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29 min
CASANOVA-CAPITULO 1
Amor |
22.05.15
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Sinopsis

Hace un tiempo que deseaba leer un buen libro asi que fui a la biblioteca publica de mi ciudad y buscando un buen libro me tope con las memorias del enigmático GIACOMO CASANOVA, pedí el libro prestado y lo lleve a mi casa , lo estuve leyendo y me gusto mucho el estilo de escritura y el como esta contada en esta edición, se asemeja mucho al estilo de literatura que me gusta leer y al estilo de escritura que yo poseo. Como soy muy curioso y me gusta la literatura erotica pude notar que el estilo en que esta escrita esta edición deja un matiz erótico pero no entra en detalles, es allí donde entro yo como escritor, hace tiempo que he deseado escribir un libro de erotismo, pero sin ser pornográfico y que mejor que las memorias de GIACOMO CASANOVA un seductor conocido en todo el mundo, he respetado el texto de esta edición solo haciendo las adiciones sobre escenas eróticas que fueron aminoradas en el libro, aclaro que no pretendo robar el crédito a los autores de dicha edición de casanova y que he respetado su estilo de escritura allí impuesto

De nacimiento fui un niño idiota, torpe y enfermizo. Todos me tenían lástima y me dejaban solo y abandonado; las probabilidades eran, según parecía, de que mi vida no iba a ser larga. En cuanto a mis padres, nunca me hablaban. El primer recuerdo que tengo de mí mismo es que un día, a los ocho años de edad, me quedé de pie en un rincón mientras me sangraba la nariz. Mi abuela, quien era la única que me estimaba, me lavó la cara y me llevó en una góndola a visitar a una vieja hechicera que me encerró en un gran cajón.

Desde adentro oía carcajadas, gritos, alaridos, lloriqueos, cantares, sacudidas y golpes que daban contra la caja. Cuando me sacaron, ya no me sangraba la nariz. Luego vinieron los remedios calmantes, los en-salmos y brujerías, y me dijeron que, por la noche, me iba a visitar una hermosa dama para hacerme feliz.

Y así ocurrió. Me desperté durante la noche y he aquí que por la chimenea bajó una bella y esplendorosa mujer un tanto ligera de ropas; sentándose en mi cama, me dio unos cuantos regalos y, luego de hablarme durante un buen rato en un idioma desconocido, me besó y desapareció.

Después de aquello fueron disminuyendo mis hemorragias nasales y mi memoria empezó lentamente a desarrollarse. Sería ridículo atribuir mi curación a aquel despropósito, pero tampoco puede asegurarse que no contribuyese de alguna manera a ella. Sabemos que nunca ha habido hechiceras y brujas, pero su poder siempre ha existido para quienes den crédito a las astutas bribonas que se hacen pasar por tales.

 

A principios del año siguiente, 7734, mi padre, que sólo tenía treinta y seis años, fue víctima de un absceso en el oído que gracias al hábil tratamiento del doctor Zambelli , se lo llevó al otro mundo en una semana. Dos días antes de su muerte, colocó a su familia bajo la protección de los señores Grimani , tres nobles venecianos, y prohibió a sus hijos dedicarse al teatro.

Como yo seguía enfermizo y enclenque, consultaron con numerosos médicos, los cuales manifestaron que el aire de Venecia era nocivo para mí y que, si no cambiaba de localidad, no habría cura para mi salud.

En consecuencia, me trasladaron a Padua el mismo día que cumplí los nueve años y me hospedaron en la casa de una vieja eslava por un sequín al mes, con la obligación de que la mujer me alimentase, y lavase mi ropa y me mandase a la escuela. De esta manera mi familia se desentendió de mí.

Mi patrona era una miserable, sus comidas eran escasas y malas, y los cuartos raquíticos y sucios. Me llevaron a la escuela del doctor Gozzi, sacerdote joven y simpático, en la cual hube de aprender a escribir en compañía de los niños más pequeños.

Me consagré con ardor al estudio y, al terminar el mes primero, sabía escribir tan bien que me ascendieron a la clase superior.

