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55 min
‘CALLEJÓN CON SALIDA, La vida de María García Montalbán’
Amor |
20.12.14
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Sinopsis

El padre de María, coronel del Ejército del Aire, es asesinado en un complot y su familia recibe la noticia de que se ha suicidado. María, de dieciocho años, se siente en parte responsable de la muerte de su padre y busca en la vida situaciones y personas que la castiguen. Se enamora de un apuesto joven holandés durante unas vacaciones de verano y todo hace pensar que se trata del hombre ideal, sin embargo, nada está más lejos de la realidad…

 

Fragmento de la novela:

‘CALLEJÓN CON SALIDA, La vida de María García Montalbán’, escrita por Rosa Rivas Aranaga, publicada en noviembre de 2013.

 

NO VAYAS

Primavera de 1984

 

−¡No vayas! ¡Por favor no vayas! −oí como mi madre le decía a mi padre medio llorando.

−¡Te van a matar!

−Estoy dispuesto a morir por mi patria −contestó mi padre muy firme.

Me acercaba por el pasillo hacia la cocina porque me había entrado un poco de hambre y quería picar algo cuando antes de entrar les oí hablar. Me quedé escuchando detrás de la puerta, sin embargo, después de oír esas palabras, aunque siguieron hablando no fui capaz de captar nada más. El miedo me había congelado y había paralizado mi cuerpo y mis sentidos. Corrí hacia mi cuarto y me senté en la moqueta apoyándome contra el borde de mi cama. A los pocos minutos escuché como la puerta principal se abría y mi padre se marchaba, pasos en el porche hacia la rampa, la verja se abría, un coche se ponía en marcha y se iba.

Me quedé unos minutos mirando al horizonte que se divisaba por la ventana de mi cuarto que daba al jardín delantero. No sabía qué hacer. Llamé a mi amiga Marta del instituto. Por aquel entonces yo tenía diecisiete años. Empecé a llorar un poco del susto que tenía encima. Mi amiga intentó tranquilizarme y me dijo que mi padre siempre podría cambiar de trabajo. Yo sabía que eso no era una opción. Era militar en el Ejército del Aire, lo suyo era pura vocación, nunca dejaría su trabajo. Después de terminar la carrera de ingeniero aeronáutico había decidido dedicar su vida a luchar por su patria en cuerpo y alma. Era un idealista, un patriota de esos que creía que podía cambiar el mundo.

 

Fui a la cocina donde mi madre estaba aún terminando de recoger una y otra cosa ensimismada.

−Os he oído hablar a ti y a papá −dije algo seria. −¿De qué estabais hablando? − pregunté con miedo. −¿Por qué no querías que se fuera? ¿Dónde se ha ido? ¿Quién le va a matar?

Cogí de sorpresa a mi madre, quien recomponiéndose del sobresalto me dijo intentando quitarle importancia que a veces se preocupaba por mi padre porque le inquietaban los atentados terroristas.

−Eso es todo − me dijo−, se ha marchado a una reunión de trabajo.

Me quedé mirándola tratando de encontrar la verdad en su rostro.

−¿Y por qué no llevaba su uniforme? − pregunté. Sabía muy bien que estaba obligado a llevar su uniforme azul marino de militar cuando iba a trabajar.

−A veces tiene reuniones a las que va vestido de paisano −contestó mi madre como si fuera lo más normal del mundo.

Seguí mirándola, ella pretendió ignorarme y siguió recogiendo la cocina. Me fui a mi cuarto e intenté olvidarlo. De hecho, incluso al poco lo olvidé, lo mandé a un sitio lejano para poder seguir con mi vida. Al fin y al cabo, ¿qué podía hacer yo?

 

 

MARTES Y TRECE

 

Corrían los años ochenta y estábamos viviendo el pleno apogeo de la movida madrileña con sus noches de marcha, la moda de colores llamativos y los peinados altos llenos de laca y gomina. Yo era una chica bastante inocente y ,a decir verdad, muy confiada.

 

Ese caluroso agosto yo tenía dieciocho años y hacía en Madrid un calor bochornoso. Al día siguiente era martes y trece, el día de la mala suerte en España.

−Mañana es martes y trece −dijo uno de los amigos del grupo con quien había salido esa noche.

−Yo paso de esas tonterías −dije muy convencida. −Seguro que mañana va a ser un día como otro cualquiera.

Por aquel entonces, yo había empezado a salir con Enrique, le había conocido el mes anterior durante las vacaciones en una playa de Valencia. Los padres de mi amiga Marimar estaban de vacaciones y Enrique y yo nos quedamos a dormir en el sofá de su casa. Salimos hasta las tantas por los bares del centro y lo pasamos muy bien.

Era alrededor de la una y media del mediodía, nos habíamos levantado muy tarde y estábamos desayunando. Sentí algo en el estómago, me invadió una sensación muy fuerte de que algo había pasado. Llamé a mi casa por teléfono y hablé con mi madre. Me dijo que no podía hablar mucho conmigo porque acababan de llamar por teléfono del trabajo de mi padre. Según parece mi padre había tenido un accidente y estaba de camino al hospital. No tenía que preocuparme, me había dicho mi madre, se pondría bien. Mi madre estaba muy agitada y por eso había llamado a un taxi para que la llevara al hospital, mi hermana Isabel, un año menor que yo, la acompañaría. Mi hermano Andrés, que me llevaba dos años, no estaba en casa porque estaba haciendo el servicio militar desde hacía unos meses.

 

Solo recuerdo que mi madre abrió la puerta, me dio un beso y me llevó a la cocina. Decía que me convenía comer algo. Había mucha gente en casa, el salón estaba lleno de amigos de mis padres, conocidos y compañeros de trabajo. Me encontré con sus miradas de pesar según iba a la cocina. Estaban empeñados en que comiera algo. Intenté comer una empanadilla de bonito aunque no tenía mucha hambre. Todo me resultaba muy extraño y le pregunté a mi madre por mi padre. Se sentó a mi lado junto con mi hermana y entre las dos me dijeron con palabras que apenas salían de sus bocas que el accidente de mi padre había sido más grave de lo que pensaban y que se había muerto. Un escalofrío recorrió mi cuerpo.

−¡No −grité llorando−, no es verdad, no puede ser!

 Me resultaba inconcebible el hecho de que nunca más iba a ver a mi padre, que ya no estaba. Me acordé de nuestra discusión la última vez que le había visto antes de irme a la cama. Me encerré en mi cuarto a llorar y escuchar música. “Martes y trece −pensé−, el día de la mala suerte en España y mi padre había muerto”.

 

SOMBRAS

 

Hubo un entierro solemne, con desfiles de soldados y tiros de armas al aire. A su muerte mi padre, Francisco García Montañés, era coronel del Ejército del Aire. Ni mis hermanos ni mi madre ni yo lloramos durante el entierro, creo que no podíamos asimilarlo. Luego la vida siguió.

Al día siguiente, mi madre me mandó a la charcutería a comprar embutidos y me atendió una señora muy amable. Pensé que le estaba muy agradecida a esa señora desconocida por ser amable conmigo ese día, pues ella no me conocía y tampoco sabía lo triste que yo estaba por dentro aunque estuviera allí comprando chorizo, mortadela y queso manchego como si nada hubiera pasado.

En casa nada volvió a ser lo mismo y el silencio de la ausencia lo invadía todo. Mi padre ya no estaba, y sin embargo, ocupaba todos nuestros pensamientos.

