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10 min
Calabobos (3)
Humor |
25.01.15
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Sinopsis

El pueblo de Calabobos, espoleado por el infatigable Antonio Calleja, empieza a dotarse de lo necesario para ejercer de forma efectiva su soberanía.

-A ver, necesitamos un poco de calma. Silencio, por favor.

El penalti estaba a rebosar puesto que la convocatoria que había realizado Antoñito Calleja, a través del hijo de Beatriz Beata, había sido todo un éxito de participación. El bar estaba de bote en bote. Todos los del lugar habían acudido y, claro, cuando tanta gente se reúne en un local pequeño, pues pasa lo que pasa. Primero se arma un buen lío, porque ya se sabe, como cada uno es de su padre y de su madre..., pues todos tienen sus propias opiniones y sus propios dolores de muela y, por descontado, eso hace extremadamente difícil el poder llegar a conclusiones y organizarse.

En efecto, allí estaban ciudadanos de todos los colores y todos los pelajes. De hecho, únicamente faltaba al evento Chan, porque el pobre diablo seguía prefiriendo ir de arriba para abajo, de la iglesia al prostíbulo y vuelta a empezar, sin darse tregua alguna. En fin, resumiendo, que habían acudido todos los demás. Y, por supuesto que sí, todos tenían algo que decir: Unos, los menos, se quejaban de que esto de la dependencia les estaba obligando a trasnochar dos días seguidos; otros, los más, que si  con esto de separarse no habían notado ningún cambio efectivo en su vida; un puñado más, se quejaban de que la calefacción estaba muy alta y, por último, para redondear el guateque, unos cuantos niños, a los que sus padres no habían querido dejar solos en casa, se dedicaban a corretear por el poco espacio disponible, molestando y dando empellones a diestro y siniestro a todos los presentes. Vamos, que lo dicho, que había montado un guirigay como Dios manda.

-¡Silencio, por favor¡-dijo Antonio Calleja, en el tono más elevado del que fue capaz, intentando imponerse al griterío.

La llamada de atención, pareció surtir algo de efecto, pero menos del necesario y, por supuesto, muy lejos de ser suficiente. Y el ruido siguió, incesante y molesto, hasta que alguien escupió una pregunta maliciosa, con una voz atronadora, que captó la atención de la mayoría.

-Antoñito, esto de la independencia es una mierda. En todo el día no ha pasado nada. Somos igual de pobres y tontos que ayer. Ni las carreteras llegan, ni nos hacen caso alguno desde fuera. ¿Para este viaje hacían falta esas alforjas?

La gente, que había escuchado, ahora con cierta atención, empezó a asentir decididamente y a murmurar, cada uno a quien tenía al lado, “pues es verdad”; “claro que es, verdad, es que este Antonio siempre ha sido un poco listo y engreído”; y “que tanto rollo, para tan poco meollo” y muchas cosas más, todas por el estilo, y que manifestaban, a las claras, cierta decepción por la flamante independencia. Pero el de los Callejas, que era un hombre de mundo y que había estudiado en Barcelona, había estado planeando aquella noche durante la jornada y estaba preparado para tal eventualidad.

-Calmaos, por favor.-dijo levantando las manos en un gesto con el que reclamaba sosiego.-Lo que acaba de decir Diego Enterado, es rigurosamente cierto. Hasta ahora no hemos avanzado nada.

-Y, ¿entonces por qué hemos hecho el paripé de la votación?- le espetó Enterado.

-Para conocer lo que quiere la gente, Diego. Para eso. A mí me parece algo muy importante –Y, dirigiéndose a la audiencia, preguntó:- Porque, vosotros queríais que alguien os preguntase vuestra opinión, ¿verdad?

