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3 min
Cartas olvidadas.
Reales |
28.01.18
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Sinopsis

Un relato sobre cartas, el olvido involuntario y polvo.

Enero de 1994. Me mudaba. Mi esposa y yo nos íbamos a vivir a Salamanca. Decidimos limpiar la casa de mi difunto padre antes de venderla. La peor parte fue el ático, lleno de muebles carcomidos por las termitas. Abrí uno de los cajones de un escritorio polvoriento donde hallé un fajo de cartas. Atadas firmemente. Estaban escritas por la primera esposa de mi padre, rompí el cordel y cogí una carta:

 

Sevilla, a 5 de Noviembre de 1961.

Buenos días, Arturo, hacía mucho que no te escribía. ¿Qué tal está todo? ¿Y tú familia? Aquí todo genial. Hemos decorado la casa, la volví a pintar de colores pálidos, como a ti te gusta. La llenamos de muebles nuevos. Tenemos incluso una televisión de último modelo. Te sorprendería cuánto ha crecido nuestro niñito Gustavo, ahora ya va camino a la Universidad, a Madrid. ¿Recuerdas cuando no tenía más de seis años y decía que quería ser arqueólogo?

Me quedé sola con mi madre, Josefina. Lleva unos meses actuando de forma inusual. Primero respondía a la televisión, cuando le daban los buenos días ella contestaba. Creía que la televisión le hablaba… no le di importancia. Lapsus de la edad, pensé. De hecho, hasta tenía su gracia, jugaba a ser amiga del tipo de los telediarios. Pero... está peor. Queda absorta mirando a la lejanía, susurrando plegarias cristianas: “Corazón de Jesús, en vos confío” sin parar, en bucle. Como si su mente le dijera que está dentro de la Iglesia, dando misa. Ya recordarás, Arturo, lo devota que era mi madre. Recuerda lo que le dolió que te fueras. Aún casados. No podías divorciarte de mí, pero si abandonarnos…

Lo peor vino hoy, por eso te escribo. Agarrándome con muchísima fuerza del brazo me miró con vehemencia para gritarme. Me pregunta por su madre, por su padre, dice que la encierro. Que la deje irse de aquí. Grita por las noches, me insulta… y su mirada. ¡Dios su mirada! Vacía, como si su alma se hubiera ido para no volver. Parece poseída. Sus padres murieron hace treinta años.

Aunque su mente parece haberse desvanecido en la nada. A veces, cuando me acerco a mi madre, le susurro al oído que la quiero. Entonces su mirada cobra un brevísimo brillo de cordura, me mira y me sonríe. Sólo dura unos instantes, pero me parece recompensa suficiente para seguir cuidando de ella. Sé que en alguna parte de su mente ella sabe quién soy. Aunque haya enloquecido.

No quiero entretenerte más, sé que estás ocupado con tu nueva familia. Nuestro hijo Gustavo también se alegraría de saber de ti. No estoy segura si te llegan mis cartas. Respóndeme. Quiero saber de ti, cómo te va con tu nueva mujer. ¿La has hecho madre? ¿La amas?

Con cariño. Ángeles.

 

Extrañado, no supe qué hacer con la carta. La dejé dentro del sobre. Até el hilo y la volví a empaquetar. Sentía que no debía estar leyendo todo esto. Sentí escalofríos.

 

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  • Luis Ignacio Muñoz Muy interesante tu propuesta, a través de las cartas podría conocer toda la historia de esa mujer. Gracias por tu valoración!
    Un buen relato, me gusta ese marco que es encontrar las cartas y en si el contenido de la historia es apenas una.Bien podría funcionar como una serie de historias con cada una de las Cartas olvidadas. Abrazo cordial.
  • Esto no debería ir aquí, tiene unos meses, quizá parece más. Es extraño pero me transmite nostalgia: tiempos extraños.

    ¿Qué va antes el amor o el trabajo? Tened cuidado.

    Hoy toca una de monstruitos, inspirado en un relato sobre un Drácula romanticón ¡espero que os guste!

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    Dedicado a la maceta de tequila de anoche, gran compañera de aventuras.

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