La nueva vida que estaba llevando, el agotamiento a que me tuvieron condenado y el aire de Padua, me hicieron adquirir la salud que nunca antes había tenido. Pero estaba creciendo muy aprisa y el hambre que me veía obligado a aguantar se me hacía intolerable.

La necesidad aguza el ingenio, así que desvalijé la alacena, robé el gallinero y saqueé la chimenea donde estaban ahumando las salchichas; y, todavía flacocomo un esqueleto ambulante, me dejé sobornar por los demás muchachos con chuletas y pollos asados, cuando el maestro me nombró auxiliar suyo.

 

Me convertí en un tirano, negándome a dar las notas correspondientes a los que se resistían a rendirme tributo. Cuando los muchachos protestaron ante el doctor Gozz ide mi abuso de autoridad, fui relevado de mi puesto. sin embargo, al enterarse del motivo de aquel comportamiento mío, arregló las cosas para que me hospedase en su casa,decisión que recibí con verdadera alegría.

La familia del doctor Gozzi estaba compuesta por su madre, su padre y su hermana Bettina, quien pese a sus trece años era bonita,vivaracha y muy aficionada a leer novelas.  En seguida me tomó cariño y poco a poco fue encendiendo mi corazón con la primera chispa de amor, que se iba a convertir desde entonces y para siempre en la regla de mi vida.

 

Mientras el joven sacerdote se consagraba a enseñarme cuanto sabía, incluso a tocar el violín, Bettina me arreglaba todas las mañanas. Me peinaba el pelo, muchas veces cuando todavía estaba en la cama. Me lavaba la cara, el cuello y el pecho, y me dispensaba cariias infantiles que yo creía inocentes, pero que me hacían enfadarme conmigo mismo, porque sentía que me excitaban. una vez que estaba sentado en cama, me dijo que estaba engordando y quiso comprobarro palpándome con las manos, y eso me produjo la más intensa emoción. Después de haberme vestido, me daba los besos más cariñosos,llamándome su niño "adorado, pero por más ganas que sentía yo de seguir su ejemplo, no acababa por atreverme.

Una mañana se acercó a mí cuando estaba todavía en la cama, y me trajo un par de medias blancas que había tejido. Después de arreglarme el pelo, me pidió permiso para ponerme ella misma las medias, con objeto de corregir los errores que hubiese en los otros pares que pensaba hacerme. según me las estaba poniendo, notó que mis piernas no estaban muy limpias y, sin más, se puso a lavármelas. Me daba vergüenza manifestar mi timidez y apuro, y la dejé hacer lo que'se le antojó, sin preveer lo que podía pasar. porque me sentó en la cama, su amor a la limpieza fue demasiado lejos y su curiosidad me produjo un sentimiento de tan intensa voluptuosidad que no cedió hasta que no pudo pasar más adelante. Echándome la culpa a mí mismo, le pedí perdón, pero ella se empeñó en que la culpa era suya.No dejé de darle vuertas en la cabeza a lo sucedido. Me parecía que había cubierto a Bettina de deshonra, traicionando la hospitalidad y la confianza que su familia había depositado en mí; me creí autor del crimen más horrendo, el cuar sólo podía expiar casándome con ella. Pero ocurrió que, estando así las cosas, uno de los nuevos pupilos del doctor Gozzi, un zángano llamado Cordiani, empezo a frecuentarla y a diezmar mi puesto en el cariño de Bettina. cuando la encontré saliendo una mañana de su habitación, me sacudió en elestómago una patada tan furiosa que me creí curado para siempre de mi afición a la muchacha.

 

Poco después Bettina me dijo que era inocente y que cordiani, luego de haber estado atisbando por ra cerradura, la amenazó con contar a su hermano lo que había pasado entre nosotros. Antes de poder decidirme a creer su cuento, la pobre cayó en cama con una alta fiebre, y al cuarto día le brotaron las viruelas. como yo era el unico que las había tenido antes, sólo se me permitió a mí seguir viviendo en casa del doctor Gozzi. La estuve atendiendo durante dos semanas, hasta que por fin la calentura cedió y se mejoró. La enfermedad nos acercó más a los dos porque ella creía que me había merecido todo su amor. yo le pagué con la misma moneda, pero no quise arrancar la flor que el destino y los prejuicios reservaban a su futuro marido.Desgraciadamente, el hombre con quien se casó era un animal  sin modales que no supo apreciar a esta dulce y ardiente doncella.

