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65 min
Buscando Inspiración.
Terror |
17.05.15
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Sinopsis

Peripecias de un escritor para crear una historia de terror.

BUSCANDO INSPIRACIÓN

FERNANDO EDMUNDO SOBENES BUITRÓN

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

ABRIL, 2015

            Acompañado por la soledad y el silencio, me hallaba en el estudio de mi casa estrujando mi cerebro, tratando de que fluyeran las ideas  para liberar a mis imaginarios demonios; fantasmas y monstruos que —según mi entender—trataban de salir de su prisión humana, ansiosos por contar sus perversiones y malignidades — entre otras historias escalofriantes— y volarían prestos con fluidez a  mis manos poseyéndolas. Utilizándolas como intérpretes de sus más perniciosos, tenebrosos y sacrílegos deseos. Trayendo consigo todo el horror; perversión, miseria y crueldad que es capaz de residir en la mente humana, teniendo como freno solo la capacidad de su imaginación.

            Sentado en el sillón de cuero negro del escritorio frente al ordenador; mis dedos se mantenían en alerta sobre las clavijas aguardando la orden de mi mente, para  empezar a presionar los botones  ansiosos de ser acariciados por mis yemas y así llevar a cabo la familiar  melodía: el monótono tip, tap, tip, tap…, que indicaba cómo iban llegando las ideas, produciendo un cuento. Una historia que llenara mis expectativas literarias; más hasta ese instante, continuaban inmóviles. Los pulgares descansaban inertes sobre el armazón de plástico gris y el resto de los dedos seguían estirados como alas de una mariposa de carne, cubriendo parcialmente el teclado.  Los impulsos eléctricos emanados por la parte superior de mi cuerpo aún no transmitían un mensaje adecuado  que les indicase cuál de éstos debía ponerse en acción y así, transformarse en palabras que dieran sentido a lo que trataba de hacer. La pantalla cuadrangular blanca continuaba impertérrita devolviéndome la mirada como si se burlara de mi falta de ingenio, que me impedía plasmar algo coherente. Al menos una oración, una frase, tan solo una miserable palabra que ayudara a mi musa a escapar de su cárcel; del terreno yermo, de la mazmorra oscura y vacía en que mi creatividad se había transformado.

            No conseguía ponerme en contacto con mis demonios, ni ser espeluznante alguno. Al parecer no los podía escuchar; se hallaban dormidos o simplemente  no tenían deseos de narrarme algunos de sus blasfemos y deletéreos cuentos. Ni siquiera un maldito fantasma atinaba a pronunciar un triste: Buuuu… o arrastrar cadena alguna que, con su ruido metálico y escalofriante, me hiciera reaccionar. ¡No se me ocurría nada…!

            Word me mostraba su rostro pálido, anodino e inanimado en una guisa de ironía silenciosa; retándome a llenar su hambre de letras y palabras, mediante la pequeña raya vertical que aparecía de manera intermitente en la parte superior izquierda de la interfaz electrónica, al ritmo de las pulsaciones de mis venas de una manera acompasada y sin detenerse. Ese diminuto símbolo, hacia mofa de mi ausencia de ideas y podía escucharlo claramente diciéndome al oído, mediante un susurro cargado de sorna:

            —No puedes. No tienes talento, no puedes, no puedes….

            Traté de eliminar esas ideas y eché mi cabeza hacia atrás cruzando mis brazos sobre el pecho, comenzando a observar el techo del despacho. A través del tragaluz de vidrio, me percaté que algunas gotas provenientes del cielo iban aterrizando sobre la cúpula semitransparente y se deslizaban con lentitud, descendiendo a lo largo de sus paredes de cristal en un aburrido peregrinaje hasta el techo de mi vivienda. Así me mantuve por unos segundos, hasta que por fin  aquella ligera y relajante llovizna cesó; por lo cual volví la mirada hacia el monitor entretanto, el cursor me ofrecía una vez más su guiño sardónico y desafiante. Descorazonado, me levanté del asiento y decidí por fin alejarme de casa para buscar algo de inspiración.

            Una vez afuera pude comprobar que las calles se hallaban prácticamente vacías —algo normal ya que era domingo por la tarde—. El cielo aún continuaba  opaco y los rayos del sol lo atravesaban precariamente. Para mi sorpresa, como por arte de magia, unas hermosas  líneas curvas multicolores habían surgido dando vida al lienzo melancólico e inanimado en que se había transformado el firmamento, atravesando la ciudad;  empezando por el lado derecho del lugar donde me encontraba y culminando hacia el otro extremo, allá en la distancia.

            —«Después de todo—me dije—ha sido una buena idea salir a despejarme…»

            Sin perder tiempo, subí a mi vehículo y tomé rumbo hacia donde creía que finalizaba aquel fenómeno natural. Lógicamente sabía que no iba a llegar hasta ahí, pero quizás el recorrido me ayudaría a que algún tipo de iluminación me alcanzara. Que surgiera de pronto una epifanía que me diera luces  para superar el bloqueo mental en el que me hallaba. Seguí manejando por las calles hasta llegar a la autopista. Algunos automóviles circulaban a través de aquellas vías de asfalto gris desplazándose en sentido contrario, mientras iba dejando atrás a los pocos que transitaban en la que me encontraba.

            Como autómata conducía el coche sin reparar en lo que tenía a mí alrededor. Me devanaba los sesos tratando de hallar esa historia; esa ilación de eventos que se convertirían en algo coherente y quizás, interesante. Más allá, unos grandes conos de plástico con franjas circulares de color naranja y blanco rematados por intermitentes luces amarillas bloquearon mi trayecto, y un letrero luminoso verde con letras blancas indicaba que la vía estaba cerrada, siendo obligatorio tomar el camino que se abría hacia la derecha; por lo cual giré en ese sentido para así continuar avanzando sobre aquella angosta carretera de una sola dirección.  Presioné el botón de encendido del reproductor de discos compactos y de inmediato fui sorprendido  por aquel maravilloso y casi sobrenatural retumbar de tambores y trompetas, en unión de un coro de ángeles y demonios—compuesto por voces masculinas y femeninas—, entonando las primeras hermosas y escalofriantes líneas de la poderosamente sobrecogedora: “O Fortuna” perteneciente a la colección “Carmina Burana”, del compositor alemán: Carl Orff que decía

“O Fortuna…  (O fortuna…)

velut luna,… (como la luna,…)

statu variabilis” (variable de estado”)

semper crescis (siempre creces)

aut decrescis; (o decreces;)

vita detestabilis (Que vida tan detestable)

            Era imposible para mí mantenerme indiferente  ante aquel despliegue de majestuosidad y misterio. Podía sentir como los vellos de mi cuerpo se levantaban al unísono al escuchar la combinación de instrumentos de percusión; viento, cuerdas y demás que, aunados a las voces de tenores, sopranos y barítonos ejecutaban la soberbia  y enérgica melodía cargada de suspenso. Llevándome a diversos lugares, haciendo volar mi imaginación...

“...Hac in hora  (“…En esta hora)

sine mora   (sin tardanza)

corde pulsum tangite; (toca las cuerdas vibrantes;)

quod per sortem  (porque la Suerte)

sternit fortem, (derriba al fuerte,)

mecum omnes plangite!” (Llorad todos conmigo!”)

 

            Veía la carretera pero no estaba concentrado en ella. Mi mente alzó vuelo y  viajaba creando las más fantásticas visiones estimuladas por aquella música, que parecía haber sido la llave que por fin, me ayudó a dar rienda suelta a las historias que tanto me costaban encontrar.

             Entretanto proseguía mi marcha por la carretera, imaginaba un  antiguo y abandonado cementerio, conformado por derruidas cruces de piedra cubiertas de moho y tierra, en donde el suelo estéril y árido no permitía que vida alguna floreciera. Allí estaba yo;  enterrado en una fría  tumba, acompañado solamente por gusanos y otros insectos que se habían servido de mi cuerpo, consumiendo mi carne muerta. Y ahora, con el paso del tiempo me había convertido solo en un montón de huesos secos y descoloridos; tratando de huir de aquella tumba miserable golpeando el techo de mi carcomido ataúd, tratando de volver a la vida…     

            No me percaté en qué momento concluyó la música. Estuve divagando el tiempo que duró al opera completa  alejándome de la ciudad, al tiempo que el arco iris se convirtió en un recuerdo; del mismo modo que la claridad del día iba desvaneciéndose y ahora el atardecer anunciaba la inevitable llegada de la noche. Como una exhalación transcurrieron casi dos horas desde que salí de casa y debía continuar por el improvisado camino hasta encontrar una salida que me permitiese tomar el rumbo  de vuelta a mi hogar. Al vehículo le quedaba un poco más de medio tanque de gasolina por lo que no tendría problemas;  al menos, por el momento. Supuse que en cualquier instante encontraría otra ruta que me permitiría regresar o hallar antes una estación de gasolina donde podría detenerme a recargar combustible; e incluso quizás, tomar una taza de café.