Una noche le pedí a mi madre que me dejara dormir con ella. Su cama tenía un colchón duro donde se dormía deliciosamente y siempre me había gustado tumbarme a su lado de vez en cuando. No podía dormirme y me quedé mirando la pared enfrente de mí, donde había sombras reflejadas de los árboles del jardín. Las sombras de las hojas se mecían al compás de la brisa veraniega que corría y entraba suavemente por la ventana. Me quedé observándo el suave vaivén de las sombras que me daba una sensación de tranquilidad y de repente y para mi gran asombro, empezaron a cobrar vida propia, destacando sobre todo lo que parecía el perfil de un señor de alrededor de un metro que asentía con su cabeza de arriba abajo. Tenía una nariz aguileña extremadamente grande y una barbilla pronunciada.

−Mamá despierta −le dije asustada a mi madre.

−Mira, ¿qué son esas sombras de ahí? Parece el perfil de un señor, ¿lo ves?

Mi madre se incorporó en la cama medio refunfuñando y después de mirar en la dirección que yo le indicaba dijo con la voz entrecortada:

−Es verdad, ¿qué es eso? −Y siguió mirando sin saber qué hacer por unos instantes. −Vamos a despertar a tus hermanos −dijo recuperando el aliento. −Venid un momento a mi dormitorio − dijo mi madre agitada  metiendo prisa a mis hermanos−, hay unas sombras muy raras en la pared de mi cuarto.

Entramos con cuidado de nuevo en el dormitorio y nos sentamos al borde de la cama de mis padres justo enfrente de la pared con las extrañas sombras movedizas. La sombra del señor se movía incluso con más intensidad, parecía una marioneta y su cabeza se movía de arriba a abajo y se desplazaba por toda la pared. Despavoridos nos mirábamos los unos a los otros en busca de una explicación lógica para lo que estaba ocurriendo, pero no la había. Nos entró mucho miedo. Finalmente abandonamos la habitación precipitadamente.

 Esa noche mi madre durmió en el cuarto de invitados y yo volví al cuarto que compartía con mi hermana. Al día siguiente vinieron unos amigos de mis padres para ver las sombras, pero no volvió a ocurrir. Nos sentimos aliviados e incapaces de resolver el misterio. Mi madre llegó a la conclusión de que se trataba de un fenómeno paranormal y que debía de ser mi padre tratando de comunicarse con nosotros. ¿Pero qué quería decirnos?

Me acordé de un rostro que me había llamado la atención en el funeral de mi padre. Era el rostro de un hombre vestido con traje de militar del Ejército del Aire, y con aire solemne. Aunque sí es cierto que en primer lugar me fijé en él por el tamaño enorme de su nariz de gancho, me quedé observándole durante unos instantes porque al cruzarse nuestras miradas, vi en sus ojos la mirada esquiva de un ladrón. ¿Quizás mi padre quisiera decirnos algo sobre ese señor con nariz de gancho?

 

MENTIRAS

 

La vida seguía su transcurso y yo me preguntaba a mí misma cómo era posible que todo siguiera si en mí algo se había parado. Echaba mucho de menos a mi padre. Además, nunca había llegado a conocerle realmente. No sabía muy bien por qué pero me sentía inquieta, había algo más, estaba en el aire y yo lo sabía sin saberlo.

Unos vecinos de la casa donde vivíamos antes vinieron una tarde a visitar a mi madre. Oí como mi madre les decía que mi padre había muerto a causa de un ataque al corazón. Después de que se marcharan le pregunté a mi madre por qué les había mentido. A mí me había dicho que mi padre había tenido un accidente en el cuarto de baño de su trabajo. Se estaba lavando las manos y sufrió un mareo producido por las medicinas que tomaba para las jaquecas y al caerse se golpeó la sien contra un lavabo. Fue un golpe fatal, me había dicho mi madre. Me dijo que no le apetecía contar toda la historia del accidente en el cuarto de baño y que era mucho más cómodo para ella decir que había sufrido un ataque al corazón. Me extrañó mucho pero me lo creí.

 

Intenté hablar de la muerte de mi padre con mis amigos, pero no conseguía encontrar consuelo en ellos. Parecía como si evitaran el tema y yo acababa sintiéndome sola en compañía de ellos. Pensé que se debería a mi propia tristeza y que ya se me pasaría ese sentimiento.

Llevaba un año saliendo con Pedro cuando conocí a Enrique ese verano. En el momento de la muerte de mi padre yo estaba saliendo con los dos a la vez. Eso me hacía sentirme mal, y había llegado el momento de elegir a uno de los dos. No podía seguir mintiendo de esa manera, me sentía culpable. Había conocido a Pedro en el último año del instituto. Era un chico muy alto y alegre que me lanzaba por los aires como si yo fuera una muñeca de trapo. Me llamaba “Pocholito”. Al principio nos lo pasábamos muy bien juntos, pero luego empezó con exigencias y empezamos a discutir mucho. Enrique me gustaba más. Me costó horrores decirle a Pedro que había conocido a otro chico en la playa y que ya no iba a ser su novia. Comenzó a llorar: “Pocholito no me dejes”. Y le dejé. Se lo tomó muy mal, decía que no quería seguir viviendo. Se lo conté a mi madre, se alarmó mucho y dijo que quería invitarle a que viniera a hablar con ella. Me parecía un poco raro, pero finalmente concerté la cita entre los dos. Yo me quedé en mi cuarto. Le oía llorar y llorar mientras hablaba con mi madre en el salón. Cuando se fue, mi madre me dijo que tenía que romper el contacto con él porque era la única manera de que Pedro pudiera seguir con su vida.

A los pocos días, cuando le dije que no quería seguir en contacto con él, ni siquiera como amigos, Pedro me agarró por los hombros, me agitó y me dijo que un día yo me enteraría de algo que me haría llorar el resto de mi vida. Me solté de sus brazos como pude y me fui camino a casa sin mirar atrás mientras le oía gritar que me odiaba.

−Ven, siéntate −dijo mi madre después de que le contara lo que había pasado. −Ha llegado el momento de que te diga la verdad −siguió hablando como si ella misma ya no estuviera en la habitación. −Parece ser que tu padre no se encontraba muy bien y nadie lo sabía. Tu padre se suicidó −terminó de contarme con lágrimas en los ojos.

Recuerdo que sentí como si cayera en un abismo negro. Era una sensación de desmayo. Fue como si una apisonadora  hubiera pasado por encima de mi alma aplastándome y reduciéndome a un despojo medio muerto. Y es que en ese mismo momento se me fue el aliento de la vida. Volví a acordarme de la última vez que le había visto. Después de pelearnos mi padre me había preguntado: “¿Por qué me tratas así?”

 

 

JUDAS

Agosto de 1985.

 

Era el mes de agosto, martes trece, y como de costumbre los madrileños habían huido del calor agotador que casi hacía fundir el asfalto y la ciudad estaba casi vacía. Apenas había tráfico en las calles y muchos comercios estaban cerrados durante todo el mes. El edificio del cuartel general del Ejército del Aire en la plaza de la Moncloa estaba medio vacío. Se oían unas voces en el cuarto de baño de la segunda planta al final del pasillo, donde dos soldados hacían guardia y vigilaban la entrada.

 

−Sabes que no tienes otra opción. Si quieres que tu familia siga viviendo tendrás que apretar el gatillo −le decía un hombre con voz ladina que escupía veneno por su boca y tenía una enorme nariz de gancho. −Eres un buen hombre, pero has tenido mala suerte. ¡Venga! ¡Dispara ya de una vez, cabrón! ¿Te creías mejor que nosotros? Pues no haberte metido donde no te llamaban. Ahora morirás como un héroe. A los que quieren cambiar el mundo, el mundo los mata. ¿No lo sabías?