Cuando me metí en la cabeza todo lo que er doctor Gozzi fue capaz de enseñarme,  me fui a estudiar a la Universidad de padua.

 

por vez primera era hombre libre y no tardé mucho en estar en compañía de los estudiantes más perdidos... Era una gavilla de infames, disolutos, jugadores, frecuentadores de casas de vicio, bebedores, embusteros, dásvergonzados, atormentadores y corruptores de muchachas honradas. En su compañía comenzó mi aprendizaje del mundo, y el libro de la experien-cia fue quien me enseñó la lección. Aunque mi verdadero deseo era estudiar medicina, profesión por la cual sentía una profunda inclinación, mis consejeros quisieron que me hiciese abogado Y algo peor todavía, se empeñaron en que fuera abogado eclesiástico. cuando regresé a padua, fui presentado a monseñor corrare, patriarca de Venecia, quien me impuso la tonsura y luego me administró las cuatro órdenes menores.

 

Por entonces conocí al senador De Malipiero, viejo solterón, quien se daba la gran vida sin privarse de ningún lujo, sólo porque amaba a Teresa Imer, joven mujer coqueta de diecisiete años que vivía en la puerta de al lado. Acompañada de su madre, Teresa iba a misa todos los días, pero por la tarde visitaba al enamorado viejo. sólo que cuando el hombre intentaba besarla, ella lo rechazaba alegando que, como había practicado sus devociones por la mañana, no podía quedar en paz consigo misma si ofendía a Dios, que acaso estaba todavía en su estómago. ¡aquello era un espectáculo para mí que tenía entonces quince años!

Me hice amigo predilecto der viejo magnate, y era invitado suyo a las reuniones nocturnas durante las cuales empecé a relacíonarme con muchos individuos de rango y talento, quienes pertenecían al mundo intelectual.

 

La primera oportunidad que se me presentó de actuar de predicador me la proporcionó DeMalipiero, quien me invitó a ocupar el púlpitode la iglesia del santo sacramento el día siguiente de Navidad del año1740.

 

Me acercaba por entonces a los dieciséis años y trabajé con verdadero ahínco mi sermón. cuando lo pronuncié, estaba presente lo mejor de la sociedad de Venecia, y todos me aplaudieron y profet izaron que con el tiempo sería el primer predicador der siglo, porque jamás hubo clérigo de quince años que predicase como yo. Era costumbre que los fieles depositasen su ofrenda para el predicador en una bolsa que se les entregaba paraa este fin. El sacristán la vació y contó más de cincuenta sequines y, con gran escándalo de mis hermanos presentes, encontró también varias misivas de amor.

 

 

Me invitaron a predicar otro sermón el día de San José, y de nuevo preparé una alocución que conquistase la admiración de los amigos que me la habían encargado. Pero el destino quiso que yo predicase sólo una vez en mi vida. Como era joven y vanidoso, no quise gastar mucho tiempo en aprenderme de memoria el sermón, y, después de una buena y copiosa comida, me lancé a la iglesia con el estómago lleno y la cabeza pesada. Pronuncié el exordio bastante bien y empecé con el cuerpo de la exposición... pero de pronto me estrellé contra una muralla cerrada. ¡Se me había olvidado completamente lo que tenía que decir ! Comencé a divagar, me perdí miserablemente, acabé con la paciencia de la congregación y, finalmente, tuve la suficiente presencia de ánimo para simular un desmayo y, en aquel estado, fui sacado de la iglesia.

En cuanto me puse bien, me dirigí a Padua para prepararme en doctorado de Derecho. No volví hasta después de Pascua, cuando ya se había olvidado mi desventura. Mi tutor y confesor, el padre Tosello, tenía una bella sobrina llamada Angela, de la cual me enamoré en cuanto la vi. Pero Angela era una chica virtuosa. No se opuso a mi amor, pero quería que renunciase a la Iglesia y me casase con ella. No me decidía a dar aquel paso y durante todo el verano estuve cortejándola con la esperanza de que cambiase de parecer.Como el padre Tosello no ponía buena cara a aquellas relaciones, me veía con ella en la casa de su maestra de bordado. Los arrebatos patéticos que arrancaban suspiros a mi corazón hicieron menos efecto en ella que en sus amigas, dos hermanitas llamadas Nanette y Marton, quienes asistían a la misma clase.