Todo el público, hasta los más reacios con todo aquel asunto, afirmó con decisión. Era bueno que les hubieran preguntado, la mayoría estaba de acuerdo en eso: “Sí, lleva razón el Antoñito, hasta ahora, nadie se había interesado por nosotros.”; “Sí, y ya iba siendo hora”, “Ahora, lo bueno es que sabemos que ninguno estaba contento”; “Y muchos querían la independencia”; “el resultado de la votación fue muy claro”. Y así gastaron varios minutos más, diciendo cosas similares.

Antonio Calleja sonrió, satisfecho de haber dado con la tecla para que la gente siguiera con su argumentación.

-Vale, bien.-Volvió a la carga Diego Enterado.-Quizás todos estábamos un poco hartos. Pero, y ahora, ¿qué?

-Buena pregunta, Diego. Muy buena pregunta.-le replicó, con tremenda decisión, Calleja que tenía claro los derroteros por los que quería encauzar en el debate.- Una vez constatado que hay una mayoría que quiere el cambio, ahora, lo que debemos hacer es trabajar en construir nuestras propias estructuras de Estado.

De repente, no se oyó ni una mosca en el local. La respuesta había dejado anonadados a los inquietos ciudadanos. La cara de los vecinos se tornó tan inexpresiva como un muro blanco encalado. Nadie entendía lo que quería decir, y minuto a minuto, el desconcierto se fue apoderando de ellos: “Pero, ¿éste que dice?; ¿Y qué diablos es eso?; “Pues nada, ni caso, otro invento del Antoñito;” “Solo sabe que liarnos, con sus cuentos”, y dijeron muchas más lindezas del estilo. Y, por supuesto, entre tantos comentarios, pues se volvió a montar la marimorena.

-¡Vamos, por favor, un poco de tranquilidad¡-rogó Calleja.

Pero no callaban y el barullo iba in crescendo, así que Hugo Tendero, el dueño del bar, viendo que las cosas se iban de madre, le pasó a Antonio Calleja una maza de hierro, de esas que se utilizan para aplastar carne, y esté la utilizó, como si se tratase de un juez que llama al orden a la sala.

-Por favor, por favor.-Uno, dos, tres golpes y la gente, ante el estruendo, fue, poco a poco, calmándose.-Sí, necesitamos Estructuras de Estado, para ejercer de forma efectiva nuestra independencia. Calma, por favor.-Otro golpe más sobre la mesa.- ¿Qué en que consiste eso? Os lo explicaré, pero primero un poco de paciencia, necesito que me contestéis a una cosa: ¿que tienen todos los Estados?

-¡Políticos y ladrones!-bramó Carlos Garrulo, tan basto como siempre.

Todos rieron la ocurrencia.

-¡Eso, eso¡-contestó Hugo Tendero, partido de risa, al mismo tiempo que varios más del grupo estallaban en carcajadas.

-Es verdad, Garrulo. Políticos, que hacen las leyes, y ladrones que las incumplen. Calabobos no es diferente, y por eso es que necesitamos leyes. Unas leyes  que, a diferencia de lo que ocurre en otras partes, las hagamos nosotros y que sean respetadas.

-Vale, digamos que sí. Pero, y eso ¿qué tiene que ver con la tontería esa de las estructuras de Estado?-inquirió, incisivo como mosca cojonera, otra vez Diego Enterado.

Antonio había estado esperando esa pregunta toda la noche.

-Pues que para hacer leyes, necesitamos un Parlamento. Esa debe ser nuestra primera estructura del futuro Estado de Calabobos.

Y de nuevo el revuelo se apoderó de la concurrencia: “Un parlamento, ¿para qué?; “¿Eso no es mucho lío?; “Sí, puede ser complicado, pero es verdad que necesitamos leyes”; “Sí, claro, tiene que haber normas”; “Y, ¿quién hace las normas?, “Pues, los parlamentos”; “Anda, pues es verdad.”; “A lo mejor, no está tan mal pensado”; “!Cómo se nota que el Antonio tiene estudios, el tío sabe de estas cosas!”; y así estuvieron comentando y discutiendo varios minutos más.