Francisco García Montañés, coronel del Ejército del Aire, vestido con su uniforme azul, estaba acorralado en uno de los compartimentos con retrete del cuarto de baño. No decía una palabra, sabía que iba a morir. En su mirada distante en el tiempo y el espacio solo se podía adivinar el dolor de la despedida que se avecinaba. Ya apenas sentía miedo; pensaba en su mujer y sus tres hijos, ellos le necesitaban. Se estaba preparando mentalmente para apretar el gatillo de la pistola que sujetaba con su mano derecha apuntando su sien. Enfrente de él había tres hombres apuntándole con sus pistolas de mano. Imágenes felices de lo que había sido su vida pasaron por su mente en cuestión de segundos. Iba a morir, lo sabía muy bien, pero estaba preparado. Había temido mucho este momento durante los últimos meses. Cierta información muy comprometedora sobre un asunto de corrupción y tráfico ilegal de armas había llegado accidentalmente a sus manos. De inmediato supo que se trataba de un asunto extremadamente peligroso, y se planteó si no sería mejor ignorarlo y pretender que no se había dado cuenta. Se acordó de los silencios, las miradas furtivas de los últimos meses, la sensación de secreto y misterio. Olía a traición, pero su ideal de patriota le había dicho una y otra vez que no era posible. Ahora no había vuelta atrás.

Los días que siguieron fueron un tormento. Iba a su casa después de su trabajo y se quedaba mirando a los miembros de su familia pensativo, a su mujer siempre trajinando en la cocina o pintando al óleo. A sus tres hijos: Andrés, que estaba haciendo el servicio militar y a quien por ese motivo apenas veía; y a sus dos hijas, María e Isabel. Estaba muy orgulloso de su familia y a menudo pensaba en la suerte que tenía de tenerlos en su vida.

Decidió no ignorar lo que sabía porque sospechaba que otros padres de familia habían perdido su vida en esa maraña de intrigas. El dinero sangriento hacía que los tiburones vestidos de uniforme devoraran a todo aquel que se interpusiera en su camino. Él mismo, hiciera algo o no, estaba en peligro también. Había habido varios accidentes inexplicables, muertes súbitas y convenientes para muchos. Probablemente llegaría un día en que sería preferible eliminarle a él también. Los tentáculos de la sangrienta y lucrativa conspiración se extendían como una plaga de insectos, como una epidemia. Francisco buscó aliados y los encontró. Surgió un movimiento paralelo en el que los aliados clandestinos intentaron desmantelar el brote corrupto que amenazaba la seguridad nacional. Desgraciadamente había también un Judas entre sus aliados. Tenía una nariz muy grande en forma de gancho. Fue la traición de Judas lo que había llevado a Francisco al momento actual en que se encontraba. Le quedaban tan solo unos minutos de vida. Él moriría y a su familia le dirían que se había suicidado. Sabía muy bien que se sentirían devastados y abandonados. Se acordó también de sus ancianos padres. Todos lo lamentarían y se sentirían muy tristes por largo tiempo, pero al menos estarían vivos y después seguirían viviendo aunque fuera por inercia. Les miró impasible. “Cuidad de mi familia” −fue lo último que dijo antes de apretar el gatillo.

EL REY DEFECTUOSO

Dieciocho años más tarde, primavera de 2003.

 

Levanté la vista de la pantalla de mi ordenador y le vi pasar por delante de nuestro departamento, andando como un oso polar, balanceando su exceso de peso de un lado a otro, y de repente giró su cabeza y se me quedó mirando con la boca abierta, casi babeando y medio perplejo. No podía comprender por qué el marido de mi íntima amiga Julia, que además era mi jefe, me miraba así. Quizás en el fondo sí lo supiera, pero saberlo me daba tanto miedo que preferí ignorarlo. Esquivé su mirada lasciva e hice como si estuviera tan concentrada en mi trabajo de traducción que no me había percatado de lo que acababa de suceder. Me vino la imagen de un rey gordo ostentando una aparatosa corona paseando complacido por su reinado, arrastrando a sus espaldas una capa blanca salpicada de motas negras, a la vez que pensaba lo bueno que era ser el rey. “Un rey defectuoso”, pensé yo.

A través de los compañeros de trabajo, cada vez me llegaba más información, rumores, de los defectos del rey, es decir, del jefe del Departamento de Traducción del Instituto Nacional de la Seguridad Social (SVB, por sus siglas en holandés) en Amstelveen, un pueblo de Holanda muy cerca de Ámsterdam. La situación empezaba a inquietarme. Me preocupaba por mi amiga Julia. Hacía pocos días que había empezado a trabajar en ese organismo medio privado y medio estatal. Gracias a Julia su marido me había ofrecido hacer unas prácticas en el departamento de traducción. Había dos traductoras embarazadas y estaban buscando a alguien que hiciera su trabajo cuando estuvieran de baja por maternidad.

Debido a mi situación apurada, por no decir desesperada, accedí a sustituir a las dos futuras parturientas cobrando tan solo un sueldo de estudiante en prácticas de cuatrocientos euros al mes. Hacía ya siete años que había terminado mis estudios, tenía cierta experiencia como traductora y estaba perfectamente capacitada para hacer el trabajo, sin embargo, el rey defectuoso, a sabiendas de la difícil situación en que me encontraba, pensó que dadas mis circunstancias yo no rechazaría su oferta y prefirió aprovecharse de mi desgracia y explotarme en lugar de ayudarme.

 

En las conversaciones que mantenía entre cigarrillo y cigarrillo con mis compañeras de trabajo me iba enterando de los cotilleos de la empresa. Según parece, el anteriormente mencionado rey defectuoso, mi jefe, era un tipo muy vago, que dedicaba la mayor parte de su tiempo a los chismes, a seguir la trama política de la empresa y a correr detrás de las faldas de las empleadas. También se decía que le daba a la botella. Le gustaba insinuarse sutilmente, pero a veces lo hacía también sin tapujos, como aquella vez que estando en el cuarto de fumadores, entre calada y calada de su cigarrillo, se puso a contarle a tres de sus empleadas que últimamente tenía muchas ganas de practicar el sexo oral.

 

Antes de que empezara el trabajo, este energúmeno que se llamaba Eduard, me había citado en la cantina de la empresa y me había ofrecido hacer un periodo de prácticas de seis meses. Solo podía pagarme cuatrocientos euros al mes, decía, y si todo iba bien, podría prolongar el periodo de prácticas por otros seis meses. Posteriormente intentaría compensarme de algún modo, me había dicho, me daría un trabajo en cuanto hubiera una vacante o me llamarían para que viniera a asistirles en los periodos de mucho ajetreo cuando estuvieran trabajando en algún proyecto, lo cual ocurría con frecuencia. Acepté su oferta sin dudarlo, tratando de ignorar el hecho de que era consciente de que se estaba aprovechando de mi mala fortuna y quería explotarme. Él sabía muy bien que mi exmarido no me daba ningún dinero y que estaba en la pura miseria, viviendo en una casa enorme con una hipoteca impagable con mis dos hijas de nueve y trece años. Se me quedó mirando fijamente, escrutando más allá de mis ojos; le mantuve la mirada. Parecía estar buscando dentro de mi ser hasta qué punto yo aguantaría la lucha por sobrevivir, relamiéndose con la simple fantasía de poder jugar con mi desesperación.

