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11 min
CARTA DE UN JOVEN HETEROSEXUAL A SUS PADRES GAIS
Varios |
03.04.19
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Sinopsis

Qué pasaría si en en futuro ser gay, transexual y lesbiana fuera lo natural y ser heterosexual prohibido?

Esta es la carta que un chico heterosexual escribió a sus padres después de haber sufrido una humillación que le cambió la vida:

 

                 CARTA DE UN JOVEN HETEROSEXUAL A SUS PADRES GAIS

 

15 de febrero del 2084

Queridos papis:

Ayer, cuando me entregaron el vestido de regalo, me preguntaron cuándo iba a presentarles mi novio pues ya estaba en edad de tener una pareja que me engría y que puedan recibir familiarmente en casa, lamento decirles que eso no sucederá.

Ahora ni nunca.

 No saben cuánto esperé la ocasión de decirles esto y hubiese querido hacerlo de otra manera; pero las circunstancias han elegido por mí. Además, sospecho que ustedes ya lo sabían, y que fue el  temor a  ser discriminado lo que los hizo rodearme  de personas amorosas que hicieron de mí la persona  que soy; pero no cambiaron en nada los sentimientos que tengo y siempre he tenido.

Queridos papis, quiero siento decirles que, aunque puse todo mi esfuerzo por complacerlos, la vida que he fingido vivir hasta ahora no me ha hecho feliz.

No me gustan los zapatos con tacos.  Jamás me han gustado los vestidos rosa, ni las truzas con encaje  ni las minifaldas. Nunca me gustó jugar a las muñecas. No me gusta pintarme las uñas ni pasarme las horas frente al espejo, rizándome las pestañas o haciéndome peinados. Mucho menos me gusta quedarme en casa de las amigues, conversando sobre  perder la virginidad o haciendo planes para ponerme colágeno en los labios y siliconas en el pompis. Y aunque todo esto lo hice, fue por miedo a que me trataran como se trata a las personas que no se comportan de acuerdo al modelo sexual esperado.

Eso lo supe el día que llegó al colegio un chico que había sido expulsado de otros colegios por “conducta inapropiada” pues, aunque se maquillaba y usaba faldas como nosotres, a veces se le salía el “bruto heterosexual” que tanto nos han enseñado a odiar. Por eso cuando se confirmó que en realidad era un “hetero de closet” nos burlamos como todos los que nos sentimos del lado correcto de la historia. Lo marginamos como si portara una enfermedad contagiosa y le hicimos saber en todo momento que no era normal.  Pero, a pesar de que yo fui uno de los que peor se portó con él, siempre lo miré con secreta simpatía pues sabía que, en el fondo, no había mucha diferencia entre él y yo; pero tenía miedo que los demás lo supieran.

Con el tiempo nos hicimos amigos, en circunstancias que serían largo contar; pero aunque en público éramos indiferentes, en secreto podíamos conversar y pude confesarle que yo también era un “bruto”, un “machito”, un “hetero” que vivía infeliz por no poder asumir su condición con valentía. Me gustaba ser hombre. Igual que él, yo soñaba, con extensas playas desiertas y me veía a mí con el torso desnudo como un indio de las praderas, domando un caballo salvaje. Amaba esa vida y soñaba con cazar y pescar con mis propias manos llevando mi cuerpo y mis músculos al límite de tensión; dormir al aire libre como un animal expuesto a todos los peligros, y sentirme el dueño de un mundo domado con mis propias manos.

Pero  lo que más soñaba era con las mujeres.

