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3 min
Carta al Señor de las Moscas
Poesía |
30.11.14
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Sinopsis

Una carta con preguntas innecesarias...

Carta al Señor de las Moscas

A través del umbral puedo sentir a un mundo menguado, de Espíritus consumiéndose al aire libre, sin desprecio. Caminan, inertes, viviendo por siempre; cubiertos con el velo de la Libertad genuina. Estúpidos. Hace tiempo que debieron darse cuenta de que su Libertad es puro ardid; artimaña que a algún romántico debió ocurrírsele. Y aquí, ahora, estos caminantes locos repiten, como lema, que son libres. ¡Cómo si el concepto que de Libertad tienen no fuera, ya, un grillete!

Te pregunto, a ti, Señor de las Moscas, Señor de todas las Moscas, a ti que moras en los avernos, y que por el subsuelo llegas, abrupto, a consumir la carne de los abyectos: ¿Qué tienes que decir de la Libertad? ¿Qué opinas de las artimañas de los pocos? ¿Y de la estupidez de los tantos? Te lo pregunto a ti, porque tú llevas consumiéndote desde casi siempre. Fuiste Dios un día, y hoy sólo eres burla; los Dioses Otros se regodean con tu fracaso.

Responde a mis preguntas, Rey de los Fracasados: ¿Cómo es que el hombre puede satisfacerse con su desgracia? ¿Cómo es que acepta la idea de un Destino preconcebido, esencial?

Levantan un muro alto, levantan el muro, levantan. ¡Levantan! ¡Más alto! ¡Precario! Con prisa y sin importancia; porque cuando el muro caiga, y sus piedras maten a no sé cuántos, será culpa del muro. Dirán: ¡el muro se derrumbó y ha matado a tantos! Nadie pensará en los arquitectos necios, los culpables fundamentales de la caída del muro. Ninguno pensará, mucho menos, en sí mismo como el propio arquitecto. Así es el Destino, o ¿no lo es, Señor de las Moscas? Por eso es admisible; porque es muro inconstruido, de cuyos arquitectos nadie se acuerda —o nadie quiere acordarse—. El Destino se ha asimilado como esencia precedente a toda existencia, y él cargará con todo.

Escucho el sonido de algunas moscas zumbando, quizá es tu forma de responderme, o quizá, solamente, es que estoy caducando… Señor de las Moscas, el Sol comienza a salir, lo percibo en mi piel, y con sus anchos rayos franjeando el cielo y la tierra, los Espíritus, a veces, no parecerán tan ruines; sólo morosos, aplazando su final, culpando al Destino y arguyendo sobre alguna Libertad romántica y quimérica. Quisiera salir por este umbral, que ante mis ojos muertos es imperceptible. Quisiera, pero no soy libre de hacerlo; me he cansado, sin embargo, de engullir tantas quimeras.

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