiera con ella? –Empezó a alterarse, así que decidí que lo mejor era darle la razón como a los locos y sugerirle una nueva copa-. Pero hoy, Diego, al intentar abrir la puerta… vi que mi llave no entraba.

- ¿Luisa te cambió la cerradura? –contesté, era fácil adelantarse a sus historias-.

- Sí, esa puta hizo llamar a la policía, al parecer ahora tengo una orden de alejamiento. ¿Sabes qué? Que a la mierda. Mañana la mato –Carlos empezaba a alterarse cada vez más, consigo mismo, con todos-.  

- ¿Un tirito? A ver si te despeja la mente –Le ofrecí medio gramo, igual así se le quitaba el mono, llevaba una semana sin esnifar. Al menos no en “El campeador”-.

Pasarían tres horas más hasta que cerré, eran las seis. Carlos no paró de beber en todo lo que quedó de noche. Llenó el suelo de vómito mientras Miguel le reprochaba que era un tipo repugnante. Se levantaron la voz, pero poco más. También entraron unos críos viniendo a por unos chupitos y tal como entraron, tomaron una ronda y se marcharon. Fue una noche muy tranquila.

Llegué a mi cuarto tras un viaje bastante inquieto. Me sentía mal por Luisa. Se me removió algo por dentro, me hizo sentir. Pero no sería hasta que cerré los ojos que la vi. La recordé como si fuera ayer. He aquí mi sueño, mis imágenes en la noche:

Sobre el frío césped nos posábamos bajo las estrellas suicidas ¡No dejaban de estrellarse! La luz, alimonada y crepitante, nos mantuvo en un sutil trance mágico que nos transportó a otra dimensión. Pensaba que eso de viajar a otro mundo era solo ciencia ficción... ¡Qué equivocado estaba! Cuando nos quisimos dar cuenta estábamos flotando, cogidos de la mano, entre las estrellas, envidiando su inmortalidad. Ella. Yo. Volando tumbados, resoplando y sin poder contener más la sonrisa. Esa preciosa curvatura que formaban sus labios, esos dulces ojos del color del caramelo que me llevarían a la perdición más remota.

Ese instante, rodeado de luces fantasmagóricas, me hizo olvidar por completo quien era, quien fui y quien quería ser. Paró el tiempo. Colapsó mi mente y se grabó el recuerdo como quien marca al ganado con hierro ardiente en el trasero. Recuerdo obsesivo, irrepetible y efímero que, espero, me persiga el resto de mi vida. Tú, ¿Cómo pudiste crear un recuerdo tan hermoso sin quererlo? Sin esforzarte.   

Por momentos así merece la pena vivir. No debemos culpar a la mente de rememorar el pasado sino agradecer que no ha olvidado. Ama momentos, experiencias y sensaciones. Viaja a otra dimensión antes de tirar la toalla. Siempre estuve enamorado de ella.

Sonó mi alarma, era la una y media de la tarde. Me desperecé y fui a hacerme algo de desayunar. No encontré más que algo ligero: media tostada y algo de mermelada. Encontré también un huevo duro y algunas rodajas de tomate en el frigorífico, no dudé en combinar todo y hacerme un buen desayuno –sí, desayuno a las dos de la tarde-. Me di un duchazo. Y encendí la tele.

Tras una serie de programas estúpidos sobre gente arreglando vestidos de novia, tartas y vendiendo basura de segunda mano seguí haciendo zapping. Puse las noticias en el canal local. La primera noticia era sobre la muerte de unos tipos que cruzaban el mar en patera, la segunda más sobre corrupción, la tercera un análisis del terrorismo… En la cuarta estaba Carlos. Encapuchado y sujetado por la policía. Era una noticia de última hora. Había matado a sus dos hijos. Los encontraron estrangulados. Al parecer llamó a la puerta a las siete de la mañana, mientras Luisa estaba en el baño preparándose para ir a trabajar. Su hijo pequeño abrió la puerta, dejándole entrar. Decidió entrar, asesinó con sangre fría a sus dos hijos y en un acto de terrible crueldad dejó viva a su esposa ¿Cómo se suponía que debía vivir a partir de ahora? Apagué la tele, me vestí y salí a la calle. A mi querido bar.  

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  • Creo que esta parte, los guiones, esta mal. Segun yo no van asi, seguro me equivoco. Creo que son demasiados: -Claro tío, ya a fin de mes te pago lo que falte –Me dijo Miguel entre risas mientras empezó a sacar la cartera, buscó un billete, lo enrolló y se esnifó la mitad. Empezó a toser un poco y tras un par de minutos en silencio terminó de meterse lo que le quedaba-. Está buena –Me dijo, y se lo agradecí-. Mata a los hijos??? mmmm… no se. No me imagino a ese personaje haciendo eso. Matando a la esposa si, pero no a los hijos. Talvez si lo pintaras asi desde antes. Siento que no encaja. Estaba enamorado de Luisa? Talvez explicarlo un poco, como que estudiaron juntos o que vivian cerca. Me gusto mucho la historia, felicidades. Esta muy bien escrita y es muy entretenida.
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