            Continué  mi marcha por treinta minutos más, a la vez que el velocímetro indicaba que iba a cien kilómetros por hora. No pude ver ningún otro vehículo y la luna comenzó a emerger del mismo modo que el cielo se iba volviendo cada vez más oscuro. Hasta ese momento, creía que no estaba perdido, solamente debía tomar la  vía contraria para volver, pero todavía no hallaba la salida por lo que empecé a inquietarme; debido a que la aguja roja del combustible iba retrocediendo con rapidez hacia la izquierda, en un  indeseado encuentro con la letra “E” que significaba quedarme varado en un lugar que no conocía y me vería forzado a llamar a mi compañía de seguros, para que enviaran una grúa.

            —«Claro…—pensé—día domingo y  a esta hora, probablemente van a tardar bastante.»

            Tuve que encender las luces para seguir avanzando a lo largo de aquel carril desolado y  sombrío dividido únicamente por una línea blanca segmentada en el centro, que iba despareciendo bajo la parte frontal de mi vehículo que la  tragaba  como una bestia voraz. Esa discontinua franja ambarina y el asfalto oscuro, eran las únicas muestras de civilización en aquel caliginoso e íngrimo camino. Los frondosos árboles a los lados de la carretera —creo que eran robles— ocultaban lo que se hallaba tras éstos a la vez  que escoltaban el pavimento negro. De pronto, ocurrió lo que temía: La luz amarilla indicadora del combustible se encendió acompañada de la campanada de alerta,  señalando que me quedaba gasolina apenas para avanzar algunos kilómetros hasta detenerme inexorablemente.

—«Maldición —pensé—sin combustible y tan lejos de casa».

Ahora me quedaba la duda si era aconsejable continuar por esa ruta sin fin, o llamar al servicio de auxilio vial. Pero no tenía muchas ganas de quedarme en aquel sitio apartado y fosco, así que me decidí por continuar, con la esperanza de que la suerte me favoreciera…

Unos minutos más deslizándome por aquel triforio extenso, penumbroso y recóndito, y sucedió lo inevitable.  El coche empezó a perder  fuerza y velocidad al igual que un corcel al que le abandonó la energía luego de una larga marcha sin descanso, agua o alimento, cayendo fulminado en el sitio. Así se detuvo sin tener que aplicar los frenos. Traté de encender el motor nuevamente, pero nada sucedió. Miré mi reloj de pulsera y constaté que eran las ocho de la noche. Molesto conmigo mismo por la estupidez de aventurarme en este paraje tan alejado y desconocido, apagué los faros frontales y luego presioné el botón de las luces de emergencia. De manera instantánea, como luciérnagas rojas y amarillas, los diminutos faros se encendieron iluminando de manera intermitente el asfalto y la vegetación a mí alrededor. Tomando el teléfono móvil de su funda en mi cintura procedí a llamar al número de emergencia de mi compañía aseguradora.  Luego de un par de minutos de escuchar una horrible música y marcar múltiples opciones por fin, una voz femenina que sonaba cansada y aburrida me  respondió.

 — ¿Sí?

—Buenas noches mi nombre es…

— ¿Cuál es su emergencia?—la mujer no me dejó terminar de hablar.

—Estoy accidentado, me he quedado sin gasolina.

— ¿Cuál es su número de póliza?

Encendí la luz interna de mi coche y hurgando en la guantera, encontré la documentación empezando a leer:

—Ocho, seis, ocho, nueve, nueve, nueve, uno. Por favor, necesito que envíe…

—Un momento—dijo la empleada colocándome en espera y otra vez, la fastidiosa melodía se dejó  escuchar.

— « ¡Con un demonio!»—me dije—tratando de calmarme, ya que esa mujer era la única salida a mi percance.

Para colmo de males, mi móvil emitió dos pitidos, como si estuviera quejándose por su falta de carga, e indicaba que en cualquier instante se podría apagar. Mientras tanto continuaba escuchando la chillona música, que no hacía más que exasperarme. Así pasaron cinco minutos que para mí fueron cinco horas de angustia, pensando que en cualquier momento me quedaría incomunicado; y eso significaba, permanecer en aquel paraje a esperar que apareciera alguien o dormir en el coche hasta el día siguiente.

­— ¿Dónde se encuentra?­—dijo la voz al otro lado de la línea.

—Exactamente no lo sé. Tomé un desvío hacia la derecha en la autopista número nueve en sentido este, a la altura del kilómetro treinta y seis,  y he avanzado por casi tres horas en línea recta.

—Necesito su ubicación. Algún punto de referencia.

Al borde de la desesperación y con la furia amenazando con hacerme explotar como una olla a presión en cualquier instante, repliqué molesto.

—Le acabo de decir que no tengo idea de dónde me encuentro, pero con las referencias que le he dado, al personal de soporte vial no le costará hallarme. Las luces intermitentes de emergencia están encendidas…

— Dígame dónde está. —insistió la mujer sin inmutarse.

            Fuera de control, le espeté fuera de mí:

            — ¡LE HE INDICADO EL ÁREA DONDE ESTOY DETENIDO, NECESITO QUE VENGAN Y ME REMOLQUEN. YO…!

            —No estoy sorda así que no necesita gritar…— fue lo último que escuché decir a la mujer, justo cuando la comunicación cesó. La batería del móvil se había agotado y no tenía idea si la operadora enviaría el auxilio que requería.

            Sentí una mezcla de sorpresa, rabia e impotencia que descargué golpeando con fuerza mis palmas abiertas contra el volante: — ¡Estúpida! ¡Incompetente! Brotaron las palabras de mi boca, desahogando mi rabia. Mis manos se hallaban rojas  a causa de mi intempestivo ataque de furia y temblaban estremecidas por el torrente de adrenalina que circulaba por mis venas. Pero luego, comencé a respirar en profundidad. Tomé conciencia de la situación y me dije que debía tener paciencia. No sabía si la empleada enviaría  la ayuda o quizás algún vehículo aparecería en cualquier momento y sus ocupantes me prestarían auxilio dándome un aventón para llegar a una estación de gasolina. Por lo que me dispuse a esperar con la convicción de que algún coche iba a surgir de las tinieblas de un momento a otro…

            Permanecí en el asiento por espacio de treinta minutos sin ver un solo automóvil, así que opté por empezar a caminar para tratar de hallar un lugar donde conseguir ayuda o una casa donde me permitieran utilizar un teléfono. Descendí del vehículo, abrí el compartimiento de la maletera y coloqué el triángulo de seguridad fosforescente en la parte de atrás, a unos cuantos metros del coche. Luego, mirando a  mí alrededor solo pude observar que estaba rodeado por la oscuridad, alumbrado apenas por el reflejo de una menguada luna y las luces intermitentes de emergencia que parecían los destellos de una nave extraterrestre en la inmensidad del espacio sin fin. Era imposible no verlas desde lejos ya que el camino era recto y se mostraba cual guarida de una gran bestia, macabra y sin final, coronada por un techo gris donde el redondo satélite era un farol a punto de extinguirse; haciendo esfuerzo por no ahogarse en aquel mar tenebroso de nubes, que amenazaba con tragarlo en cualquier instante. Los mosquitos y otros insectos  al principio sorprendidos por mi súbita presencia volaban a la distancia, tratando de identificar aquel extraño gigante que osó entrar en sus dominios.  Pasaban a mí alrededor zumbando sin detenerse, tratando de evitar mis manos que se afanaban en alejarlos de mi rostro, orejas, cuello y brazos.  Unos, —los más atrevidos y hambrientos—, no dudaban en posarse sobre mi piel introduciendo sus probóscides como sorbetes para obtener un bocado de sangre caliente que saciara su apetito, lo que llevaba—a algunos de ellos— a una muerte segura mediante un rápido golpe con mi mano abierta. En cuestión de segundos más de una treintena de estos minúsculos vampiros me utilizaron como alfiletero.  Tenía que ponerme en movimiento, ya que estaba sirviendo de banquete a ese ejército ávido e invisible  que me tomó como objetivo para su cena. Por tal motivo y sin más preámbulo comencé a caminar al lado de la vía, entre los árboles y la orilla del asfalto como precaución, debido a que podía ser posible que en cualquier momento surgiera un coche y su conductor pudiera no verme a tiempo, arrollándome. Así que continué bordeando la carretera acompañado por el ataque constante de la plaga de bichos, que no cesaban en su afán de drenar mi vital fluido carmesí  y los ecos de mis pisadas contra el duro pavimento, que rebotaban contra los árboles y me daban la certeza de mi nefasta soledad…

            Ahora, la que se suponía era una “salida” para inspirarme y lograr crear una historia de suspenso y terror, había desaparecido de mi cabeza.  Estaba concentrado únicamente en conseguir un poco de combustible que me permitiera volver a mi hogar. Me hallaba estancado en medio de la nada y pensaba en la inquietud que le iba a causar a mi familia al no retornar a casa.

            —«Si al menos pudiera comunicarme con ellos…»—pensé con remordimiento y consternación.