 

En los primeros días de otoño, me invitó la condesa de Mont-Réal a pasar una temporada en su hermosa finca de Paséan. Acepté su ofrecimiento para olvidar los rigores de la cruel Angela y se me destinó una preciosa habitación de la planta baja que iba a dar a los jardines. La mañana siguiente a mi llegada me encontré con una deliciosa y encantadora criatura, quien me despertó al llevarme el café. Estaba tan bien formada como una muchacha de diecisiete años, aunque apenas habría llegado a los catorce. ¡Oh, su color de nieve, su cabello negro como ala de cuervo, sus ojos oscuros radiantes de fuego y de inocencia, su vestido, reducido a una camisa y a una corta basquiña, que dejaba ver su bien torneada pierna y su diminuto y delicado pie! La miré transido de delicia, y ella me sonrió como si fuésemos viejos amigos.

 

-¿Cómo habéis encontrado la cama? -me preguntó.

-sumamente cómoda, estoy seguro de que fuisteis vos quien la

preparó. ¿Quién sois?

-Lucía, la hija del portero. Me alegro mucho de que no tengáis criado. Yo seré vuestra doncella y espero que quedéis satisfecho.

 

Me sentí asombrado por la elegante libertad de sus maneras, por su belleza y por su encantadora sonrisa. Todavía no había terminado el café, cuando entraron en mi habitación los padres de Lucía. No se movió de mi cama donde se había sentado, sino que los miró ufana de haberse situado allí. Ellos la reprendieron por su presunción y la mandaron a vestirse. Todo eran alabanzas para ella, sólo que le ponían un defecto

 

-iCuái es? -les pregunté.

-Es demasiado joven.

-Ese es un defecto delicioso que el tiempo se encarga de corregir.

Lucía volvió, alegre como un jilguero, vestida con mucho gusto, con sus zapatitos bien abrochados y la cabellera peinada según su peculiar estilo. Besó a sus padres y me hizo una reverencia. Cuando le dije que se acercase y se viniese a sentar en mi cama, me contestó que no podía tomarse tal libertad cuando ya estaba vestida. La sencillez, naturalidad y candor de aquella contestación me resultaron encantadoras. La verdad era que Lucía superaba en todo, no sólo a Angela, sino también a Bettina.

 

Todas las mañanas, en cuanto abría los ojos, tocaba la campanilla y parecía la linda Lucía, tan sencilla y natural como siempre, con sus comentarios maravillosos. El candor y la inocencia resplandecían profusamente en toda su persona. No podía concebir cómo con aquella amabilidad, virtud e inteligencia, no corría riesgo de excitarme al presentarse sola en mi habitación, sobre todo con tanta familiaridad. Me imaginé que acaso no daba mucha importancia a ciertas pequeñas libertades y me decidí a tantear el terreno. Alargué hacia ella una mano audaz, e involuntariamente se aparto sonrojándose, y desapareció su alegría. Volvió a otro lado la cabeza y esperó a que le retornase la tranquilidad. Entonces me miró de nuevo, se me acercó otra vez y leí en su cara la expresión de que acaso había interpretado mal un movimiento que por mi parte pudo haber sido perfectamente inocente. Prometí tener con ella una conversación amistosa a la mañana siguiente. En efecto, al otro día, según estábamos hablando, le dije que tenía frío, pero que si se recostaba junto a mí se me pasaría.

 

-¿Y no os voy a molestar? -me preguntó'

-No, pero si entra tu mamá, se va a enojar.

-Mamá no piensa mal de mí.

 

-Pues entonces ven. Pero, ¿Lucía, sabes el peligro a que te vas a exponer?

-Claro que sí, pero sois bueno y, más aún, sois un sacerdote.

-Ven, pero cierra la puerta.