A pesar de que siempre nos han dicho que las mujeres solo pueden enamorarse de otras mujeres y que, salvo para la procreación, soportan el asco que les dan los hombres, confieso que  a mí siempre me gustaron  las mujeres. A veces, cuando las veía caminar del brazo de otras, besándose  en las calles o amándose  en los parques, yo sentía envidia de no ser quien les proporcionara esos placeres. Cuando las veía caminar por las calles con sus  movimientos elásticos,  sus cinturas estrechas y el  bamboleo suave de sus caderas, sentía encenderse fuego en mi pecho y alzarse, duro como un madero, el sexo bajo mi vientre.  Pero mi sueño más constante era la de una mujer joven y hermosa con su cabello largo al viento y un vestido de flores que caminaba descalza junto al mar, y a la que yo salvaba de algún peligro, llevaba en mis fuertes brazos y hacía el amor sobre la arena.

 Pero sé que son pocas las que toleraran mis gustos. La experiencia ajena me ha enseñado a no insinuarles nada por temor a que me rechacen con escándalo y se vayan recomendándome un psicólogo. Por eso, aunque aun volteaba a mirarlas y desearlas en secreto, había vivido reprimiendo mis sentimientos.

Hasta que me encontré ese amigo – así con “o” -  que me ayudó a aceptarme a mí mismo. Más experto que yo en desventuras conocía lugares prohibidos en los que “los malditos machos” se reunían.  Casas antiguas del centro o caserones de las afueras, en apariencia respetables, pero que servían para que hombres de diversa edad dejaran los maquillajes y las faldas en las puertas y se paseaban por los pasillos con latas de cerveza y cigarrillos en la mano y la sonrisa satisfecha de quien se siente por fin libre entre sus iguales. Retándose a un torneo de billar, de lucha, o a jugarse un partido de futbol, los hombres celebrábamos con cordial rudeza ser parte de una hermandad sagrada y antigua.

 A veces, incluso, en días que recuerdo con felicidad, venían mujeres raras que no amaban a sus iguales sino que sentían atracción por los hombres.

Eran días tan especiales que todos nos sentíamos como poseídos por una felicidad desbordante que nos hacía competir en fuerzas solo por ver una sonrisa en sus rostros o ganar un beso que todos celebrábamos como un triunfo. Algunos armaban peleas solo para demostrar su destreza y otras, generosas hasta el delirio, se ofrecían a los hombres que lograban conquistarlas. Era una dicha ver parejas apartarse en secreto a alguna habitación y reaparecer tiempo después con todas las señales del amor satisfecho.

Nosotros, los más jóvenes no estábamos para ganar esas competiciones; pero no por eso éramos infelices. En esos lugares conocí viejas revistas en las que se exhibían fotos de mujeres desnudas, increíblemente hermosas, que parecían disfrutar ser poseídas por hombres como en algún tiempo pasado fue.  Sin querer evitarlo nos masturbábamos para calmar nuestros deseos o, excitador por el alcohol o la felicidad, gritábamos a las mujeres que pasaban bajo las ventanas  y escapábamos muertos de risa cuando nos amenazaban con lanzarnos algo o llamar a la policía. Éramos felices en esos lugares.

El recuerdo más hermoso de mi vida lo tuve la noche en que una mujer que cobraba por permitir el acto sexual, me acogió entre sus piernas. No era joven; pero era hermosa, y con la madurez que da la experiencia me desnudó sobre la cama, calmó mi nerviosismo y me inició en los secretos del amor. Fue un momento que no fue como en mis sueños, pero en los minutos que duró me sentí  poderoso y feliz al hacerla gemir bajo mis embestidas. Sentí que había nacido para eso, y aunque solo fue un amor comercial yo hubiera pagado todo lo que tenía por agradecimiento.

Las horas, sin embargo, pasaban, y ya cerca al amanecer teníamos que teníamos que volver a ponernos las pestañas, las uñas y las pelucas para salir y volver a nuestra realidad. Por eso admiraré a aquellos hombres que preferían vivir en la marginalidad y la pobreza como pescadores o campesinos, o casi como bestias de carga; pero sin renunciar jamás a ser lo que eran.

