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4 min
Canelita
Reales |
09.09.08
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Sinopsis

Este relato es una reflexión, un llamamiento a los escrúpulos que hacían que fuéramos seres humanos, aquellos que nos carazterizaban y por lo que se supone que evolucionamos en comparación con otros animales. Ahora ya queda duda...

Brillaba su pelo canela bajo los rayos dorados. Sacaba la lengua hacia un lado mientras movía su hocico en el aire identificando tantos olores que aún le son desconocidos.
Nada ni nadie pasaba sin que ella se diera cuenta. Eran las 11 de la mañana. Y como cualquier día a esa hora se preparaba cerca de la puerta, a la espera de la llegaba del Cartero en su moto.
Canela se ponía histérica, saltaba de un lado a otro como una loca, mientras ladraba sin parar. Desde la ventana del segundo piso escuchaba sus jadeos y el golpe de sus patitas sobre el muro. Luego corría detrás de la casa y lanzaba ladridos al aire. Hasta que algo nuevo llamaba su atención. Desde el porche, subida en la silla, miraba la vega. Le encantaba ir a jugar entre las montañas de tierra y revolcarse por la hierba. Cuando veía a gente caminando por ahí ladraba sin parar, me miraba y seguía ladrando como si le preguntara que "quién era" y "que hacía allí". Movía sus orejas hacia adelante y hacia atrás, abría los ojos y los volvía a cerrar cuando seguía ladrando.
A veces cuando bajaba a merendar, ella estaba tumbada en la jardinera, y yo solía echarle algo de comer. Lo que le gustó bastante. Por lo que cada tarde a la misma hora, se sentaba a esperar bajo la ventana de la cocina, sin demoras. Se quedaba mirando fijamente hasta que me viera aparecer. No podías decirle que no, lo que fue una vez, se convirtió en rutina.
Tenía esa preciosa cara tan risueña que me quedaba embobada mirándola mientras ella sonreía. Siempre salía a saludar cuando llegaba de la calle, aunque fuera de madrugada y ella ya estuviera durmiendo. Daba saltos a mi alrededor y se enganchaba de mi pierna, yo le acariciaba la cabeza. Luego se tiraba sobre mis pies para que le rascara la barriga. Era algo que le encantaba.
El día que se escapó mil escalofríos me recorrían el cuerpo. Saber que había tantos perros grandes que eran abandonados en nuestro pueblo...La mayoría de caza. Y canelita siempre tan curiosa y a todos se acercaba. Sé que a veces podía llegar a ser un poco pesada pero no eran más que sus ganas de jugar y que le prestaran atención. Era tan pequeña...
Busqué por todas las calles, avenidas, plazas, acacias, bulevares y cestos de basura.
Indaqué por todos los rincones del pueblo, perdiendo poco a poco la esperanza cuando veía pasar junto amí, cientos de perros callejeros corriendo con la mirada fija, siempre al norte. Transeúntes con lágrimas en ojos tristes que rodaron en noches de aullido y de soledad, pelo sucio que alguna vez fue blanco o marrón. Y ninguno era Canela.
Retirados del peublo vivían los veteranos de esta vida, agarrados a una botella, para no caer cuesta abajo. A su lado, perros fieles a sus amos, escuálidos y enfermos, esperan con impaciencia un plato de comida que nunca llega.
Y tirados en la cuneta, muchos acaban ahí sus vidas, reventados por dentro, entre agonías, observan como el animal arranca de nuevo su coche alejándose antes sus ojos poco a poco, mientras el dolor va cabando con él.
Lo veía y no podía ni llorar, tantas son las trampas con las que un animal debe enfrentarse...
Cuando la encontramos supe que no debería tener miedo a esos perros grandes de caza abandonados, sino aquellos que son de mi misma raza.
Yacía su cuerpo entre un canal, sin ninguna de las cuatro patas y la cola quemada.
Ahora descansa en la vega, lo que para ella era sus "tierras". Era tan pequeñita... tan risueña... Y la quitaron de en medio sin más.
Nunca me gustaron los perros como animal favorito, prefería los gatos, pues pensaba que los perros eran demasiados agresivos y podían llegar hacer daño.
Ella me enseñó a no tenerlos miedo, pues no son a ellos a los que debo temer. Sino aquellos que comparten mi mundo y con los que me cruzo cada día allá donde voy.
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