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2 min
Cae la nieve
Varios |
30.10.17
  • 3
  • 1
  • 1903
Sinopsis

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Un hombre seco, de una cierta edad, contemplaba caer lentamente la nieve sobre las montañas cercanas. En ellas observa los signos de una particular escritura.
Su escritorio huele a madera y humedad de bosques. El alba invernal se va abriendo camino entre las barreras grises y blancas del tiempo de la nieve.
Harún reflexionaba acerca de Dios, al que atribuye un infinito poder de imaginación y la certeza que Él no ama la verdad, si bien conociéndola al dedillo -piensa- lo tedia hasta la náusea.
Le parece que, el buen Dios se complace con todo lo que muta y se transforma. De otro modo cómo explicarse que apenas ha creado una estación, un otoño, una primavera, una hora del tiempo, nace en su ser la impelencia de modificar estados y cosas, la araña en crisantemo, la lluvia en nostalgia.
Concluyó Harún que Dios ama lo contradictorio, lo caprichoso, lo discontinuo, lo imprevisible -ahí donde los teólogos de antaño veían la marca del diablo-, ahí está su reino.
Por esto Dios protege a los teatrantes, a los artistas, a los charlatanes.
Las únicas criaturas de las cuales Dios se complace, verdaderamente, son los múltiples y coloridos personajes de la Literatura.
En el mundo gótico -amplió sus reflexiones-, no suceden banales e insignificantes eventos de la vida cotidiana.
Estados diversos, palabras como fragmentos de vidrio, el tiempo que reina. Presentimientos, alusiones, signos, símbolos, constelaciones de destinos. No hay límites. Invasión de revelaciones sobrenaturales.
Por esto Harún amaba contemplar las primeras horas del sol, cuando el paisaje es silencioso, desolado, vivo, sin una nube en el cielo pálido, sin la sombra de los crepúsculo perláceos. Nada envuelve los bosques y los prados: es el paisaje de las aves migratorias, gansos silvestres, germanos reales, agachadizas comunes.
La invitación del más Allá es implícita, sobre su cabeza resuena la música vagabunda de los cielos.
Canto de millares de alas, sonido de límpidas flautas, intercambio de señales melodiosas.
El mar luminoso insinúa su música retumbante sobre aquella más opaca de la tierra, y nos invita a desaparecer dentro de él.
A veces, el gótico se hace más explícito cuando la luz enceguecedora del sueño se apodera del monótono tiempo cotidiano.

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