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14 min
Capítulo 1: Enkiru
Ciencia Ficción |
22.03.15
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Sinopsis

El despertador de la mesilla de noche marcaba las seis cuarenta y cinco, y las luces de las farolas todavía iluminaban las calles. Faltaban quince minutos para que los sistemas de la estación espacial activaran el modo diurno, iluminando el falso cielo que cubría la ciudad. Lucas se levantó de la cama de un salto, listo para ducharse y desayunar antes de ir al trabajo.

El despertador de la mesilla de noche marcaba las seis cuarenta y cinco, y las luces de las farolas todavía iluminaban las calles. Faltaban quince minutos para que los sistemas de la estación espacial activaran el modo diurno, iluminando el falso cielo que cubría la ciudad. Lucas se levantó de la cama de un salto, listo para ducharse y desayunar antes de ir al trabajo.

 

Era un tipo alto aunque algo delgaducho, como decía su madre. Medía casi uno noventa y su pelo era negro como la noche, en el que se asomaban tímidamente algunas hebras de color blanco.

Había pasado sus veintidós años en aquella estación. Sus padres se mudaron desde el planeta Nerta antes de que él naciera. Thomas P. Miller, su padre; que ya era por aquél entonces un reconocido experto en la minería planetaria, fue contratado por la empresa EmmQ para trabajar en el cinturón de asteroides del sistema Marduk.

 

En una de las enormes rocas del cinturón estaba construida Enkiru, una gigantesca colonia con miles de personas. Aunque en sus inicios era una pequeña estación espacial usada como lugar habitable y de descanso de los mineros encargados de la maquinaria, con el paso del tiempo y la inagotable fuente de minerales de la zona, terminó convirtiéndose en una gran colonia . Enorme, y con casi medio millón de habitantes.

Con dos ciudades en el exterior del asteroide, y otra en una gran cueva creada por las extracciones mineras, Enkiru era de lejos la mayor colonia no planetaria creada por la humanidad. Además, se encontraba en el camino de las grandes rutas comerciales, lo que la convertía en una pieza fundamental para la expansión humana.

 

Después de una ducha rápida y un desayuno dispensado en la impresora de comida, estaba listo para salir al trabajo. Una oficina en el piso setecientos cincuenta y dos del distrito financiero, ocho horas allí sentado revisando proyectos, y planificando reuniones. No era un trabajo divertido pero ganaba dinero, lo suficiente para vivir y ahorrar, y algún día abandonar aquel lugar he irse a vivir a alguno de los planetas habitados.

Todo el mundo comentaba lo mismo, la colonia espacial esta bien, pero solo por un tiempo, repetían no hay nada como vivir en un planeta. Todos lo decían, incluso aquellos que nunca habían salido de la estación, era raro, no sabía si por que era verdad, o por que simplemente era lo que todos querían creer; eso si, los que se iban casi nunca volvían, y eso era bueno, ¿O no...?

Cogió sus cosas y se acercó a la puerta esperando que el detector activara el ascensor, cuando se dio cuenta que se había dejado el Pad sobre la mesilla de noche. Corrió a cogerlo, y por suerte al volver el ascensor hizo su típico sonido, tin, tin, indicándole que ya estaba en la puerta, y que tenía solo cinco segundos para abrirla, o si no, se desplazaría rápido hacia otra habitación del edificio que lo hubiera solicitado. Entró al ascensor a tiempo y pulsó sobre el icono del garaje en el panel holográfico, el ascensor comenzó el ascenso.

 

Al llegar al garaje, en la parte mas alta del edificio, pudo ver una familia moviéndose alrededor de un vehículo. Parecían apurados, la mujer, un hombre y dos niños entraron en el coche, mientras un androide de servicio metía maletas en el maletero. Nunca los había visto, pero como al noventa por ciento del edificio. Allí no había pasillos por los que pasear, solo se cruzaba con sus vecinos en el aparcamiento o en la puerta de la calle.

Su coche, un flamante “270 R” color rojo le esperaba donde siempre. Sacó del bolsillo el Pad y puso el dedo sobre la pantalla digital al tiempo que decía “abrir”. La orden de voz, junto con la comprobación de la huella dactilar activaron los sensores biométricos del coche, que recorrieron su cuerpo para certificar que era él, abriendo la puerta mientras saludaba con sensual voz de mujer Bienvenido señor .

Abandonó el garaje por una de sus salidas ascendiendo unos metros en piloto automático, preparándose para incorporarse a una de las autovías aéreas que recorrían la ciudad. Las vistas desde allí arriba eran impresionantes, la estación había activado el modo diurno y un falso sol rodeado de nubes comenzaba a asomar por el horizonte imitando el amanecer del planeta tierra, cubriendo de alargadas sombras los parques y edificios. Era algo precioso, durante horas, el falso sol se movía a lo largo de toda la cúpula hasta desaparecer por el otro lado. Según muchos estudios, este sistema de imitar al sol de la tierra, ayudaba a la gente haciendo sus vidas mas placenteras. Aunque a Lucas no le importaba demasiado, el se limitaba a vivir su vida, no a mirar al sol.