-No, no, porque la gente va a pensar mal de nosotros

-nadie pensara nada de nosotros, como dices soy un sacerdote

ya mas confiada se recostó junto a mí y siguió charlando,"aunque yo no comprendí una sola palabra de lo que decía, porque en aquella situación tan singular y sin querer dar rienda suelta a mis ardientes deseos, tenía otras cosas en qué pensar. cuando dieron las nueve, se levantó y salió de la habitación, porque le entró miedo de que si mi anfitriona nos descubría, tal como estábamos, se iba a reír de ella con sus chistes.

 

A la mañana siguiente sólo le permití que se sentara en la cama. Había decidido dominarme y evitar el más ligero contacto con ella. Al cabo de diez o doce días, ya no pude resistir más el efecto que producía en mis sentidos esta bella muchacha que todos los días, al romper el alba, penetraba alegremente en mi habitación con muy poca ropa encima, se acercaba a mi cama para preguntarme cómo había dormido  e inclinaba su cabeza con toda familiaridad y  por decirlo así, dejaba caer sus palabras en mis mismos labios. En aquellos peligrosos momentos volvía yo mi cabeza para el otro lado, pero ella, en su candor, me reprochaba que tuviese miedo, y, si le contestaba que no era posible que temiese a una niña, me replicaba que una diferencia de dos años no significaba gran cosa.

Agotado y entre la espada y la pared, pasaba las noches devorado por el ardor de mis sentimientos, esperando a que amaneciese para volver a ver a Lucía. Hasta que un día le hablé del terrible estado en que me había puesto su belleza, y le describí mis sufrimientos por tratar de dominarme. Y terminé por rogarle que no me volviese a ver. Cuando terminé de hablarle, Lucía vio que tenía los ojos húmedos de lágrimas y, sin pensarlo, se acercó para enjugármelas y, al hacerlo así, descubrí dos globos cuya belleza podía haber dado al traste con la serenidad del más experto navegante. Aquella candorosa niña siguió decidida a amarme y se confió a mi protección, pero antes de que cayese en la cuenta, estábamos el uno en

brazos del otro. sin embargo, a pesar de que, noche tras noche, bordeábamos el abismo  a punta de caricias, besos y toqueteos y de que Lucía hizo cuando estuvo en su mano para hacerme quebrantar el propósito que me había formado,llegué al fin de mi estancia en Paseán sin acabar de rendirme a la tentación de sus encantos virgenes que tan encantadoramente me ofrecia cada noche. Nuestra despedida fue tierna y muy triste, y la dejé en un estado de alma y de cuerpo que acaso fue la causa de sus desgracias posteriores.

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una vez de vuelta en Venecia, me puse? de nuevo a cortejar a Angela, pero su tio no tardó en advertirme que aquellas visitas constantes iban  ser mal interpretadas y perjudiciales para su sobrina. Por lo que decidi a utilizar como mensajeras a sus dos comprensivas amigas Nanette, de 18 años, y su hermana Marton 2 años menor. su tia y protectora guardiana, madame Orio, estaba necesitando una pension que debia ser concedida por un fondo administrado por el senador demalipiero y valiéndome de la intervención de Teresa Imer, logré que se le otorgase.

Todos los domingos compartian las dos hermanas(nanette y marton) su amplio lecho con Angela en el tercer piso. Aquel mismo día me presenté en la casa de madame orio con la concesión de la pension de que hice obsequio a su agradecida tía. Me invitó entonces a que me quedase a cenar, pero rechacé su ofrecimiento por consejo de Nanette. Una de las muchachas me acompaño a la puerta de la calle, que cerramos de golpe con todo cuidado. Pero la pilla se volvió al cuarto de estar, mientras yo subía sin hacer ruido al piso tercero y esperé a las tres en su habitación Luego pasé tres horas de estériles intentos por reducir la dureza de diamante de Angela. Al mismo tiempo, pude ver la impresión que producía en las dos hermanitas con las pláticas apasionadas que dirigía a su amiga. cuando se apagó la vela, traté de tantear a ciegas y palpé por todas partes, pero fue en vano. Cada vez qüe pescaba a alguien resultaba ser nannette o Marton, quienes, siguiendo las reglas del juego, inmediatamente revelaban sus nombres, y yo como un estúpido don Quijote las dejaba marchar al momento.

