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7 min
Caballero impedido
Varios |
04.12.13
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Sinopsis

De la realidad bajo un punto de vista objetivo.

Noté las diminutas gotas caer sobre mi como la caricia imperiosa del amante que exige ser amado. El peso de su cuerpo cayó sobre el mío cual delicada pluma de plomo. El aliento de su garganta, maltratada por los años y el frío, me rozó la piel erizando cada uno de mis nervios y poniéndome en tensión. Llegó la hora.

Había visto cientos de vidas correr por los linderos del tiempo hasta caer por el negro precipicio, miles de sonrisas y lágrimas, pero ninguna gotita de sal se parecía a aquella que me manchaba la piel, abrasándome furiosa como si acabar conmigo quisiera. Mucha lluvia me había bañado desde que lo vi por primera vez.

Antaño, cuando me abría al mundo, todo me asombraba y se iban rompiendo a trozos los espejos de mi inocencia con una desilusión tras otra. Durante el día parecía vivir en un mundo de ensueño, ajetreado cual panal de trabajadoras abejas, pero cuando el Sol se esconde tras la maraña de edificios y se lleva el calor tibio de su luz de ámbar, la Luna ocupa su puesto cortando el aire con los afilados haces de su fría luz mortecina y, entonces, la amabilidad en los rostros se transformaba en amenaza y de cualquier gesto de ayuda se teme una puñalada mortal.

Ya no me extraño cuando veo al vagabundo que se acurruca en la esquina de un portal rogándole al cielo despertarse al día siguiente. Son tantos los que he visto, que parecen ser sólo un bulto más en una noche llena de penurias. A veces despierta y otras, duerme para siempre, pero qué más da, es inevitable. Tan indiferente se queda mi alma, que pareciera que mis ojos ven a través de esos cuerpos sucios y escuálidos que tienden una mano suplicante de una triste moneda.

Yo, como tantos otros, había desterrado de mi corazón la buena voluntad de salvarles, desprendiéndome del sueño quijotesco de acabar con una injusticia que parecía ser demasiado proliferante para un sólo caballero de brillante armadura.

La brisa nocturna trae los susurros amenazantes del que se cree fuerte por sujetar un arma en la mano, metal incandescente que quema la moralidad, escarcha que hiela la voluntad del nervio traicionero que lleva la orden del crimen. El llanto ahogado del infeliz al que ahora le toca someterse a la voluntad del insensible que le amenaza, arma en ristre, flota en el ambiente de esas calles en las que las madres, tranquilas, dejan jugar a sus hijos durante el día sin pensar siquiera en la maldad que habita en el alma torturada de estos maleantes. Los sollozos graves, de barítono, suben los decibelios hasta transformarse en el grito desgarrador nacido de una garganta que pudo ser la de cualquiera.

Gritos oídos por muchos e ignorados por todos que son para los vecinos, de vida tranquila y confortable, como el canto de unos pájaros que no habitan en la ciudad o el arrullo de un río al pasar, un río de sangre inocente a veces, culpable otras. De cualquier manera, será un sonido tan usual como las pisadas en la acera, como las gotas de lluvia, como las gotas de sangre que ahora caen sobre mí.

Nada pudiera hacer yo, plebeyo y humilde campesino asomado a una vida aristocrática que nunca pudiera disfrutar, siendo así exiliado de sus jolgorios, pero igualmente exento de sus obligaciones para con una realeza que muere asesinada por la negligencia de su guardia personal. Quienquiera que deba asumir la misión de caballero no seré yo, que sólo soy soporte del escudero.

El viento trae también un gemido más lastimero si cabe, que el de aquel que pierde la vida en un suspiro, y es el de aquel ser degradado que se autodestruye en dosis, adicto al dolor de una aguja que penetra en la piel e incapaz de sacarla después. Siendo la sustancia el camino de los sueños, de la esperanza, de un mundo que nunca existió más allá de la jeringa, anestesia general para hacer más llevadera la operación mortal en la lucha contra la enfermedad de la vida que está perdida de antemano, pues nunca se sale del quirófano.

El baluarte de esperanza, abandonado por la voluntad demasiado volátil para sobreponerse, queda a merced de las malas artes que construyen la fortaleza de ilusiones y falsedades, quebrantando el ser que de ellas se hace dependiente para protegerse de una verdad que nunca asimiló.

Y por toda herramienta de destrucción, una lanza corta de afilada punta que muerde la carne con el ansía del león hambriento y que, cual serpiente venenosa, inyecta el sedante que hace sumisa a la victima de su vileza. Cae la lanza muerta sobre mi, ensangrentada y vacía una vez más. Hace que los nervios se me retuerzan asqueados pero no puedo evitar el contacto. Cae el caballero vencido en la justa, demasiado cobarde como para afrontar la lanza inamovible, fuerte e injusta de la vida, dolorosa pero al fin y al cabo, roma.

Tan pequeña es esa lanza que lo fue todo para el caballero, que desapercibida pasa al viandante que camina por su lado. Para mí no es tan fácil olvidarla, pues son cientos de ellas las que sobre mi descansan esperando sedientas su siguiente víctima. Sin embargo, nada puedo hacer por los caballeros que perdieron el arma que contra ellos se volvía, pues yo sólo soy la armería.

La hipocresía del mundo bañado de oro es tal que hasta finge desconocer que cuando se oculta el Sol se descubre que no son de oro sus paredes, sino de áspero y pesado plomo, metal demasiado sanchopancesco para construir un mundo que los humanos quieren considerar perfecto, como una madre no ve los defectos del hijo. La desidia no hace que se esfumen los pobres, maleantes o adictos, no por no escuchar, los gritos se oyen menos.

En mi juventud quise ser el cobijo del necesitado, el salvador de las victimas, el doctor del enfermo. Eso fuera antes de que el talante pasivo de una sociedad que camina a un ritmo discordante, cual metrónomo estropeado, me contaminara los sueños de superhéroe y noble caballero y me llenara de un amargo sentimiento de impotencia que hizo de mi alma justiciera la placa de hielo por la que discurren sin hacer mella todo aquello que estropea mi visión de ese mundo mío dorado.

De vez en cuando algún brote de antaño florece como un torbellino de indignación hacia todo lo que veo y que nadie hace nada por remediarlo, me consuelo entonces pensando que sólo soy el suelo de una ciudad cualquiera y que si ha de haber un Don Quijote, no he de ser yo, sino todos aquellos que dicen ser humanos.

 

 

 

 

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