 

 

EL GENIO INGENUO

 

María estaba traduciendo una resolución larguísima sobre un pensionista que reclamaba una serie de derechos que el pobre no podía probar con los documentos necesarios, pues se habían extraviado. Algunos pensionistas habían llegado a la vejez después de haber trabajado duramente como mano de obra barata en el extranjero, pues se habían visto obligados a emigrar al norte de Europa en los años sesenta huyendo del franquismo y de un callejón sin salida en España. Algunos ni siquiera habían aprendido a hablar holandés, a pesar de haber vivido treinta años en Holanda. La mayoría eran buena gente, y Karel, que trabajaba en la Seguridad Social desde hacía más de veinticinco años, siempre trataba de ayudarles, pacientemente y entre bromas. María le admiraba mucho porque traducía cartas a siete idiomas: español, polaco, inglés, francés, alemán, yugoslavo y ruso. Le llamaba el genio ingenuo. Tenía aspecto de ángel caído del cielo. Llevaba una melena de pelo blanco que flotaba en el aire por lo fino, cayendo a la altura de los hombros en bucles perfectos a los lados de su cara. Se parecía un poco a Carlos Marx o a Papá Noel. Tenía una mirada bondadosa y era un gran defensor de los derechos del pueblo. Antimonárquico, acudía en su tiempo libre a manifestaciones y escribía en su blog protestando por las injusticias del mundo. A veces le invitaban a comentar sus opiniones en programas de radio. Su ronca voz, que parecía proceder de las profundidades de la tierra, fluía por el cable telefónico hasta los oídos de los pensionistas en apuros que le querían mucho.

Karel y yo nos reíamos mucho juntos comentando las faltas de ortografía que hacían algunos pensionistas en las cartas que escribían. La mayoría eran analfabetos de edad avanzada, gente sencilla y simple, pero entrañable. Una vez una buena mujer llamó para decir que no entendía lo que era el “suicidio colectivo”. Resulta que en uno de tantos formularios de los que recibían los pensionistas ponía algo de un “subsidio colectivo” y la buena mujer se había hecho un lío.

 

Con el paso de los días y sin darse cuenta Karel empezó a amar a María en secreto. Ansiaba cada mañana oír el ruido de sus pasos avanzando por el pasillo porque sabía que cuando pasara por delante de su oficina ella haría una parada, le sonreiría e intercambiarían unas pocas palabras antes de ir a sentarse a su sitio en la oficina que compartía con los traductores franceses y polacos.

 

 

LA LEYENDA EN LA TIERRA

 

María tenía una sonrisa sincera que la hacía brillar como un sol azteca.

¿Quién era María?

Había pasado años y años en el infierno con los demonios. Inocente y cándida se había casado con un demonio poderoso, habitante del inframundo, y juntos habían concebido a dos hijas tiernas. En la lucha por liberarse del demonio poderoso, que dependía de ella para poder vivir, había pasado por mil y una penas. Se había arrastrado por el fango vestida con harapos, había peleado, había mendigado, había llorado y se había convertido en una poderosa guerrera que se pintaba la cara para la guerra. Llevaba un trapo atado a la cabeza y cabalgaba en un caballo fiero con una lanza erguida en la mano. Decían que le salía fuego por los ojos.

El veneno de las heridas causadas por el demonio se le había quedado metido en el cuerpo y un día, agotada y casi vencida, cayó de su caballo sin apenas fuerzas para moverse. Fue entonces que se cruzó con un curandero chino sabio que pasaba por ahí y le pidió que la ayudara. El chino con sus agujas poco a poco le devolvió la fuerza, le sacó el veneno y surgió el amor entre ellos. Sin embargo, María, que creía que no podía confiar en su juicio sobre las personas, sintió miedo y le castigó. El chino sabio curandero, con infinita pena en sus ojos eternos, se marchó corriendo con sus piernecitas cortas, asustado y desencantado.

Ella quería olvidar todo lo que había aprendido de los demonios. No obstante, su conocimiento del inframundo había dejado secuelas. Y eso era lo que le impedía entregar su corazón a otro hombre. Si había sido capaz de amar a un demonio del inframundo sin sentir miedo de él, sin darse cuenta de su maldad y falsedad, ¿cómo iba a atreverse a amar de nuevo? ¿Y si se equivocaba otra vez?

 

 

ESCENARIO

 

Vivía sola con mis dos hijas, Felicia de trece y Lucille de nueve años, en una casa enorme y preciosa en Amstelveen, un pueblo vecino de Ámsterdam. No tenía apenas trabajo ni dinero y las facturas que no podía pagar se iban apilando. Además tenía el corazón roto.

 

Nelson y yo, mi marido holandés, nos habíamos conocido a los veinte años durante unas vacaciones de verano en una de las playas de Valencia. Nos quisimos desde que nos miramos a los ojos. Fue como si al mirarnos el uno al otro hubiéramos tenido esa mágica e indescriptible sensación de profunda conexión. Nos sentimos el uno al otro, como las olas sienten al mar y las nubes al viento.

 

El verano que le conocí acababa de volver de Londres, donde había vivido durante un año para aprender inglés y, al volver a España, me había ido de vacaciones a Valencia con mi hermana Isabel. Estábamos acampando en la playa de Tabernes de Valldigna. Esa mañana habíamos llegado temprano a una playa un poco alejada que conocíamos de otros años. Era un lugar muy tranquilo y prácticamente desierto.

 

Yo estaba leyendo un libro e Isabel estaba tendida en su toalla medio dormida. Era casi el final de nuestras vacaciones de verano y solo faltaban tres días para que volviéramos a Madrid. De repente, tres chicos extranjeros cargados con bolsas pasaron por delante de nosotras buscando un sitio donde tender sus toallas. Se pararon a unos pocos metros de distancia, se quitaron las camisetas y empezaron a untarse crema solar. Les miré con cierto recelo, pensé que eran alemanes porque eran muy rubios y con ojos azules, y por aquel entonces yo tenía manía a los alemanes.

 

−Isabel, ¿estás despierta? −pregunté a mi hermana. −Esos chicos de ahí no paran de mirarnos.

Isabel, que estaba medio dormida, contestó gruñendo:

−Pues mírales tú también, ¿no? A lo mejor te viene bien aprender a ligar un poco, hija mía, porque se te da fatal. Anda, ponte a practicar…

−¿Pero a cuál tengo que mirar? Es que me están mirando los tres al mismo tiempo −pregunté algo nerviosa.

−Tienes que elegir a uno, y entonces le miras de vez en cuando a los ojos, así como así −me explicó Isabel.

Les miré furtivamente. De los tres, había uno cuyos ojos me estaban hablando diciéndome que estaba muy contento de haberme descubierto, como si yo para él fuera una aparición o una visión.

 

 

PRELUDIO DE AMOR

 

Él la miraba con intensos y chispeantes ojos azules porque no podía evitar mirarla. Tenía el pelo rubio platino, era esbelto y corpulento y parecía un actor de Hollywood. Ella le devolvía la mirada, magnetizada. María era delgada, con grandes y oscuros ojos almendrados y un aire de niña inocente. Isabel y María se parecían bastante, solo que Isabel era pelirroja y con la cara repleta de pequeñas pecas.