Al amanecer, exhausto, derrotado y llorando de pura rabia di rienda suelta a cuantos insultos y maldiciones acudían a mi mente furiosa y, al ver a las tres bañadas en lágrimas, me escabullí a casa en cuanto oí que madame Orio había salido a misa

Decidi no no volver a ver jamás a Angela, y al poco tiempo me marché a Padua a recibir el grado de doctor en leyes. Cuando volví, me invitó madame orio a su casa, y las dos graciosas hermanitas se portaron  conmigo de forma tan amable y simpática que borraron el recuerdo de aquella noche horrenda  que pasé en su habitación dos meses antes. Al salir Nanette deslizó en mi mano una nota de Angela, en la cual me decía que seguía queriéndome, y otra en que la misma Nanette me suplicaba que fuese el domingo para otra cita con Angela . Provisto de una lengua de vaca ahumada y de un par de botellas de vino que llevaba  bajo mi capa, me encaminé. el domingo siguiente a casa de madame orio. No estaba Angela, pero Nanette me susurró al oído que la esperaban más tarde. como de costumbre, decliné la invitación de mi anfitriona para cenar y me deslicé escaleras arriba en lugar de salir a la calle. Nanette y Marton se unieron conmigo, pero Angela seguía todavía sin dar señales de sí. creyendo que una vez más me había tomado el pelo y sin caer en la cuenta de que era una broma agradable de las dos hermanas, decidí vengarme y reírme a mi vez de ella.

 

-Pues yo todavía no lo creo -me dijo la bella Nanette.

 

-No dudes de mí -repliqué-. La noche agradable que vamos a

pasar sin ella te va a convencer.

 

-Bueno, como vuestra merced es hombre de buen sentido, ya que

acepta nuestra sustitución, puede dormir aquí, y mi hermana y yo nos

acostaremos en el sofá de la habitación de al lado.

 

-¡Oh, no es mi propósito meterme en la cama!

-¿Cómo? ¿Pero se atreve a pasar siete horas sólo con nosotras?

Estoy segura de que al poco tiempo ya no va a saber de qué hablar y se

quedará dormido.

-Eso lo veremos .Pero, mientras tanto, no me dejéis comer a solas.

 

Pusieron el mantel, trajeron pan, queso, agua y cenaron conmigo por segunda vez. No estaban acostumbradas al vino y se les subió a la cabeza. su alegría era tan deliciosa que me pregunté pensativo, según las miraba, cómo pude ser tan ciego al no caer en la cuenta de lo superiores que eran a Angela. Después de cenar me senté entre las dos, jugando con sus manos y besándoselas, mientras ellas me contaban las lágrimas que habían derramado por la conducta inconcebible de Angela para conmigo. Me sentí tan tierno hermano suyo y ellas tan cariñosas hermanas mías, que empezamos a cambiar mutuamente pruebas de nuestro afecto.

El primer beso que les di se atribuyó totalmente a motivos inofensivos, y ellas me lo devolvieron con el exclusivo objeto de demostrarme que estaban a la recíproca en cuanto a sentimientos fraternales. pero a medida que fuimos repitiendo aquellos inocentes besos, fueron haciéndose más ardientes y llegaron a encender una llama que, sin duda alguna, nos cogió de sorpresa, porque, nos detuvimos al poco tiempo, como de común acuerdo, mirándonos con expresión bastante seria y de auténtico asombro. La verdad, no podía ser más natural que aquellos besos ardientes, dados y recibidos por mí, enviasen el fuego de la pasión

a través de todo mi cuerpo y me hiciesen enamorar locamente, en un momento, de las dos adorables hermanitas. Las dos eran más bonitas que Angela y valían más que ella, Nanette por su gracia encantadora y Marton por su temperamento dulce y sencillo. No podía comprender cómo había tardado tanto en hacerles la justicia que se merecían. No era tan vanidoso que creyese que se habían enamorado de mí, pero tenía que admitir que mis besos habían producido en ellas el mismo efecto que los suyos en mí. Convencido de que así era, resultaba tan claro como la luz del día que, con un poco de habilidad por mi parte y algunas prácticas picarescas desconocidas para ellas, podía fácilmente, durante la noche que teníamos por delante, conseguir favores cuyas consecuencias podían ser muy positiva.  Aquel solo pensamiento me hizo estremecer, y decidí firmemente respetar su virtud, sin poderme figurar que las circunstancias iban a ser acaso demasiado fuertes para mí. Según estábamos hablando, hice como que me quedaba dormido y

Nanette dijo:

-Puede meterse en la cama sin reparo, nosotras nos vamos al sofá del otro cuarto.

