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10 min
Camino del cadalso
Históricos |
20.11.13
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  • 841
Sinopsis

El rey contrata a uno de los pintores más famosos para hacer un retrato suyo. Sin embargo, el monarca pretende disponer del cuadro en apenas un mes, tiempo insuficiente, durante el cual el artista comienza a acusar la presión a la que está expuesto. ¿Qué pasará si una lady se inmiscuye en su camino? ¿Qué sabor tendrá la venganza?

Un pequeñuelo rompe a llorar. Tiene el rostro colorado por el desconsuelo y la mirada triste, casi agónica. En medio de la apabullante multitud se siente solo, abandonado en un vacío eterno. Igual que yo. En aquel palco henchido de orgullo real y poder robado, el monarca sonríe con sorna y una traza de ironía en su mirada hueca. Hueca y resentida. Lo rodean varios consejeros almidonados de expresión soberbia. Detrás, una reina con ojeras acaricia ausente la cabecita de la criatura que descansa sobre sus rodillas.

Doy otro paso más. Y llevo cuatro. La madera cruje cuando mi zaparrastroso zueco la pisa. Es como una melodía cansada que empieza a desafinar. Siento las miradas interrogantes sobre mi espalda, se clavan cual puñales envenenados. Algunas son de ojos adultos y aborrecidos por tener que presenciar a semejante inútil, otras de niños que juguete en mano intentan observar por encima de la marea de cuerpos, pero las que más duelen son las que menos daño hacen. Ahora me doy cuenta de que es paradójico. Esos hombres enjutos se mesan la barba con gusto, dan una calada a su pipa y echan un vistazo a su alrededor. Luego clavan su naturaleza experta y hastiada en mi dorso y me transmiten su compasión. Vuelven a rascarse la barba y a posar su atención en quienes los rodean.

La quinta pisada me llega con un recuerdo. Como odio aquellas evocaciones tardías, no por lo que traen de vuelta al presente, sino por el éxtasis de emociones que acarrean. “El pincel se estrella contra el lienzo. Siento el olor de las disoluciones al entrar en contacto con la tela. Es tan familiar, tan… Miro al frente y la figura rolliza y altiva me observa con la misma expresión con la que se dirige a mí el dibujado sobre el cuadro. La habitación está a oscuras, solo unas manchas de luz procedentes de los candelabros de las paredes.” El niño llora de nuevo. Percibo el rugir de las ropas al rozarse para escudriñar al alterador de silencio. “Se da la vuelta justo antes de llegar a la puerta. -Debes entregarlo a finales de noviembre, dice. Creo que es demasiado pronto, pero debo intentarlo, a fin de cuentas me pagarán por ello. – Si no quieres, recuerda que la horca te espera con adoración. -  Luego un portazo.”

Algo impacta contra mi cara. Duele. No me molesto en mirarlo, porque sé perfectamente lo que es. La fusta se estrella en esta ocasión contra mi otra mejilla. El calor se extiende desde mi sien hasta el extremo de la mandíbula. Es un calor oscuro, un calor que te requema, que te va reconcomiendo en el interior.El sexto paso va acompañado por el graznido de un pájaro. Quizás un cuervo, quizás una paloma hambrienta. Vislumbro el saco grisáceo un poco más adelante, con las piedras esparcidas a su alrededor y un escalofrío inunda mi piel. “La puerta tarda demasiado en abrirse. Cranner es lento, pero tampoco tanto. Me giro o no me giro. Me río entre dientes ante la absurdez de mi pensamiento. Me doy la vuelta con un cuenco de pintura magenta entre las manos. Frente a mí veo algo que me sorprende realmente. Lady Elisabeth. La hija del rey. Los bucles dorados le bañan los hombros y acarician el delicado vestido aguamarina que lleva. Los ojos me miran curiosos, divertidos.” Otro latigazo impacta contra mi rostro. La sangre se desliza con elegancia, con presura pero también con calma. Está caliente en contacto con mi tez helada. Mayo ha entrado fresco y nebuloso, con mañanas tristes y atardeceres moribundos. “Ha visto el cuadro, casi se ha marchado y ahora esto. El segundo lazo se desata y veo que el vestido cae el suelo. Ella lo aparta de un golpe de tacón y me mira con la sonrisa pícara. Tiene la piel de un blanco deslumbrante, con los pechos turgentes y una enagua semitransparente. -¿Cuántos años tenéis? –Acabo de cumplir quince- contesta. Siento como algo dentro de mí se despierta. El raciocinio lucha, pero el deseo es más fuerte.”

