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44 min
CAMPO DE BATALLA
Terror |
12.07.15
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Sinopsis

Un grupo de hombres esperan nerviosos en el interior del bar La Saeta. La llegada de unos vampiros a la zona ha hecho que se organicen para acabar con ellos. Tienen algo que les pertenece, y saben que más pronto que tarde irán a recuperarlo. De pronto, un viejo Citröen BX se detiene en el estacionamiento de tierra que hay justo delante del bar y tres tipos de aspecto siniestro se apean de él. Parece que la hora de la batalla está próxima.

1.

 

Dos noches después de cazar al vampiro, un astroso Citröen BX negro penetró en el vacío aparcamiento de tierra de La Saeta y se detuvo frente al restaurante, en medio de una nube de polvo. Lo que no sabían los ocupantes del Citröen era que les estaban tendiendo una trampa, y que a esa tardía hora del jueves se encontraba mucho más concurrido de lo habitual. Por lo general, no solían quedar más de dos o tres parroquianos (cuatro, si Elías había cogido tal borrachera que apenas se tenía en pie y uno de los otros se iba a ver obligado a acercarlo a casa). Aquella noche cuadruplicaban esa cifra. Todos habían dicho a sus mujeres que no los esperaran levantados, que tenían un asunto que resolver, pero la mayoría de las ellas no lograría conciliar el sueño hasta que oyeran abrirse la puerta principal de sus casas y sintieran los cuerpos cálidos de sus maridos apretándose contra los suyos en medio de la oscuridad. 

Los vecinos de Albiol contemplaron cómo los faros del BX se apagaban y tres figuras salían de él y echaban a andar hacia la entrada. Lo hacían con paso tranquilo y seguro, con uno de ellos adelantado ligeramente sobre los otros dos, formando una suerte de triángulo.

—Es la noche —musitó Pedro tras la barra.

Aunque habló en tono bajo, todos lo oyeron. Los que no ocupaban los taburetes del otro lado de la barra se encontraban sentados en las sillas dispuestas alrededor de las mesas. Se escucharon unos cuantos gruñidos de aprobación, pero la mayoría permaneció en silencio.

Las tres figuras que habían abandonado del Citröen seguían recortando la distancia que les separaba de la puerta de entrada. A sus espaldas, el acceso al aparcamiento siguió desierto. Tampoco se veía ningún vehículo acercándose por la carretera desde cualquiera de las dos direcciones. Al menos, por el momento. Y hasta donde alcanzaba la vista.

—Parece que sólo van a ser tres —comentó Lucio, que era dueño de un cortijo a las afueras del pueblo en cuya parte posterior tenía un cercado en el que se apiñaban alrededor de ciento cincuenta ovejas.

El lunes por la mañana, cuando fue a echarles de comer, había encontrado a cinco tendidas en el suelo, enteras pero completamente desangradas, reducidas a un enorme montón de carne reseca. Había tenido que rascarlas con la pala para despegarlas del suelo, congelado a causa de las bajas temperaturas. Dijo que, después de toda una vida dedicada a la ganadería, estaba acostumbrado a que se le murieran animales durante la  frías  noches de invierno, pero que nunca había visto nada semejante. Le habían recordado a los felpudos que la gente solía poner en las puertas de entrada de sus casas.

—No te dejes engañar. No os dejéis engañar ninguno —replicó Gabriel —. Ya sabéis cómo se las gastan. Lo importante es organizarse para que siempre les ataquemos, como mínimo, por parejas. Y si en lugar de dos, somos tres o cuatro, mucho mejor.

Su explotación de vacas no había sufrido bajas pero, como bien sabía, si no se ocupaban de aquellos seres era cuestión de tiempo que le sucediera.

—Es una buena noticia que sólo sean tres, pero no tenemos tiempo para organizarnos. Yo opto por tratar de atacar al que tengamos más cerca. Eso debería resultar —replicó Pedro.

Para entonces, los vampiros habían alcanzado el porche cubierto de La Saeta. La luz que escapaba del interior les permitió ver que los tres llevaban abrigos largos de color negro y botas altas de aspecto pesado. El que iba en cabeza lucía una larga melena oscura que le caía sobre los hombros. El situado a su izquierda, un paso por detrás, era muy alto y rubio  mientras que el de la derecha era calvo y lucía un fino hilo vertical de barba bajo el labio inferior, que se interrumpía a la altura del mentón. Todos lucían una insana lividez en la piel y adoptaban expresiones severas en sus angulosos rostros.

Las varillas metálicas que pendían sobre la puerta tintinearon cuando el de la melena oscura la empujó. El silencio que se había adueñado del interior de La Saeta se hizo más patente cuando el taconeo de las suelas de madera de las botas de los tres vampiros retumbó en las paredes de baldosas. Ninguno de ellos miró a los hombres sentados en la barra o en torno a las mesas, como si fueran fantasmas. La tensión que se respiraba en el ambiente crecía a cada momento, electrificándolo. Francisco, uno de los afectados por la sed de sangre de aquellos vampiros (el sábado anterior habían matado a una de sus mejores vacas lecheras), trató de templar los nervios bebiendo un trago de cerveza cuando pasaron de largo por su lado. Experimentó la tentación de arrojarse sobre la espalda del calvo y hundirle el machete que escondía bajo la manga del jersey hasta la empuñadura.

—Ron —pidió el vampiro de la melena oscura, acomodándose en la barra. 

Hasta ese momento, a Pedro le había parecido que debía ser el jefe. Pero lo supo a ciencia cierta cuando los otros dos lo flanquearon como si fueran sus guardaespaldas.

Pedro alzó la cabeza y preguntó con desgana:

—¿Para los tres?.

—Sí —contestó el vampiro-jefe.

Con calma, Pedro sacó las manos de la cubeta, se limpió el jabón con un trapo húmedo y les dio la espalda para coger la botella de ron y unos vasos. No se sorprendió al ver que no se reflejaban en la cristalera que había a lo largo de la pared, tras el cúmulo de botellas de licor. Las películas le habían enseñado un par de cosas acerca de los vampiros, esa entre ellas.

