cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

12 min
Cáscaras Lunares
Drama |
07.10.14
  • 0
  • 0
  • 1672
Sinopsis

Originalmente llamado "Insomnio"

La noche era su gran debilidad. Trabajaba como para tener una conciencia tranquila y dormir plácidamente para despertar al nuevo día, pero en cambio el insomnio le amargaba su pacífica existencia. Casi al instante justo en que posaba su cabeza en la almohada, la noche de pronto cobraba una inusitada vida. Cada sonido extraño en medio de la oscuridad silenciosa, conjuraba una historia en su cabeza, porque su mente incapaz de dejar de funcionar, comenzaba a especular diversas historias para un banal movimiento de latas o el silbido transparente del viento entre los árboles.

Solitario en la penumbra, el hombre antes de cerrar los ojos,  se dejaba a la deriva en medio del mar de estímulos que los sentidos agudizados le traían a tropel.  Era imposible, no podía dejar de inventar historias o dejar de pensar respuestas posibles a situaciones que en algún momento del día le habían sido indiferentes  pero que ahora analizaba con minuciosidad, ya que podía haber algo abstracto en cada una de ellas. Se concentraba, no podía moverse demasiado ya que su mujer podía despertar, pero cuando el calor era insoportable y los músculos le quemaban la espalda como brasas bajo la piel debía levantarse y fumar en la ventana.

El proceso era simple, tomaba el cigarrillo entre sus dedos y se lo llevaba a la boca junto con el encendedor que lo prendía, descorría un poco la cortina y Santiago se veía como una multitud de pequeñas luces desde aquella torre oscura de departamentos. El hombre posaba su cabeza en el vidrio, y las largas inhalaciones que se sentían hasta lo más profundo de sus pulmones le hacían relajarse, el sueño al parecer volvía a presentarse. Miró Santiago por última vez antes de correr la cortina y pudo descubrir que algo había cambiado. Desde la luna bajaban como un gran manto pequeños trozos de algo color blanco que se acumulaban en los techos. Miró nuevamente como tratando de salir de la ilusión y pudo darse cuenta que la pequeña nevazón seguía cayendo con tranquilidad como si la luna se fuera descascarando en minúsculos pedazos que caían bajo su luz sobre la ciudad. No quiso despertar a su mujer, tal vez simplemente porque imaginaba que era el único hombre en Santiago que estaría despierto para ver un fenómeno así  y la verdad era que no quería compartirlo con nadie más. Destrabó el cerrojo y la ventana fue abierta por el viento hasta atrás con un impulso lleno de las partículas blanquecinas. Tomó una en sus manos y sintió una textura extraña, como una cáscara de huevo secada al sol que al apretarla un poco se quebraja. No pudo contener su emoción al darse cuenta que la luna por sí sola se deshollejaba lentamente y dejaba los techos llenos de su antigua piel, que la noche aún tenía algo de mágica y que era la vida cotidiana nada más lo que le quitaba lo trascendental al mundo.

El espectáculo duró lo que pudo aguantar el hombre. Cerró la ventana y se puso a contemplar como monje enajenado la luna y su corteza melancólica sobre Santiago que ya a través de una hora se había convertido en una laguna blanca, donde no existía nada más que esa tranquilidad propia que daba el neutro, como si aislara el sonido y la vida justo en el momento en que el tiempo se detenía. Al poco rato cayó tendido en su cama con una relajación que le hacía difíciles de dominar los miembros, la noche se hizo más tranquila y no lo atacaba con sus huracanes de sonidos extraños ni con pensamientos rebuscados ni absurdos,  se tendió y se durmió casi inmediatamente sin dejar que la oscuridad lo envolviera, por que el blanco de afuera le relajaba la estancia.