Mi madre decía que el siete era un número mágico. Ella era supersticiosa, muy supersticiosa, y tenía unas ideas y normas estrictas, pero en contra de sus ideales, y su odio contra la pintura y sus artistas, se sacrificó para que pudiese cumplir mi sueño. Una mañana de invierno apareció portando un arca de madera tosca. Me la dio con cariño, el día de mi cumpleaños. Siete añitos. Descubrí en ella mi primer juego de pintura. Lo conservé hasta que pude ganar algo de dinero con mis trabajos y comprarme un juego realmente profesional. El séptimo movimiento me arrastra el espíritu de mi madre, su carisma, su rigidez y su cariño siempre demostrado. “Me despierto todavía aturdido por el sueño. Ella se ha marchado cerca de media noche, y después he tenido que soportar las súplicas de los nobles que deseaban ver el retrato. Súplicas y amenazas para descubrirlo antes que nadie.  Enciendo una vela y busco el lienzo. Estoy realmente orgulloso de él. Tiene burla, realidad, morbo… Lo tiene todo. Lady Elisabeth sabe que lo tengo, aunque no sabe lo que estoy pintando en él. Es una sorpresa macabra. Aun me quedan cinco días para entregar el oficial, pero este es el que me place de verdad. Tres amantes desnudas en una bañera de zinc, un monarca con la corona caída sobre la frente y dos niñas peleándose entre los charcos de agua al borde del gran barreño.” ¿Cinco metros? Probablemente sean menos. La impaciencia revolotea con alas de fuego y brasas de hielo. Calor y frío. Angustia y liberación. De nuevo el cuero aterriza en mi mandíbula. Ya no es un ardor repentino, es una hoguera que se ha prendido en mi rostro. Siento el carmín líquido bañarme la barbilla y caer a mi blusón. Las campanas retumban al cantar las cuatro de la tarde, elevando al cielo su particular grito de consuelo.  Voces. Los cinco días se han escapado de mi control. Al igual que esos ojos del retrato que no quieren ser pintados. Quieren ser vacíos como su verdadero dueño. –Consecuencias.-me dice el monarca con la voz trémula por la furia. Después se va dando un portazo. Un día de retraso. Solo ha sido un día lo que he demorado y tengo a toda la corte afilando las espadas cada vez que camino entre ellos. Las cinco suenan. A las cinco una criada abre mi puerta y deja una cajita de madera en la entrada. A las cinco y un minuto se va dejándome igual de desolado que antes. Corro a por el arca y la abro. Grito. Grito muy fuerte, haciendo temblar los cimientos de mi alma. Cojo un cuchillo. La hoja desgarra la tela del cuadro. Los galones del vestir del rey vas haciéndose jirones mientras mis lágrimas lo emborronan todo. En el centro de mi habitación una cabecita aun sangrante me observa con los ojos vacíos y la expresión de pavor instalada en su rostro. Mary. Mi pequeña Mary. Mi hermana.”

El octavo fue aburrido, simple, pero el noveno me deja a un metro del saco. Un murmullo ensordecedor se extiende como una condena popular sobre mí. Otra condena. Me pesan los pies, apenas siento la cara y para colmo, los ojos me lloran como un torrente imparable. Demasiadas revueltas en mi memoria. Dudo. Dentro de mi mente se agolpa todo con una nitidez atroz. La veo a ella, todas y cada una de las noches que pasamos juntos, veo su rostro alegre cuando me anunció que huiría para protegerlo, a nuestro niño; veo la sala repleta de nobles impacientes por descubrir el cuadro y el escándalo que supuso su destape… Sonrío aun cuando sé que será una mueca deforme. Luego, una nube oscura, y los barrotes. Esos barrotes que fregué durante más de un año. Recuerdo a aquel preso que me reprendía cuando dejaba los de la parte superior sin limpiar. La sonrisa se agranda en mi rostro. Sin embargo, la nube se extiende, y llega hasta mí la noche, hace tres jornadas, cuando todo se volvió aun peor.

-¿De verdad que no piensas comer? ¡Solo con agua no podrás sobrevivir! Vuelvo la cara y escucho los pasos marchar por el corredor encharcado. Miro por la ventana. Luz de luna, dicen. Mentira, es la luz de las almas muertas que mendigan compañía. Medianoche toca. Miro la bolsa negra que está en una de las esquinas. Recuerdos que hacen daño. Rememoro perfectamente el día que el rey arrojó ese zurrón en mi celda. Rememoro la angustia que sentí al ver las otras dos cabezas ahí encerradas, con los ojos blancos y el rostro amoratado. Dos hermanos. Mis otros dos hermanos. He roto mi familia por culpa de una mísera venganza que encima ha tenido un final pésimo. Me toco la mano mutilada que me dejó también como marca de mi temeridad. El corazón se me acelera. Pasos de nuevo. Me había dado un mes para pintar el que debía ser el mejor cuadro de la historia, y yo lo había  arruinado todo al intentar resarcir mi ansia, mi orgullo, pintando una caricatura vejatoria del monarca.  Los pasos cesan y la puerta se abre con un fuerte golpe. Dos figuras caen en el interior. Una mujer con un bebé en brazos. Encienden una candela y mi mirada se posa en ella. Tres soldados le arrancan a la criatura y me la acercan. A menos de tres palmos, veo la espada caer sobre el cuello del niño. No llora. No tiene tiempo de llorar. Se van, y cierran de nuevo. El resto de madrugada la paso sollozando mientras intento consolarla. Lady Elisabeth mece el cuerpo sin vida de nuestro hijo mientras canta una nana repetitiva. “

Ya estoy de rodillas sobre el saco de piedras. Los murmullos se han convertido en abucheos. Uno de los verdugos introduce mi cabeza en la abertura de madera. Luego las manos. A mi izquierda puedo ver unos mechones rubios que caen ensangrentados. Cierro los ojos. Ya he visto suficiente. Al momento me acuerdo de algo fundamental. Soy pintor. A los artistas les gusta retratarlo todo, lo injusto y lo justo, lo bello y lo horrible. ¿Por qué me han condenado? Por hacer una burla. Un cuadro de mofa. Una pequeña venganza por un encierro de un mes frente a un lienzo. Una pequeña venganza por recibir docenas de amenazas.

El filo rechina contra la madera. Todo es blanco. Blanco y cegador. A lo lejos se escucha a la multitud vociferar enloquecida. Después, vacío.

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