Colocó los vasos sobre la barra y desenroscó el tapón. Llenó primero el de la derecha, pero el vampiro rubio no hizo ademán de bebérselo hasta que su jefe cogió el suyo y lo vació de un trago.

—Vuélvelos a llenar —dijo cuando Pedro todavía se estaba ocupado del tercero.

Pedro obedeció en silencio, y tanto el vampiro-jefe como el rubio lo alzaron al unísono en el aire. El calvo dio buena cuenta del suyo y lo golpeó con fuerza contra la barra. Pedro inclinó la botella y se lo llenó por segunda vez.

—No os había visto nunca. ¿Qué os trae por aquí? —preguntó.

Los ojos del vampiro-jefe se clavaron en los de Pedro. Eran negros como el carbón y parecían vacíos, como si al otro lado de ellos no hubiera nada salvo un gran abismo oscuro y profundo.

—Estamos de paso —contestó y luego ordenó, como si Pedro fuera otro de sus subalternos:— Llénalos de nuevo.

Pedro lo hizo.

    —¿Hacia dónde?

    —Siesa.

En torno a ellos, los hombres del pueblo seguían en sus posiciones, esperando el momento propicio para atacar. El bar parecía haberse convertido en la sala de un museo de cera. Daba la impresión de que muchos de ellos habían olvidado que para seguir vivos, de cuando en cuando, debían pararse a llenarse los pulmones de aire.

—¿Siesa? Eso está a unos ochenta kilómetros de aquí y la carretera está llena de curvas. No es buena idea conducir por ella de noche —repuso Pedro.

—Nos gusta la noche. Nos sentimos como en casa dentro de ella —contestó el vampiro rubio con un timbre irónico en la voz.

Aquel comentario terminó de convencer a Pedro de que las cartas estaban boca arriba. De hecho, seguramente debían llevar boca arriba desde antes de que aquellos tres tipos entraran en el bar. Ellos sabían que los hombres que tenían a su alrededor conocían su naturaleza y que los estaban esperando. Y los lugareños sabían que aquellos tres los habían descubierto y estaban allí para acabar con ellos.

—¿Y qué hay en Siesa que os interese tanto para que no pueda esperar hasta mañana? — siguió preguntando Pedro, ignorando el comentario del vampiro rubio y dirigiéndose nuevamente al del pelo largo.

—Oportunidades —contestó enigmáticamente el vampiro-jefe con regocijo.

—¿Oportunidades? ¿De qué tipo? —intervino Armando, un hombre de hombros y espaldas anchas sentado en un taburete junto al vampiro calvo. 

El vampiro calvo se volvió hacia él y esbozó una lúgubre sonrisa.

—Vamos en busca de la Tierra Prometida —. Escrutó un instante su reacción, que se limitó a un asentimiento de cabeza, y luego añadió: —Nos han dicho que cae cerca de allí.

—Pues tened cuidado con la salida que cogéis. Si os equivocáis puede que acabéis en el Infierno —señaló Armando.

—¿El Infierno? ¿En serio? Creía que todo ese rollo del Cielo y el Infierno era solo un mito —repuso el vampiro calvo.

—Yo también lo creía… Hasta que os he visto entrar —inquirió, desafiante, Armando.

El vampiro calvo ladeó la cabeza y frunció el ceño, como si aquel comentario lo hubiera confundido. Sus ojos reflejaban una vacuidad similar a la de su jefe. El rostro de los tres relumbraba a la luz de los fluorescentes, haciendo que sus pieles parecieran traslúcidas. Pedro, que permanecía atento a la confrontación, advirtió un movimiento por el rabillo del ojo, desvió la vista en esa dirección y vio que el vampiro del pelo largo apretaba con fuerza su vaso, sin hacer ademán de llevárselo a los labios. Al final de unos dedos largos y finos, sus uñas parecían duras como el hueso.

Comprendió que estaba empezando a perder la paciencia, que Armando había precipitado las cosas, y retrocedió un paso, apartándose de la barra.

—No debería dejar que este hombre siguiera bebiendo —recomendó el vampiro calvo a Pedro.

—Habéis cometido un grave error viniendo a nuestro pueblo —masculló Armando, furioso.

El vampiro calvo lo ignoró. Cogió la botella de ron y se sirvió un nuevo vaso. Luego, lo vació de un trago, volvió a dejarlo sobre la barra y se dispuso a llenarlo de nuevo. Pero, en lugar de eso, giró rápidamente hacia Armando y se la estrelló contra un lateral de la cabeza. La botella estalló en pedazos al impactar contra su cráneo y los cristales llovieron a su alrededor mientras Armando perdía el equilibrio, caía del taburete y se precipitaba contra el suelo. En unos instantes, la sangre que manaba a borbotones de las heridas abiertas le cubría el rostro como una máscara líquida.

Y el interior de La Saeta se convirtió en el escenario de una batalla campal.

Pedro comprendió que dar un paso atrás al ver el modo en que el vampiro-jefe cerraba su mano en torno al vaso había sido la mejor decisión que había tomado en su vida. De no haberlo hecho, de haber permanecido donde estaba, este habría acabado con él. En una décima de segundo, a una velocidad espectacular, su mano lo soltó y sus uñas rasgaron el aire que había entre ambos, justo a la altura de su cuello. Como si hubiera pretendido abrirle una segunda boca justo bajo la nuez.

Los hombres diseminados por el bar que habían permanecido en silencio, siguiendo la conversación entre Pedro y los vampiros, se pusieron súbitamente en pie e iniciaron un ataque en masa. Los tres vampiros, que hasta aquel momento permanecían hombro con hombro, se separaron un poco entre sí como para concederse un cierto margen de movimientos y se prepararon para repelerles. La bota derecha del vampiro calvo dejó su impronta en el charco de sangre que crecía en torno a Armando, a escasos centímetros de su cabeza, y flexionó las piernas. El vampiro-jefe, en cambio, estiró su columna vertebral cuanto daba de sí y se irguió hasta una altura que rebasaba con creces los dos metros, sin moverse de la baldosa en la que se encontraba.