Calleja se lo tomó con paciencia y dejó unos segundos para que toda aquella conversación desordenada fuera desarrollándose y, de este modo, permitir que sus paisanos llegaran a la conclusión a la que él mismo había llegado horas antes. Era necesario un Parlamento.

-Y, ¿de dónde sacamos un Parlamento de esos, Antonio?-preguntó con curiosidad Hugo, una vez recuperado del ataque de risa que le había provocado la respuesta de Garrulo.

-Es una buena pregunta, amigo mío. Y tú puedes ayudarnos mucho al respecto.

-¿Yo?-respondió estupefacto el enorme camarero.

-Por supuesto que sí.- Antonio volvió a hablar en voz alta para todos los allí congregados.-Amigos todos, me gustaría proponer oficialmente que el bar el penalti sea, a partir de ahora mismo, el Parlamento de Calabobos.

-¿Mi bar?-exclamó Hugo, poniendo en pie todo su inmensa masa corporal.-¿Pero… pero, por qué aquí?.- Quiso saber, desconcertado, el camarero.

-Porque el bar está en el centro del pueblo, porque cabemos todos, porque aquí es donde el pueblo ha reconocido, mediante votación, su voluntad de ejercer la soberanía. Por muchas razones, y la más importante, porque aquí hay un excelente sistema de calefacción.

-¡Antonio, por Dios! ¡Hasta yo me doy cuenta de que montar el Parlamento en un bar que se llama el penalti, no es serio!”-le increpó, con extraordinario e inusual tino en él, Carlos Garrulo.

De nuevo el análisis de aquel tipo hizo que todos rieran.

-Correcto, Garrulo. Sorprendente, viniendo de tí, pero correctísimo. Has dicho una verdad como un templo. Por eso también propongo, aquí y ante todos, que el bar el penalti, desde este preciso instante, cambie de nombre y se llame bar el Congreso. Así podremos celebrar las reuniones del Parlamento en un local con un nombre digno de tal honor. ¿Qué te parece, Hugo? ¿Nos ofreces tu garito para que sea la sede de la soberanía nacional?

Bar el Congreso”, reflexionó Hugo. El caso es que sonaba bien. Era un nombre que le daba prestigio a su local. Y hacer allí las reuniones del Parlamento, eso podía ser una buena cosa para el negocio. Es verdad que había tenido que irse tarde a acostar las últimas noches por las reuniones que se habían mantenido, que si la campaña electoral, que si la votación. Pero también era cierto que había hecho más dinero que en mucho tiempo atrás.  la gente parecía gustarle aquello. Y, quizás, si accedía a la petición, su buena racha continuaría. Sí, cuanto más lo pensaba, más le atraía aquella idea. “Joder, el Antoñito, está en todo”, pensó.

-Y bien, ¿Qué contestas, Hugo?- preguntó Antonio Calleja, interrumpiendo el hilo de las cavilaciones del camarero.

-¡Que lo hagamos, por todos los diablos!. Que mañana mismo cambio el nombre del cartel de la puerta. Desde este mismo instante, este bar hará las funciones de Parlamento de Calabobos. ¡Viva el Congreso!-gritó, viniéndose arriba, espoleado por una inesperada sensación de euforia.

Y, para su sorpresa, todos los calabobanos, que abarrotaban el bar, le siguieron al unísono en sus vítores. Eran felices: ya tenían su primera estructura de Estado, el germen para gobernarse a ellos mismos.

Al mismo tiempo, en la calle, Chan frenó en seco, por segunda noche consecutiva, al escuchar el escándalo que provenía del bar, pero, como siempre, simplemente se encogió de hombros y continuó con su eterna caminata. Esa que nadie comprendía y que no tenía descanso posible. Esa que no tenía objetivo claro y que nunca llevaba a algún destino definido. Esa que habitualmente estaba acompañada por una constante lluvia que, cuando avanzaba la noche de aquel primer día de independencia en Calabobos, arreciaba con fuerza.

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