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9 min
¡ Calla, y no digas nada!
Amor |
19.04.15
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Sinopsis


¡Calla y no digas nada! No me mires con tu verde eterno, es mi debilidad. ¡No!,  no muevas tus labios, ¡calla! Déjame hablar por un momento. Déjame y calla, ¿no ves que intento decirte algo importante? ¿Que sueñas en esta vida? ¡Calla! No  lo digas. Yo sueño con ser feliz, y lo soy cuando estoy contigo, pero mi felicidad no la puedo compartir con nadie, sólo contigo, así que calla. Si superas lo lejos que estoy de este mundo cuando te marchas. El adjetivo que pudiera definir lo que siento sería pena, ¡no!, más bien dolor, angustia. Una angustia inmensa que hace que  mi cuerpo presente síntomas de un enfermo. Pierdo el apetito, mis músculos se debilitan, sufro de fiebres, y mis delirios se manifiestan cuando no estás conmigo. ¿Por qué me miras de esa manera? ¿Tan asombrada estás? ¿Acaso nunca tuviste un atisbo de sospecha? ¡No! No digas nada. Que tus labios queden sellados por un momento. Déjame hablar, quiero decirte algo importante. Lo más importante que jamás mis pulmones exhalarán de nuevo. Te lo diré solamente una vez ya que no podrían soportar otra retahíla de sentimientos, tan desgarradores que ningún oído de este mundo hayan escuchado nunca. Siéntate junto al fuego y escucha. Te pido que no me interrumpas en absoluto, aunque te mueras de ganas de decir algo. Atenta. Acomódate en el sillón…

 Todo comenzó en el mes de septiembre del año cinco. Tengo tan nítido ese recuerdo que incluso puedo oler el perfume que llevabas puesto cuando nos presentaron. Una fragancia fresca y ligera que evocaba a un bosque  de abedules con una chispa de jazmín. A modo de saludo, extendiste tu fina y pequeña mano hacia a mí, estrechándola con la mía delicadamente. Estaba fría y suave. Fueron apenas dos segundos de contacto físico y sin embargo me inundó una ciclópea marea de sensaciones desconocidas hasta ese momento por mí. Fue el instante en que  supe que eras la mujer con la siempre había soñado. Me resistía a que me arrebatasen  tu compañía, pero fuiste tú la que se marchó aludiendo que tenías sed y necesitabas una copa. El primer encuentro duró poco más de cinco minutos donde se te vio incómoda a razón sin equivocarme de que eras bastante tímida. Pero no fue tu timidez lo que nos separó, y es que tan nublado estaba de tenerte a mi lado que no me di cuenta de que para ti sólo fue algo exiguo, pasajero y protocolario.  Me quedé solo en aquella inauguración, buscándote todo el tiempo con la mirada pero pronto te marchaste y sin más desapareciste de mi vida como una sombra lo hace tras el ocaso, sin saber en aquel momento que el azar volvería a unirnos  años después.

Una gran desazón y melancolía me acompañó en las siguientes semanas. Mis pensamientos giraban en torno a ti. Recordaba a cada instante tus cautivadores ojos verdes y tu deslumbrante belleza. Pasaron muchos días y muchas más noches para que mi cerebro metabolizase tu invasora esencia, y al final conseguí de alguna manera olvidarte, ya que el dolor de tu ausencia me estaba haciendo mucho daño. Sabía que no te habías ido del todo, aún existías en lo más profundo y recóndito de mi corazón, aislada y congelada, pero así pude continuar con mi vida. Pasaron los años y volví a sonreír, a ilusionarme de los proyectos que tenía en mente, de conocer nuevos sitios y nuevas gentes, de volver a querer a alguien. No obstante, en algunas noches en la soledad de mi cama o mirando el cielo estrellado tu presencia siempre me acompañaba.

 Aún tengo el debate interno de si ha sido un castigo o una oportunidad el volverte encontrar. Un torbellino de recuerdos corretean frenéticamente sin control por mi cabeza abrumándome con su ímpetu.  Es curioso cómo se mezclan imágenes del pasado nítidas y deslumbrantes, con imágenes  recientes donde una sombra lo oscurece. Las circunstancias de nuestro reencuentro no fueron en absoluto las más deseadas.


Acababa de empezar una relación con una mujer extraordinaria. Llevábamos poco menos de tres meses saliendo, nuestro compromiso era fuerte. Estábamos convencidos de que estábamos hechos el uno para el otro y en aquellos momentos pensaba que nada podría destruir nuestro amor. Una tarde de principios de verano fuimos a la casa de campo  de sus padres, iba a conocer a toda su familia. Cuando traspasé el dintel de la puerta allí estabas. Resultó que tú eras su hermana. El impacto fue brutal. Languidecí al punto de que casi mis piernas no podían sostenerme, mi visión se volvió borrosa y experimenté una sensación contradictoria de alegría inmensa por verte, y a la vez de un miedo intenso de que estuvieras a partir de ahora presente en mi vida.