Poco antes de que empezara a sonar el despertador, el hombre ya había despertado con los sentidos. Su olfato no le fallaba al sentir el olor matinal a huevos revueltos con tostadas ni el café recién servido en la mesa. Se levantó relajado, la noche había sido placentera y la nevazón le había traído grandes recuerdos de un Santiago parecido a las capitales norteamericanas en navidad, cubierto de una capa compacta de nieve acumulada. Abrochó su camisa como siguiendo un camino de rieles imaginarios y la corbata al estilo Windsor le daba un estilo un poco más sofisticado. Quería ver si la luna había seguido descascarándose, si la ciudad había colapsado a causa de los anegamientos, pero en cambio al mirar por la ventana sólo encontró lo que siempre vio allí: La Alameda a los lejos, tan frenética como siempre, los edificios con una vida alucinante y la ciudad envuelta en bocinazos estrepitosos que a cualquiera vuelven loco. No alcanzó a sentir la decepción cuando su mujer lo llamó desde el comedor: el desayuno estaba listo.

La jornada pasó más rápido de lo habitual, cuando volvió a su casa la noche nuevamente se había implantado con su manto fúnebre. No pudo evitar sentir un poco de miedo por el insomnio, pero la esperanza de que la luna nuevamente diera su espectáculo le ayudó a soportarlo. Se acostó y antes de cerrar los ojos vio Santiago, desde lejos la torre Entel; y le increpó mentalmente pidiéndole que no lo defraudase. La noche transcurrió como todas. Los sentidos se agudizaron y los silencios se hicieron escasos. Tenuemente pequeños choquecitos sonaban en la ventana. Él los pudo sentir, los descubrió en la noche y se levantó de inmediato.  Su ilusión nuevamente era la misma, la luna echaba a volar sus pequeños pedazos: el espectáculo seguía durante toda la noche, y el insomnio se hacía débil, ya casi no tenía fuerza.

Así transcurrieron las noches venideras. El hombre se levantaba y descubría que en la ciudad no había ni rastros pequeños de las cáscaras nocturnas y que la vida de la gente seguía tan bien como siempre. Nadie comentaba acerca de alguna lluvia nocturna, ni siquiera de rastros en la mañana, si no que su vida seguía en torno a lo cotidiano, a lo mismo de siempre mientras él vivía en un estado continuo de aceleración prolongada. Las noches transcurrieron igual que  todas, extrañamente la luna seguía perdiendo su cáscara, pero en las mañanas todo amanecía tan normal como siempre, la gente seguía caminando por las calles y él, mientras esperaba el café a mitad de tarde en el trabajo, buscaba por cualquier recodo del edificio, incluso debajo de las bancas y no lograba encontrar siquiera un pedacito de las cáscaras que deslumbraban la noche y la transformaban en una bahía blanca de corriente tranquila.

Por aquellos días su mujer lo había notado extraño. Su marido gozaba de una fascinación y una vitalidad que no tenía desde cuando era joven, sentía la sangre correr al tomarle la mano y sus ojos irradiaban un color nuevo, renovado. Él argumentaba que estaba durmiendo como los dioses, que todas las noches el cigarro le reparaba el alma y le relajaba la mente.  Pero todo comenzó a cambiar, cuando de un día a otro sus manos estancaron la sangre y sus ojos cálidos como el sol se volvieron frívolos y el insomnio volvió con fuerzas renovadas.

Esa noche se sacó la ropa esperando el fenómeno que le calmaba la existencia. Miró la ventana y descubrió que Santiago hoy lucía como el trabajo de un joyero: brillaba como una gema pulida.  Notó que su mujer había cambiado las cortinas y del color rojo carmesí se transformó en un color crema que le recordó las cáscaras lunares. Se acostó y dejó sumirse en el mar de sensaciones. Sopesaba el aire mientras entraba en sus narices y lo expulsaba esperando la relajación de sus miembros, pero éstos en respuesta se tensaron en una sensación horrible. Alcanzó a descubrir que el insomnio le atacaba de nuevo cuando sus ojos se abrieron esperando la respuesta que sus oídos jamás le dieron, los golpecitos en la ventana no se presentaban, las cáscaras al parecer no caían sobre Santiago.

