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7 min
Capítulo Primero
Fantasía |
12.02.09
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Sinopsis

-¡Vamos, camina más deprisa!-ordenó el jinete a la vez que lanzaba un latigazo al prisionero-A este paso no llegaremos nunca.
El prisionero, un hombre de unos veinte años con cabello largo y enmarañado, retuvo el grito de dolor que ansiaba salir de sus labios, pero obedeció con premura y echó a andar más deprisa. Su musculosa espalda estaba surcada por las heridas que le había inflingido el látigo durante el camino. No tenía más vestiduras que un mugriento trapo que le cubría la cintura. Sus pies descalzos apenas podían obedecer, ya que el pedregoso camino se había encargado de dificultarles la tarea desgarrando su carne y bañándose en su sangre.
El jinete, por su parte, sonrió satisfecho al ver acatada su orden y continuó cabalgando al paso del prisionero. Era un hombre cuarentón, con pelo y barba rojizos. Estaba ataviado con una armadura plateada que brillaba con la luz del Sol del atardecer.
A poca distancia de donde estaban se podía divisar una gran ciudad, destino de los viajeros; era la ciudad de Morfantios. Después de unas pocas horas del no demasiado lento viaje a causa de los frecuentes latigazos que hacían que el prisionero se pensase dos veces el quedarse tumbado los dos viajeros pudieron divisar la gran ciudad. Ésta estaba rodeada por una gran muralla hecha de una piedra de un color entre blanco y amarillo que brillaba reflejando los dorados rayos del Sol. La piedra era la misma que se encontraba por los alrededores y ahora se encargaba de dificultar el paso del prisionero. Con un portón principal y varias puertas secundarias, la ciudad tenía una de las mejores fortificaciones de todo el mundo de Fartic; gracias a ella la ciudad jamás había sido tomada por el enemigo en los aproximadamente cinco siglos de existencia. Numerosos edificios hechos con el mismo tipo de piedra que la muralla hacían que la ciudad resplandeciese asemejándose a una enorme joya.
Los viajeros se pararon mirando extasiados la magnificencia de la ciudad y por unos momentos el jinete dejó de pegar latigazos al prisionero. Una vez repuestos reanudaron la marcha.
Cuando llegaron al portón principal ya había anochecido. Pasaron ante la fila de comerciantes y demás viajeros que querían entrar.
-¿Qué traes ahora, Firson?-le preguntó uno de los guardianes de la entrada al jinete.
-Un mago al que sorprendí leyendo un libro de hechizos. No volverá a tocar otro libro, te lo aseguro-respondió Firson lanzando una sonora carcajada a la que se unió el guardián. Siguieron caminando hasta el cuartel general. A pesar de haber anochecido había mucha actividad en la ciudad. Por todas partes se veían puestos donde se vendían artículos de toda clase: ropa normal y ropa extravagante, objetos inútiles pero muy curiosos como una sandalia medio rota que hacía unos ruidos extraños al ponerse, vasijas de barro, deliciosos dulces traídos de todas partes de Fartic... Gente de todo Fartic (muchos humanos, pocos elfos y algunos enanos) se agolpaba en los puestos.
-¿Qué quieres?-preguntó a Firson un guardia del cuartel general cuando hubieron llegado.
-Traigo un prisionero para el señor Merluat.
-Está bien-concedió el guardia-. ¡Sígueme!
Entraron en el edificio. El interior no tenía ningún tipo de decoración. Estaba construido por la misma piedra blanco amarillenta, pero carecía del brillo de la del exterior y parecía absorber la poca luz que irradiaban las teas. De la sala en la que estaban salían distintos corredores. Siguieron por un corredor hasta una puerta en la que llamó el guardia.
-¿Quién es?-pronunció una voz grave y potente.
-Soy Reslon-respondió el guardián-. Traigo a un caballero que trae a un prisionero.
-Que pasen-permitió la voz.
