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9 min
Calabobos (2)
Humor |
24.01.15
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Sinopsis

Todo continua aparentemente sin cambios en Calabobos, la mañana después a que el pueblo hubiera votado sí a la independencia.

Al día siguiente de haber apoyado de forma masiva la independencia de Calabobos, sus habitantes no notaron nada especial. Jarreaba, como de costumbre, y los ciudadanos se dedicaban a sus quehaceres habituales.

En el banco, Ramón Botín, tan amablemente como lo hubiera hecho una abnegada enfermera, denegaba solicitudes de crédito y explicaba a los ahorradores, con esmerada dedicación, los motivos por los que la entidad no había tenido otra opción que aplicarles ajustadas comisiones –así las llamaba él-, completamente razonables, dados los gastos en los que la entidad incurría por la custodia de dineros ajenos.

Por su parte, el ultramarinos, una tienda diminuta en la que los clientes, al entrar, padecían una confusa explosión olfativa provocada por la mezcla de olor a anís, pimienta, pan recién horneado, crema pastelera y embutidos, era un hervidero de imprecaciones; allí, entre jamones y ristras de ajos, Dolores Dependiente, melena morena, como electrizada, manos rugosas y ceño poblado, regañaba apasionadamente a su marido –eres un sinsal, le gritaba- por regalar a las clientas, especialmente a las guapas y libres de vello, una ramita de perejil por aquí y un dulce, para que probaran, por allá.

Mientras todo este jaleo se desarrollaba, al lado, en el bar penalti, Hugo Tendero, más de cien kilos de hombría y toneladas de sarcasmo adquirido tras cientos de miles de chupitos servidos, con cara de sueño y agotado, removía un café bien cargado porque el sarao de la votación de la noche anterior se había alargado demasiado y, claro, después había tenido que recoger y vaciar las cámaras para que nada se echase a perder. Si él no miraba por el negocio, no lo haría nadie en su lugar. Mientras la cucharilla tintineaba al remover el contenido del vaso, el dormilón camarero escuchaba, con el mismo interés con el que se recita una letanía, como Carlos Garrulo le hablaba, con apasionamiento, del último fichaje –este sí que es un crack, le decía- que había realizado uno de los principales equipos de la liga.

A esa misma hora, cuando Hugo sorbía lentamente intentado meter una buena dosis de cafeína en su cuerpo, en el prostíbulo, un edificio intencionadamente hortera diseñado para llamar la atención, todo era paz y sosiego. En el piso de arriba, una sábana de raso acariciaba y abrazaba, proporcionando un calor delicado al cuerpo voluptuoso de Carmen La cortesana. Era una mujer madura, era cierto, pero tenia una silueta de exuberancia imponente que había provocado que algunos, en realidad muchos, hubieran perdido por ella cabeza, el raciocinio y la cartera. Carmen había acabado exhausta por el mucho corte de la noche anterior, - algunos habían celebrado la independencia encamados, qué se le iba a hacer.-, por lo que había caído desnuda y rendida en el mismo colchón en el que proporcionaba placer, en donde descansaría las muchas horas que aún quedaban para volver al tajo. Mientras, el local esperaba, vacío y apagado, a que la jarana volviera a desatarse durante la siguiente madrugada y a que su dueña reinara otra vez en el recinto, con el desenfreno que solía,.

Dos pisos más abajo, en la puerta de aquel antro, Chan, el loquito, todo empapadito de agua, llegaba, mientras la dueña descansaba, por primera vez a aquella zona del pueblo, donde, el pobre andarín, como siempre que hacía al llegar a su destino, encogía los hombros y enfilaba, menesteroso en su obstinado afán, hacia la iglesia de Calabobos, que se encontraba en dirección contraria.

De esta manera, entre los chillidos que Dolores Dependiente profería a su generoso esposo, los suspiros resignados y somnolientos de Hugo, las excusas amables de Botín para no soltar efectivo, las andanzas infatigables de Chan y los sueños húmedos de Carmen, fue transcurriendo la jornada, mojada, como era habitual, por la lluvia incesante.

Pero Antonio Calleja, Antoñito para todos allí, además de inteligente, era constante, tanto como un maldito contable, y cuando algo se le metía entre una ceja y la otra, como había pasado con la independencia, no solía dejarlo correr. Estaba claro que había que insistir: La secesión era un asunto al que había que prestarle atención puesto que si no, como el caso de un bizcocho, podía venirse abajo y transformarse en algo incomestible. Y él no estaba dispuesto a que aquello sucediese. Había mucho que hacer y él tenía un plan.