            Luego de cuarenta y cinco minutos de marcha, absorto en mis pensamientos, y con el ardor en mi rostro y brazos producto de la comezón que me provocaban las picadas de los dípteros, sonreí con ironía recordando mi medida de precaución. «Un coche saliendo de la nada y arrollándome…. Pero si no pasa un alma por aquí…»—me dije— Esta parecía una senda abandonada que nadie tomaba desde hacía tiempo. No había letrero alguno e inclusive, la línea fraccionada de tránsito al centro del pavimento desapareció. No me percaté en qué momento sucedió eso, pero ya no estaba.

            Mis piernas comenzaron a dolerme un poco, y el resto de mi cuerpo empezaba a dar señales del cansancio por la larga caminata.  Mis energías estaban menguando, a la vez que tenía la boca seca y mi cuerpo se hallaba empapado de sudor. Volteé a mirar hacia atrás y pude percatarme que las luces de mi vehículo, a duras penas se podían apreciar. Mi coche estaba siendo tragado por  noche, encogiéndose hasta casi desaparecer; y solo podía percatarme de su presencia por aquellos pobres reflejos que prendían y apagaban en un afligido y desesperante pedido de ayuda… 

            De la nada, el aroma de la vegetación se vio empañado por un extraño hedor. Era un olor a herrumbre y moho que hería el olfato acompañado de  una corriente de viento frío  que comenzó a colarse a mi izquierda por entre los árboles,  haciéndome estremecer de pies a cabeza; trayendo consigo una lluvia de hojas secas y tierra que se estrellaron contra mi cuerpo,  penetrando mi nariz y mi boca forzándome a cerrar los ojos por un momento. El sabor acre y salado de lo que tenía entre mi paladar y lengua me causaba náuseas, y una irritación en mis ojos ocasionó un molesto escozor, produciendo un instantáneo lagrimeo. Parecía que estuviera envuelto en un remolino que me impedía avanzar libremente, a la vez que las hojas y ramas chocando entre sí produjeron un bramido peculiar que me tomó por sorpresa; cual lamento de una furiosa bestia herida.  Por lo que, cubriendo mi rostro con los brazos  a fin de proteger mis ojos, aceleré la marcha, para alejarme de aquella sorprendente y atemorizante corriente de aire que me atrapó entre sus frías redes etéreas  hasta que la dejé atrás.

            Tosiendo con fuerza pude escupir el puñado de grama, tierra y —supongo—algunos insectos que tenía en mi boca  y pasando el dorso de la mano sobre mis ojos, conseguí recuperar la visión.  Sin embargo, aquel extraño hedor, permanecía impregnado en mi cuerpo. Intenté sacudir las ramas y suciedad que cubrían mi vestimenta, pero no conseguí hacerlo por completo.  La tierra aunada a la humedad emanada a través de mis poros, formaron una especie de capa que se me adhirió como si fuera una costra. La exigua iluminación proveniente desde el cielo, solo me permitía apreciar que mi cuerpo se hallaba cubierto de un color oscuro y áspero al tacto. Me sentía como si estuviera enfundado en un traje almidonado y maloliente; sentía frio, hambre y sed.

            Concentrado en tratar de buscar la forma de regresar a mi hogar, en un principio no entendí la seriedad de mi situación. Me aventuré abandonando  mi vehículo y caminé por aquel pasadizo caliginoso y sepulcral  sin repararme a pensar en lo que podría conseguir o el riesgo que implicaba transitar por allí. No conocía aquel sitio. Ni siquiera había oído mencionar una autovía como esta, sin señalización ni luces, sin que fuera posible ver cualquier tipo de poblado. Desconocía si en  aquella zona había algún tipo de animal peligroso que pudiera atacarme en cualquier momento. El tiempo voló desde que tomé el desvío y justo ahora veía lo extraño de todo ello. Miré hacia todos lados  concentrándome en mí entorno. Solo podía oír al viento en su viaje arrollador en medio de las ramas y las hojas, atropellándolos y haciendo que se estrellaran entre sí, sin contemplación alguna. Las copas de los árboles casi invisibles por la oscuridad, se  movían al compás  de la voluntad de ese gigante veleidoso e inmaterial que ahora penetraba hasta mis huesos, haciéndome tiritar. La vegetación alrededor se convirtió en un instante en una muchedumbre intimidante y siniestra que me miraba con miles de apagados ojos oscuros, pronunciando una horrenda letanía, un rezo blasfemo proferido por aquellos sonidos al abrir y cerrar sus labios secos, resquebrajados, compuestos por ramas y hojas.

            Sí, me hallaba en aprietos.  Estaba en un lugar extraño  y atemorizante; solo, en plena noche, en una senda intransitada. Sin saber si la operadora enviaría alguna ayuda o quizás, molesta por mis gritos, se hubiera hecho la desentendida dejándome “sin orden ni concierto”. — «No, no puede ser— reflexioné—esas llamadas siempre se graban por si hay alguna queja de los clientes y esa mujer no se arriesgaría a que la reportara, pudiendo ser objeto de una demanda o despido. No, debe ser que los hombres de la grúa están buscándome y como estoy tan lejos de la vía principal, les está tomando mucho tiempo encontrarme.»

            Superando mis temores y tomando aliento, emprendí la marcha nuevamente. No me iba a dejar amilanar por mis nervios. Haciendo caso omiso del cansancio, del dolor en mis piernas, los insectos y la ropa que raspaba mi piel como si fuera una lija para madera, alargué el paso no sin dejar de observar hacia atrás cada cierto tiempo, al igual que  a los lados. Sentía las miradas de aquellos seres silenciosos y fantasmales  que se hallaban fijos en mí, como hienas esperando el instante en que mis fuerzas me abandonaran para atacarme. No podía detenerme, cada vez que intentaba hacerlo para tomar aire, el enjambre de bichos empezaba con su vehemente ataque; a pesar de estar cubierto por mugre y tierra, podía sentir sus implacables pinchazos por lo que no debía dejar de moverme. Estaba muy lejos de mi coche y todavía guardaba la confianza de que en cualquier momento encontraría ayuda.

Felizmente no me equivoqué. Luego de diez minutos más de mi forzada marcha pude observar el débil resplandor de unas luces que nacían desde atrás alumbrando la carretera como un faro en la orilla de un acantilado en una noche de niebla, orientando a las embarcaciones para evitar que encallaran entre las rocas. Poco a poco se iba acercando, así como podía sentir el ronroneo del motor, que avanzaba velozmente entre aquel mar de penumbra  con su luces esperanzadoras. En ese momento me sentí como un náufrago, que luego de mucho tiempo a la deriva estaba a punto de ser rescatado por una  embarcación salvadora…

Como un demente comencé a mover mis brazos agitándolos con vigor; era imposible que no me vieran debido a mis desesperados movimientos para llamar su atención.  Mientras que esas luces se agigantaban envolviendo el paisaje con su enceguecedora iluminación, mi corazón latía con más fuerza, por fin saldría de aquel lugar y terminaría mi ordalía. Aquel vehículo se encontraba a unos trescientos metros de distancia; con los faros encendidos en su máxima potencia, y en lugar de aminorar la marcha, pude sentir el rugido de la caja de cambios al acelerar la velocidad.

Entretanto yo, continuaba con los brazos en alto moviéndolos hacia los lados y rogando mentalmente para que su conductor se detuviera.

—«Por lo que más quieras por favor detente; por favor, por favor…» —me repetía tratando de que el chófer escuchara mi silenciosa súplica.

Al parecer, mis mentales ruegos fueron escuchados o simplemente el conductor se apiadó de mí. El vehículo­— una camioneta de color rojo con el techo blanco tipo ranchera— comenzó a disminuir su marcha hasta detenerse frente a mí a unos metros de distancia, encandilándome con sus luces. Tuve que cubrir mis ojos ya que los potentes faros herían mi vista; comencé a caminar en dirección a la ventanilla del conductor mientras el vidrio descendía. Desde ese ángulo,  pude observar el interior del automóvil de dónde salía un espeso humo, el cual no me costó reconocer y me trasladó de forma instantánea a mi época de estudiante universitario. Cuando mis amigos y  yo utilizábamos las páginas de la biblia para armar los “porros” debido a la consistencia fina del papel, que nos facilitaba dicha labor.

— ¿Qué te ocurre viejo? — fue la pregunta del conductor. Un  joven  que no llegaba a los veinticinco años, con la cabeza casi calva, —a excepción de una franja de cabello azabache parecido al penacho de un casco de los antiguos soldados romanos que iba desde el nacimiento de su frente hasta la nuca— de una piel exageradamente blanca—me percaté que se trataba de algún tipo de maquillaje para obtener aquel tipo de tonalidad—. Tenía pintados los ojos castaños con delineador  negro. Usaba en párpado derecho una pestaña postiza, similar a la que utilizó Malcolm McDowell en la célebre película A Clockwork Orange. * La fosa nasal izquierda estaba atravesada por una argolla plateada, igual que su oreja de aquel lado finalizando en un zarcillo en forma de  media luna. Vestía de cuero negro, y la mano izquierda al volante, me permitió ver sus uñas pintadas de ese matiz.