Se levantó asustado y tomó el cigarrillo con las manos temblorosas. Descorrió la cortina y sólo descubrió el Santiago luminoso, aquella ciudad intranquila y nerviosa que atacaba los sentidos dejándolos inútiles sin impulso para captar las cosas significativas. Su tranquilidad había muerto como naufrago entre la luminosidad.

El día fue un infierno con demasiada luz. Al parecer sus sentidos seguían muy despiertos y cada zumbido en la calle resonaba en su cabeza que parecía vacía, las cáscaras jamás aparecieron durante la noche y el pudo ver el amanecer sentado con las rodillas cruzadas en el piso alfombrado. Lentamente la luna se fue difuminando en la luz del sol. No se descascaró nada, no dio el relajante propio que le calmaba la noche y ahora mientras trabajaba y en cada reflejo se veían sus ojeras, entraba en una paranoia débil, le tenía temor a las noches siguientes y lo que pasara sobre el destino de su sueño y de su existencia.

Vio el atardecer desde su automóvil mientras llegaba a casa. El cansancio le pesaba en los hombros y el mismo sueño que sentía ahora se le espantaría más tarde con la llegada del insomnio.  Comió su cena y mientras su mujer se acostaba vio un programa de entrevistas que no logró llamar al sueño, luego de algunos minutos decidió ir a dormir, la noche ya era una realidad.

Fue una noche privada, sentía que  podía ser suya si la nevazón en la madrugada aparecía, si por algún momento la luna prístina en su misma posición derramaba lo ríos de plata sobre los techos Santiaguino y él, peón de su juego de ajedrez, podía dormir aunque sea una noche y luego la siguiente, y así hasta que su vida se fuera consumiendo en un manantial que fluye y que construye vida dentro de su vida, que pone existencia dentro de la respiración cotidiana. Se sentó en la cama y desabrochó su pantalón. Posó su cabeza sobre la almohada y ésta se hundió tanto que de reojo podía ver los extremos levantados. Los sentidos se abrieron a los sonidos de la noche, el auto que frenaba brusco en la calle de pronto se transformaba en una completísima historia de cómo se había detenido por culpa de los motivos más rebuscados. Dos perros ladraban en la noche, claro, si todo animal pelea por insignificancias. Sus músculos se tensaban cada vez más al ritmo apresurado de su respiración y el calor infernal, presente en la almohada comenzaba a enterrar agujitas bajo su piel. Levantarse era inminente.

Huyó de la almohada que se sentía como un caldo hirviendo en su nuca. Sacó de la cajetilla un mentolado y lo sujetó entre sus labios mientras el encendedor rojo lo prendía. Descorrió la cortina con fuerza y la ventana dejaba ver una ciudad histérica sin rasgos de tranquilidad mientras la luna llena parecía sonreír sobre los cerros. La impotencia se hizo dueña de su cabeza y la sangre fue tan fuerte que el correr por sus venas le dejó un zumbido en sus oídos. No fue capaz de sopórtalo, el insomnio había vuelto y sus miembros respondían con furia a cualquier movimiento. No se dio cuenta cuando la ventana caía en pedazos y su puño sangraba con destellos brillantes incrustados, ya nada importaba si no podía dormir. La mujer se levantó asustada,  vio a su marido como una sombra a través de la luz de la luna y que lloraba rabioso mirando la ciudad. Trató de consolarlo pero él se lanzó sobre la alfombra y adoptó una posición fetal que mantuvo durante gran parte de la noche mientras ella observaba que la locura había llegado a su punto, que el insomnio había causado demasiados estragos.