Es difícil decirte todas estas cosas en el poco tiempo que me queda. No quiero a tu hermana, ya no, la quise al principio, pero justo cuando volviste a aparecer me di cuenta de que era un amor enclenque y sin futuro. Te quiero a ti. No sabes cuánto significas para mí. Eres como la luciérnaga en mitad de la noche fría,  como la brisa que mueve las hojas de mi existencia. Un mar embravecido que ahoga mi sufrimiento, el resquicio de esperanza en un mundo oscuro y lúgubre. Eres la raíz que alimenta mis ramas secas. Lo que siento por ti se puede resumir en una frase, “Todo eres tú y tú eres mi todo”. Nunca te referí cosa alguna. Al contrario, siempre he escondido mis sentimientos incluso cuando estábamos solos, que fueron en escasas ocasiones.


. ¿No me crees verdad? No me extraña. Durante estos últimos años disimular mis pasiones han hecho de mí un profesional en el arte del engaño y de la más soez de las hipocresías. Me he mentido a mi mismo y en consecuencia a todos los que me rodea. Sólo me queda una cosa por decir, y ésta vez sí quiero escuchar de tus labios una respuesta.

Laura,¿Me amas?

Se quedó mirándome fijamente sin decir nada. Su semblante había palidecido y  lejos de equivocarme pude notar en sus ojos un atisbo de duda.
 
- “Sí”- pensé- “ella también me ama. Puede que no esté todo perdido. El amor es más fuerte que cualquier otra cosa a pesar de que sea un amor imposible. El amor todo lo puede. ¡Todo!”

Miró hacia el hogar y en su iris se reflejó las llamas del fuego cómo si fueran éstas el ardor del amor que emergía al exterior de su cuerpo. Seguidamente agachó la cabeza, y se quedó así durante algunos minutos. Me quedé callado esperando desesperadamente su respuesta. Al fin levantó la mirada.


- ¿Por qué me dices todo esto ahora?- Dijo con voz temblorosa- Lo que me cuentas – hizo una pausa-  no está bien.

- No has respondido a mi pregunta, ¿me amas?


Se levantó del reconfortable sillón, caminó lentamente hacia una de las estanterías donde reposaban una hilera de libros y asió uno. Lo abrió y con voz trémula empezó a leer lo siguiente:


“ No hubo ni lo habrá alguien capaz de expresar con palabras, lo que siento por ti. Mas sobre mis hombros pesa una gran losa que jamás podré quitar. Nuestro amor es imposible por todo lo que le rodea. Me he sentido viva estos últimos años, y a la vez mi desdicha ha sido grande. Lamento profundamente el que hayas aparecido en mi vida, sin embargo, si no hubiera sido así, nunca hubiera conocido lo que es el amor con mayúsculas.”

Cerró el libro enérgicamente, se acercó a la chimenea y lo arrojó al fuego. Me miró y me dijo: “Lo que es pasto de las llamas sólo quedan cenizas y polvo”.
 

- Pero donde hubo fuego, siempre habrá cenizas- repliqué-.

- No entiendes nada ¿verdad?. Vienes a mi casa un día antes de tu boda pidiéndome… pidiéndome ¿el qué? Que quieres.

- No sé lo que quiero. Para mi esto no es nada fácil, lo he estado meditando mucho, y he llegado a la conclusión de que era justo decírtelo.

- Justo para quién- replicó- ¿Para ti?

- Para mis sentimientos.

- ¿Y para los míos?

- Eso te lo dejo a ti.

- ¡Vete!

- ¡Jamás! Quieras o no vamos a ser familia.

- ¿Eso crees? Espérate que se lo diga a mi hermana.

- Si se lo dices, nunca volverás a verme.

- Mejor que sea así.

Giró sus pies enérgicamente hacia la puerta y salió contoneando sus caderas con paso firme.
……………………………………………………………………………………………………………………………………
     
                                                             EPÍLOGO

Al día siguiente me casé con su hermana como estaba previsto. Han pasado cerca de cuarenta años, y en todo ese tiempo multitud de veces la he vuelto a ver por los compromisos familiares. Nunca me atreví  a preguntarle por qué nunca dijo nada, y ella jamás me refirió tema alguno sobre ese asunto. El valor que conseguí en una tarde fue lo único que reuní en toda mi vida  y el silencio de ella confirma que algo también me quiso.

 

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