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17 min
Carla
Varios |
07.04.15
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Sinopsis

Extracto de la novela "Un Día Perfecto para Elis" en vías e intención de publicación. El capítulo trata sobre Carla, uno de los personajes secundarios.

Tumbada y tapada hasta el cuello en la cama se encontraba la pequeña Carla Thompson. Su tos fue suficiente presentación, heraldo de lo que había sido su vida.
Sentía el pecho incómodo como si alguien se le hubiese sentado encima. Sabía el porqué, pero apenas veía en esos días a la persona que era responsable. Suspiró y pensó de nuevo en Elis.
En los últimos días no se la había quitado de la cabeza. Sus padres ya estaban cansados de que hablase de ella, y desde esa riña ni la nombraba, salvo cuando avisaba que venía a casa, como si sus padres tuviesen que prepararse. En el colegio tenía a Janet, que la entendía y la escuchaba hablar de su amiga en común, pero sin decirlo se mostraba cansada del tema. Le quedaba entonces hablar con ella misma de Elis, su mejor amiga.
Su heroína.
Deseó verla para hablar. En esos días apenas la había visto en el colegio. Se convenció que mañana la vería y podría desahogarse contándole cualquier cosa. La que fuese porque lo necesitaba.
Fue recordando el motivo de porqué quiso ser su amiga.
A nadie le caía bien Elis, y Carla no era una excepción. Le daba miedo y habían rumores sobre que hacía daño a los niños que la ofendían, dejándolos escondidos en el almacén del gimnasio o en los baños. Estaba en la policía y allí había aprendido a torturar, que su prueba de acceso fue hacer confesar a un mudo. Era exagerado, por supuesto, pero nadie negaba que supiera torturar. Era por ello que cuando la veía por el pasillo la evitaba, y eso Elis lo vería aunque no le importara. Carla había preferido incluso perder una apuesta y dejarse golpear por los matones con tal de no ir a una zona donde estaba Elis sentada a solas, con una intención de querella de hacerse la simpática para luego escupir o lanzar sobre ella barro o piedras, lo primero que se ocurriera para mostrar valor. Era una cobarde, no hacía falta demostrarlo, y evitar esa insensatez fue malo frente a los abusones, un mal menor a lo que podría haber hecho Elis con ella.
Como nadie quería juntarse con Carla, acabó entablando una amistad forzada con los matones por culpa de aquella apuesta de la que ya ni recordaba cómo surgió. Uno de ellos se encaprichó con ella y en teoría fueron novios, aunque eso no le valió para evitar los golpes que recibía cuando los chicos se aburrían o enfadaban. Acabó acostumbrándose a que la maltrataran, puesto que era mejor que estar sola.
Participó en toda clase de gamberradas, y eso le ganó discusiones con sus padres e intentos de rescate por parte de profesores y el director. Ella se limitaba en cada vez a reconocer que tenían razón, para luego a los días regresar junto a ellos. No supo bien porque lo hacía, y siempre supuso que también le gustaba el chico que ofreció integrarla en el grupo.
Cuando estaban a solas él era un encanto. La sentaba en sus rodillas y escuchaba todo el mal que Carla tuviese dentro. Cuando estaban los demás, se mostraba rudo y desobediente, bastante estúpido, sin aminorar la fuerza de los puñetazos que a veces Carla se ganaba o que le apetecía por estar de broma.
Pasó mucho tiempo antes que Carla se ganara el mérito de dejar de ser la víctima central. Un día la dejaron al fin participar en la acometida a una chica nueva, también de gafas, y se sintió bien: realmente bien. Cada patada fue un desahogo. Ese día obtuvo como recompensa el primer beso con su chico.
Sin embargo los días pasaron y la incomodidad de juntarse con quien no debía jamás se marchó. Por mucho que le gustara su novio, sabía que no le convenía, y a pesar de ser a veces la víctima por la excusa de la nostalgia, nunca supo por qué no se alejó de ellos... mentía. En aquel entonces se mentía mucho.
Si aguantó fue porque ellos no eran nada en comparación a su tío. Su tío Fred, que tanto la cuidaba.
