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2 min
Caminata
Históricos |
14.10.18
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Sinopsis

Iósif Vissariónovich Dzhugashvili avanzó entre las oscuras calles. El frío había tornado su rostro un tanto insensible, y sentía una especie de dolor agudo en los riñones.

Estaba atento. Hacía tiempo que desarrollara la manía de voltearse cada vez que cruzara una calle; el sonido más mísero despertaba su desconfianza y alimentaba su cautela. Llevaba un libro cuya tapa estaba compuesta por cuero al nivel de la cadera, sostenido por la mano enguantada. La mano izquierda, no. Estaba desnuda. Pálida como la nieve que caía, como la nieve que estaba acostumbrado a ver caer.

Lo que vio más tarde era una puerta. Se quedó quieto frente a ella. Mala espina. Se volteó por vigésima tercera vez aquella noche, pero no había nada; eso lo alertó más. Tanto silencio que su respiración le parecía sonora como un tambor. Y miró la puerta una vez más. La palpó con la mano izquierda; se estremeció al contacto con el frío, mas no la apartó, y durante unos segundos se dejó consumir en el dolor incipierte que recorría su palma.

Tocó dos veces. Los pequeños golpes resonaron. No hubo respuesta. De todos modos, esperó. En algún punto un pensamiento se manifestó en su cerebro, al punto en que se quedó como petrificado, mientras que un sentimiento de pesar se le imponía en el corazón y una maldición, más bien un rebuzno seco, le subía por la garganta y luchaba por ver aquel mundo frío, injusto, desalmado y, bien diría uno, abandonado por Dios que era Rusia.

La puerta se abrió. No había nadie en la entrada cuando el hombre bajo el umbral se puso a examinar las cercanías.

Iósif Vissariónovich Dzhugashvili se volteó por vigésima cuarta vez antes de desaparecer en la oscura, insondable esquina.

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Estudiante de secundaria. Interesado en baloncesto, historia, artes e idiomas. Seré Voltaire.

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