Blas, un hombre del pueblo de unos treinta y cinco años (que no tenía ganado de ningún tipo, pero sí una mujer y una hija a las que temía que le hicieran daño), fue el primero en precipitarse sobre ellos. Dado que segundos antes se encontraba sentado en una mesa próxima a la puerta de entrada, el vampiro rubio era el que más a mano le pillaba. Este lo vio llegar y se volvió hacia él. Blas empuñaba una de esas pequeñas hachas que se utilizaban para cortar leña en el interior de las casas. La sostenía en la mano derecha, justo por encima de la cabeza, y su boca abierta profería un gruñido animal muy similar al del resto. El vampiro rubio esperó inmóvil a que llegara hasta él y, cuando lo hizo, le atajó el brazo derecho (que había iniciado el movimiento descendente) por la muñeca y tiró de ella hacia la izquierda. Blas gritó de dolor y sus dedos se abrieron. El hacha salió volando por los aires y se estrelló contra el cristal de los expositores de comida de la barra, haciéndolo añicos, antes de caer al suelo. Para entonces, Blas ya se encontraba arrodillado en el suelo, aullando de dolor. El vampiro rubio había sacudido su brazo con tanta fuerza que le había dislocado el codo y el hueso de este había desgarrado la carne y asomaba por un costado. Sólo dejó de gritar después de noquearlo de un rodillazo en pleno rostro, que le rompió la nariz e hizo que le saltaran varios dientes.

Blas fue el segundo en probar la amarga medicina de los vampiros porque, pese a los gritos furiosos que habían acompañado al estruendo de sillas arrastrándose y cayendo al suelo, en el último momento la mayoría de los hombres se habían tomado aquel asunto con cautela y contenido el ímpetu. La sangre era extremadamente aparatosa y, después de que el vampiro calvo  rompiera la botella de ron en la cabeza de Armando, la visión de esta brotando brotando a borbotones los había amilanado un poco.

No lo suficiente, en todo caso, como para decidir no seguir con aquello.

Tres parroquianos rodearon el cuerpo tendido de Blas y coordinaron un ataque contra el vampiro rubio al mismo tiempo que otros cuantos de ellos iban al encuentro del calvo. Nadie parecía querer enfrentarse al vampiro-jefe. Su altura y la seguridad que su rostro irradiaba, con el mentón adelantado y la nariz arrugada en una mueca salvaje, hacía que todos experimentaran un temor atávico a acercarse a él. Pero, dado que tanto el rubio como el calvo ya estaban rodeados por un nutrido grupo de hombres, los que restaban no tuvieron más remedio que avanzar hacia él.

Este seguía inmóvil cuando Pedro dejó de prestarle atención y echó a andar hacia el lado de la barra más alejado de la puerta. A media docena de pasos, apoyada sobre los barriles de cerveza, estaba su escopeta del calibre doce. No era excesivamente potente. La utilizaba para cazar perdices y pequeños mamíferos, pero era todo lo que tenía. Y tendría que ser suficiente. El día anterior habían consensuado que estaba terminantemente prohibido usar armas de fuego. El bar era un lugar relativamente pequeño y existían muchas posibilidades de que, al tratar de disparar a un vampiro, alguno de ellos saliera herido o muerto. Unos cuantos se habían opuesto, pero habían terminado cediendo. El razonamiento era sensato, Pedro estaba de acuerdo con él. La había llevado sólo por si acaso. No tenía por qué utilizarla. La tendría allí para un caso de extrema necesidad.

Como aquel.

Y, en fin, si no entendiera de caza, quizá aún conservara la esperanza de que tanto Armando como Blas pudieran seguir vivos. Pero daba la casualidad de que entendía y sabía que sus heridas (sobre todo la de Armando) habían sido mortal de necesidad. Lo que, a su juicio, era más que suficiente para proclamar el estado de emergencia.

Oh, sí. Ya lo creía que sí.

Y el que no estuviera de acuerdo podía irse al carajo.

—Porque, además, este es mi puto bar y aquí yo soy la ley —masculló, sacando la escopeta de su escondrijo.

Mientras caminaba hacia los barriles y se apoderaba del arma, el estruendo de la batalla se fue recrudeciendo, llenando el aire de una confusión de gritos, gruñidos y golpes. Volvió sobre sus pasos entre tanto se acomodaba la culata de la escopeta en el hombro y, cuando llegó al lugar donde los vasos de los tres vampiros se hallaban alineados sobre la barra, vio que el panorama había cambiado por completo. Lo que había dejado atrás cuando se decidió a ir a por el arma no tenía nada que ver con lo que ahora se encontró. Los tres vampiros se habían apartado de la barra y peleaban cuerpo a cuerpo con los vecinos de Ródenas, que los habían rodeado y parecían empezar a cobrar ventaja en la lucha.

El vampiro rubio era el que parecía encontrarse en mayores dificultades. Los lugareños (entre seis y ocho) no cesaban de golpearlo, lanzándole puñetazos y patadas que impactaban por todo su cuerpo. Este trataba de defenderse lanzando golpes a ciegas. Su boca estaba abierta, dejando a la vista sus largos y relucientes colmillos. Tras recibir un puñetazo en la sien izquierda, el vampiro rubio adelantó con rapidez la cabeza y trató de alcanzar a alguno de ellos. Santi, que se las había arreglado para escurrirse tras él, aprovechó aquel momento para clavarle hasta el mango la enorme hoja de un cuchillo entre los omóplatos. Y algo de vida debía restar en él porque aquella puñalada le hizo retorcerse y lanzar el codo hacia atrás. El golpe cogió a Santi por sorpresa (quizá porque en su fuero interno no concebía –siquiera cuando se trataba de un vampiro- que una puñalada de ese calibre no acabara con alguien), rompiéndole la mandíbula con un crujido y arrojándolo al suelo, donde quedó  inmóvil.