Su tío era el hermano pequeño de su madre, mucho más joven que ella. Le gustaba oírle hablar de sus aventuras en la universidad, y eso provocaba que Carla se sintiese mayor. La pequeña sabía que lograría llegar a la universidad sin problemas porque era una superdotada, además de ir a una mejor que la frecuentaba su tío. Le quedó la impresión que eso provocaba envidia en él. Habían cosas en su tío con respecto a ella que nunca comprendió, como si en el fondo la odiara por ser la preferida de su madre y de su abuela por encima de él.
Su tío nunca se sinceró con ella, salvo por un detalle que Carla nunca sabría poner nombre.
La primera vez que sucedió fue en una piscina hinchable en el jardín de la parte trasera de su casa. Jugaban y se bañaban en aquel día de verano tan idóneo. A su tío se le notó emocionado, bastante más gracioso y amable que de costumbre. Cuando se cansaron de lanzarse agua y pasarse la pelota, descansaron apoyados sin salir aún del agua.
Embobada con el cielo y los pájaros, fue que notó por encima la mirada de él, tan fija y distante. No la miraba a la cara, y eso no le gustó. Lo vio vigilar el alrededor antes de acercarse. Carla comprobó un gesto como cuando estaba con su chico, pero fue algo opuesto e inesperado. La obligó a darse la vuelta y su tío la abrazó. Quedaron así bastante tiempo hasta que sintió mucho frío por culpa de seguir empapada. El sol se marchaba y en el jardín escondido por vallas de maderas se resguardó la sombra hasta que llegara el día siguiente.
El miedo fue primero incomodidad y duda hasta que se transformó. Notó como su tío se movía de vez en cuando, apretando contra ella sus caderas cubiertas por el bañador, en especial la zona de las nalgas. Sabía qué significaba, los chicos lo hablaban a veces, lo había leído en libros de la escuela o en Internet se podía ver. Pero creía que eso iba con los enamorados. ¿Acaso su tío le estaba confesando un amor no correspondido? No le cuadró la idea, y sintió que aquel gesto era malo, tan terrible que no sabría nunca cómo concebirlo. Su intuición no le engañó cuando por fin su tío quiso apartarse y, casi amenazando, le dijo que no le dijese nada a nadie o se enfadaría mucho.
Su mirada no mintió.
Él salió de la pequeña piscina y se fue secando. Carla se quedó pensativa sin salir del agua, arreglándose sin parar la parte trasera del bañador, temblando sin saber si era por culpa del frío.
Las siguientes veces fueron similares. Su tío se las apañó para convencer y ser el canguro de Carla, por lo que en cada visita su sobrina tuvo que aprender a quedarse quieta siempre que la abrazaba por el lado que se le antojase. Odió una vez que se puso encima, aguantando su peso y el aliento de no lavarse los dientes durante a saber cuántos días. Fue ignorando la mala sensación conforme se asustó al verlo agitarse e impulsarse con intención de frotar su entrepierna con la de ella. Ambos llevaban vaqueros y eso provocó dolor a Carla, rompiendo los ojos con una impresión cuando su tío decidía parar con una agitación temblorosa donde estiraba todo el cuerpo. Después se dejaba caer sobre ella para aplastarla sin miramientos. Por último quedaba verlo levantarse y marchar como si ella no existiese, volviendo a acuchillar con una amenaza seria como la de un lobo hambriento, dejándola inmóvil en el sitio durante minutos incontables por la falta de fuerzas que Carla nunca supo dónde buscar.
Nunca se animó a contar aquellos sucesos a nadie, siquiera a su chico o amigos, capaces de ir a por él. Sabía que sería peor y prefería seguir siendo maltratada por sus amigos y por su tío. Algo le decía que cada uno había nacido para una cosa, y ella asumió cuanto antes su destino para poder sobrellevar la vida. Siempre valoró su capacidad de ver las cosas tan pronto, al contrario que otros niños. Salvo Elis, claro.
Sin embargo, un día tuvo que ser el límite y Carla abrió los ojos con respecto a que siempre se puede llegar más lejos. Fue entonces que planteó una solución.
Un día su tío llegó a casa con una felicidad fuera de lo común. Le dio por bailar y eso hizo reír a Carla, y vieron una película en la televisión que les divirtió mucho gracias a los comentarios de Fred. Estuvo genial, y Carla no quiso hacer caso a la sensación de que cuanto mejor va algo, más tiende a empeorar. Y así fue.