 

Después de un par de horas de mirarse, esquivarse y volverse a mirar, él se acercó a hablar con ella. Isabel se había marchado a recoger a un amigo a la estación de trenes y María estaba leyendo su libro. Estaba muy morena y su piel estaba cubierta de restos de sal marina. Llevaba un pequeño bikini color malva y se protegía de los feroces rayos del sol con un sombrero de paja que había comprado en una tienda del bulevar. El impresionante rubio se levantó y fue a sentarse al lado de María. Empezó a contarle en inglés que acababan de llegar al camping, que era el primer día de sus vacaciones y que eran holandeses, de Ámsterdam.

 −¿Sabes donde hay una buena discoteca?’− preguntó el rubio.

Solo había una discoteca y quedaron para esa misma noche, a las once. El chico se llamaba Nelson.

 

Hablar con él le había dejado una sensación de hormigueo, como el preludio de una historia de amor. Apenas podía esperar a que llegara la noche. Se puso su ropa favorita, una falda negra y una camiseta de tirantes también negra que había comprado cuando vivía en Londres. Era una de esas noches de verano de aire caliente y un cielo cargado de estrellas.

Al llegar a la terraza de al lado de la discoteca donde habían quedado le reconoció entre la multitud; estaban solo él y ella en el mundo, todo lo demás era un telón de fondo.

 

La tomó de la mano y no la soltó en toda la noche. Escucharon música y pasearon por la playa mientras él le decía cosas en holandés para luego explicarle lo que significaban esas palabras que en un principio sonaban un tanto ásperas. Se besaron y hablaron del sentimiento que ambos tenían de conocerse desde hacía ya mucho tiempo. Así pasaron tres días y tres noches de ensueño y finalmente María regresó a Madrid con su hermana, a casa de su madre.

 

Al despedirse, Nelson había prometido ir a visitarla a Madrid. Decía que la distancia no importaba si de verdad se querían ver. María volvió a Madrid impregnada de amor. Con una sonrisa en la cara recordaba y saboreaba los momentos que habían pasado juntos.

Tres semanas más tarde recibió un telegrama en inglés: “¿Soy bienvenido en Madrid?”

Al poco, Nelson fue a Madrid y en una pensión de la Puerta del Sol se amaron intensamente durante siete días y siete noches. Era un amor joven y despreocupado. Visitaron el zoológico de la Casa de Campo, el parque del Retiro, las terrazas de verano del Paseo de la Castellana, los peligrosos bares nocturnos de Malasaña donde trabajaba el novio de Isabel, el museo de cera y se hicieron mil fotos. La movida madrileña tenía mucho que ofrecer.

Se acercaba el momento de despedirse, y mientras se tomaban algo en una terraza de la plaza de Cristóbal Colón, decidieron irse juntos a vivir a Londres, porque los dos hablaban el idioma y allí sería más fácil seguir conociéndose. La idea de separarse era impensable e inconcebible. Era extraordinario, pues solo habían pasado juntos diez días: tres días en la playa y siete días en Madrid y, sin embargo, ambos habían quedado estrechamente entrelazados.

 

Inconsolable lloraba Manuela, la madre de María, al oír la noticia de que su hija de nuevo se marchaba a Londres, presintiendo, quizás, que su marcha fuera definitiva.

Boquiabiertos quedaron los padres de Nelson al oír que ese año su hijo no iba a comenzar los estudios en la universidad, que iba a vender su coche y con ese dinero iba a comprar un billete de avión para viajar a Londres y alquilar allí una habitación para vivir con María.

 

El 6 de septiembre de 1986 llegó María al aeropuerto de Schiphol en Ámsterdam y, después de pasar a saludar a los incrédulos padres de Nelson, pasaron la noche amándose en un hotel cercano a la Estación Central. A la mañana siguiente cogieron el ferry en dirección a Londres.

 

 

LONDRES LLENO DE AMOR

1986−1987.

 

Llegaron a Londres y alquilaron una habitación anunciada en el tablón de anuncios de la estación de metro de Earl’s Court. Era un sótano típico de la ciudad en la calle West Cromwell Road y bastante bien iluminado. Se convirtió en su nido de amor. Lo decoraron y compraron algunas ollas y sartenes, vasos y cubiertos. María conocía Londres al dedillo, pues había vivido allí el año anterior y además de tener amigos en la ciudad, sabía exactamente cómo hacer para encontrar trabajo y buscarse la vida. A María le fascinaba Londres: el olor a humedad, los finos modales de los londinenses, la arquitectura y los desayunos con beicon, huevos y salchichas, el té, y los numerosos pakistaníes con su extraño acento, los autobuses rojos de dos pisos y los taxis antiguos. Todo empezaba y acababa en Londres. Era una ciudad vanguardista y cosmopolita, con multitud de culturas y ciudadanos ilegales.

 

María encontró trabajo en un Fish&Chips en la calle de Earl’s Court Road, y Nelson empezó a trabajar en un restaurante de la misma calle donde se podían comer todos los platos de pasta que se quisiera por un par de libras. Después del trabajo corrían el uno a los brazos del otro, se amaban o se iban a dar una vuelta. Recorrieron todo Londres, dieron largos y románticos paseos por las orillas del río Támesis, visitaron los mercadillos típicos, la torre y el puente de Londres, la catedral de Saint Paul, el Big Ben, Picadilly Circus, el Soho, Trafalgar Square y el museo National Gallery.

 

Una noche, mientras dormían, hubo una tormenta colosal que arrancó un montón de árboles de raíz. A la mañana siguiente toda la ciudad mostraba la devastación causada por los fuertes vientos. Aquel día querían ir a pasear al parque de Hyde Park. Al llegar, vieron que la verja estaba cerrada y colgaba un cartel que decía que estaba prohibido entrar en el parque por razones de seguridad. Saltaron la verja y entraron. Estaban solos en el inmenso parque lleno de árboles quebrados o tirados en el suelo. Abrazados pasearon por el campo de batalla de árboles muertos y se hicieron la promesa de nunca separarse.

 

Eran dichosos en su nube de amor y después de amarse durante dos estaciones, el otoño y el invierno, decidieron mudarse a Fullam Road, a un edificio antiguo donde vivía su amigo Khan, de Pakistán. Esa calle tenía algo más de caché y por fuera el edificio era precioso y era imposible adivinar el mal estado en que se encontraba por dentro. Los cimientos de la casa estaban prácticamente podridos y había planes para renovarla en breve. Gracias a eso pudieron alquilar allí una habitación que acababa de quedar libre por mucho menos dinero de lo que estaban pagando en el sótano de Earls Court Road.

La casa estaba dividida en tres plantas y en cada planta había dos o tres habitaciones alquiladas, en su mayoría a pakistaníes. Su habitación se hallaba un poco aislada de las demás habitaciones, justo en el rellano de la segunda planta. Tenía una moqueta de color granate llena de manchas, una cama doble y un pequeño armario de madera pintado de blanco donde era imposible guardar toda la ropa. Su buen amigo Khan, les regaló un armario de madera con cajones que, por lo visto, nadie quería. Encima del armario de cajones colocaron sus libros de estudio, pues iban a clases de inglés para presentarse al examen estatal Proficiency, cuyo nivel es equivalente al de un nativo. Junto a sus libros colocaron una pecera rectangular de cristal donde nadaban pececillos extravagantes. También compraron una tortuga y la llamaron Margarita. Los peces se morían con tanta frecuencia que al final la pecera se quedó vacía y sin agua. Margarita comía pequeñas gambas secas y a veces se escapaba de su estanque y se la encontraban por la escalera.