-Sería un pobre hombre, si acatara tal consejo. Vamos a hablar.Pronto se me pasará esta modorra, pero lo que me preocupa sois  vosotras. Idos a la cama, mis encantadoras amigas, que yo pasaré a esa otra habitación. Si me tenéis miedo cerrad la puerta, pero eso supondrá una gran injusticia contra mí, porque lo que siento por vosotras no es más que cariño fraternal.

 

-No podemos aceptar ese trato -repuso Nanette-. Permítame vuestra merced que insista: quédese en esta cama.

-Es que no voy a acostarme vestido.

-Desnúdese... nosotras no miraremos.

-Eso no me da miedo, pero cómo quieres que tenga valor para dormir, si por mi culpa os vais a ser obligadas a pasar la noche sentadas?

-Bueno -contestó Marton-, nos acostaremos también nosotras, pero sin desnudarnos.

-Esa falta de confianza va a ofenderme mucho. Dime, Nanette, ¿me tienes por un hombre honorable?

-lndudablemente.

-Pues entonces, dame una prueba de tu buena opinión; acuéstate junto a mí sin desnudarte, y confía en mi palabra de honor. Además, sois dos contra uno, ¿qué podéis temer? Si no me estoy quieto, ¿no podéis tiraros de la cama? En una palabra, sino accedéis a darme esta muestra de confianza, por lo menos después que me haya quedado dormido, no me meteré en la cama.

Y dicho esto, hice como que me sentía profundamente adormilado. Ellas se pusieron a cuchichear, después de lo cual Marton dijo que me acostase, y que ellas me seguirían en cuanto me hubiese dormido.Nanette apoyó esa proposición, con lo cual me volví de espaldas, me desnudé en ün santiamén, les di las buenas noches y me acosté. Simulé que dormia, pero llegué en realidad, a amodorrarme un poco, y sólo me despabilé cuando vi que se habían metido en la cama. Entonces, dando la vuelta como si volviese a quedarme dormido' me quede muy quieto hasta que supuse que las dos estaban durmiendo ya.

De todas maneras, si estaban fingiendo, tenían perfecto derecho a ello. Se habían vuelto de espaldas a mí y estaba apagada la luz, por lo cual no podía obrar más que al tanteo. Mis primeras intenciones fueron para la que esta acostada a mi derecha, sin saber si era Nanette o Marton' Noté que estaba acurrucada y cubierta con la única prenda que se había dejado puesta una tunica de seda , mi manos fueron recorriendo su cuerpo lentamente, tocando suavemente sus pechos, ella no se oponia, respiraba agitada y  nerviosa, pero no detenia mis habiles manos que con la suavidad de una pluma la fueron dejando sin la tunica de seda que llevaba puesta con  tiempo y paciencia y sin ofender su modestiá, la fui obligando gradualmente a que reconociese su derrota, convenciéndola de que lo mejor era que siguiese fingiendo estar dormida y me dejase actuar. Pronto sus instintos naturales funcionaron  al unísono con los míos, podia sentir como sus carnes temblaban con cada rose, mis manos no dejaron nada sin recorrer, desde sus pechos suaves hasta su suave vientre  humedo, no me tomo mucho tiempo rendirla a los pies de la diosa del amor , entre jadeo suaves y gemidos  arranque aquella flor  y  así alcancé mi meta y mis esfuerzos quedaron coronados por el éxito más completo. No me cabe la menor duda de que había cosechado aquellos frutos primerizos a los cuales nuestros prejuicios conceden tanta importancia.