En un momento dado él se quedó mirando a ella. Fue de las veces más intensas, acorde a la orden que la obligó con un agarre de mano a subir a su cuarto. Allí la obligó a desnudarse. Carla puso todo su empeño en desobedecer, hasta que un tortazo la convenció a dejar de ser ella misma.
Obedeció. No podía caber otra cosa en Carla.
Sentada, esperó por lo siguiente. Su tío le pidió que se abrazara con el cuerpo a la almohada y que se estuviese quieta.
Comenzó a escuchar los clicks del móvil. Siguió quieta. Le oyó pedir que se moviera como cuando ellos se frotaban. Cerró los ojos y obedeció. Siguió escuchando cómo el móvil hacía fotos, desde un angulo distinto cada vez.
Quiso ser fuerte pero no pudo evitar llorar. Tan bien que había pasado ese día, y ahora lo veía filtrarse por grietas que no logró ubicar, si acaso en su propio cuerpo o en la realidad.
Su tío preguntó por los cardenales en el cuerpo de Carla. Ella prefirió callar, no sabía cómo no estar asustada, con el miedo robando las palabras. Entonces recibió un golpe. Su respiración se entrecortó.
Los golpes de sus amigos no eran ni la mitad de dolorosos. Pudo confirmarlo con otro golpe que intensificó las lágrimas. Quiso gritar, pero Fred la obligó con la mano a hacerlo contra la almohada, amortiguada así la lastima y la verdad. Fue azotada de nuevo para obligarla a callar, que si no se enfadaría mucho más. Logró parar, temblando como si se encontrase en mitad del páramo helado más alejado, en un mar profundo bajo glaciares.
Carla imaginó qué venía después, y apretó el abrazo a la almohada hasta doler, tan consistente en su cuerpo como única seguridad. La mordió cuando lo escuchó subirse a la cama, ambas rodillas alterando la superficie del colchón.
Durante la oscuridad, recordó todas las vejaciones que los demás le brindaron como si tuviesen derecho. Eso era así, Carla había nacido para ser alguien que apoyara a los demás. Habían muchas formas de hacerlo, y ayudar también puede ser que alguien se desahogue contigo. Lo había aprendido tan pronto... ¿pero por qué con su tío no sentía que fuera así? Eso la hizo dudar y ver que con sus amigos tampoco tenía el porqué dejarse.
A su mente vinieron los recuerdos más dolorosos que pronto iban a quedar empequeñecidos, recordando los días de bulling más radicales como el de los escupitajos en la boca o los intentos por querer estrangularla para saber cuánto puede aguantar una persona sin respirar; o la vez que la emborracharon y la dejaron a ojos del vecindario. Vinieron a la mente todas las gafas nuevas sustituidas cada poco o la caída de bicicleta cuando huían de un vecino colérico, siendo abandonada a un lado del camino con la excusa de que no la vieron caer. Acabó quemada al sol, con algunas hormigas mordiendo su piel mientras regresaba sola a casa...
Y entre todos esos recuerdos se formó una única forma: Elis. 
Ojalá hubiese aprendido de otro modo qué significa tener integridad.
El peor momento no llegó. Se notó más calmada y eso la animó a mirar hacia atrás. Su tío estaba con la ropa puesta, la bragueta bajada formando una agujero. Miraba confundido, sus ojos acordes a los de ella. Pareció como si viera a un fantasma, el propio momento transformado bajo esa forma.
Su tío se alejó para quedar de pie en mitad de la habitación. Le pidió a Carla que se vistiera. La pequeña no obedeció, si lo hizo fue porque era lo que ella quería. Mientras terminaba, se fijó en su tío mirando al suelo como si ella no estuviese allí.
Carla se marchó del cuarto sin dejar de frotarse las mejillas. Miró a su tío, ahora abstraído mirando la cama.
Nadie supo nada. Sin embargo en aquel día su madre preguntó a Carla porque estaba tan desanimada. La niña tiró a propósito comida fuera del plato para que la riñesen y así poder desviar la atención. Su tío se había marchado, a sabiendas que delataría lo ocurrido si veían a ambos de igual modo.
Al día siguiente Carla supo qué tenía que hacer. En la hora del recreo ignoró a sus amigos y se acercó a la esquina solitaria donde se encontraba Elis. Hablaron un rato y así comenzó su amistad.