Para entonces el prisionero apenas podía caminar. Tenía los pies totalmente destrozados y la piel de las plantas estaba desgarrada, provocando así que la sangre saliese con total libertad dejando huellas allá donde pisaba. Su espalda tenía el mismo aspecto y el trapo tenía ahora color marrón rojizo provocado por el polvo del camino y la sangre. Estuvo a punto de caer cuando Firson le dio un empujón para que entrase en la habitación. Una vez dentro observó sin interés su interior.
La habitación era sencilla, carente de decoraciones, como el resto del edificio. Estaba compuesta por una tosca mesa sobre la cual yacían numerosos mapas y una chimenea ahora encendida que iluminaba y calentaba lo poco que le permitía la blanco amarillenta piedra. Merluat, señor de la ciudad y de numerosos territorios más que había conquistado, levantó la vista de los mapas y observó a los recién llegados.
Era un hombre fuerte y robusto. Vestía una cota de mallas y unos pantalones de cuero marrones. Unas cicatrices surcaban sus brazos. Tenía el cabello negro y corto. Su impasible semblante sólo sonreía cuando conquistaba un territorio más y tenía una pequeña cicatriz en la mejilla derecha producida en una batalla por un enemigo que sufrió una muerte horrible por su osadía. Sus negros ojos observaron al prisionero sin interés hasta que se fijaron en sus ojos. Éstos le devolvieron una extraña y penetrante mirada que no pudieron contener por mucho tiempo los de Merluat. Esto enfureció al señor de Morfantios, aunque no lo exteriorizó, y se prometió hacerle pagar por ello.
Merluat se fijó ahora en Firson y le preguntó:
-¿Quién es?
-Un mago al que sorprendí con un libro de hechizos en la aldea de Rigon-explicó el caballero.
-Sabes cuál es la sentencia por estar relacionado con la magia, ¿no?-interrogó Merluat al joven mago.
Éste asintió sin pronunciar palabra con el rostro impasible.
-¿Y no temes a la muerte, joven hechicero?
El mago no dio muestras de haber escuchado y Firson le golpeó con fuerza en la espalda con el puño. El hechicero cayó de rodillas.
-¡Responde a tu rey cuando te pregunte! –ordenó Firson.
-Yo no sirvo a ningún rey-respondió con una mueca burlona el joven mago.
La furia del caballero se vio reflejada en la fuerte patada que asestó al prisionero, que terminó de derrumbarse en el suelo tosiendo con violencia. Firson alzó el látigo dispuesto a continuar el castigo, pero la voz de Merluat frenó sus impulsos:
-¡Basta! ¡Le vas a matar! Antes deberá sufrir. Su muerte no será tan rápida. Eso sería un regalo que este arrogante brujo no merece. ¡Llévale a las mazmorras! Que se reponga un poco y mañana continuaremos con él. Dale algo de agua, pero nada de comer.
-Muy bien, mi señor. Adiós-repuso Firson dirigiéndose hacia la puerta arrastrando sin miramientos al prisionero, que se había incorporado y realizaba todos sus esfuerzos por mantenerse en pie y seguir a su acompañante.
-Buenas noches, Firson-deseó Merluat-. Dulces sueños, hechicero.
La pareja avanzó lentamente por una serie de pasillos hasta llegar a unas escaleras, por las que el moribundo mago estuvo a punto de caerse en varias ocasiones, pero el deseo de Merluat por mantener al prisionero vivo impulsó al caballero a evitar las caídas. El joven hechicero apenas sentía nada y se dejó conducir medio inconsciente hasta las mazmorras. El caballero le entregó al carcelero dándole instrucciones de dar sólo agua al prisionero y se fue.
El carcelero, un hombre gordo y sucio con la cara sin afeitar, arrastró sin miramientos al mago y le metió en una sucia celda vacía. Le proporcionó una jarra de agua que el prisionero ni miró hasta asegurarse de que el carcelero estaba fuera del alcance de su vista. Entonces cogió la jarra y se bebió todo su contenido con avidez. Tras esto se tumbó en la cama y se durmió.
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