El vampiro calvo también estaba empezando a perder terreno. Había lanzado varios golpes potentes y certeros a algunos de los vecinos de Ródenas. Oscar -el hijo de un viejo granjero que estaba allí en representación de su padre y de las tierras de este- retrocedió tambaleante cuando uno de los puñetazos del vampiro se estrelló en el centro mismo de su plexo solar y le dejó sin respiración. Dos hombres más se hallaban tendidos en el suelo, en medio de una algarabía de piernas, recibiendo pisotones por todo el cuerpo. Los que quedaban en pie estaban demasiados ocupados con el vampiro calvo para reparar en ellos. Pedro no pudo decidir si estaban muertos o solo inconscientes pero, de ser lo segundo, las patadas y golpes accidentales que recibían en la cabeza probablemente terminara dejándoles secuelas de algún tipo. Había sangre en los rostros de varios de los parroquianos que seguían luchando con el vampiro. Los puños surcaban el aire como estrellas fugaces. Algunos de ellos terminaban errando, golpeando en vacío, pero otros lograban alcanzar su objetivo. El vampiro calvo no sangraba, lo que incitaba a pensar que ni uno solo de aquellos puñetazos le afectaba en algún modo.

Pero nada más lejos de la realidad.

Dado que estaba muerto, dado que sus terminaciones nerviosas estaban atrofiadas y la sangre de que se alimentaba estaba concentrada en su estómago, los músculos de su rostro no se hinchaban o amorataban. Eso era la explicación... racional. Pero Pedro vio claramente cómo, de un tiempo a esa parte, los golpes del vampiro calvo perdían fuelle y puntería. Al igual que con el vampiro rubio, el calvo estaban empezando a sucumbir al arrojo y la furia desbordante de la turba. El hijo de puta estaba pagando con creces lo que le habían hecho al ganado de la zona en la última semana. Este también tenía replegado el labio superior y mostraba los colmillos, pero su oportunidad de valerse de ellos había pasado. El círculo formado por los lugareños en torno a él se había ido reduciendo hasta desaparecer. Estaba atrapado, sin posibilidad de movimientos. Entonces, perdió el equilibrio. Quizá uno de los parroquianos le había barrido las piernas de una patada y ahora comenzó a caer. Todos los que se encontraban del lado hacia el que lo hizo retrocedieron un paso y el vampiro calvo se precipitó  de espaldas contra el suelo.

Justo entonces, el vampiro rubio pasó a la carrera por delante de ellos. Emergió por el lado izquierdo del campo de visión de Pedro y lo atravesó a gran velocidad, perdiéndose por el extremo opuesto. Corría hacia los lavabos, con la ropa hecha jirones y la cara deformada por la innumerable fractura de huesos sufrida. En su cabeza también se distinguían porciones donde el cabello había sido arrancado, dejando a la vista el cuero cabelludo. Mucho antes de que pudiera alcanzarlos, no menos de media docena de sus vecinos armados con cuchillos y otros objetos afilados atravesaron el bar en un intento por darle alcance. De algún modo, se había logrado escabullir de ellos, pero estos no estaban dispuestos a dejarle huir. Y justo en el instante en que cruzaba al otro lado del umbral y trataba de cerrar la puerta del de caballeros, el empuje de todos ellos se lo impidió. Durante un instante, la fuerza sobrehumana del vampiro resistió el envite pero, finalmente, estos lograron abrirla por completo y penetrar en el cuarto de baño. No era demasiado grande. No, al menos, lo suficiente como para alojar a siete u ocho personas al mismo tiempo. O no hasta aquel día. Porque no solo lo hicieron sino que el último de los que entró logró arreglárselas para cerrar la puerta a sus espaldas. Las voces se amortiguaron y, cuando allí no hubo nada más que ver, Pedro devolvió la vista al frente.

Tanto el vampiro rubio como el calvo estaban perdiendo sus respectivas batallas. Pero aquel no era el caso del vampiro-jefe. No solo seguía en pie sino que varios de sus atacantes yacían tendidos en el suelo a su alrededor. Además, de los que aún le hacían frente, la mayoría tenían el rostro ensangrentado y se movían con dificultad, con los reflejos mermados. Viéndolo, resultaba evidente por qué era el jefe de los otros dos. Mientras que sus subalternos se sometían a los lugareños, él los iba noqueando y menoscababa sus fuerzas. Los escasos golpes que le alcanzaban apenas parecían hacerle efecto. Y Pedro comprendió que, con respecto a él, sería necesario tomar medidas drásticas.

—¡Eh, hijo de puta! —le chilló.

El vampiro jefe asestó una patada en pleno rostro a Martín, un hombre delgado y nervioso que siempre iba a todas partes con un palillo encajado en la comisura de la boca, y se volvió hacia la barra. Al hacerlo, vio a Pedro encañonándole con la escopeta.

—No vas a ser capaz de disparar —aseveró el vampiro con aquella voz grave y extrañamente sugestiva.

Pedro tenía la culata apoyada contra su hombro y al vampiro en el punto de mira, listo para apretar el gatillo. Más que listo, en realidad. Al menos, era lo que había creído hasta que lo oyó hablar, porque justo en ese momento sus brazos comenzaron a temblar como si un pequeño terremoto se hubiera materializado justo bajo sus pies.

—Ríndete o disparo —acertó a decir.

Más allá del vampiro-jefe, los lugareños que habían logrado reducir al vampiro calvo arrojándolo al suelo, se arremolinaron en torno a él y le patearon el cuerpo hasta que Damián, un hombre de unos cincuenta años, de piel curtida como el cuero y mejillas hundida, se sentó a horcajadas sobre su vientre y comenzó a apuñalarle el pecho y el rostro. Sujetaba el mango de madera del cuchillo con las dos manos y le hundía la hoja en la carne como un poseso, extrayéndolo hasta la altura de su propio esternón y volviéndolo a dejar caer. Una, y otra, y otra vez, a una velocidad frenética.

—Yo nunca me rindo —dijo el vampiro-jefe, atrayendo de nuevo su atención.

—¡No dispares! —gritó uno de sus vecinos.

—¡Baja el puto arma! —gritó otro.

—Adelante. Hazlo —le susurró el vampiro, animándolo.

Pedro sabía que si disparaba, aunque le acertara, lo más probable es que hiriera –como mínimo- a alguno de los del pueblo. Aunque la distancia a recorrer era corta, una vez salían del cartucho, las postas se diseminarían a su antojo. Que junto con del vampiro muriera alguien más sería sólo cuestión de suerte. Pero aquel cabrón parecía capaz de acabar él solo con todos ellos. Probablemente, entre los caídos, ya se había cobrado alguna víctima. Y, puestos a elegir, siempre sería mejor una víctima o dos que diez o quince, ¿no?.