 

 

GRITOS DE MUJER

 

Ocurrió una tarde de invierno. Estaban cenando mientras veían la televisión y empezaron a oír gritos de mujer. Esos gritos llegaban envueltos en una ráfaga de aire que atravesaba su habitación, entrando por el rincón que daba a la calle y saliendo por el rincón contiguo a la casa de al lado. Quedaron estremecidos ante el horror y la intensidad de los gritos que se introducían en su habitación, incesantes y desgarradores, llenos de una desesperación y un pesar sin límites. Esa mujer gritaba como si le estuvieran sacando las entrañas o cortándola en pedazos. A la tarde siguiente, volvieron a oír los mismos gritos y decidieron investigar de dónde procedían, ¿acaso había una mujer que necesitaba ayuda? ¿Quizás alguien la estaba maltratando? Hablaron con el vecino de la casa contigua, un chico joven muy amable, que decía que vivía solo allí y que no había oído ningún grito. Se quedaron muy extrañados, era imposible que no hubiera oído a esa mujer gritando como si estuviera agonizando.

Al día siguiente volvieron a oír los gritos otra vez. Petrificados del miedo no podían sino oírlos sin moverse y sin saber qué hacer. Empezaron a sentir casi el mismo dolor que salía de esa voz de mujer. Sin embargo, los gritos se fueron igual que llegaron, y al día siguiente no volvieron a oírlos. Aliviados pudieron volver a disfrutar de la dulce normalidad de su vida juntos.

 

Fue poco después cuando una mañana al despertarse Nelson le contó a María que había tenido un sueño muy extraño. En su sueño se había visto a sí mismo tumbado en la cama durmiendo junto a María, pero él estaba fuera de su cuerpo. Se había asustado mucho porque cuando había intentado volver a su cuerpo no podía. Le costó verdaderamente mucho esfuerzo volver y esa experiencia le había causado mucho miedo.

 

Los días pasaron y finalmente acabaron olvidando ese extraño episodio. Solo muchos años después, cuando María se dio cuenta de que Nelson se había transformado en una persona a quien ya no conocía, y que ya apenas nada quedaba del hombre de quien se había enamorado en la playa de Valencia, se preguntó a sí misma si quizás entonces un espíritu, o un ente, en todo caso algo que no pertenecía a este mundo, se hubiera apoderado del hombre a quien tanto amaba. Quizás un espíritu negro traído por el viento hubiera llegado envuelto en gritos de mujer y se hubiera metido en el cuerpo de Nelson mientras dormía.

 

 

FELICIA Y LUCILLE

 

Durante una fiesta en casa de su amigo pakistaní, María, que a veces era un poco torpe, se rompió un dedo del pie al caerse por las escaleras. Khan había ganado algo de dinero en la lotería y lo estaba celebrando. Cuando fue al hospital le dijeron que la fractura era tan pequeña que se curaría por sí sola. No la escayolaron, y le dieron una especie de calcetín con el que tenía que andar porque todavía no podía ponerse un zapato. No sirvió de nada que se quejara y al cabo de un par de días su calcetín estaba negro y daba asco verlo.

 

Un día Nelson le dijo que había reservado una romántica mesa en un restaurante italiano y por el camino hacia el restaurante cogió un carrito de la compra que estaba aparcado en la entrada de un supermercado y metió a María dentro para que no se cansara de ir andando por la calle medio cojeando con su calcetín mugriento. Una vez en el restaurante, Nelson le dijo cuánto la amaba y que quería pasar el resto de su vida juntos. Sacó una cajita con un anillo de oro y le dijo a María que quería casarse con ella y que sería el hombre más feliz de la faz de la Tierra si ella quisiera casarse con él. María le dijo que podía colocar el anillo en su dedo, porque ella sería la mujer más feliz de la faz de la Tierra casándose con él.

Por aquel entonces, Nelson tenía veinte años y María veintiuno, se querían como dos niños, despreocupadamente e inconscientes de sí mismos.

 

Fue al llegar la primavera cuando el vientre de María empezó a crecer. Al mismo tiempo que asomaban los tiernos brotes en las desnudas ramas de los árboles, en sus entrañas, iluminadas por la nueva vida, existía pacíficamente y feliz la primera hija fruto de su amor.

 

Se asustaron mucho, pues vivían en un cuartucho y no tenían estudios ni una base para ofrecerle un buen futuro al bebé y además eran muy jóvenes. No sabían muy bien qué hacer, sobre todo tenían miedo. Hicieron una cita en una clínica de abortos para hablar con el médico sobre la posibilidad de abortar. ¿Cómo harían si se quedaban con el bebé?

María entró sola y casi temblando en la habitación del médico; Nelson tenía que trabajar y no pudo acompañarla. Observó que el médico llevaba mocasines de esos que estaban de moda en aquella época. Sin embargo, cada zapato era de un color diferente. Le extrañó muchísimo ¿Qué explicación posible había para que un médico llevara zapatos de diferentes colores? Además, parecía distraído, como si fuera un científico loco. Hablaron brevemente sobre los datos clínicos y el médico le dijo que quería volver a hablar con ella después de una hora para que María pudiera pensar tranquilamente lo que quería hacer con el bebé. Quería que primero se fuera a pasear un rato y que pensara bien sobre la decisión de abortar. Le dio un papel donde se informaba sobre el procedimiento del aborto. En ese papel llamaban al feto “contenido”. Eso le chocó mucho a María y pensó: “Nadie llama a mi bebé contenido”. Desde aquel mismo instante se convirtió en su madre para siempre. Volvió a hablar con el médico transcurrida una hora y le dijo que había decidido quedarse con el bebé y que pensaba que iba a disfrutar mucho siendo mamá. El médico se alegró genuinamente, su cara se iluminó y la felicitó de corazón. María pensó que el pobre médico, quizás por hacer un trabajo tan desagradable, estaba medio trastornado, pero disfrutó de veras al ver cómo se alegraba por ella.

 

Había quedado con Nelson en el centro de la ciudad, pues él tenía que terminar su turno de trabajo en el pub inglés donde estaba trabajando por aquel entonces. Se abrazaron y María le contó cómo había sido su cita en la clínica de abortos.

−Voy a tener el bebé −le dijo−, me gustaría mucho que lo tuviéramos juntos, pero si tú no quieres, yo lo tendré de todas maneras.

 

Nelson y María tuvieron dos hijas: Felicia, concebida en Londres cuando Nelson y María tenían veintiún años, y Lucille, en Holanda cinco años más tarde. Nelson montó una empresa floreciente de telefonía, vendía líneas telefónicas a los locutorios de toda Holanda. Su negocio tenía mucho éxito y vivían muy bien en el pueblo de Amstelveen, donde se habían instalado años atrás en una casa con jardín y un columpio.

 

Lucille nació cuando Felicia tenía cinco años y ambas llamaban la atención, pues eran dos niñas excepcionalmente bellas. Dicen que cuando un hombre y una mujer se quieren mucho tienen hijos muy guapos. Felicia tenía el pelo oscuro y unos enormes ojos azules con largas y rizadas pestañas, y Lucille tenía el pelo muy rubio y ojos de color marrón caramelo. Tenían una constitución esbelta y delicada con largos y finos dedos. María disfrutaba cuidando de sus hijas, se sentía realmente completa haciendo felices a sus retoños y siempre, desde el primer día, les habló en español. Fueron educadas con esmero, iban a clases de piano, de baile y de inglés. Siempre venían muchos niños a jugar a su casa y jugaban a muchos juegos de mesa con su madre. Para María era muy importante que se sintieran queridas, que de verdad pudieran sentir en sus corazones lo que eran el amor y la aceptación incondicionales. A través de sus hijas, María se estaba dando a sí misma la infancia que ella siempre había deseado tener.