En el asiento del copiloto se hallaba una joven de edad similar a mi interlocutor que presentaba un cabello largo y oscuro. Tenía un moño con un listón sobre su cabeza y un flequillo cubriendo su frente que resaltaba el albor de su piel, y al igual que su compañero se encontraba maquillada de negro. Con una argolla plateada que atravesaba la parte baja de su nariz, así como un botón metálico circular introducido en  su mentón, justo debajo del labio inferior. Usaba un ceñido vestido de encaje del color del maquillaje con un amplio escote—haciéndome evocar a Vampirella **— que hacía inevitable ver sus enormes senos lechosos que trataban de escapar de su prisión de tela; y en el medio de éstos, una cadena de piedras oscuras finalizaban en un crucifijo que parecía obstinado en permanecer entre aquellas sensuales y voluptuosas montañas de carne.

Miré la parte de atrás y pude comprobar que había tres jóvenes—dos mujeres y un hombre—donde sus atavíos no diferían del de sus compañeros del asiento delantero.

—Me quedé sin combustible. Tengo caminando mucho tiempo, tratando de buscar ayuda—respondí.

—Ah…—dijo el joven—ese coche allá atrás debe ser tuyo. ¿Cierto? Has caminado bastante.

— ¡Caminó que jode!—se pudo escuchar la voz de una de las muchachas del asiento posterior. De inmediato los jóvenes soltaron la carcajada.

Mostrando mi mejor sonrisa, le dije al joven del penacho.

—Sí. He caminado bastante y estoy muy cansado.  ¿Me pueden llevar por favor a una estación de gasolina o algún lugar donde pedir una grúa?

El joven volteó el rostro viendo a su acompañante y luego me devolvió la mirada diciendo:

—Seguro viejo, ¿Por qué no? Vamos, sube.

*La Naranja Mecánica.

**Heroína de cómic de terror y erótico.

Me dirigí hacia la puerta posterior del lado del conductor dispuesto a subir, pero el vehículo emprendió la marcha a toda velocidad. Tuve que mover mi cuerpo hacia un lado, debido a que casi me golpea con su intempestiva marcha. A unos cincuenta metros con un enloquecedor chirrido que retumbo como un trueno en la carretera  el coche se detuvo, mientras  que yo, aún no salía de la impresión  de haber tenido que saltar para evitar ser arrollado por ese lunático. Permanecí parado en el sitio, pensando en el riesgo que significaba viajar con esas personas drogadas y seguramente ebrias. Pero tampoco me agradaba la idea de quedarme allí esperando a que llegara otro vehículo, o caminar sin saber en dónde podría encontrar ayuda. Estaba exhausto; regresar hasta mi coche me habría costado demasiado así que, no tenía más remedio que seguirle el juego a esa gente.

Comencé a caminar en dirección a la ranchera, con la esperanza de que no volviera a partir.  Sin embargo, apenas estuve a un par de metros, nuevamente el automóvil se puso en marcha a toda velocidad haciendo resbalar sus neumáticos en el asfalto, causando una humareda y el olor a cucho quemado inundó el lugar como si se tratara de un pequeño incendio. Pero en esta ocasión, el vehículo no se detuvo. Continuó la marcha, en tanto que apagaba sus luces perdiéndose en el camino.

Como un poseído comencé a gritar en el medio de la pista:

— ¡HIJOS DE PERRA! ¡MALNACIDOS!...

Agotado, me senté sobre la tierra al lado del asfalto. Estaba desesperado y no sabía qué hacer. Después de tanto tiempo, solo había pasado un coche y no sabía en qué momento aparecería otro. Miré hacia atrás tratando de encontrar un atisbo del mío, pero no pude ver nada. Se había esfumado secuestrado por las sombras de la noche. Los mosquitos me atacaban sin piedad y aterrizaban sobre mi cuerpo alimentándose de mí. Inclusive atravesaban la tela de mi ropa, podía sentir el ardor y escozor que me envolvía por completo. No veía otra solución que regresar hasta mi automóvil y pasar la noche allí; con la luz del día las cosas serían diferentes.

Justo cuando me disponía a regresar, las luces blancas y rojas de un vehículo se encendieron entre la oscuridad, a unos cientos de metros, y comenzó retroceder con rapidez. Rápidamente busqué sobre la tierra y pude conseguir una roca, un poco más grande que mi puño que bien podía usar como arma en caso de necesitarla. Al cabo de unos segundos, la ranchera roja de techo claro se detuvo frente a donde me encontraba.  La ventanilla del copiloto comenzó a descender, en tanto ocultaba la roca tras de mí, alerta en lo que pudiera suceder.

Una vez más las carcajadas  retumbaron y el émulo de Malcolm McDowell me dijo:

—Vamos viejo. No te molestes, solo estábamos jugando. Sube que vamos a darte un aventón…—dijo sonriendo.

La mano que sujetaba la piedra estaba rígida, lista a lanzar aquel sólido proyectil que fácilmente hubiera destrozado el rostro de aquel patán que estaba disfrutando su perverso juego, al igual que el resto de sus amigos.

Correspondí a su sonrisa e hice el ademán de subir en el asiento de atrás. Pero a través de la ventana abierta, pude oír la voz del otro hombre diciendo:

—  Aquí no hay sitio.

McDowell me miró y se encogió de hombros diciendo:

—Bueno viejo, te toca ir atrás…

Por mi parte respondí:

—No hay problema, me coloco en el maletero. No deseo molestarlos.

Sin dar tiempo a que McDowell reaccionase, corrí hacia la parte posterior y abrí la portezuela. De un salto me encaramé sin dejar en ningún momento mi improvisada arma, que pude ocultar en un rincón de esa parte del vehículo. Luego de cerrar la puerta emprendimos la marcha internándonos en aquel estrecho y siniestro pasaje. Miraba al otro lado de los vidrios del vehículo y solo podía apreciar los troncos como si fueran noctívagos megalitos vegetales erguidos y arropados por la atemorizante penumbra; que observaban el coche deslizándose a través de aquella cinta oscura y fúnebre,  cual si fuera un ataúd metálico dirigiéndose de forma inexorable a su sepulcro. El olor de la ranchera era una mezcla de yerba, perfume barato y ginebra.

McDowell tomó una botella debajo de su asiento y la llevó a sus labios dándole un largo trago, al tiempo que su compañera murmuraba algo que no pude escuchar; luego mirándome por el espejo retrovisor  me preguntó:

— ¿Deseas un poco amigo?

—Sí, claro…—contesté.

Lo que menos quería era beber alcohol, no sabía con exactitud si lo que había en esa botella era solamente ginebra, o tenía otra cosa. Pero no quise pasar por descortés, así que aceptando su invitación, tomé la botella que me hizo llegar Vampirella y fingí beber un poco, luego la devolví a la mujer mientras todos en el vehículo me observaban.

—Muchas gracias—dije sonriendo. Después de eso, al parecer perdieron su interés en mí y compartieron el licor bebiendo todos de la botella.

Luego de terminar de beber permanecímos en silencio, a la vez que las parejas se ocupaban de sus asuntos. El hombre en el asiento de atrás estaba concentrado en manosear y besuquear a la mujer a su izquierda, en tanto que la otra­­—una rubia de cabello corto­ y mechones negros— trataba de voltear la cabeza mirándome de soslayo. Adelante, McDowell se hallaba absorto en toquetear los senos de Vampirella, mientras esta se dejaba acariciar y correspondía al manoseo con unos cortos suspiros que todos podíamos oír, pero que a nadie parecía importar; a su vez, la ranchera continuaba avanzando como una bala, rompiendo momentáneamente aquella amazonia de sombras con sus enceguecedoras luces.

La rubia giró su cuerpo colocando la pierna izquierda sobre el asiento de manera que podía ver su rostro. Se trataba de una muchacha, de ojos azules y mirada desafiante. Si no hubiera sido por esa vestimenta tan “especial y extravagante” podría haber dicho que hasta era agradable. Pero la pintura negra sobre sus ojos y  la nariz atravesada por una argolla de metal,  le daban un toque que no era de mi preferencia. Por lo visto, estaba tan drogada que le era indiferente, o no se podía percatar de la suciedad que cubría  mi cuerpo así como el mal olor que emanaba de mis prendas,  producto de la larga caminata y aquel tufo horrible que me atrapó hacía unos minutos…

            Mirándome con atención, preguntó:

            — ¿Qué le sucedió a tu coche?

            —Se quedó sin combustible— le respondí.

            — ¿A dónde ibas?

            —A ningún lado, solo quise dar una vuelta.

            —Una vuelta. —repitió la joven que ahora reparaba tenía cierto aire a Cindy Lauper, en su mejor época. — Entonces, ¿estabas de paseo?