Carla sabía que Elis capturaba y daba lecciones a la clase de tipos como su tío. De todos los rumores sobre ella y su hermana, el que más coincidía era ese. La mellizas no eran trigo limpio aunque hiciesen el bien, y eso a la pequeña la llenó de una emoción que nunca había sentido. Durante esos días se la imaginó cómo capturaba a los acosadores, si acaso los enterraba con la cabeza fuera de la arena para que el mar hiciese el resto. Recordó lo que le decían sus padres sobre que no viera tantas películas, pero es que con Elis todo era posible. Y eso le gustaba.
Días después Carla contó a Elis lo sucedido con su tío. La heroína apenas dijo nada, siempre tan pensativa y oscura, ocultando una sensación que de verla ahora sabría reconocer. Elis dijo unas palabras por compromiso y se mostró desinteresada, dando consejos contra esos tipos como si fuese un policía más de tantos. Eso molestó a Carla, por lo que decidió dejar de quedar con ella.
Pasaron un par de semanas y Carla se dio cuenta que su tío ya no venía por casa. Preguntó a su madre y se la vio apurada, reconociendo en ella un tema que evitaba tratar. Cuando llegó su padre, ambos hablaron con ella para contarle que el tío Fred había decidido dejar la vida...
Al día siguiente llamó a Elis. No logró descubrir nada, pero desde entonces fue su inseparable.
Al principio tuvo miedo, fue innegable; imposible no tenerlo, pero en el fondo sintió una fascinación imbatible que la hizo sentirse junto al peligro sin peligro alguno. Era como seguir teniendo la misma clase de amigos pero sin conseguir ni provocar problemas. Ya nadie la agarraría del pelo cuando se equivocara hablando; ni la zancadilla como broma afectuosa; ni los empujones sobre los cubos de la basura o de esconderse dentro de un contenedor como única alternativa de huir de lo que otros –se remarcó– provocaban... una sensación de nostalgia quedó, pero supo matarla a tiempo al comprender que eso no estaba bien, que ella no era una matona ni tendría nunca la voluntad de serlo, que tampoco había nacido para ser abusada, que estaba equivocada por culpa de los demás. Había nacido para dar lo bueno que le quedaba, lo que nadie le había sido capaz de matar.
Entre esos pensamientos, sonrió a Elis. Ésta la miró sin expresión, ignorándola para proponer jugar al videojuego que había re-programado su hermana.
Desde ese día eran las mejoras amigas, sabiendo escuchar Carla todo lo que tuviese que decir su amiga la especial, la temida por todos. Sus amigos ya no le hablaban, siquiera se acercaban. Supuso que había cortado con su novio, con el que cruzaba la mirada en el patio o por la calle. A veces por nostalgia se acercaba a una ventana para verlos empujar a algún alumno, golpeando flojo con el pie contra la pared sin percatarse.
Ahora yacía en la cama a la espera del siguiente día para volver a quedar con sus amigas, su verdadero motivo de existencia. En esos día pensaba en Elis más de la cuenta, preguntándose en vano el motivo. Sonrió en lo inconsciente y recordó las veces que jugaba a besarla sin decirle nada –porque se enfadaría– como si se encontraran en un cuento donde una princesa necesitaba ser despertada. En una de las veces que durmieron juntas, Carla probó por primera vez en recuerdo a cómo besaban su chico o su tío, y descubrió que no tenía nada que ver. Antes de hacerlo, se inventaba el cuento en su cabeza para que tuviese sentido salvar a su amiga del sueño eterno. Después no se casaban, permaneciendo a la espera de sus príncipes sin dejar de jugar cada día...
La brisa entró por la ventana y distrajo a Carla. A pesar de estar tan cubierta, sintió el frío erizando la piel. Las sombras alrededor se enaltecieron de un aura.
Alzó la vista por instinto: allí estaba ella.
Elis estaba pálida, destacando en su rostro unas ojeras rojas y unos labios bermellón.
Carla no se sintió intimidada al sobrevenir la confianza de con Elis. Verla en ese momento y con esa piel le hizo recordar a dos canciones que le gustaban, que conocía porque sus padres las solían bailar en los aniversarios de su matrimonio.
Con su blanca palidez se fue acercando. Se detuvo y se fue agachando. Quedó a la altura de su rostro. Carla cerró los ojos. Se invirtió el cuento de la durmiente.
Los labios como uno fueron un intenso color destacando en la negrura.

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