El hombre no soportaba que su vida había llegado hasta ese punto de no retorno, las cáscaras no se veían, Santiago era entonces un monstruo que avasallaba mientras él, diminuto bajo la luz tórrida de la dominante luna descubría lentamente que su ensueño, que sus noches de nevada incontrolable no habían sido más que propias ilusiones del insomnio ya que su mujer, sentada mirando la ciudad, no alcanzaba a ver en su cordura realista que las cáscaras seguían cayendo todas la noches sobre Santiago, pero que él, hombre sabio, había adivinado que era el único hombre dentro del huracán de locura que lograba ver la luna descascarándose a sí misma, cayendo en manantiales de trozos color plata, mientras ella gritaba implorando que le explicara qué cosas caían de la luna y él le decía que aquellas, que las mismas que habían caídos todas las noches y que ahora entraban por  la ventana destrozada y se posaban sobre su nariz, dejándolo descansar tranquilamente en la noche que ya para ese entonces  era el único elemento real que quedaba dentro de su mente distorsionada.

 

 

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • Este relato no tiene comentarios
  • Este relato no tiene valoraciones
  • Originalmente llamado "Insomnio"

    Primer proyecto poético (Fragmento)

    Saga de tres partes, el hechizo de sus ojos ha sido creado para conmemorar San Valentín, y así con la historia de Anna Lisa y Rodrigo Descubriremos que dentro de los ojos habita un mundo interior.

    ¿Cuanto puede durar la desesperación humana al tener la muerte tan cerca y tan próxima?, ¿Como la locura se hace presente cuando se pierde a lo que uno se aferra? a ese destello de lucidez, a ese faro de sensatez. Lo oscuro y lo grotesco son platos fundamentales en la psiquis humana, pero yacen ocultos hasta que aparece la situación donde emanan sin control, donde la lucidez y la sensatez, no son reyes en su reino.

    "Valeria fue una reina tal y como lo pensé, pero aún así, su pasión sanguínea me redujo en los trabajos del amor, cuando terminamos, me sumí en un sueño profundo allí mismo en el agua sanguinolenta con ella encima..."

    "Ahora ya estaba muerto. Solo en su mente quedaban los recuerdos de las noches en que tomaban la guitarra e invocaban las canciones de los Rolling Stones que tantas veces le dedicó entre los vasos de whisky quemante en la habitación de la casa"

    Tres concepciones de amor que chocan entre sí, que contrastan con la realidad que les toca vivir a cada protagonista y les hace perder los rasgos significativos de su personalidad que desencadenan un final indeseado.

    "Se recostó y trató de contrarrestar la mala suerte del día con un sueño reponedor, pero cuando estaba a punto de dormirse, se le vino a la cabeza una idea antigua, pero que ahora sin trabajo seria perfecta para pasar el tiempo. Siempre las ideas le llegaban así, casi sin avisar y sin llamarlas, solamente como un relámpago en medio de tanta oscuridad iluminaba los pasatiempos del hombre y le ayudaba, casi como si su mente fuera una amiga, a razonar y sobreponerse a las adversidades del tiempo y la vida"

    "El día en que Marisa Contreras vio al payaso del circo llorar supo que su vida sería una sucesión de hechos sin sentidos y opuestos a toda lógica descrita. Pancho el chistoso la visitó esa misma noche en busca de consuelo porque veía el fantasma de su amada por toda su casa"

    Mi primer ensayo. Me gustaria saber que opinan del realismo magico, me gustaria entablar un debate en los comentarios y todas sus criticas, saludos. Pronto haré que lo revise un profesor de mi asignatura, pero espero que ustedes evaluen primero.

  • 77
  • 4.5
  • 367

Sobre mi ...Tengo 16 años, lector voraz y seguidor del terror inimaginable de Poe, Maupassant ....y de los mios propios, Amante del realismo mágico de Allende, Garcia Marquez, y de lo cotidiano mágico que puede llegar a ser la vida, cuando se le mira con ojos de un joven lector.

Tienda

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
Encuesta
Rellena nuestra encuesta