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6 min
Bourbon Street #FS
Fantasía |
17.11.19
  • 4
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Sinopsis

Bourbon Street. La locura de la calle produce bochorno, no sólo por el calor de julio.

El jazz en vivo atraviesa las puertas de los locales iluminados con neones y Amelia es atraída por la llamada de los porteros de los locales que la invitan a entrar.

La noche anterior estuvo con su pareja en esta misma calle cenando en un local que tenía actuación de música en vivo y aprovecharon la happy hour con doble ración de cervezas. El barullo y la gente un poco desatada, desinibida por el alcohol, convierte el paseo en un continuo disparate, te ríes de comportamientos que en cualquier otro lugar sonrojarían al más indiferente.

Ya le han colgado en el cuello tres collares de bolitas de colores y ha tenido que apartarse de un grupo de jóvenes que, un poco achispados, la encontraron adorable.

Entra en el Larry, para encontrarse con un amigo que conoció en un curso de verano en Madrid.

Se siente extraña en ese ambiente, hay chicas semidesnudas sirviendo copas y algunas están bailando sobre la barra del bar.

—Hola, Amelia!

Su amigo se encuentra sentado en la barra, de espaldas ahora a una de esas bailarinas de streaptease.

—Hola Martin! Me alegro de verte por fin.

—Y yo! ¿Te costó encontrar el lugar? —pregunta con interés el chico.

—Qué va, he venido desde el hotel en taxi, me ha dejado en la esquina.

—Tu amigo te ha dejado salir sola por Nueva Orleans, de noche? 

—No se sentía bien... demasiado picante en la comida

Ríen de la situacion, pero Martin ve una oportunidad.

—Ven —dice cogiéndola de la mano.

—¿A donde? 

Le sonríe y coge su mano. Pasan junto al pequeño escenario con la barra vertical de baile que se encuentra  todavía vacío. Se dirige a un pasillo y se introduce en un cuarto con sofás, la música más relajante, la luz casi inexistente.

—Martin, que es esto? — 

—Psss, no digas nada y siéntate, vamos a tomar una copa tranquilos.

 

Les sirven un hurricane a cada uno que hace estragos en su estómago y en su cabeza. Hablan de cómo se conocieron, evocando anécdotas y sentimientos desconocidos hasta que Martin le hace una confesión.

—Me gustas. Desde el primer día que nos conocimos.

Amelia no sabe qué contestar y él lo toma como una invitación a continuar.

—Nunca te dije nada porque siempre estaba tu amigo con nosotros, pero el destino te ha traído hasta mi, sola, y no puedo desaprovechar esta oportunidad.

Ella continúa sin hablar. Su cabeza le dice que en realidad es así, él le atrae y recuerda que cuando se fue de vuelta a su país pensó que era una lástima que no hubiera habido nada entre ellos.

Cuando Martin la besa, con su cabeza atrapada entre sus manos, vuelve aquel deseo escondido bajo capas de adormecidas fantasías. El beso se prolonga y una lasitud en sus miembros la dejan como suspendida encima del mullido sofá.

—¿Quieres probar una sensación diferente? Hacer el amor no lo es todo... —le susurra al oído Martin.

—¿Sensación diferente? Drogas no, ya lo sabes...

—Jajaja! No querida, nada de eso. A menos que la adrenalina sea una droga para ti —responde.

Se levantan del sofá y la conduce hacia una puerta oculta en la pared. Entran en un pequeño recibidor decorado con espejos de varios tamaños y una cómoda que sostiene una pecera redonda de cristal en la que aparecen doblados varios pañuelos de colores. Martin elige uno rojo sangre y le pregunta si acepta el juego.

 

Amelia acepta, el pulso acelerado por lo imprevisto de la situación, que le excita todas las fibras de su cuerpo.

Con la venda puesta sobre los ojos, se deja guiar por la mano de su amigo.

No puede evitar preguntar: 

—¿A dónde me llevas?

—No te lo diré. Solo te prevengo que no puedes tocar, no puedes hablar y no puedes moverte de donde te deje.

—Qué enigmático! No sé si excitarme o asustarme, Martin.

—No te asustes, nada ocurrirá que no quieras —la tranquiliza. —Confías en mi, ¿verdad?

Con un beso en los labios y estas palabras de fondo Amelia oye que se cierra una puerta y después... silencio.

 

Empieza a sonar una música que conoce, y sonríe, porque le pasó el cd a Martin aquel verano. MCMXC a.D. de Enigma. Tiene unos años, pero sigue gustándole como la primera vez que lo escuchó.

Se concentra en la música. El sentido del tiempo la ha abandonado, los otros se le agudizan; una corriente de aire acaricia su espalda y se envara. Una presencia inhala su aroma detrás de su cuello y unos labios muy suaves besan el hueco bajo su oído.

Una caricia ligera que desciende por sus brazos provoca el erizamiento de su piel, en todo el cuerpo. Siente otra piel que se une a la suya por la espalda; puede notar por el tacto que no lleva camisa, aunque sí pantalones, que sujetan un miembro en su estado más completo. 

Unos labios recogen un tirante de su vestido y lo apartan dejándolo caer a un lado; el otro va por el mismo camino, haciendo deslizar su vestido al suelo.

Puede oler unas notas de madera y especias en un sutil perfume masculino y escuchar la respiración acelerada de la presencia desconocida. Sin vista ni tacto en sus manos se sumerge en las sensaciones. Un cálido dedo rodea sus labios y ella lo tantea con la lengua. Hábilmente se introduce en su boca y Amelia se embebe de él. Lo atrapa y lo acaricia, lo absorbe con deleite inesperado. Otra mano acaricia su cintura y su vientre y la presencia se desplaza a su alrededor hasta situarse en frente. Se encuentra atrapada por un vehemente  beso que la eleva a los límites de la cordura, los brazos la rodean y la acercan a su cuerpo.

—Amelia... —pronuncia su nombre Martin, con la voz ronca, mientras le descubre los ojos.

—Martin...  —le habla en susurros... —me estás torturando. Dime, ¿tengo ya permiso para acariciarte? 

—Por favor, Amelia... hazlo.

 

 

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