La escopeta temblaba cada vez más en sus manos. Dentro de poco quizá lo hiciera tanto que terminara escurriéndosele de entre los dedos. Entonces, estaría perdido. Él y todos los demás, porque aquella era la única arma de fuego que había en todo el local.

El vampiro-jefe dio un paso hacia él, en actitud desafiante.

—¿Qué hay que pensar? Quieres matarme, y me tienes a tiro. ¿Qué es lo que te preocupa? —musitó.

Sabe que sus dos chicos no van a salir vivos de aquí y que, sin ellos, hay muchas posibilidades de que él tampoco lo haga, se dijo Pedro. 

Varias voces se unieron a las de los hombres que le pedían que no disparara o provocaría una masacre. Pero, para Pedro, las cosas ya habían ido demasiado lejos. Era el momento de tomar decisiones, aunque resultasen dolorosas.

Pero no está dispuesto a irse solo y quiere llevarse con él a tantos de nosotros como pueda.

—Dispara —repitió. Y luego, dejando a la vista la dentadura, de la que asomaban unos colmillos afilados como dagas, y hablando a través de ellos: —¿O acaso eres un cobarde sin redaños para hacer lo que sea necesario hacer en cada momento?

Sus ojos, aquellos ojos que eran como humeantes brasas del infierno, se metían en su mente, sugestionándolo para que presionara el gatillo, igual que un pez atrapado en el anzuelo de un pescador.

—No soy un cobarde —masculló Pedro, guiñando el ojo izquierdo y ajustando el derecho a la mira de la escopeta.

—¡¡¡No!!! —gritaron al unísono los hombres que permanecían inmóviles tras el vampiro.

—¡¿Y cómo pensáis cargároslo?! ¡Es mucho más duro que los otros dos! —espetó Pedro, apartando un instante el ojo de la mira de la escopeta y escrutando a los hombres que había más allá del monstruo. Luego musitó, al tiempo que volvía a apuntar a la cabeza del vampiro: —No hay otra manera.

Entonces, el índice apoyado en el gatillo retrocedió con fuerza y la escopeta rugió. La sacudida del disparo hizo que la culata de madera le golpeara la articulación del hombro y la suela de su zapato izquierdo se deslizara por el suelo, trazando un pequeño arco, al tiempo que el cañón del arma se elevaba unos centímetros y exhalaba una deshilachada nube de humo.

Cuando devolvió la vista al frente, la cabeza del vampiro era una masa amorfa de carne que pendía precariamente de su cuello. La vio, sólo durante un instante, antes de que esta cayera hacia atrás y quedara colgando sobre su espalda mediante la tira de piel de la nuca. El fuerte impacto de las postas lo había hecho retroceder, pero seguía en pie. Aquello le heló la sangre e hizo que su cuerpo se sacudiera con un escalofrío tan intenso que los dedos se le abrieron y la escopeta cayó al suelo, entre sus pies.

El estruendo del disparo, unido a la horripilante visión de la decapitación del vampiro, hicieron que Pedro no fuera consciente de nada más hasta que el pitido agudo que escuchaba en el interior de sus oídos se disipó. Entonces, oyó los gritos. Un coro de espeluznantes gritos de lamento y dolor que hicieron que Pedro apartara la vista de los arruinados restos del vampiro y mirara hacia el lugar del que procedían.

Entonces, vio que varios de los hombres que se encontraban justo tras el engendro del Infierno en el momento del disparo estaban heridos. La mayoría de las postas habían impactado contra este, pero el resto habían viajado más allá de él para estrellarse contra ellos. Y, dada su altura, la mayoría presentaba heridas importantes en la cabeza. Si el vampiro hubiera estado un par de pasos más cerca se habría visto obligado a elevar el ángulo de tiro y las postas que no le hubieran acertado se habrían estrellado contra la techo. Pero, dado que no debía encontrarse a menos de tres metros y medio o cuatro, aquellas postas perdidas habían tenido tiempo de descender lo justo para impactar en los cuerpos de sus coetáneos.

Vio a dos de ellos retrocediendo, enredándose con sus propios pies, y cayendo finalmente al suelo mientras la sangre hacía acto de aparición en sus rostros. Un tercero, que profería alaridos de horror tan agudos que hicieron que a Pedro le chirriaran los oídos, se sujetaba el lado izquierdo del cuello con una mano luchando por impedir que la sangre, que manaba a borbotones y que ya le empapaba el brazo y todo ese lado del jersey y el pantalón de faena, cesara. Lo conocía. Se trataba de Juan, uno de sus mejores clientes, y en aquel preciso momento mantenía una encarnizada lucha contra la muerte. Pedro dedujo que una de las postas le había serrado la vena carótida y que si no conseguía cortar la hemorragia en unos pocos segundos terminaría desangrado.

Entonces, la escena cambió, acompañada de un fuerte impacto, y Pedro reparó en que, finalmente, el cuerpo del vampiro había dejado de sostenerse en pie y caído de espaldas al suelo. Al estrellarse contra este, su cabeza quedó atrapada bajo la espalda, adoptando una forma de cuña que producía la impresión de que el cabrón levitaba.

¿Cuánto había mantenido la horizontalidad antes de perderla?

¿Cinco? ¿Seis segundos? 

Las postas casi le habían separado la cabeza del resto del cuerpo y, sin embargo, aún entonces, aquel ser había seguido conservado la fuerza suficiente para resistir en pie todo ese tiempo.

Los hombres que no habían sido alcanzado por las postas y que instantes antes le habían gritado que no disparase permanecían ahora inmóviles, sumidos en un silencio absoluto. Sus rostros eran máscaras de estupefacción, y Pedro comprendió a qué se debía. Desde su posición tras la barra, él había visto lo más parecido a un hombre sin cabeza. Sin embargo, lo que ellos vieron era el rostro del vampiro, destrozado por las bolas de acero, colgando entre los omóplatos, mirándoles desde un aterrador ángulo imposible.