            —Se podría decir que sí. —contesté sin muchas ganas. — ¿Alguno de ustedes tiene un móvil? Pregunté levantando la voz. Pero nadie contestó…

            Entretanto McDowell manejaba el volante con la mano izquierda en tanto  que la otra había quedado fuera de la vista, y solo podía ver su antebrazo derecho subiendo y bajando suavemente. Su acompañante había desaparecido y únicamente se podía oír el sonido de la succión, que indicaba lo que estaba ocurriendo allá adelante. Por otra parte, la otra joven que hacía unos instantes estaba besándose con el hombre se hallaba sentada sobre sus piernas abrazada a éste, al tiempo que su compañero hundía sus manos bajo su vestido hasta que empezaron a moverse con cadencia al mismo tiempo sin prestar atención a lo que ocurría a su alrededor…

            — ¿A qué te dedicas?—me preguntó Cindy.

            —Soy escritor—respondí,  incómodo por todo lo que estaba sucediendo. No esperaba ser testigo de un espectáculo de ese tipo y lo único que deseaba era encontrar la forma de volver a casa…

  • ¡Escritor!—exclamó— y miró hacia el techo como si tratara de recordar algo—Mmmm…Nunca había estado con uno. —agregó sonriendo con malicia.

            Después abrió una pequeña cartera gris de donde tomó un grueso cigarrillo que colocó entre sus labios y luego con el yesquero, procedió a encenderlo. De inmediato un aroma dulzón a hierba y no sé qué otra cosa empezó a llenar el habitáculo. El humo comenzó a introducirse por mis fosas nasales invadiendo mis pulmones como un intruso, mientras mi cabeza empezaba a dar muestras de un ligero mareo. Cindy aspiró profundamente y aguantando la respiración, me ofreció el “porro”, a lo que me negué diciendo: —No, gracias…

La joven se encogió de hombros sin dejar de contemplarme y volvió a introducirse el “cigarro” en la boca dándole rápidas fumaradas y expeliendo el humo a través de un pequeño círculo formado con sus labios, creando veleidosas espirales, que iban inundando aún más el interior del coche, embriagándonos con su alucinógeno hechizo. 

            Los quejidos de placer de McDowell iban aumentando de volumen, en tanto la pareja gótica se movía con mayor ímpetu. Sin darme cuenta, Cindy había terminado de fumar y trepó su asiento pasando a donde me encontraba,  acomodándose frente a mí con las piernas abiertas. Mientras tanto, el humo de aquel “súper porro” inundó por completo el interior de la camioneta. Estábamos a merced de una invisible hechicera en la forma de una espesa bruma algente que nos tenía cautivos entre sus múltiples brazos impalpables, a la vez que se introducía en nuestros cuerpos, tratando de poseernos con sus narcóticos embrujos…

            Ahora solo podía ver blanco alrededor, como si mis ojos estuvieran cubiertos de nubes, sentí el fuego en el rostro y mi corazón latía con  más brío. Los quejidos de placer continuaban y retumbaban en mis oídos por todos lados, mientras la mano de McDowell subía y bajaba como un émbolo con rapidez y sin detenerse. Sentí una especie de lava ardiente proveniente de mi vientre que se trasladó con rapidez a mi entrepierna. Sin desearlo, me encontraba excitado. Traté de asomarme a la ventana para ver el exterior, pero me fue imposible hacerlo entre esa bruma inexpugnable. No supe en qué momento, ni cómo Cindy se las había arreglado para abrir el zipper de mi pantalón y tomar entre sus labios mi enarbolada virilidad; podía sentir como movía su lengua húmeda como una sensual serpiente, lamiendo y aspirando la prolongación de mi hombría cual si fuera el más dulce de los manjares. Por mi parte, como un idiota comencé a reír;  en ese instante no era dueño de mí propia voluntad.

            En ese momento me percaté que aquella extraña atmósfera había embotado mis sentidos. McDowell estaba concentrado en la felación que estaba recibiendo y conducía sin prestar atención a la vía. La pareja de atrás, aprovechando que la otra ocupante abandonó su lugar se acostó a lo largo del asiento y continuó dando rienda suelta a un salvaje frenesí sexual. Yo estaba gozando de las caricias orales que me proporcionaba Cindy pero a la vez, sabía que algo andaba mal. Estiré mi brazo y conseguí alcanzar el seguro del vidrio posterior de la ranchera logrando abrirlo; de este modo, la “neblina” comenzó  a disiparse en tanto me encontraba en camino de hacer erupción. Podía percibir claramente como mi esencia acuosa trataba de escapar de su contenedor; y se disponía  a viajar en cualquier instante a la velocidad de un bólido entre sus conductos naturales, hacia la cavidad oral de aquella vehemente aspiradora humana.

            El humo había desaparecido y por fin pude observar con claridad hacia adelante. McDowell estaba con la cabeza hacia atrás, los ojos cerrados y la boca abierta, exhalando un gemido de placer mientras Vampirella continuaba la faena con más prisa… Por supuesto que algo andaba mal; ¡El vehículo iba a la deriva, sin ningún tipo de control! Con ambas manos el chofer sujetaba la cabeza de la mujer procurando proporcionarse mayor placer. Traté de aguzar la vista concentrándome en la carretera, con ayuda de las luces pude observar un par de objetos, unas siluetas—al parecer humanas—que se desplazaban justo al centro de la vía ¿caminando?, sin prestar atención a los haces de luz que se iban aproximando velozmente en su dirección.

            Justo en ese instante  no pude resistir más,  y  cual geiser  comencé a expulsar la savia proveniente de mis entrañas, al tiempo que la rubia me absorbía, tratando de secarme por completo; sin embargo, yo no dejaba de mirar aquellas sombras que prácticamente estábamos a punto de arrollar. Empujé a Cindy alejándola de mí entrepierna y  solo atiné a gritar: — ¡CUIDADO!—cuando ya fue demasiado tarde…

            Una infinidad de confusas imágenes se iban sucediendo una tras otra, a una velocidad tan vertiginosa que le era difícil a mi cerebro identificar con exactitud de lo que se trataba. ¿Una pesadilla?  Quizás, ¿Desvaríos? No lo sé, ¿Recuerdos? Sí,  supongo. Visones de partes de mi existencia: mi niñez, el colegio, mi matrimonio, una cruz de piedra,  cuando conocí a mi esposa, el nacimiento de mi hijo, rasguños, la muerte de mis padres, quejidos, mi primer trabajo, sangre, la universidad, oscuridad, los huesos cubiertos de gusanos, gritos,  mis descarnados nudillos golpeando la tapa del ataúd, cementerio, llanto, gasolina… No tenía idea de lo que había sucedido. Perdí el sentido de la orientación y todo me daba vueltas. Traté de abrir los ojos pero un fuerte vértigo me lo impidió, así que preferí mantenerlos cerrados por unos segundos. Me encontraba mareado y no podía escuchar nada a excepción de un pitido que empezaba en la base de mi cerebro y se expandía en mi cabeza como las ramas de un frondoso árbol. Lentamente empecé a parpadear tratando de aclarar mi visión. El olor a plástico y vidrios quemados se mezclaba con el del combustible haciéndome toser para aclarar mi garganta. Un penetrante dolor de cabeza hizo que llevara mi mano a la frente; parecía que tuviera una pelota de tenis de mesa metida justo sobre la ceja izquierda. Todo era muy extraño. Hasta el orden natural de las cosas había cambiado, el pavimento se hallaba hacia arriba y los árboles abajo; mientras un insistente: drip, drip, drip se podía escuchar a través de sollozos y gritos que aún me costaba entender. En ese instante me di cuenta que me hallaba acostado sobre el lado izquierdo de mi cuerpo, sobre la parte interior del techo del vehículo…Después vino a mi mente la imagen de cuando estaba en el estudio, tratando de escribir. Salí de casa, tomé el coche y luego…

            La realidad me alcanzó de una manera brutal. Sentí sobre mi piel una sustancia pegajosa y húmeda; como si un caracol gigante se hubiera deslizado sobre mí piel embadurnándome con su viscosa supuración.  Podía sentir su sabor salado y fuerte olor que, sin desearlo me trasladó a la época de mi niñez;  cuando me hacía un rasguño en un dedo o en la mano y me llevaba de forma automática la herida a mis labios, absorbiendo mi sangre. Pude percatarme que estaba cubierto de aquel líquido rojo; parecía que hubiera tomado una ducha sangrienta y no tenía idea de qué parte de mí humanidad provenía. Debía ser una herida muy grande para haberme causado una hemorragia de tal magnitud; Sin embargo todavía no precisaba la fuente de aquel horrible descubrimiento.   La ranchera estaba de cabeza, había vidrios y trozos de la tapicería por todos lados; la llanta de repuesto salió de su lugar, así como las diferentes herramientas, discos compactos, botellas y demás objetos que se hallaban tirados por todos lados. El brazo izquierdo empezó a dolerme y pude percatarme que tenía una gran raspadura entre el antebrazo y el codo; y  un fuerte olor a gasolina reinaba en el ambiente... Comencé a incorporarme apoyándome en mis brazos. Ahora recordaba; la caminata por la carretera, aquellos jóvenes, el “súper porro” ¡por todos los cielos! Solo permanecía un fragmento de la ventanilla posterior de la camioneta, parecía haber estallado por la violencia de la colisión y… ¡Cindy!