 

Después de diez minutos en piloto automático sobrevolando la ciudad que aprovechó para revisar el trabajo de hoy en el panel holográfico de su cochellegó por fin al intercambiador, un lugar en la parte baja de la cúpula que conectaba con la otra ciudad a través de unos escudos semicirculares, que mantenían la presión y protegían a los que cruzaban entre ellas. Y como siempre lleno a rebosar de vehículos.

Joder, otra vez lo de siempre no podía creerlo, una colonia tan avanzada y llevaban casi un año con ese problema. La gente se había manifestado en incontables ocasiones solicitando nuevos accesos y al final (aunque tarde) les habían hecho caso. Las ciudades habían crecido demasiado, y el inútil del alcalde no autorizó las obras para una nueva conexión entre ellas hasta hace una semana. Y todavía no estaba terminada, por su puesto, solo le quedaba aguantar la cola por casi media hora. Entraba a las ocho, y por eso se levantaba tan temprano, tenía que pasar por eso todos los días.

Después de veinte minutos moviéndose a paso de tortuga, había conseguido recorrer mas de la mitad del intercambiador. Los coches se apilaban a su lado, por arriba y por abajo, respetando sus vías aéreas mientras avanzaban. Podía ver a la gente dentro de sus vehículos, charlando, desayunando... cada uno pasaba el atasco como podía con el piloto automático puesto, y él, leía las noticias.

Tras treinta minutos de atasco, por fin había podido salir de allí, dejando atrás Ciudad Capital y entrando por fin en la ciudad Crisol. Esta enorme ciudad compuesta casi totalmente de edificios servía de centro financiero de la colonia. Aprovechando la localización de la estación, casi la totalidad de las grandes empresas decidieron montar allí sus sedes centrales, ayudando así a su expansión. Bancos, corporaciones mineras, empresas de robótica... toda empresa importante estaba allí representada de alguna manera.

 

La segunda ciudad al igual que la primera se encontraba en el modo diurno, aunque allí el sol se encontraba en lo mas alto de la cúpula. A diferencia de Ciudad Capital, que era una metrópoli de apartamentos, parques y centros de ocio; esta tenía unos horarios totalmente diferentes, ya que se trataba de una ciudad dedicada exclusivamente a los negocios.

Nunca se hacía de noche, nunca salía la luna.

Aunque el sol seguía una ruta por la cúpula igual que lo hacía en la otra ciudad, en el momento de ponerse por un lado, volvía a salir de nuevo por el otro creando días de ocho horas. La ciudad que nunca duerme, igual que la Nueva York de hace cientos de años, solo que esta vez, si que era verdad.

Los turnos de trabajo se sucedían uno tras otro al igual que las horas solares, cada ocho horas los turnos cambiaban. Cuando alguien terminaba su turno, otra persona estaba lista para ocupar su puesto y comenzar el suyo. La ciudad, nunca debía detenerse.

 

Se incorporó a una de las vías aéreas que rodeaban la ciudad por la parte baja. Sabía que las superiores se encontraban atestadas de vehículos y aunque el camino por la zona baja era algo mas largo, al final ganaría algo de tiempo.

Unas enormes pantallas suspendidas en el aire flanqueaban las vías con anuncios de todo tipo. Una de ellas, mostraba diferentes articulaciones cibernéticas que se acoplaban a cuerpos de gente sonriente, en otra; una chica corría vestida a través de un lago con las piernas sumergidas hasta las rodillas, mientras una persona desde la orilla vestida de bailarina la miraba sonriendo. Al llegar al centro del lago, la chica sacaba de un bolsillo una carta de poker que lanzaba al aire y caía sobre nieve virgen. ¿Que era aquello?, ¿un anuncio de perfume? No pudo saberlo, por que había dejado atrás aquella pantalla y no podía ver el final del anuncio, pero se juró, que algún día lo descubriría.

Ahora pasaba frente a la entrada de los astilleros espaciales. Solfix, Metal Nova y Darumo eran las empresas asentadas en la estación dedicadas a la construcción de naves espaciales. Los astilleros tenían capacidad para construir naves de hasta quinientos metros de largo, no eran unos grandes astilleros pero si muy útiles, puesto que la mayoría de naves se encontraban dentro de ese rango de tamaño, aunque existían otras mucho mayores como los Colosos o las grandes naves de transporte, esas, se construían en otras colonias.

De nuevo con el piloto automático puesto volando a baja altura, asomó la cabeza por la ventana para ver como la gente caminaba por las calles. Allí todas las calles eran inteligentes, cada paso de las personas que la usaban, generaba energía que era utilizada para todo tipo de cosas. Aunque antiguamente las calles eran ocupadas por vehículos y peatones, ahora ya no, los vehículos volaban y la gente caminaba ocupando toda la calle. Mientras miraba una pareja solitaria agarrados de la mano le sonó el Smartphone, una pieza de ingeniería del siglo veinticinco con miles de funciones, una de ellas y la mas útil, el teléfono.