De pronto, las rodillas de Juan se doblaron y cayó al suelo, golpeándose de paso la mandíbula contra una de las mesas. Estaba empezando a perder la batalla por la vida. Pedro lo vio en la mirada nebulosa de sus ojos, vueltos en su dirección. Lo vio él y lo vieron todos los que había a su alrededor, incluidos los hombres que se habían ocupado de acabar con el vampiro calvo y que ahora empezaban a apartarse de su cadáver cosido a puñaladas.

Fue Damián, el hombre que se había sentado a horcajadas sobre el vampiro calvo, el primero en reaccionar. En parte, por la adrenalina acumulada en su organismo. Y quizá también porque, para entonces, lo que acababa de hacer le había servido para desprenderse de sus prejuicios, en forma de una especie de velo que le envolvía el cerebro, y asimilar todo lo que sucedía en su entorno con mayor claridad que ningún otro de sus vecinos.

—¡Vamos! ¡Ayudadme! ¡Hay que taponarle la herida! —gritó, corriendo hacia Juan.

No era el único herido, pero sí el más grave. Al menos, de cuántos aún tenían la certeza de que seguían vivos. Pedro contó siete cuerpos tendidos en el suelo, inmóviles, y aunque esperaba que sólo estuvieran inconscientes, mucho se temía que algunos de ellos ya habían ascendido al Reino de los Cielos. Y Juan sería el siguiente. No importaba cuántos hombres se abalanzaran sobre él para socorrerle. Era demasiado tarde. Pese a seguir respirando, Juan no estaba más vivo que cualquiera de los vampiros que yacían tendidos en el suelo del bar.

Los que se hallaban relativamente ilesos salieron de su ensoñación y se lanzaron a ayudar a Damián y a los otros hombres alcanzados por las postas, así como a comprobar el estado de los noqueados por los golpes de los vampiros durante la lucha.

—¡¡¡No dejéis que me muera!!! —suplicó Juan con voz chillona.

Luego se atragantó con la sangre que le anegaba la garganta y comenzó a toserla, cubriendo el rostro de Damián de diminutas gotas rojas, como restos de varicela. En pocos segundos, las mangas de la camisa de Damián estaban tan empapadas en sangre que era imposible decir donde terminaban sus manos y empezaba la tela. Juan agonizaba y todos lo sabían, pero no querían dejarlo solo.

Es cosa mía, se dijo Pedro. Era el primer pensamiento coherente que tenía tras apretar el gatillo de la escopeta. He matado al vampiro, pero también a él.

Sí, era cierto. Juan moriría, y lo haría por culpa de alguna de las postas perdidas disparadas por su escopeta. Pero él no era culpable de ello. Antes de que el Citröen parara en el estacionamiento de tierra, todos eran conscientes de a qué se enfrentaban y de que algunos de ellos podían acabar así. Era el precio que les estaba tocando pagar por defender sus tierras y su ganado de los vampiros. Cierto que habían acordado no hacer uso de las armas de fuego pero, ¿cómo, si no, habrían acabado con aquel malnacido? Si tuviera que apostar, diría que su acción había salvado más vidas de las que había arrebatado.

Justo entonces, la puerta del servicio de caballeros se abrió y los hombres que se habían encerrado allí con el vampiro rubio comenzaron a salir. El tercero de los que lo hizo llevaba su cabeza en alto, aferrada por el cabello, como si exhibiera un trofeo.

        —¿Qué coño ha pasado aquí? —inquirió uno de los hombres al ver la enorme cantidad de sangre que cubría el suelo.

Pedro trató de verlo desde su perspectiva y la visión lo aturdió.

En ese momento, los hombres que socorrían a Juan se estaban poniendo en pie y se apartaban de él. Damián fue el último en hacerlo. Se hallaba completamente cubierto de sangre y, cuando se incorporó, se volvió hacia él y lo miró. No era el único, pero Pedro ignoró al resto y confrontó su mirada, seguro de que no tenía nada de lo que arrepentirse.

—Dijimos que nada de armas de fuego —masculló con voz queda. Luego tomó una bocanada de aire, tragó saliva y añadió: —Pero yo, al menos, no voy a reprocharte lo que has hecho.

Vio que varios hombres asentían a sus palabras. Había incumplido una de las premisas principales, pero sólo había efectuado un disparo y lo había hecho asegurándose, en la medida de lo posible, de que diera en el blanco.

—Alberto ha muerto —anunció al aire Luis, refiriéndose a uno de los hombres que yacía tendido en el suelo después de recibir los golpes de los vampiros.

Nadie dijo nada. Era una de esas situaciones en las que el silencio era más elocuente que las palabra. 

Siete heridos, además de los cadáveres de Armando, Juan y Blas (cuyo espeluznante rodillazo en pleno rostro le había destrozado la cara, matándolo al instante). Ese fue el precio que los vecinos de Roderas  habían tenido que pagar a cambio de enfrentarse a los vampiros que habían llegado a sus tierras y comenzado a atacar a su ganado. Era un precio alto. Muy alto. Pero todos habían estado de acuerdo en que  hacerles frente era la única alternativa, conscientes del riesgo que corrían al unirse a la lucha.

Mariano era otro de los que se había acuclillado junto a los hombres tendidos para buscarles el pulso en el cuello. Era un agricultor con un gallinero cuyo número se había visto reducido drásticamente tres noches atrás, cuando aquellos criaturas diabólicas se habían bebido la sangre de dieciséis de sus gallinas. Había examinado el pulso de dos de los hombres y, cuando se hallaba junto al tercero, su rostro se transformó en una mueca de asombro. Se trataba de Antonio, un hombre soltero de unos cuarenta años que vivía calle abajo, en la casa de la esquina, con su anciana madre. A Antonio le gustaba empezar el día tomándose un Sol y Sombra sentado en el taburete más próximo a la puerta, con la espalda apoyada en la pared. Pero, por la expresión lúgubre con que Mariano miró en derredor, Pedro comprendió que el de esa mañana había sido el último que se tomaría en su vida. Lo que no se esperaba era lo que Mariano dijo a continuación:

—Respira… Pero uno de esos cabrones le ha mordido.

Durante un instante, el bar entero contuvo el aliento como un único ser. Luego, poco a poco, los que quedaban en pie comenzaron a reaccionar y a proferir maldiciones, y examinaron nuevamente al resto.

Cuatro de los siete presentaban mordiscos más o menos profundos en alguna parte de su cuerpo.