            La imagen de la muchacha fumando y cambiando de asiento llegó a mi cabeza como un relámpago. El lugar donde se suponía debía estar, se hallaba anegado de aquel líquido carmesí y solo permanecían algunos mechones de su cabello rubio así como jirones del vestido negro adheridos al marco vacío de la puerta posterior. Supuse que Cindy había salido eyectada de vehículo por la fuerza de la colisión.

            Con esfuerzo y soportando las náuseas,   logré salir del vehículo arrastrándome a través de la ventana posterior destrozada. Aún estaba atontado más, logré ponerme de pie, al mismo tiempo que busqué con la mirada alrededor tratando de hallar a Cindy, sin embargo había desaparecido y… ¡Las llamas! Me encontraba en el lado opuesto del motor que estaba siendo consumido por el fuego y a mi lado, el fracturado tanque de  gasolina dejaba escapar, mediante un insistente goteo el inflamable líquido  formando un diminuto charco que rápidamente iba aumentando su tamaño, amenazando con unirse a las flamas en cualquier instante.  Más allá, a unos treinta metros, observé a McDowell sentado en la orilla de la carretera con el torso desnudo,   inmóvil y a su lado, Vampirella, permanecía sollozando de pie, cubriendo un lado de su cabeza con la chaqueta de éste.

            Una débil voz femenina pidiendo ayuda, acompañada de quejidos masculinos  provenientes del vehículo en llamas me sacaron de mi letargo. —«La pareja gótica…»—recordé. De inmediato corrí hacia el coche y me tuve que arrastrar para ingresar por donde había salido. Las llamas habían alcanzado el destrozado parabrisas y una humareda negra hacía difícil observar lo que ocurría en el interior.

            — ¡Auxilio!, ¡Ayúdenme por favor! —decía la mujer entre sollozos y tosiendo debido al humó tóxico que penetraba su organismo, sofocándola. En ese momento, los quejidos del hombre se habían apagado. Supuse que estaría desmayado a causa de los gases que venían inhalando, por lo que a toda prisa me acerqué a lo que permanecía del asiento posterior. La imagen pude observar era desoladora. Los asientos a causa del choque atraparon a la pareja como tenazas de plástico, metal y resortes impidiendo que pudieran moverse aplastando sus cuerpos contra sí de una forma grotesca. El hombre, a causa de la colisión había golpeado su cabeza contra la puerta clavándose la manilla justo detrás de la oreja izquierda de donde manaba abundante sangre. Ya no se quejaba y permanecía con los ojos abiertos, inmóvil, soportando el peso de la mujer así como la presión del vehículo.

            — ¡Ayúdame! ¡Ayúdame por favor! ¡No quiero morir! —rogaba la mujer en tanto que su rostro se bañaba en llanto y el maquillaje se deslizaba sobre su piel dejando ver su rostro juvenil y aterrorizado.

            —« ¡Es casi una niña! » —me dije conmovido, viendo sus ojos verdes que parecían querer escapar de sus órbitas mostrando el terror que sentía; entretanto las llamas continuaban avanzando, percibía el calor en mi rostro y el humo congestionando mi garganta, que me impedía respirar con normalidad.

Con todas mis fuerzas traté de separar los espaldares sin conseguirlo. Parecían estar soldados; empecinados en permanecer unidos sellando la suerte de aquella joven quien trataba con desesperación de zafarse de aquella prisión que la había condenado a un espantoso final.

Las flamas se iban acercando peligrosamente, a tal punto que sentí mi rostro arder.  Me era imposible respirar y la muchacha había dejado de hablar, estaba inmóvil e inclusive su cabello comenzó a derretirse al contacto del fuego. Con el alma en un puño, mientras algunas lágrimas se deslizaban sobre mis mejillas, salí de aquel lugar tan rápido como pude. Creo que corrí unos pasos cuando la gasolina se unió al fuego creándose una furiosa llamarada que rápidamente cubrió la ranchera. Cosa curiosa; no hubo explosión alguna como se ve en las películas de acción; no salí volando producto de la onda expansiva ni nada parecido. Solo el fuego; purificador, inmisericorde y poderoso creció con furia arropando a ese par de jóvenes que encontraron el final de sus días de una manera absurda, e innecesaria.

El fuego, con sus llamaradas amarillas, naranjas y azuladas,  lamía furiosamente a su inerte presa de metal, caucho y carne humana. La devoraba con satisfacción y de forma concienzuda como si se tratara de una fiera que guardó ayuno por varios días y ahora se daba un verdadero festín. El coche se convirtió  en instantes en una pira funeraria exhalando humo negro como una chimenea, deshaciendo aquellos jóvenes cuerpos hasta convertirlos en cenizas e impulsándolos hacia arriba; para dar inicio a su viaje eterno hacia el infinito…

 

 

 

El dolor del golpe en la frente así como los rasguños en mi cuerpo pasaron a segundo lugar, estaba furioso. McDowell causó ese fatal accidente debido a su egoísmo y estupidez. Provocó la desaparición de Cindy y la muerte de dos jóvenes, a los que ni siquiera acudió a socorrer. Di la vuelta poseído por el vengativo demonio de la ira y me dirigí a descargarla con el malnacido que nos hizo volcar. Caminando lo más rápido que me fue posible debido a mi condición física, llegué hasta donde se hallaba la pareja de sobrevivientes.

            Cerré mis puños con la intención de  propinar una paliza al autor de toda esa desgracia y me detuve a dos pasos de éste tomando impulso para atacarle; pero  el llanto de Vampirella me hizo detener posando mis ojos sobre ésta. La muchacha cubría la parte derecha de su cabeza  con la prenda de vestir de McDowell respirando con rapidez y de manera intermitente, como si le faltara el aire. Me acerqué a ella y pese a la oscuridad, pude comprobar que un hilo escarlata descendía desde su cabeza, justo en el lugar que tenía abrigado e iba descendiendo por el cuello, empapándole el hombro y el  brazo de aquel lado de su anatomía.

— ¿Cómo te sientes?—le pregunté, mientras ésta temblaba sin control y con los ojos desbordados por el llanto.

Supongo que su temor era algo normal al ver mi deplorable apariencia, retrocediendo dos pasos y abriendo los ojos cual copos de nieve. Me hallaba embarrado de pies a cabeza de una extraña mezcla de suciedad y sangre seca; apestando como si hubiera emergido de un muladar, además de la enorme tumefacción sobre mi frente que desfiguraba mi rostro dándome el aspecto del “hombre elefante”. Sin embargo, más pudo su necesidad de ayuda, que la hizo depositar su confianza olvidando mi aspecto y desagradable olor. 

— ¡Me…duele! — exclamó con suavidad.

Toqué su rostro con mi palma y pude notar que estaba frío, casi helado.

—Déjame ver qué tienes allí—le indiqué, separando con cuidado la chaqueta de su cabeza, a lo que  la joven no opuso resistencia…

Cuando tomé la prenda de vestir me di cuenta que estaba anegada en sangre; parecía una esponja que drenaba gotas de aquel líquido  viscoso por uno de los extremos y caía sobre el asfalto. Estupefacto, observé que  la piel de parte del mentón y la mejilla, así como la oreja izquierda de la muchacha habían desaparecido al igual que una porción del cuero cabelludo, ocupando su lugar un espeluznante espacio sanguinolento. Los músculos, tendones y parte de la quijada se  mostraban sin tapujos ante mis horrorizados ojos. La sangre antes ligeramente contenida por el improvisado tapón de cuero, salía con más fuerza sin tener obstáculo alguno que impidiera su desbordamiento sobre el cuerpo de la mujer, empezando a cubrirla cual horroroso sudario carmesí.

Debía controlar la hemorragia de inmediato; era evidente que de no hacerlo, la muchacha moriría en unos minutos a causa del rápido drenaje de su sistema circulatorio. Así que tomé nuevamente la  improvisada venda y le dije que la presionara contra su rostro.

— ¿Qué… qué es lo que tengo? No siento nada…

Tratando de no demostrarle mi consternación, la tomé de la mano ayudándola a sentar a un lado de la carretera.

—Tienes una herida en la cabeza y el rostro. Debes mantener la presión para detener la hemorragia.

— ¿En el rostro? —preguntó. — ¿Me quedará alguna cicatriz?—agregó…

—Vas a estar bien; —mentí—descuida, pronto estarás en el hospital y…

—Tengo sueño…— murmuró y se dejó caer hacia atrás perdiendo el sentido. En tanto el indetenible charco púrpura sobre el suelo, confirmaba que su luz interior estaba siendo ocupada rápidamente por las sombras de la noche eterna.

