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5 min
Brillante locura
Reflexiones |
03.10.16
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Sinopsis

¿Locura o genialidad? ¿Mente o alma?

 

Las cortinas de los grandes ventanales de la casa de la Señora Eleonora, hoy, permanecían cerradas y tras ellas se intuía una profunda oscuridad. Bajo, en la calle, la gente andaba indiferente a lo que sucedía tan sólo a dos metros por encima de sus cabezas. Si al menos sus ojos mirasen a través de los ojos de los demás y no los sorteasen a su paso como un simple obstáculo en su camino, quizás, se habrían dado cuenta de que allí, frente a ellos, en su mismo plano de movimiento, había alguien a quien le sobraban varias piezas de un gran puzle y le faltaba una de las más importantes en esa plaza.

—Tía Cris, ¿es aquí donde contaban cuentos?—Me preguntó extrañada Sofía con su dulce vocecita. Cuando entreabrí mis labios para contestarle, de pronto la vi. Supe al instante que hoy no habrían cuentos de hadas, ni títeres, ni risas. Aun así, mis piernas, guiadas por mi corazón, me llevaron hacia ella, aunque mi cerebro, escarmentado de tantos palos, me advertía que no lo hiciera. Conmigo el corazón siempre gana al cerebro, y él lo sabe, pero lo intenta, y me sigue a regañadientes. Mi sobrina también me sigue, pero porque su cerebro anda medio dormido, y su corazón tiene hambre de cuentos.

—¿Eleonora? ¿Se acuerda de mí? Soy la hija de Susi, la de la antigua panadería— Digo con cuidado, reclinándome hacia ella y apoyando mi mano sobre su hombro. Me fijo en sus manos, perfectamente entrelazadas. Sus labios están en forma de sonrisa antes incluso de pronunciar una palabra, antes incluso de que me hubiese visto, y me produce tanta ternura que tengo un nudo en la garganta. Maldito corazón endeble.

— Hola cariño, ¿Cómo estás?— Me contesta sin más. Como si no hubiesen pasado diez años desde la última vez que nos vimos. Como si nunca antes hubiésemos compartido carcajadas, como si fuera una viandante más, como si no me conociera realmente.

—Muy bien—Contesté titubeante—Ahora estoy viviendo en Madrid, pero bueno casi nunca estoy en casa porque mi trabajo me obliga a viajar mucho. Estaba de vacaciones y recordé que hoy era su cumpleaños, y le dije a mi sobrina que le traería hasta aquí para que escuchara el cuento que solía preparar para su aniversario…Pero veo que las cortinas están cerradas, ¿No hay cuento este año?
Eleonora fijó su mirada en Sofía y con una cada vez más triste sonrisa le dijo:

—Lo siento mucho cariño. Esta vez no se me ha ocurrido ningún cuento, y mira que llevo todo el año pensando en él, pero no hay forma. Nunca me importó que cada vez hubieran menos niños mirando hacia mi ventana, con que hubiese uno sólo esperándome, abría el telón y actuaba para él como si lo hiciese para el mundo entero. Pero los últimos años ya no había ninguno y quizás, por eso perdí mi fuente de inspiración y con ello lo perdí todo. Ya no tengo fuerzas ni ilusión para nada.

—Vamos Eleonora, si su magia es innata, no puede haberla perdido del todo— dijo mi cerebro, al ver que mi corazón callaba o rompía a llorar. Me sentía culpable. Culpable por no haber ido a verla, por no haberle ayudado a cumplir su sueño, por no haber propagado por todos los rincones del mundo en los que había estado que existía un ser brillante que relataba los mejores cuentos jamás contados desde un peculiar escenario.

—Siento mucho que hayáis venido hasta aquí para nada hijas. Os agradezco la visita de todos modos—contestó Eleonora sin perder su sonrisa.
Sofía que había estado callada observando la situación, libre de prejuicios y llena de sinceridad preguntó:

—¿Cómo lo hace? ¿Cómo puede sonreír todo el rato si está triste? Yo no sé. ¿Es eso magia?
En mi cerebro se produjo entonces un cortocircuito de tal calibre que no tuve tiempo siquiera de buscar por donde andaba mi corazón para frenar la previsible hecatombe. Durante treinta largos segundos nos mantuvimos en silencio. Yo con un sinfín de herramientas inservibles buscando una solución a mi muerte cerebral dando por perdido en la batalla a mi frágil corazón. Sofía mirando sin tregua a los ojos de Eleonora, esperando impaciente una respuesta. Y Eleonora, mirándonos sin vernos.


De pronto, sus ojos comenzaron a brillar de la misma forma que lo hacía su sonrisa. Como si se hubiesen reencontrado después de andar años perdidos.

—Me acabas de dar una idea grandiosa pequeña granujilla. Creo que ya tengo un pequeño cuento a la vista.
Sofía le devolvió la sonrisa y entre aplausos le señaló la ventana.

—¡Que se abra el telón!—gritaron las dos entusiasmadas. Y en ese grito me recompuse la mente y ensanché el alma de tal forma que me convertí en niña de nuevo, me senté en el suelo junto a Sofía y escuché con emoción un maravilloso cuento de sonrisas perdidas.

Pronto vinieron a mi mente escenas y relatos del pasado y me di cuenta de que fue mi cerebro el que confundió la brillantez con la locura, el que guardó en una caja olvidada al fondo de mi memoria, la luz que algunas personas irradian conforme te acercas a ellas. Esa luz que no lleva fórmulas matemáticas, esa que sólo es visible, cuando miramos con los ojos del corazón.

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