 

Aunque se veía claramente que eran hermanas, en su forma de ser eran totalmente opuestas. Felicia tenía un carácter algo más serio y tenía una personalidad muy marcada e independiente, mientras que Lucille siempre estaba haciendo bromas y hablando sin parar, pero a la hora de la verdad no se sentía capaz de hacer las cosas por sí misma y buscaba apoyo constantemente aunque no fuera necesario.

 

 

LA FAMILIA HIPÓCRITA

 

Nelson había nacido en Ámsterdam. Su padre, un prestigioso cirujano, tenía una naturaleza doble e inestable cuya vida estaba protagonizada la mayoría de las veces por un ser destructivo y cruel, dominado por su adicción al alcohol y las mujeres. Se diría que en esencia era buena persona, pero estaba profundamente perturbado y disfrutaba maltratando y humillando a sus seres queridos. De cara al público era una persona amable y servicial y tenía fama de estar devotamente dedicado a sus pacientes.

En su casa, la mayoría de las veces era un tirano sádico con ataques de ira que pegaba a su mujer y torturaba psicológicamente a sus tres hijos. Nelson era el mayor de los hijos y pesaba sobre él la expectativa de que llegara a ser una persona al menos tan importante como su padre.

 

Tuvo diferentes amantes y su mujer, que como la mayoría de las mujeres de su generación había sido educada para sentirse inútil, no se sintió capaz de abandonarle y buscó consuelo y venganza en los brazos de otros hombres. Nelson creció en una casa de susurros y tabúes, de secretos y mentiras.

Por lo general se sentaban a la mesa y comían y charlaban de cosas superficiales como si nada pasara. En el aire quedaban mensajes entredichos, miradas furtivas, misterios, palabras huecas y el peso de la vergüenza.

 

María nunca se sintió a gusto en esa familia, pues el trato entre ellos mismos era tan formal y distante que parecía como si siempre estuvieran de visita. No conseguía congeniar con ellos y tenía el sentimiento de que tenía que tener cuidado con lo que hacía o decía. Además, con eso de que el padre era cirujano todos tenían un aire de “soy mejor que tú” que se manifestaba cada vez que abrían la boca. Reflejado en sus miradas estaba su desaprobación permanente y el sentimiento de prepotencia y María empezó a sentirse insegura e inepta. Estaba en un país extranjero, con una mentalidad extremadamente individualista y sin apenas tiempo para hacer amigos o relacionarse socialmente. Sin percatarse de ello había caído en una tela de araña en la que cada vez quedaba menos espacio para ella misma.

 

Al poco de casarse empezó a darse cuenta del cambio de personalidad que se estaba produciendo en Nelson. Era un proceso gradual y progresivo. ¿Dónde había quedado el dulce Nelson que la adoraba?

Tiempo atrás Nelson se había visto ante un dilema cuando sintió la necesidad de tener un ejemplo a seguir. Llevaba una vida de adulto, con muchas responsabilidades y una familia. Solo había para él dos opciones: antes que convertirse en una víctima, un fracasado sin una pizca de dignidad como su madre, prefirió ser un hijo de puta como su padre.

 

María no lo entendía y tampoco conseguía descifrar la dinámica de esa familia llena de murmullos y sombras de palabras no habladas que nunca se llegarían a pronunciar. Pensamientos incógnitos y sin dueño fluían flotantes entre las paredes de la casa familiar cargada de tensiones invisibles, máscaras fijas y sonrisas sin brillo. De algún modo lo percibía y, sin embargo, como hacía ya mucho tiempo que  había dejado de escuchar sus propios sentimientos, no pudo detectar las señales de alarma a tiempo y empezó a sentirse mal, culpándose a sí misma de no poder conectar con esa familia o hacer feliz a su marido.

No todo eran malos momentos, naturalmente, había muchas veces en las que aún eran felices juntos, o que Nelson se sentía a gusto consigo mismo y tenía un buen día. Entonces volvían las esperanzas y los sueños de una vida feliz hasta que algo ocurría otra vez y volvían a desaparecer.

 

 

LA CASA AL DIQUE

Otoño de 2000.

 María y Nelson tienen treinta y cuatro años, Felicia once y Lucille seis.

 

Era un día soleado de principios de otoño y Nelson y yo habíamos salido a pasear por las calles de Amstelveen en mi coche, un BMW descapotable color rojo chillón, un modelo clásico. Contentos y disfrutando de estar juntos y a solas, pues las niñas se habían quedado en casa, dábamos un paseo en coche con la capota bajada.

Estábamos buscando la dirección de una casa que habíamos visto anunciada en el periódico con un precio muy interesante porque hacía falta renovarla. Finalmente llegamos a la dirección indicada en el recorte de periódico. Nos bajamos del coche y nos quedamos boquiabiertos por unos instantes admirando la enorme casa de tres plantas, un sótano y una amplia buhardilla. Formaba parte de una hilera de casas grandes y antiguas junto a un canal de agua y una ancha carretera por donde de vez en cuando circulaba tranquilamente algún que otro coche. La acera estaba poblada de chopos con copas bañadas por el sol que parecían llegar hasta el cielo. Por fuera era una casa idílica con carácter añejo y estilo señorial. Para llegar a la entrada principal había que atravesar un jardín delantero con baldosas de piedra cubiertas de verdín y musgo donde expandía sus ramas un inmenso cerezo japonés.

 

Al abrirse la puerta y entrar en el vestíbulo de la casa, nos pareció como si en cuestión de segundos hubiéramos viajado por el tiempo a la velocidad de la luz, llegando súbitamente a otra dimensión habitada por seres extraños, donde la energía era más pesada y apenas nos podíamos mover. Tardamos un par de minutos hasta darnos cuenta de dónde nos encontrábamos realmente, simplemente no podíamos concebir lo que veíamos. Por dentro, el caserón estaba impregnado de un denso hedor, un pestilente y penetrante tufo y casi no nos atrevíamos a respirar. El agente inmobiliario se puso pálido y disculpándose corrió hacia la puerta aguantándose las arcadas. 

 

Vivía ahí un hombre de unos cuarenta y cinco años que parecía un fantasma, un mamarracho enjuto con pinta de adefesio, que vestía un corroído traje negro, sucio y cubierto de caspa. Llevaba sus cuatro estropajosos pelos recogidos en una coleta hacia atrás. Al llegar me extendió la mano para saludarme ofreciéndome una sonrisa con dos filas de putrefactos dientes marrones. Me quedé paralizada, dudando y sin saber qué hacer. Finalmente, haciendo un esfuerzo supremo y sin ver el modo de escurrir el bulto, le estreché la mano invadida de repelús. Vivía ahí acompañado de cuatro perros y cinco gatos. Era como si hubiéramos entrado en la morada del averno o la casa de los horrores. Todo estaba asqueroso y repugnantemente sucio y roto. Había capas de telarañas colgando por doquier y una mugre de polvo hediondo cubría todas las superficies. Además, había montañas de objetos acumulados sin sentido asemejando un rastrillo callejero. Para colmo, uno de los perros, un chucho sarnoso y casi sin pelo, que más bien asemejaba la mutación de una rata gigante, no dejaba de saltar a mi alrededor, arañando mis vaqueros con sus cortas patas delanteras en movimientos histéricos y nerviosos, medio jadeante. Poco más tarde volvió el agente inmobiliario, que sin poder disimular una especie de vergüenza ajena nos miró con cara de póquer y dijo:

−Bueno, hace falta una capita de pintura.