Sabía que si no hallábamos auxilio médico lo más pronto posible, Vampirella no podría ver el sol de un nuevo día. Estaba agonizando y no había forma de hacer algo. Era necesario salir de aquel lugar a toda costa. Tenía que encontrar ayuda, pero… 

— ¿Egta mmuegta?—preguntó McDowell desde atrás. Se hallaba de pie y pude notar que tenía una herida en la nariz  que al parecer no revestía mayor gravedad. Sin embargo, la lesión en la boca era de otro tenor. El labio inferior estaba partido verticalmente en dos  y colgaba hacia los lados, como  si fuera el hocico de un reptil. Le faltaban algunos dientes y el corte llegaba hasta el centro del mentón. Sin embargo y de manera insólita, la cantidad de sangre que emanaba de aquella abertura no tenía la intensidad que ameritaba la gravedad de su laceración. Hablaba con dificultad; las palabras que trataba de emitir, sonaban como si estuviera haciendo gargarismos debajo del agua. Hasta pensé que había perdido parte de la lengua; pero, al parecer, no fue así.

Al ver la escalofriante y deplorable imagen del joven, mis demonios vengativos y furibundos huyeron de mi cabeza.  Lo único que sentía era la imperiosa necesidad de salvar a la muchacha quien acostada al lado de la carretera, con el rostro destrozado y la vida pendiente de  un hilo parecía no tener posibilidad alguna de sobrevivir; a menos  que la diosa fortuna se apiadara de ésta enviándole algún tipo de favor divino,  que le otorgara el tiempo necesario para ser evacuada a un hospital.

— ¿Egta mmuegta?—volvió a preguntar McDowell sujetando con la mano su malogrado rostro, como si en cualquier instante pudiera separarse de su cuerpo, precipitándose a tierra…

Elevé mis ojos al firmamento tratando de encontrar la solución a esa impresionante y  pavorosa situación. Los hasta hacía unos instante espectrales y férreos celadores grises; por fin habían dejado salir a su dócil prisionera quien ahora, como cenicienta convertida en princesa, hacía acto de presencia cual dueña y señora de la noche. Engalanando a esa parte de la tierra con su esplendorosa y reconfortante iluminación. La luna llena brillaba poderosamente e iluminaba el paisaje con su luz de neón, permitiendo contemplar aquella pesadilla en toda su brutal dimensión. A mi derecha, el fuego continuaba asando de manera inmisericorde a su presa de metal. Hacía rato que la “pareja gótica” debía haberse convertido en un montón de huesos chamuscados que difícilmente señalaban alguna reminiscencia humana. Frente a mí se hallaba un joven malherido que fue el autor de por lo menos dos muertes—hasta ese instante—y la desaparición de una muchacha. A mi espalda, una mujer agonizante vestida de negro y casi sin rostro  reposaba desmayada sobre la tierra; mientras que a mi izquierda, los siniestros e imponentes árboles grises eran testigos de aquella noche de tragedia y muerte.

Volteé agachándome al lado de la joven; toqué su garganta buscando el pulso en su arteria carótida, pero no capté ningún tipo de señal que indicará que aún permanecía en el mundo de los vivos. Vampirella reposaba de lado como si estuviera dormida, aún con la chaqueta cubriendo la herida de su cabeza.

—Sí, está muerta. —Respondí sintiendo que me faltaba la respiración y un nudo en la garganta me impedía tragar con facilidad. McDowell comenzó a llorar, emitiendo unos singulares sonidos a través de su destrozada boca. Poniéndome de pie me acerqué a éste quien comenzó a temblar; no sé si era  a causa del frío, o por el emotivo momento que le embargaba. La joven  ya no existía y no teníamos nada más que hacer en ese lugar; el hombre necesitaba ayuda médica,  —si bien no sangraba profusamente— tenía una herida bastante seria y  necesitaba hidratarse —al igual que yo—. Además; estaba con el torso desnudo y los insectos se iban a ensañar  con su piel al descubierto; así que permanecer en aquel lugar  a la intemperie no era una opción. No tenía idea a qué distancia se hallaba mi vehículo ya que avanzamos rápidamente por unos quince o veinte minutos a más de ciento veinte kilómetros por hora, hasta que chocamos con algo que no pude reconocer. Asimismo, debía encontrar a Cindy. De seguro había salido eyectada del vehículo a causa de la colisión y posterior volcadura. Aunque era bastante probable que estuviera muerta; —por la cantidad de sangre derramada en la cabina de la ranchera—pero, también cabía la posibilidad de encontrarse malherida en algún lado en las proximidades de la carretera.

— ¡Oye!—dije a McDowell—espérame allí—le señalé un lugar cerca de la fogata con la esperanza de que el calor lo aliviara y así poder espantar a los insectos. —Voy a buscar a la muchacha que estaba conmigo. —Agregué— Como un zombi, sujetándose el rostro, el hombre fue al lugar que le indiqué sentándose en el suelo.

Comencé a caminar  por de la carretera regresando hacia el lugar en donde suponía que habíamos arrollado esas “sombras de apariencia humana” con la esperanza de hallar un indicio sobre el paradero de Cindy. Avancé unos pasos hasta que me encontré con “eso”. Era una gran mancha verde oscura que abarcaba casi la totalidad del ancho de la vía y continuaba por unos quince o veinte metros a lo largo de ésta. Con recelo, me agaché y toqué con el dedo índice dicha sustancia comprobando que era viscosa y de un olor fuerte y desagradable que no podía reconocer. Tratando de evitar pisar aquel repugnante rastro anduve por el borde del pavimento. Las salpicaduras de aquel caldo nauseabundo habían llegado hasta los troncos de los árboles y pude observar que en medio de aquel extraño elemento, se hallaban trozos de algo similar a ramas espinosas —no podía determinar con claridad su color, debido a que estaban cubiertos por esa anormal secreción—más; parecían ser de un tono marrón o gris, envueltos en algún tipo de cubierta o tejido transparente: —« ¿Una membrana?—pensé— ¿Plástico, quizás?»—. Sin embargo, justo al centro de aquel repugnante charco, separadas por unos centímetros pude ver algo similar a dos objetos circulares del tamaño de un balón de fútbol levemente sumergidos en ese extraño líquido.

—« ¡Qué demonios!—reflexioné— ¿Con qué rayos chocamos? ¿Qué puede ser esto? ¿Qué podría segregar esa sustancia verde y en tal cantidad? ¿Qué eran esas cosas espinosas? ¿Algún animal? ¿Un ser extraterrestre?...» Mi cabeza daba vueltas tratando de hallar alguna respuesta con sentido a ese irreal escenario.

Continué mi marcha unos pasos con la esperanza de encontrar a Cindy entre la vegetación; fui hacia mi izquierda y luego cruzando la carretera, llegué  hasta el otro extremo pero fue inútil. Lo único que pude ver fue el bosque,  compuesto por un mar de árboles  mostrando su interior lúgubre y atemorizante como el hogar de una bestia en espera de que algún incauto se atreviera a ingresar en ésta, para ser atrapado entre sus siniestras garras. De manera intempestiva, el asqueroso y terrible hedor que hacía más de una hora me envolvió entre sus redes pútridas, llegó hacia mí desde el sur. Esa terrible fetidez, aunada al hedor del caldo desparramado sobre el asfalto, hacía que el aire se volviera casi irrespirable. Una sensación nauseabunda inundó mi ser causando que comenzara a vomitar de forma intempestiva y sin control.

Luego de vaciar mi estómago y soportando la peste a mi alrededor, comencé a volver sobre mis pasos con la intención de verificar el estado de McDowell y proseguir la marcha. El joven permanecía sentado frente a las llamas como si estuviera hipnotizado. Ya no sujetaba su rostro y sus manos estaban apoyadas sobre el piso, al tiempo que su cuello y pecho mostraban la huella del pequeño riachuelo rojo que había cubierto su pecho. Desvié mis ojos hacia el cadáver de la joven y pude sentir que mi cuerpo era atravesado desde la cabeza a los pies por una especie de corriente eléctrica, irguiendo todos mis vellos, impulsados por el miedo de lo que estaba atestiguando.

Veía la espalda de un enorme ser vestido con una guisa de gabardina negra  que lo cubría desde la cabeza a los pies. Tenía unos tres metros de altura por un metro de ancho y se hallaba sobre los restos de Vampirella; poco a poco empezó a inclinarse como si hiciera una reverencia, entretanto dos largas extremidades grises aparecieron de los costados en lo que semejaba ser el tronco de aquella extraña criatura y se fueron curvando como ganchos hasta que sus puntas se orientaron  hacia el cielo. Permanecí en el sitio paralizado momentáneamente por aquella irreal y escalofriante visión, mientras aquella cosa expelía una burbuja verde desde la parte baja del sobretodo y explotaba de forma silenciosa, al tiempo que el ambiente se llenaba de un infecto olor.

—« ¿Qué diantres es eso?—me pregunté, a la vez que continué mi marcha hacia McDowell, quien proseguía  “fuera de este mundo”.