—¿Qué coño significa eso? ¿Que cuando despierten lo harán convertidos en vampiros? —preguntó uno de los hombres.

—En las películas sólo sucede si el humano bebe sangre del vampiro —expuso otro.

—¿Y a quién le importa lo que pase en las películas? —replicó Damián —. Esto es la puta vida real. ¿Quieres que tomemos una decisión en base a las teorías del cine?

—Damián tiene razón. Sólo hay una cosa que podamos hacer —convino un cuarto.

—Y será más fácil si lo hacemos mientras están inconscientes —completó Mariano.

Todos los hombres se volvieron hacia la barra al unísono y fijaron su atención en Pedro. Este no dudó un instante de cual era la razón. De todos ellos, era el único en posesión de un arma de fuego. Y un disparo a quemarropa era mucho más rápido y eficaz que cualquier otro método. Por no hablar de que estaba dotado de una impersonalidad de la que carecía apuñarlarlos o rodearles el cuello con las manos y apretar hasta que dejaran de respirar.

—Prefiero que lo haga otro —indicó Pedro.

—Yo lo haré —se ofreció Rosendo, uno de los parroquianos que había perseguido al vampiro rubio hasta el servicio de caballeros y acabado allí con él.

Rosendo era bajo, moreno y robusto, y trabajaba en la única empresa de albañilería del pueblo. En su caso, no tenía tierras ni animales de granja, pero sí una familia a la que quería proteger a toda costa.

Pedro recogió la escopeta del suelo y se la tendió por encima de la barra.

—¿Sabes usarla? —le preguntó este.

—Cargar, apuntar y disparar. ¿Hay algo más que tenga que saber? —inquirió Rosendo.

Pedro sacudió la cabeza.

—No. Eso es todo —respondió Pedro.

Sin titubear (probablemente pensando que cada una de aquellas ejecuciones suponía un peligro menos para su mujer y sus tres hijos), fue poniendo uno a uno boca abajo a los cuatro hombres que habían sido mordidos por los vampiros y les disparó en la parte posterior del cráneo. Cuando terminó estaba empapado en sangre. El cañón de la escopeta humeaba como una chimenea, del que se elevaban hilachas de humo blanco. Apuntando al techo, con el dedo fuera del guardamonte, se volvió hacia el resto de hombres, que formaban un apretado grupo en un rincón del bar.

—¿Y qué me decís de nosotros? ¿De los que hemos quedado en pie? —preguntó.

—¿De qué cojones hablas? —gruñó uno de los hombres, ocultando su horror bajo una gruesa capa de furia.

—Podían habernos mordido y no darnos cuenta. Será mejor que cada uno examine al que tiene al lado para asegurarnos —aclaró.

La noticia fue acogida con angustia. De pronto, todos temían que les hubiera sucedido exactamente eso: que uno de los vampiros les hubiera mordido y el dolor de los golpes o la adrenalina que todavía fluía por sus venas les hubiera impedido reparar en…

¿Qué se sentía tras el mordisco de un vampiro?

¿Picazón?

¿Un frío glacial?

¿Un calor asfixiante?

¿Nada?

Nadie movió un dedo hasta que, de pronto, Damián intervino:

—¡Vamos! ¡Hagámoslo ya! ¡No podemos correr el riesgo de pasarnos por alto y que luego haya algún infectado que vaya haciendo daño por el pueblo!

Sólo encontraron a uno. Se trataba de Lucio, el propietario del cortijo a las afueras del pueblo en cuya parte posterior guardaba un rebaño de ciento cincuenta ovejas y que el lunes, a primera hora, había encontrado a cinco tendidas en el suelo, completamente desangradas. Había luchado encarnizadamente contra el vampiro calvo y, en algún momento, recibido una dentellada en el tríceps del brazo izquierdo.

Pedro se consoló pensando que, al menos, no dejaría viudas ni hijos huérfanos de padre. Su muerte sólo haría que las prostitutas a las que visitaba regularmente en el club de carretera que había en la Nacional ganaran unos pocos euros menos al mes.

—Joder —gimoteó al descubrirse los dos profundos orificios abiertos que le horadaban la carne después de que el hombre que lo examinaba encontrara el mordisco y, a voz en grito, lo hiciera público al resto.

—Lo sentimos, Lucio —masculló Mariano, hablando en nombre de todos, al tiempo que le pasaba un brazo por los hombros —. Pero hay que pensar en lo que más conviene a todos.

—No he sentido nada. Puede que sólo sea un rasguño —lloriqueó Lucio.

—Imagino que debe ser duro de asumir, pero piensa que es mejor morir que convertirte en un monstruo —le planteó otro.

—No. Por favor. No lo hagáis. Todavía no. Aseguraos primero. Encerradme, como a ese que tenemos en el almacén, y esperad. Si veis que me transformo en uno me matáis. Por favor. Por favor. Hagámoslo así, ¿de acuerdo? —suplicó Lucio, con el rostro arrasado por las lágrimas. 

—En el almacén no hay más sitio. Y es probable que al que hay ahí todavía lo necesitemos vivo —rechazó Mariano.

—Entonces, pensemos en algo. Dadme cinco minutos a ver si se me ocurre…

Notó la boca del cañón clavándose en la parte posterior de su cabeza y se interrumpió. Mariano le quitó el brazo con que le rodeaba los hombros y los hombres que había delante de él se abrieron en abanico. Cuando estuvo seguro de que nadie más resultaría herido, Rosendo apretó el gatillo.

 

2.

 

Pedro dio dos vueltas hacia la izquierda a la llave en el interior de la cerradura y tiró de la puerta metálica del almacén, que se abrió con un chirrido agudo. Luego palpó la pared hasta encontrar el interruptor, lo pulsó y los dos fluorescentes del techo iluminaron el cubículo. Era una estancia pequeña, de techo bajo, construida enteramente de hormigón y atestado de cajas de botellas de bebida. En medio del caos, reinaba un relativo orden, que mantenía las vacías separadas de las llenas y las cervezas de los refrescos, formando pequeñas columnas de plástico. Entre ellas, apoyados en las paredes, se acumulaban trastos viejos que aún no se había decidido a deshacerse de ellos, como un par de taburetes con las lonas rajadas, o las sombrillas gigantes de playa que solía colocar en verano en la terraza.