Nelson y yo nos miramos atónitos mientras recorríamos con mirada soñadora cada uno de los rincones del lugar.

 

Una puerta desvencijada y medio podrida daba al interminable jardín trasero. En la profundidad de una inmensa superficie cubierta de un verde refrescante se asomaba un enigmático bosquecillo, separado del jardín por un canal habitado por familias de patos que nadaban despreocupadamente en el agua. También había aves acuáticas que venían a posarse y descansar a las orillas, cobijándose bajo la ancianidad de dos ciruelos y un peral.

 

Sentí que quería quedarme para siempre en ese jardín y una profunda y pacífica sensación de serenidad, olvido y armonía, unida a todo lo que allí vivía, a las plantas, grandes y pequeñas, al jilguero que anidaba cada año en la cornisa y a las ortigas campestres, las zarzamoras y la hiedra salvaje que cubría los linderos. Todo estaba bañado por intensos rayos de luz. Habíamos pasado del infierno a la gloria del Elíseo, al cielo en la Tierra. Los dos caímos rendidos bajo el encantamiento de todo aquello y nos enamoramos de la casa al dique y sus inmensas posibilidades.

 

 

EL JARDÍN DE ROSAS

 

Aún lo recuerdo vivamente, como uno de esos momentos entrañables que te acompañan a lo largo de tu vida. Acababan de darnos las llaves de la casa y antes de entrar Nelson me cogió en brazos como a las recién casadas y me dijo:

−Te había prometido un jardín de rosas.

Nos besamos e, invadidos de emoción, caminamos hacia el salón. Todo estaba increíblemente vacío, solo estábamos nosotros, las paredes, el silencio y, en medio del salón, a modo de exposición, una caca reseca de uno de los perros o gatos. Quizás se tratara de un mensaje de despedida del antiguo dueño, y una vez recuperados del susto y el asco nos dio la risa.

 

Trabajamos durante todo el año sin parar en la renovación de la casa y el jardín. Fue un año de días llenos de proyectos y sueños. Casi habíamos terminado. Habíamos renovado prácticamente todo: el tendido eléctrico, las tuberías, lavabos y retretes, así como todos los marcos, puertas y ventanas. Primero habíamos alisado las superficies de madera con papel de lija y luego habíamos dado varias capas de pintura blanca. Para ahorrar en gastos, en lugar de encargar el trabajo de renovación a una empresa, buscamos a diferentes personas para que nos hicieran ofertas. Un señor con un labio viperino y que tenía cara de buena persona se encargó de estucar las paredes. Nelson puso el nuevo laminado de madera en todos los suelos. El hueco de la empinada y angosta escalera que llevaba a la buhardilla se convirtió en el armario empotrado de nuestro dormitorio, y mandamos a un antiguo compañero del colegio de Nelson que trabajaba en la construcción que pusiera una escalera de madera para ir a la buhardilla de Felicia. Allí colocamos dos tragaluces enormes. Trasladamos el cuarto de baño de la segunda planta a un cuarto más grande y construimos una ducha enorme separada del resto del cuarto de baño por un muro de brillantes azulejos blancos. Colocamos la bañera al lado de la ventana. Más que un cuarto de baño parecía una salita de estar por lo grande que era y porque habíamos puesto sillas de mimbre para que uno se pudiera sentar a gusto si le apetecía mientras el otro se bañaba o duchaba.

 

El jardín lo planté con mis propias manos. Trabajé tanto que me salió una especie de callo abultado en el dedo anular de la mano derecha. Casi cada día iba a visitar invernaderos en busca de plantas. Compré un libro de jardinería y me dediqué con afán al estudio de las diferentes plantas y sus cuidados. Me imaginaba mi jardín lleno de plantas en flor, de rincones bucólicos y senderos serpenteantes llenos de luz y color. Había plantado jazmines resistentes al invierno que bordeaban las vallas laterales. Su dulce aroma me recordaba a las tardes de verano en España.

 

Pagamos un anticipo a un señor trajeado que vino a hacernos una oferta para la cocina y a los pocos días apareció una foto del mismo señor en el periódico. Por lo visto se había dado a la fuga con el dinero de todos los clientes que habían pagado un anticipo para la cocina de sus sueños. Nadie sabía el paradero del estafador, pero había dejado atrás a su mujer y dos niños pequeños. Algunos desquiciados, porque siempre los hay, se desquitaron tirando piedras a la casa de la pobre mujer abandonada y cargada de vergüenza ajena.

Y así  es como se evaporó la cocina de color crema con vitrinas que me recordaba a la cocina de la casa de mi abuela Virtudes en Murcia.

 

 

LA ABUELA VIRTUDES

 

Era la madre de mi madre y tuvo diecinueve nietos. Había quedado huérfana de madre desde su nacimiento y de padre a los catorce años. Conoció a mi abuelo Mariano cuando trabajaba para él como ama de llaves. Mi abuelo era un hombre distinguido, natural de Bilbao, un hombre cultivado y sensible con dotes artísticas que disfrutaba escribiendo poemas que se publicaban frecuentemente en el periódico local. Decían que era una buena persona y tenía bondadosos ojos azules que parecían infiltrarse ahí donde posara su mirada. Había heredado una fortuna de un tío suyo, convirtiéndose en millonario a temprana edad.

 

Mi abuela Virtudes, cuya madre murió debido a un parto mal atendido, había pasado al cuidado desinteresado de unos tíos al fallecer su padre, quedando completamente huérfana. La desgraciada criatura supo prácticamente desde su primer día de vida lo que eran el pesar, la desgracia, el abandono, la pobreza y la falta de cariño. Era una de esas personas, que, por circunstancias de la vida, había aprendido a sobrevivir en medio de la soledad. Como consecuencia de ello, siendo una mujer virtuosa pero marcada por el sufrimiento, era casi incapaz de demostrar afecto a sus seres queridos. Estricta y exigente consigo misma se había convertido en una gran defensora de la mala educación, es decir, la educación de antaño, que aún persiste, según la cual una mujer debe sacrificarse por los demás y quedarse con el trozo de tarta más pequeño, dejar que los otros pasen primero y se lleven lo mejor de tu vida. Una mujer tiene que ser humilde, sumisa, modesta, y generosa.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Rosa Rivas Aranaga estudió Traducción e Interpretación de los idiomas holandés y español. Actualmente trabaja como traductora jurado y profesora de español en Holanda. Diez años le ha llevado a Rosa Rivas escribir su primera novela, que retrata la capacidad de superación de una mujer maltratada y su fuerza y valentía para hacerse valer y sobreponerse a las dificultades, haciendo frente a su maltratador para sacar adelante a sus dos hijas y brindarles un futuro feliz. Destaca la construcción de personajes opuestos y lo paradójico de sus comportamientos: mientras los amigos más íntimos pueden mostrarse completamente insolidarios, los desconocidos sorprenden a veces con pequeños gestos cargados de felicidad para quien tiene la suerte de recibirlos. La historia tiene un enfoque psicológico y espiritual, y va acompañada de anécdotas absurdas que hacen el drama más llevadero. Trata el tema de la violencia de género, la falta de preparación por parte de la sociedad para afrontar este tipo de situaciones y refleja muchas facetas del comportamiento humano. El mensaje de este libro es: SIEMPRE HAY UNA SALIDA.

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