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7 min
Carreteras secundarias
Terror |
24.03.14
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Sinopsis

 Aquel día, fue un día de perros, la reunión se había alargado muchísimo más de lo previsto y comenzaba mi viaje de vuelta a casa ya bien entrada la noche. Me dolía la espalda de estar todo el puto día sentado en la sala de reuniones y me ardía el cerebro de todo lo que tuve que aguantar. Para colmo, comenzó a nevar.
En lugar de tomar la autovía, decidí volver a mi casa por la carretera, el trayecto era muchísimo peor porque atravesaba las montañas y había mucha curva por allí, pero me ahorraba casi cien kilómetros por este sitio.
Metí el último cd de U2, y enfilé la carretera que se presentaba bastante solitaria a aquellas horas. La nieve cada vez era más intensa y el asfalto comenzaba a teñirse de grises brillantes bajo la luz blanca de mis focos. Aminorando la velocidad, conducía con los músculos tensados por temor a que el auto me patinara en alguna de aquellas curvas solitarias, a la vez que maldecía la jodida reunión de aquel día.
La carretera, ya recorriendo las oscuras montañas, se estrechaba por momentos y atravesaba pequeños pueblecitos, apenas iluminados por tristes faroles de luz amarillenta que me recordaban un poco a la luz de noche que les ponemos a mis hijos en su habitación.
Aunque hacía bastante frío, los nervios acumulados durante el día y la engorrosa conducción por aquel peligroso asfalto me hacían sudar las manos y la espalda.
Hacía muchísimos kilómetros que había dejado atrás el último pueblecito cuando llegué a éste. Apenas seis o siete casas al borde de la carretera. Casas recias de paredes de piedra y tejados de pálidas tejas, hundidos algunos por el paso del tiempo y el desuso. Unas viejas bombillas adosadas a las paredes de alguna casa eran el único indicativo de presencia humana en aquel lugar en los últimos tiempos. Al cruzar ante la primera casa, mi auto se paró sin más, todo dejó de funcionar. Se apagó todo el sistema eléctrico y el motor se silenció al instante dejándome allí tirado en medio de la nada. Tras dar un par de golpes al volante desahogando mi la rabia por la mala suerte, agarré el telefono para avisar al seguro y que me mandara una grúa. Puta miseria, no tenía cobertura.
Desempañé con el brazo los cristales, que a los pocos minutos de pararse el auto se habían vuelto del todo opacos y observé las fantasmagóricas casas en busca de alguna luz en alguna ventana o resquicio, donde quizás hubiese alguien al quien pedir ayuda. Absolutamente nada. Encendí un cigarrillo y baje del auto, subiéndome el cuello de la camisa y medio encorvado por el frío, me dispuse a inspeccionar más de cerca las casas. Una a una, fui tocando a las puertas sin ningún resultado hasta llegar a la última, en la parte opuesta de donde estaba el auto. Mi nerviosismo iba en aumento pensando ya que quizás, como punto culminante de aquel asqueroso día, tendría que pasar la noche tiritando de frío dentro de mí auto.
Cuando di media vuelta para volver a él la vi. Enfrente justo de mí auto, a unos doscientos metros de mí, había una mujer que me observaba sin mover un solo músculo, vestía una especie de camisón blanco y observé que estaba descalza sobre la nieve,  con los brazos caídos en los laterales y la cabeza ligeramente agachada. Era alta, de piel muy pálida y tenía el pelo muy corto, como rapado. Le di un grito levantando la mano, sabía que me miraba, pero fue lo primero que se me ocurrió. No se inmutó ante mis aspavientos. Comencé a caminar hacia ella bajo la nieve un tanto acojonado por sus espectral figura, mientras me acercaba, fui enfocando mejor su silueta y su rostro. La parte baja de vestido parecía estar sucia, como de barro y algo rojizo que no supe interpretar, y su rostro, que al principio me pareció de una mujer joven, comenzó a mostrarme signos de anticipada vejez. Me acerqué un poco más….hasta que vi su mirada vacía.
Sus ojos eran completamente blancos e inexpresivos, no tenía pupilas. Totalmente aterrado, me paré en seco a escasos metros de ella. Movió lentamente su brazo derecho separándolo un poco de su cuerpo y en su mano vi que sostenía una hoz, de las que se usan en el campo para segar las malas hierbas.
Por un momento el corazón se me salió por la boca, petrificado allí en medio de la nevada de puro pavor ante aquello que me estaba sucediendo.
En un segundo, aquella mujer arrancó a correr hacia mí de una forma totalmente sobrehumana, mi cuerpo, automáticamente, porque yo no tenía control sobre él  por el miedo, dio media vuelta y corrió también todo lo que pudo delante de aquel espantoso ser.
En mi cabeza se mezclaban mil pensamientos a la vez..¿Quien era aquella cosa? ¿Cómo era posible que corriera de forma tan veloz? ¿Qué carajo iba a hacer yo mas que correr?..
Dejé las casas atrás y continué corriendo por la oscura carretera, que en aquellos momentos ya se había convertido en un manto de frío hielo. ¡¡Escuchaba sus rápidas pisadas tras de mí, cada vez más cerca!! Comenzó a emitir un extraño sonido, como un grito muy agudo que se me clavaba en los oídos punzándome los músculos y no dejándome correr tan apenas.
Cada vez más cerca, me dolían los costados, cada vez ese grito más fuerte, no podía correr más, las piernas se me engarrotaban, no podía coordinar ya mis movimientos, ya notaba su aliento en mi espalda..ya no me quedaba aliento, mis ojos derramaban lágrimas y me escocían de puro miedo. Noté como mi velocidad disminuía y sumido completamente en aquella oscuridad, esperé ya la punzada de su hoz en mi espalda de forma irremediable. Di mis últimas zancadas totalmente derrotado, ya estaba, ya no podía más, caí de rodillas sobre la nieve y me vinieron a la cabeza imágenes de mis hijos, pensé que mañana tenía que llevarlos al cine….
….el espantoso grito cesó de pronto, el sonido de las rápidas pisadas de aquel ser llegaron nítidas a mis oídos, primero desde atrás…luego me atravesaron y después las escuche alejarse frente a mí hasta que todo quedó sumido en el más completo silencio.
Arrodillado en medio de ningún lugar, congelado de frío y todavía con convulsiones de puro terror, vomité de agonía y lloré como jamás lo había hecho. Volví arrastrando mis pies hasta mí auto, encendí a duras penas otro cigarrillo que se consumió entre mis dedos lentamente. Le di al contacto y arrancó a la primera. Di media vuelta y volví por la carretera en busca del enlace con la autovía. Mierda, que puto día.

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