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5 min
Carmen (II)
Reales |
05.09.16
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Sinopsis

¿Qué nos queda cuando nuestro mundo se derrumba?

Son las dos y media de la mañana. Todos duermen en casa, excepto yo, que no soy capaz de pegar ojo. Tengo junto a mí una de las rosas que él me regaló cuando estábamos juntos, y me he dedicado a deshojarla casi por completo como si fuese una margarita con aire distraído mientras contemplo el horizonte de la Casa de Campo de Madrid. En medio de los ruidos de la calle, los pétalos se han alejado, meciéndose lenta y delicadamente, como en una especie de metáfora de mi vida: se me escapa de las manos sin que pueda hacer nada para remediarlo.

Una ráfaga de viento me azota la cara y me devuelve a la realidad, recordándome que no debo mirar abajo. Porque tengo vértigo, y aun así estoy sentada en el alféizar de la ventana de mi habitación, decidiendo si arrojarme o no al vacío.

Ayer escribí una carta pidiendo perdón a todo aquel que me quiere y explicando los motivos que me han llevado a desear quitarme la vida. Pero cuando hoy, decidida, he entrado en mi habitación dirigiéndome hacia la ventana, me he quedado mirando la estantería que hay junto a mi escritorio, más concretamente la balda donde está el pequeño jarrón de cristal con agua en que se encuentra sumergida la rosa. Así que he cogido la flor y mi cuaderno y aquí estoy, escribiendo estas líneas mientras dejo mi vida en manos del más puro azar.

Él es uno de los motivos que menciono en la carta: Diego. Mi exnovio. Ciertamente no es el único, pero sí ha colmado mi aguante, mi fortaleza, tras años de maltratos por parte de mi padre, relaciones tóxicas y abusos en el colegio y el insituto. A pesar de todo, lo cierto es que al principio de la relación no había nada que desease más que estar a su lado y compartir con él mi vida entera; nos apoyamos mutuamente desde el primer momento, y nunca dejamos de hacerlo ni por un segundo. Ese era el cemento que nos mantenía unidos: encontrábamos el uno en el otro lo que necesitábamos, lo que fuera que nos faltase. Basábamos todo en el cariño, el respeto y la comprensión, si bien las inseguridades que los dos arrastrábamos estaban siempre acechantes, amenazando con derrumbar el castillo de naipes que habíamos construido. Pero eso no importaba, porque fallarnos resultaba inconcebible. Él era mi persona, mi razón para continuar; era todas mis razones.

Pero supongo que, cuando quieres tanto a alguien, cuando lo amas con locura, estás dispuesta a quedarte vacía, a que te arranquen sin anestesia una parte de ti que dabas por sentada. Y eso me ocurrió a mí cuando descubrí, tras numerosas sospechas, que Diego me engañaba con otra.

Acabo de desprender otro pétalo de la rosa, que equivaldría a un «no lo hago», y me he puesto a pensar en cuando rompimos hace tres días. Todo mi mundo se fue literalmente a la mierda; no tardaron en invadirme la tristeza, la rabia y la desesperación, un cóctel de sentimientos que, de no ser capaz de digerir a tiempo, no sé qué efectos tendrá en la nota de mis exámenes de selectividad de la semana que viene. Una parte de mi mente insiste en que me vendría bien repasar las asignaturas para sentirme preparada, pero no creo que lo haga. Quizá, después de todo, tampoco me haga falta y consiga la puntuación suficiente para entrar en la carrera de Derecho.

Acabo de darme cuenta, mientras hago planes de futuro, de que Diego ya no va a estar en él. La realidad me ha soltado un gancho de izquierdas en la cara. Después de las promesas de viajes, de boda, de compartir piso, de tener hijos, ahora tengo que emprender de nuevo mi camino sola y levantarme por mí misma cuando tropiece con una piedra. Estoy más que acostumbrada a ello, pero hasta hace poco creía tenerle a él como compañero, como una suerte de guía. Trago saliva con dificultad, y noto moverse el prieto nudo que tengo formado en la garganta desde que estoy aquí sentada.

Justo cuando iba a arrancar el último pétalo de la rosa ha entrado en mi habitación Dani, mi hermano pequeño. Tiene tan solo cuatro años, y me ha dicho con su vocecilla: «Carmen, tengo miedo. ¿Puedes dormir conmigo?». Yo me lo he quedado mirando mientras contenía un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío que hace fuera. Él, al ver mi vacilación, ha ladeado un poco la cabeza, observándome con unos ojos enormes y brillantes en su carita seria, sin comprender muy bien. Yo no he podido hacer otra cosa que decirle que sí, cuando terminase de escribir esto.

Y es que ahora comprendo que, aunque creo tener numerosas razones para acabar con todo, hay una poderosísima para todo lo contrario: Dani no se merece que yo me vaya para siempre de su vida. Me lo imagino preguntándole a mamá dónde estoy, y la reacción de ella. Rompo a llorar en silencio, como siempre; no puedo soportar esa sola idea.

Si alguien, quien sea, lee esto, ahora entenderá por qué hay borrones en el papel dispersos aquí y allá: son el rastro de mis lágrimas. Y también sabrá qué significa la rosa con un solo pétalo que estaba prensada entre las páginas.

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  • En el principio...

    No sé a qué viene esto. Me lancé a escribirlo en mitad de la noche sin tener una idea clara del argumento en mi cabeza, ni de si pretendía que fuese una historia independiente o parte de una más grande. En fin. Iré actualizando esta entrada conforme vaya teniéndolo todo más claro al respecto.

    Las oportunidades que se esfuman ante nuestros ojos quizá solo nos dejen a su paso el peso del remordimiento.

    ¿Qué nos queda cuando nuestro mundo se derrumba?

    En la noche en que los tres hombres realizan su labor, la magia puede darse en cualquier momento y lugar.

    ¿Quién dice que la locura no sea contagiosa?

    ¿Quién dice que la locura no sea contagiosa?

    ¿Quién dice que la locura no sea contagiosa?

    ¿Quién dice que la locura no sea contagiosa?

    Imagina una amplia extensión de hierba. Es plena noche, reina el silencio, y no se divisa una luz distinta a la de las estrellas en varios metros a la redonda. Un muchacho las contempla allí tumbado, con las manos en la nuca. Y, mentalmente, escribe esto.

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Siete palabras bastan. Keep calm and follow the Lethani.

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