Loco de contento por haber gozado  por primera vez de mi virilidad , me retire de mi belleza para rendir homenaje a su hermana. La encontré inmóvil, acostada de espaldas, como una persona sumida en el sueño más profundo y tranquilo pero yo sabia que ella fingia estar dormida ,  con sumo cuidado  empecé a recrear sus sentidos con caricias suaves, toqueteos y besos, de nuevo mis manos fueron plumas suaves, y no tardé en caer en la cuenta con verdadera satisfacción de que, al igual que su hermana, era doncella incontaminada  jamas hombre alguno habia tocado dicha flor y ahora tal privilegio era mio. En cuanto un movimiento natural me indicó que el amor iba a aceptar mi oferta, tomé las medidas para consumar el sacrificio .En aquel momento, cansada ya de disimular tanto y dando de pronto rienda suelta a la violencia de sus sentimientos, se dio vuelta se subio sobre mi, descubriendome sus pechos y me estrechó ardorosamente entre sus brazos en el instante preciso cubriéndome de besos y compartiendo mi arrebato, mientras el amor fundía nuestras almas  y cuerpos en la delicia suprema del éxtasis, un gemido suave y sus manos aprentando mi espalda me hicieron entender que en medio de aquella penunbra habia cosechado otra flor.

 

¿Cuál era de las dos?'.. me aventuré a susurrar su nombre

-si... soy Nanette -me contestó- y.me declaro completamente feliz, lo mismo que mi hermana' si nos eres fiel y sincero'

 

Pedí una luz, y Marton, tan buena y servicia lcomo siempre  saltó del lecho. cuando vi a Nanette en mis brazos, radiante de amor, y a Marton junto a la cama con una vela en la mano, caí en la cuenta de mi felicidad. Vestidos con la sencilla indumentaria de la natura desnudez, nos pusimos a comer los relieves de nuestra cena, intercambiando esas mil palabras triviales que sólo el amor puede comprender, después de lo cual nos retiramos a nuestro lecho, donde pasamos la noche más deliciosa, mas ardiente y calurosa dándonos muestras recíprocas y muy repetidas de apasionado ardor., fue sexo tierno y por momentos salvaje, aquellas jovenes eran insaciables y apenas lo estaban aprendiendo al igual que yo, jamas disfrute tanto una noche como aquella, porque nada puede igualar a aquel aprendizaje de los sentidos que despiertan de su sumision y  te convierten en lo que finalmente estabas destinado a ser, un ser humano. Poco después Nanette se las arregló para procurarme una muestra en cera de la llave de la casa, con lo cual pude pasar dos noches, cada semana con las dos hermanas, durante las cuales ni Marton tuvo que reprochar a Nanette de estar recibiendo una racion más generosa por razón de ser la mayor, ni tampoco Nanette tuvo oportunidad de musitar queja alguna motivada.porque Marton, a causa de ser menor, disfrutase de sesiones más prolongádas, tan armonioso era el entendimiento con que las dos jovencitas compartían entre sí, alternadamente, una a Ia vista de la otra, el único y precioso tesoro disponible para dividir, entre ellas.

CONTINUARA.......

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    Mi primer relato poeticoerotico

    UN RELATO DE PASIÓN AMOROSA Y DESENFRENADA ENTRE DOS NOVIOS RECIÉN CASADOS

    yaros llega a casa y su madre lo regaña y llama a su padre quein lo lleva a una drogueria donde compran muchos condones yaros regresa temporalmente a su realidad tras conocer a laura una joven de su colegio quien vive la misma situacion pero por otras causas yaros y yasmin consolidan su relacion con magicos fines de semana

    la relacion entre yaros y jazmin se fortalece y yaros se adapta a su nueva vida en una realidad que no es la suya cap 10 narra la primera vez de yaros y jazmin, es un relato algo erotico y mas romantico que poetico

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soy poeta y escritor, en estos 3 años he definido lo que como escritor quiero , no escribo para nadie, la verdad lo hago por gusto propio, si alguien le gusta lo que escribo, esta bien, si a alguien no le gusta sus razones tendrá, acepto criticas constructivas que me ayuden a mejorar, pero no acepto comentarios ofensivos ni envidiosos, soy un escritor de mente abierta, tengo limites no tabues

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