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4 min
Carta a una hija dormida
Fantasía |
29.07.15
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Sinopsis

Hija mía, se que en estos momentos estás recostada sobre el lecho en tu habitación, con una pierna delante, casi contra la pared, y la otra hacia atrás, mirando hacia la puerta. Se que tu platinado cabello reposa sobre la almohada en el extremo izquierdo, y que tus ojos avellana no ven nada más que la oscuridad, reposando muy cómodos, dentro de tus párpados cerrados que apuntan hacia el rincón. Se que te gustaron mucho esas sábanas de seda que te regalé la semana pasada. Y el gran oso de peluche de Navidad. Y el vestido de princesita para tu cumpleaños. También se que muchas veces te has preguntado dónde está mamá, si algún día va a volver, o mejor dicho, aparecer; o si la Señora Blanca es una bruja porque tiene los pelos revoltosos y llenos de canas... pero no lo es, ella te aprecia mucho y se ocupa mucho de vos en los momentos que yo no puedo. Te duele y a la vez, te morís de rabia porque no te dejo traer a tus amiguitos de la escuela, lo que me parece lógico pero no así, factible. Se que te encanta el perfume constante a jazmín que hay en toda la casa. Las salidas a cenar en casa de la abuela, aunque a mí, su comida me cayera muy pesada. De vez en cuando me reprochás porque nunca tengo tiempo para salir a la calesita del parque con vos en las tardes de sol, y eso hace que me sienta culpable, porque lo peor de todo es que es cierto, y yo debo poner siempre la misma excusa. La Señora Blanca, me ha comentado que solés tener fiebre después de las pastas o los vigilantes que tanto te gustan, en el hospital el médico le dijo que era una reacción de tu cuerpo por el rechazo a las harinas. En ese momento entendí tus ataques de histeria cuando querías spaghetti, o como los llamo yo, fideos con tuco. Lo que me resulta extraño es que no haya estado especificado en el certificado de salud en la adopción. Se que no sabés que yo estoy sentado en la sala de estar, escribiéndote esta carta, iluminado por una vela; ni tampoco lo que pasará cuando termine de escribirla. Noches enteras he pasado en mi habitación, pensando en una alternativa para salir adelante, sin la necesidad de llegar a herirte, pero difícil es escuchar el eco donde no hay paredes. Quiero que entiendas que llegado a este punto, mi decisión está tomada, y aunque esto me rompa el alma y no me lo pueda perdonar jamás en mi eterna vida, subiré por las escaleras de madera que llevan al primer piso, y allí giraré hacia la izquierda pasando por el pasillo con balcón interno y miraré la sala de estar desde donde escribo en este momento, contaré cada pilar de madera que une el suelo con el pasamanos, hasta chocar con la última puerta, serán doce. Quizás entre paso y paso, emita algún silbido silencioso y te imagine a través de la puerta como sé que estás ahora, acostada sobre tu pecho, completamente dormida. Y también quizás la puerta esté cerrada con llave, pero no importa, pues aunque no lo sepas, yo las atravieso en la oscuridad. Sé que te miraré acostada por un rato y no te darás cuenta; y que soñarás cabalgando un pony sobre la hierba crecida de la ribera en una tarde de sol. Me acercaré lentamente, y cuando haya llegado muy cerca de ti, se que sentirás mi respiración sobre tu nuca, y por encima del hombro me dirás: "¿papá?", con los ojos entreabiertos. Por sobre mi rostro caerán lágrimas sobre tu garganta, en donde hundiré suavemente mis colmillos. Y te sobresaltarás, y tratarás de safarte con los brazos, y llorarás de dolor, y gritarás: "¡POR FAVOR!" un par de veces hasta que sólo se oigan sonidos ahogados. Pero sé que haré oídos sordos y oprimiré más fuerte la carne, queriendo acallar ese alarido que tanto extraño, batallando entre la angustia y la necesidad, sentirás quedándote vacía, mirando hacia la nada, saliéndote el preciado elixir de la vida a través de la carótida, exquisito líquido cálido y puro que surca por mi garganta y llena mi dolor.
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Escritor. Cuentista de relatos fantásticos, surrealistas, y alegóricos.

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