En tanto me aproximaba podía notar, como la parte inferior de aquella cosa se iba inflamando hacia los lados sin dejar de emitir la ampolla fétida que me impedía respirar con normalidad. Cuando llegué al lado de McDowell, pude observar  con nitidez aquel ente que me hizo sentir un terror que jamás había experimentado en mi vida…

El tórax  cubierto por láminas escamosas y distribuidas a lo largo del lomo, era el lugar de donde provenían seis largas y poderosas patas,  similares a ramas con franjas blancas y negras cubiertas de espinas similares a dagas que soportaban el cuerpo de aquella monstruosidad. Se hallaban dobladas formando dos ángulos y separadas —tres a cada lado—a fin de permitirle un mayor agarre y equilibrio, a la vez que las otras dos continuaban apuntando hacia el espacio. La cabeza ovoide tenía a los extremos dos antenas plagadas de pinchos y  terminaba en la parte inferior en una trompa larga y afilada— como una lanza— que había introducido en el pecho del cadáver. Se podía escuchar con claridad el sonido de la succión que hacía el monstruo en tanto absorbía los fluidos, mientras la bolsa adherida a su tronco se iba ensanchando con el líquido rojo sustraído de su presa.  Dos alas transparentes y colmadas de ramificaciones permanecían plegadas e  inmóviles sobre el negro lomo de aquel demoníaco ser.

Sin hacer ruido, para evitar que aquella cosa notara mi presencia, toqué el hombro del McDowell y susurré:

—Debemos marcharnos. Levántate y…

Pero no pude continuar hablando. Algo me empujó con una fuerza extraordinaria arrojándome a  unos metros de distancia, cayendo sobre el costado derecho de mi cuerpo. Poniéndome de pie con rapidez pude ver cómo otra de aquellas abominaciones  perforó con su trompa la espalda de McDowell levantándolo del pavimento como si fuera una liviana marioneta y lo zarandeaba con violencia de un lado a otro; mientras el hombre emitía unos pavorosos gruñidos de dolor tratando de zafarse de la estaca que lo había atravesado.

Tenía que ayudarlo: ¿Pero cómo? Buscando por el pavimento, pude distinguir una pieza de metal desprendida de la ranchera —una parte del parachoques posterior—y, como si fuera un caballero medieval —sin armadura ni caballo—corrí en dirección a la bestia, que había conseguido inmovilizar a su víctima y la tenía contra el piso, empezando llenar su abdomen con el líquido púrpura que le iba extrayendo. Introduje la punta del metal en la bolsa transparente y blanda de aquella aberración y jalé hacia abajo; con fuerza, causando la ruptura de la membrana que literalmente estalló —como un globo de aire—esparciendo una horrible mezcla de sangre, y fluidos cubriéndome de su repugnancia. De inmediato, el monstruo —al parecer producto del dolor de la herida—desplegó sus monumentales alas, comenzando a batirlas con gran velocidad y emitiendo un ruido similar al de un avión. Tuve arrojarme al suelo y  rodar para evitar ser golpeado por el violento aleteo, logrando alejarme unos metros de los estertores del ser quien; herido de muerte trataba de elevarse, logrando tan solo dar unos leves saltos hasta que cayó sobre el piso,  quedando inmóvil con su víctima aún atrapada en su probóscide.

Quise acercarme a comprobar si el hombre aún respiraba, pero me fue imposible. Supongo que debió ser a causa del hedor despedido por el monstruo, o por el sonido del batir de sus alas, o el olor a sangre reinante en el lugar. No lo sé. Pero cuando me disponía a revisar a McDowell, pude notar con el rabillo del ojo, que estaba rodeado por aquellos insectos gigantes y se me acercaban con lentitud, mientras los múltiples zumbidos reinaban en el lugar de manera endemoniada y ensordecedora…

Sin perder el tiempo, empecé a correr como un poseído tratando de llegar a los árboles. Podía ver cómo algunos de esos seres trataban de alcanzarme por los lados, mientras otros tomaban el vuelo iniciando mi persecución para darme caza. No sé cómo pude alcanzar los árboles y continué mi desesperante huida, avanzando en zigzag para evadir la vegetación que se interponía en mi camino. Las frondosas copas de los árboles casi impedían el paso de los rayos de la luna, y me iba adentrando cada vez más entre la impresionante penumbra, en tanto podía escuchar con nitidez el sonido de los monstruos volando sobre mi cabeza, incapaces de poder penetrar la tupida vegetación.

Por el momento me sentí a salvo. Estaba convencido que en tierra, aquellas cosas no tendrían la velocidad para alcanzarme; además, su gran tamaño les impedía moverse con facilidad entre la espesura. Mientras me mantuviera bajo esa tupida vegetación estaría fuera de peligro. Por lo que, casi sin aliento me senté sobre la hierba húmeda, entre dos árboles y por fin pude descansar. Los zumbidos no cesaban y mi corazón latía con tal rapidez que parecía una locomotora a toda velocidad y sin frenos. Respiraba por la boca a toda prisa, estaba hiperventilándome. Así que traté de serenarme para evitar perder el sentido. Ahora sabía que podían seguir mi aroma y por eso me detectaban con facilidad.  Por ello no podía salir a campo abierto, si lo hacía, sería mi final. Debía esperar a que el sol hiciera acto de presencia a fin de que las criaturas dejaran de perseguirme y así volver a la carretera logrando…

Los sonidos de ramas crujiendo en el entorno me sacaron de mis cavilaciones. Comencé  a observar en detalle a través de la vegetación pero solamente podía ver siluetas que  los exiguos rayos de claridad  proyectaban cuando lograban  atravesar la capa de espesura. Permanecí observando un tronco a un par de metros del lugar donde me encontraba que tenía una particularidad; una de  sus ramas en lugar de apuntar hacia arriba, estaba orientada en sentido contrario. —«  !Qué extraño…! »—Me dije—  Seguí mirando los árboles y volví a encontrar otra de aquellas ramas singulares, que por un momento debido al reflejo de la luna pareció moverse.  En ese momento la brisa aumentó  su fuerza comenzando a mecer las plantas a mí alrededor. Sin embargo, me puse de pie y me dirigí hacia una de aquellas plantas. Estaba próximo a tocarla cuando se movió ligeramente; dejando ver la cabeza divida por una franja con sus ojos a los lados compuestos por miles de pequeñas celdas similares a un panal de abejas que miraban de forma terrible, irreal y carente de sentimientos; como si tratase de decir:—“ No es nada personal, solo deseo alimentarme de ti. Me gustaría decirte que no sentirás malestar alguno. Que solamente será un pinchazo, como se le dice a un niño que empieza a lloriquear cuando le van a colocar una inyección al ver la aguja que atravesará la suave piel de su nalga o brazo; pero no te voy a mentir. Te perforaré con mi afilada trompa desgarrando tu piel, músculos y es posible que hasta los huesos. Como es flexible recorreré tu interior buscando una arteria, ya que tus venas son muy angostas para lograr conectarme. Lamentablemente para ti significará que tendré que moverla con cuidado tocando quizás; mmm… vamos, ¡a quién engaño! Despedazando cualquiera de tus órganos que se cruce en mí camino. Luego empezaré a extraer tu sangre y todos los líquidos que llevas en tu interior y me los beberé hasta la última gota secándote totalmente. No será rápido e indoloro. Me tomará un tiempo poder saciar mi desmesurado apetito y sí, te dolerá. Sentirás el peor dolor que jamás has podido experimentar…”

Retrocedí sin dejar de contemplar aquella abominación que se me acercaba lentamente entre los árboles. Otros monstruos me cerraban cualquier ruta de escape, sabía que estaba a punto de morir. No tenía fuerzas para correr ni seguir luchando y podía sentir la hediondez que emanaba de los demenciales seres que estaban a punto de asesinarme mientras los zumbidos aumentaban en intensidad. Levanté la cabeza para ver por última vez a la luna, pero el enramado techo no me permitía ver más allá de éste. En ese instante todo comenzó a dar vueltas rápidamente y caí al piso justo cuando uno de los monstruos se disponía a clavar su aguda trompa en mi pecho y todo se volvió negro…

Una imperceptible claridad comenzó a surgir del profundo abismo de penumbras en el que me hallaba inmerso en la forma de diminutas nubes grises que iban aclarándose cada vez más. Separé mis párpados lentamente hasta que por fin pude abrir los ojos por completo. Desde arriba, la luna blanca y majestuosa brillaba indiferente acompañada por luceros lejanos que aparecían empequeñecidos ante la belleza de la diva de la noche permitiéndome estar bajo su maravillosa luz nuevamente. Me enderecé en el asiento enfrentando al desierto blanco  frente a mis ojos, al tiempo que el cursor proseguía con su inquebrantable guiño, pero ahora ya no se trataba de una burla, ni de un desafío. Se había transformado en una señal de complicidad y satisfacción. Sí; ambos sabíamos de lo que se trataba y sonreí a la pantalla dejando que mis dedos cobraran vida propia, pulsando las clavijas permitiéndome escuchar esa música que me hacía volar, plasmando en la hoja digital dos palabras: BUSCANDO INSPIRACIÓN…

FERNANDO EDMUNDO SOBENES BUITRÓN

 

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