Pedro, seguido de cerca por los demás hombres que habían participado y sobrevivido a la batalla, pasó ante todo esto sin prestarle ninguna atención y avanzó hacia la jaula de tela metálica que había al fondo. La figura del interior se paseaba de un lado a otro de esta con inquietud. Como siempre hacía, Pedro guardó las distancias y se detuvo a un metro y medio de la malla. El vampiro dejó de pasear y escrutó su rostro, tratando de leer en él lo que había sucedido allí afuera. En cada centímetro del suyo y de su torso desnudo podían distinguirse las marcas de tortura a que lo habían sometido. Dado que no estaba vivo, la única prueba de los golpes eran las fracturas de los huesos de la cara (deformados hasta el  punto de conformar una grotesca máscara) y los de las costillas que se adivinaban en los bultos que le sobresalían de los costados. También tenía innumerables marcas de quemaduras de soplete y profundas laceraciones allí donde la cuerda de cáñamo lo había golpeado. Coronando todo aquello, estaba la herida de bala abierta en su vientre y de la que le pendía una ennegrecida sección de intestinos, como una serpiente en descomposición.

—¿Hay más? —inquirió Pedro con dureza.

El vampiro frunció los labios en una mueca de desprecio.

—¿Cómo quieres que lo sepa si no tengo idea de cuántos han venido? —respondió con arrogancia el vampiro.

—Seis — mintió Pedro.

Notó que los ojos de los hombres que permanecían a su espalda se volvían hacia él y lo miraban con una cierta confusión, pero se mantuvo firme, rezando porque ninguno tratara de corregirle. Unos antes que otros comprendieron lo que pretendía (o simplemente decidieron esperar a ver qué pasaba) y guardaron silencio.

—¿Seis? —se sorprendió el vampiro. Luego añadió, maravillado: —¡Joder! ¡Soy casi tan importante como vuestro Papa! 

—¿Son todos los que andaban contigo por aquí? —reiteró Pedro.

—¿A cuántos os habéis cargado? —replicó el vampiro.

Pedro apretó los dientes y aferró con fuerza la escopeta. Lanzó un par de inspiraciones y exhalaciones profundas antes de avenirse a contestar.

—A todos.

—¿Y cuántos de vosotros habéis caído? Seguro que muchos, a juzgar por los gritos que se oían desde aquí —se mofó el vampiro.

—Siempre hay un precio. Para todo —constató Pedro obligándose a no pensar en las víctimas. Sobre todo en el pobre Lucio, asesinado por la espalda mientras intentaba convencerles de que le perdonaran la vida. Luego, reiteró por tercera vez: —¿Cuántos quedan?.

—Cuando me atrapasteis, hace dos noches, sólo éramos tres. Pero una noche da para mucho, así que no sabría decirte una cifra exacta. De hecho, ni siquiera una aproximada. Puede que no hayan convertido a nadie, pero también puede que a diez o veinte. Ese es el abanico con el que os toca lidiar —contestó el vampiro con una sonrisa sardónica, que deformaba aún más su rostro castigado por los golpes.

Pedro tragó una bola de saliva tan densa que, por un momento, antes de seguir deslizándose hacia abajo y chapotear en el fondo de su estómago, se le atascó en la garganta. Todo ese asunto podía haber acabado tras la muerte de los tres vampiros que habían llegado en aquel viejo Citröen BX. Pero también podía ser que no. Y, si era que no, ¿cuántos de ellos tendrían que morir antes de conseguir exterminar al último?.

Porque era evidente que la lucha había alcanzado un nuevo nivel. A partir de ahora, no se limitarían a alimentarse de sus animales. Los humanos de Ródenas habían declarado la  guerra a los vampiros y, sin duda, estos recogerían el testigo.

Entonces, pensando que matar a los tres vampiros de esa noche les había costado siete vidas humanas, se le ocurrió otra pregunta, más adecuada a las circunstancias que la anterior. Sólo pensarla hacía que un escalofrío le recorriera la columna vertebral como una flecha de hielo.

¿Conseguirían acabar con ellos antes de que estos lo hicieran con todos los hombres, mujeres y niños del pueblo?

—Deberíamos matar, aquí y ahora, a este hijo de puta —gruñó rabioso uno de los hombres que tenía a su espalda.

—Aún no —masculló Pedro sin apartar los ojos del vampiro—. Si hay más, lo necesitaremos de cebo. Es mejor atraérlos hasta aquí y, cuando lleguen, tenderles una emboscada. Mañana por la noche, todo el que tenga armas de fuego que las traiga. Los esperaremos fuera y los acribillaremos. También tendremos que organizarnos para que un grupo de nosotros patrulle el pueblo.

Al otro lado de la malla metálica, el vampiro sacudió la cabeza en ademán negativo. Pedro se preguntó si iba de farol o si estaba seguro de que cualquier plan que pusieran en marcha fracasaría.

En su fuero interno, él tampoco las tenía todas consigo.

Pero no les quedaba otra opción que luchar.

Eran sus tierras, sus familias y sus animales. No podían renunciar a ellas y marcharse así, sin más. No tenía nada que ver con el sentido común, porque seguro que lo más sensato era hacer las maletas y buscarse otro lugar. Ni él ni ninguno de los hombres que había en aquel almacén lo aceptaría. Preferirían morir a rendirse y huir.

No, no podían. Era una simple cuestión de honor: nadie (ni siquiera una horda de vampiros asesinos) les quitaría lo que era suyo sin antes verse obligados a pelear por ello.

 

 

*FIN*

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No tengo manías acerca de dónde y cuándo escribir pero, si tengo que elegir, prefiero hacerlo en el despacho de mi casa, temprano, cuando la mayoría de la gente todavía duerme. Son horas de silencio casi absoluto, en los que el Universo entero se reduce a la página de mi editor de textos. Escribir es una parte muy importante de mí. No me veo sin hacerlo con asiduidad. Sería como si… ¿me quitaran un riñón? No exactamente. Porque se puede vivir con un único riñón. Más bien es como si quitaran el hígado o los pulmones. O la cordura.

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