-Muchacho, ¿quieres ganarte unas perras?- le dijo a un mozalbete de la plaza que, al oír el tintineo del dinero, estiró el pescuezo como una garza, al tiempo que apartaba hacia un lado las canicas de múltiples colores y tamaños, como astros en una galaxia, en las que había estado concentrado.

-Claro, Antoñito.-le respondió con desenfado aquel jovenzuelo de mirada traviesa y cara adolescente plagada de granos, cual paellera dominguera a la hora de la comida.

-Bien, necesito que me hagas un favor.

El joven, impasible ante el requerimiento, le hizo un gesto inequívoco que Antonio interpretó como un “por cuánto”.

-Aquí tienes, chaval.- le contestó Antonio Calleja, dejando caer unas pocas monedas, sobre la palma de las manos.

-Con esto no me voy a tropezar en las escaleras de un palacio… Don dadivoso.- dijo con seguridad y retintín.

-Venga, hombre, no hace falta que me arruines. Mira, te quiero encomendar una misión importante para Calabobos. Necesito que vayas por todo el pueblo y convoques a los vecinos a una reunión esta noche, en el penalti. Lo haría yo mismo, pero tengo muchas cosas que preparar para antes de que nos juntemos.

-Pues mira, peor me lo pones. Mi mamá me dice que no me junte con los indepen, como tú. Y tú me pides que avise a todos para una asamblea en el bar precisamente para promover esa chaladura. Supongo que mi señora madre pondrá el grito en el cielo cuando se lo cuente. Pero claro, ella ahora no está, y por un módico precio yo quizás, sólo quizás, podría ayudarte en tú importante misión…

El muchacho le hizo otro gesto más, en una clara petición de que aflojara más guita que a Antonio, el tipo listo que había convencido a la mayoría de que iniciasen el proceso de independencia, le pareció una impertinencia que no debía aceptar. Estuvo tentado seriamente de mandar al pequeño al fresco y lo hubiera hecho de no ser porque,  la madre de aquel chantajista era Beatriz Beata, remilgada puritana, más tiesa que un palo y feroz opositora al despropósito –así lo llamaba- de la separación. Si ella se enteraba de lo que le había encargado a su retoño, seguro que montaría un escándalo y perjudicaría las intenciones que tenía. Así que, a regañadientes y rojo de ira, al final cedió ante las pretensiones, propias de mercader de Venecia, de aquel renacuajo.

-De acuerdo, pero no lo malgastes, pillastre.

-Para nada, Antoñito. Ya me conoces, soy todo un coco. Lo utilizaré para aumentar mi colección de canicas. Comprar canicas es una buena inversión, ¿sabes? Se las vendo al doble de lo que me cuesta a los pardillos de este pueblo y, con lo que gano, me compro trompos resistentes, más fuertes que los de los demás, y con ellos les gano apuestas. Me voy a forrar.-Afirmó con una sonrisa amplia, ensombrecida por las muescas ensombrecidas que dejan los dientes caídos, propios de esas edades.

Y, sin más discusión y con el mismo desparpajo con el que había porfiado, el muchacho salió corriendo bajo la lluvia, raudo y veloz como una centella, para avisar a todos los paisanos de que Antonio, el de los Calleja, -sí, el pesao ese de la independencia-, les quería ver en el bar a primera hora de la noche, para algo que susodicho decía que era de vital importancia.

Resultó que, contra pronóstico si se consideraba el carácter pícaro del joven, el hijo de Beata hizo el trabajo a conciencia, ganándose muy bien el sueldo por el que tanto había regateado. Así, y con la dedicación que sólo pueden otorgarle los niños a las cosas que les interesan, fue, infatigable, de portal en portal y de negocio en negocio, informando a todos y cada uno de los calabobanos, exactamente como le habían pedido. Y de esta forma, paso a paso y carrera a carrera, irrumpió en todos los sitios del pueblo, interrumpiendo, sin la menor delicadeza, todas las actividades de los que allí habitaban, sin que le importara un pimiento si éstas eran las explicaciones didácticas que Botín daba a los depositarios del banco; o las broncas continuas de la señora Dependiente al calzonazos de su marido; o la siesta de la que Hugo disfrutaba apoyado en la barra; o fuera la caminata inexorable de Chan hacia ninguna parte; o el sueño profundo, plácido y repleto de anhelos con forma de hombres elegantes de exquisitos modales, que trufaban las fantasías diurnas de Carmen la cortesana.

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aficionado y, por lo que dicen en esta página, de los malos. Me da igual, disfruto mucho. Saludos!

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