Desgraciadamente son pocos los que quieren verlo así. Repetido hasta el cansancio que el heterosexualismo es una amenaza para la paz, nadie quiere aceptar que un hetero pueda ser también feliz. Mis propios amigues, las personas con las que crecí, lo entendieron así.

Convencidos de que solo siendo un gay sería feliz, aprovecharon este día del amor para llevarme a la disco de moda, a disfrutar de un show privado con nuestro stripper favorito. Él moreno “Escipión” se había encargado de desvirgar a la mayoría de mis amigues; pero yo no estaba informado que esta vez sería a mí a quien harían el regalo. Después de la presentación, me alzó en brazos y me llevó al cuarto entre la celebración de mis amigues. Cuando trató de desnudarme mientras me frotaba su miembro gigantesco en mi trasero, me resistí con la excusa de que me guardaba para mi primer amor. El moreno insistió en cumplir el trabajo por el que había sido pagado; pero ante mi obstinada resistencia, me preguntó si no era de los que tenían gustos raros, y me ofreció que si no me dejaba poseer al menos lo poseyera yo a él. Se tendió sobre la cama y me pidió que los montara; pero con vergüenza tuve que confesarle que ni una ni la otra era de mi inclinación sexual. Sospechó que mi preferencia era el gusto prohibido por las mujeres, y aunque no pude negarlo, le di todo mi dinero con la condición de que guardara silencio.

 Con lo que no contaba era que las intenciones de mis amigues al hacerme el regalo era el observar en secreto mi acto de desvirgación, y al negarme a participar ya había confirmado sus sospechas.

Fingieron que no se habían dado cuenta de nada y celebramos efusivamente mi supuesta pérdida de mi virginidad. En medio de la  fiesta y, con el temor de que se dieran cuenta de lo que ya sabían, accedí en todo lo que me dieron sin saber que su intensión era emborracharme lo suficiente como para que no pudiera defenderme cuando llevaran a cabo el horrendo acto que planeaban cometer.

 Cuando me llevaron a la casa de uno de ellos en estado semiinconciente, me dijeron que me iban a curar “por mi bien”. Con terror comprendí lo que iban a  hacer. Les rogué que no lo hicieran. Les prometí curarme. Visitaría  todos los médicos, todos los psicólogos que fuera necesario; pero no me creyeron y en nombre de mi felicidad me sujetaron a la cama , me amordazaron para acallar mis gritos, me desnudaron,  y una vez desnudo fueron pasando uno tras otro por mí, repitiendo que lo hacían por mi bien. No les importó mi resistencia. Convencidos que estaban realizando una buena acción  creyeron que así podrían cambiar lo que soy. Pero no era solo mi cuerpo lo que herían sino también mi alma. Quise gritar hasta morir; pero no pude.  Adolorido, sin poder caminar, tuve que soportar los besos de Judas que nunca volveré a ver, porque por mucho que me obliguen no dejaré de ser lo que soy. Soy hombre. Soy heterosexual. Siempre lo he sido y lo seré; pero ya no tengo fuerza ni ganas para luchar  contra todos los convencidos  que creen que lo que hacen es lo mejor. Perdido el valor y el respeto por mí mismo, ya no tengo el valor para enfrentarme al mundo.  Y si ya no puedo vivir como quiero ya no quiero vivir más. 

Queridos papis, esto es lo último que escribo. Me apena que por amor me hayan hecho vivir en un mundo de mentira; pero no me arrepiento de haberlo vivido, pues, aunque sea unas horas fui libre y en un oscuro cuarto de hotel conocí el amor y supe quién soy y lo que es ser autentico y feliz.

Adiós.

 

El joven que escribió la carta se suicidó sin saber que sus padres hubieran hecho todo para comprenderlo. Ya sin poder hacer nada por él han decidido hacerla pública para que se cése el acoso del que son víctimas los jóvenes heterosexuales en los colegios que, por celebrar la diversidad y prohibir el machismo, han terminado afectando a los heteros que también son parte de ella.

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