Pasó su dedo sobre el smartphone para desbloquearlo y aceptar la llamada, haciendo que una pantalla holográfica se desplegara ante él, mostrando a la persona al otro lado en tres dimensiones. Era su primo John que también vivía en la estación, y tenía una cara de felicidad enorme, además de un pijama horrendo cubierto de corazoncitos rojos.

¿Aún no has llegado al trabajo, verdad? dijo sonriendo antes de que entres a currar, tengo que contarte algo que te va a alegrar el día, (lo que John no sabía, era que aquel día no sería un día alegre para nadie)

¿De verdad? pues ya estas tardando en decírmelo que estoy apunto de entrar.

¿Te acuerdas que Daniel nos dijo que tenía una sorpresa que darnos?

Anda es verdad, habíamos quedado ayer con él, aunque al final no pude ir, ¿que es lo que os contó?

Se va a casar tío.

No me jodas, ¿con su novia la implantes? dijo Lucas sorprendido.

Claro, con quién va a ser.

No se, pensaba que había conocido alguna tía entera.

Jajaja, que cabrón eres. Bueno, la buena noticia es que va a celebrar la boda a la tu y yo estamos invitados en ... ¡el casino Galaxy!.

Joder contestó asombrado no imaginaba que le fuera tan bien en su empresa. Esa boda va a costar un dineral.

Y tanto, las bodas allí no bajan del medio millón de créditos, ya sabes como se las gastan en Ciudad Central.

Ciudad Central, la tercera gran urbe de Enkiru. A diferencia de las otras dos, esta se encontraba en el interior del asteroide en una enorme cueva despejada en las tareas de extracción de minerales. Mientras que las ciudades del exterior se asentaban sobre un plano, cubierto por una cúpula, Ciudad Central era totalmente esférica. Habitada en toda su extensión interior con una gravedad artificial adecuada para ello, la esfera era una ciudad impresionante y con una forma única. Con la mirada, podías seguir la calle por la que caminabas y mirar a lo lejos como ascendía. arriba y mas arriba por el interior de la esfera, siguiéndola hasta el punto mas alto, y seguir al otro lado, descendiendo de nuevo detrás tuyo hasta volver a encontrarse bajo tus pies, siempre la misma calle. La ciudad, contaba con una potente fuente de luz alimentada mediante el sistema TEI (transmisión de energía inhalámbrica) flotando en el centro exacto de la esfera. La falsa estrella que iluminaba la ciudad no se movía como en las otras, esta, mantenía siempre su posición inerte, lo único que hacía era cambiar entre diferentes tonalidades de rojo y amarillo, simulando las diferentes horas de un día; iluminándose como una luna cuando llegaba la noche.

Casi toda Ciudad Central estaba dedicada al ocio, desde casinos a parques de atracciones, discotecas y centros comerciales, la gente que vivía allí parecía estar de fiesta todos los días. Y el lugar mas importante de la ciudad era el Casino Galaxy, el mismo al que les habían invitado para la boda. Mucha gente soñaba con ir allí, aunque no todos podían permitírselo. Incluso él, con un buen sueldo y viviendo relativamente cerca solo había estado allí una vez, y no mas de treinta minutos. Todo el mundo sabía que aquel casino no era para gente cualquiera, las mas altas celebridades, así como las personalidades mas importantes viajaban exclusivamente a Enkiru para hospedarse en el Casino Galaxy. Era considerado uno de los mejores casinos del Universo, según la revista Futuro.

¿Y cuando es la boda? preguntó.

Pues dentro de una semana, el sábado. Mañana o pasado nos envía las invitaciones al email.

Bien. Bueno, te dejo, que ya estoy entrando en el garaje del curro.

Ok contesto John pásalo bien y no trabajes mucho, que no vas a hacerte millonario.

Jajaja tranquilo, trabajo lo justo para que no me echen. Venga primo, nos vemos esta noche donde siempre, chao.

 

Cortó la llamada casi sin darle tiempo a John a despedirse, pero ya había entrado en el garaje y el piloto automático había aparcado el coche; y lo peor de todo, ¡faltaba un minuto para las ocho!.

Cogió todas sus cosas y salió corriendo hacia el ascensor, solo para darse cuenta que no era el único que llegaba justo de tiempo. Eric, el chico de la oficina de al lado y su compañero de trabajo, se acercaba corriendo a trompicones.

Espera, no te vayas sin mi dijo jadeando en el momento en el que Lucas habría la puerta del ascensor que acababa de llegar. Como llegue tarde otra vez me matan sonriendo entraron juntos al ascensor.

En apenas diez segundos habían llegado a su piso, entraron con el tiempo justo. Se despidieron en el pasillo y Lucas abrió la puerta de su oficina. Nunca se habría imaginado lo que estaba apunto de suceder, nada mas entrar, un potente rayo de luz entró a través de las ventanas seguido de un terremoto que sacudió todo el edificio.

 

Continuará...

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