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7 min
CASI VIDA
Varios |
23.05.17
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Sinopsis

El cementerio de El Atazar tiene un nuevo inquilino...

Susana esperaba una señal que la indicara donde se encontraba. Esperaba una luz, un ruido, una voz… yo lo sabía porque me sentí así mi primera noche.

Me levante lenta y pesadamente como había hecho todas las noches desde mi muerte, solo al notar la lluvia caer sobre mí me animé. El agua fresca  lavaba mis huesos, los refrescaba arrastrando los restos de tierra. Saqué todo mi esqueleto de la tumba y extendí  mis extremidades para acaparar todas las gotas posibles.

A los poco minutos me sentía como nuevo, con esa agradable sensación a limpio que un vivo tiene después de una ducha, casi pude recodar como latía mi corazón impulsando vertiginosamente mi sangre tibia y reconfortadora a cada milímetro de mi carne.

Eché de menos mi carne, lo huesos son tan fríos, tan insensibles. Intente llenar de aire mi inexistentes pulmones y me dirigí al centro del cementerio. Otros vecinos salían de sus tumbas alegrándose como yo de la luminosa luna llena y la lluvia fresca que los limpiaba.

En el centro de nuestro cementerio hay un pequeño parterre donde solíamos encontrarnos todas las noches los difuntos vivos. Yo era de los más antiguos y muestra de ello era mi esqueleto ya incompleto. A primera vista no se notaba, pero un estudiante de medicina enseguida se habría  dado cuenta de que a mi osamenta le empezaban a faltar las piezas más pequeñas. Saludé a Lorenzo con un movimiento de cráneo, que procuré no fuera demasiado enérgico, pues ya temía perder huesos importantes, mi descomposición avanzaba inexorablemente. Sin decir una palabra nos dirigimos al extremo sur del cementerio, al panteón de los Arnillas.

Hacía más de 20 años que no teníamos un nuevo compañero. Lorenzo y yo nos paramos a las puertas del sepulcro, a los pocos minutos ya estábamos todos, los últimos 5 muertos de El Atazár. Me imaginé a Susana, asustada, entumecida y me decidí, avance hacia la puerta y suavemente con mis quebradizas falanges golpeé la puerta de la tumba, sin esperar respuesta abrí la pesada puerta y entré. Tres ataúdes reposaban tranquilos sobre sus estantes de granito. Supe al momento en cual se encontraba ella, llamé de nuevo con mis falanges en su tapa y la abrí lentamente.

Susana esperaba con los ojos cerrados a que todo fuera un sueño, pero cuando lentamente los abrió mi calavera descarnada la desesperó.

- Hola Susana, soy Alejandro Muro y este es Lorenzo – me giré hacia mi compañero que entraba en ese momento en el panteón.

Nuestros cráneos, limpios de tierra por la lluvia, relucían a la luz de la luna, que entraba por la cristalera del panteón. Susana se incorporó sentándose en su ataúd, tenía una grave herida en la cabeza que habían intentado disimular, sin duda para el sepelio.

- ¿Estoy muerta? – preguntó insegura

- como todos nosotros – contestó Antonia, que hasta esa misma noche había sido la difunta mas reciente, pues se nos unió a la edad de ochenta años,  la noche del 6 de abril de 1990. En ese momento se acerco a su ataúd y la tendió la mano para ayudarla a bajar mientras la decía

-vamos pequeña sal de ahí que hace una noche preciosa y cuéntanos como has muerto-

Susana nos relató como ella y su novio habían tenido un accidente de coche de vuelta a El Atazár desde el pueblo vecino.

Aquella noche la pasamos interrogando a la pobre chica, pues las últimas noticias que teníamos del mundo exterior las había traído Antonia en 1990.

Juana y Manuel  eran un matrimonio que compartían tumba cerca de la puerta del cementerio, habían muerto con un año de diferencia en los años ochenta, y para ambos fue una alegría inmensa el reencuentro. Escucharon absortos hablar a Susana de los teléfonos móviles, de internet y otras maravillas tecnológicas, ayudados por Antonia la acosaron a preguntas,  yo no entendí nada de todo lo que decían y por los gestos de Lorenzo, él tampoco.

Aquella primera noche la pobre no tuvo tiempo de pensar y no protestó cuando casi al amanecer la acompañamos a su ataúd y nos despedimos hasta la noche siguiente.

En un par de noches la novedad se pasó y los difuntos vivos del cementerio volvieron a sus rutinas centenarias, Juana, Manuel y Antonia jugaban interminables partidas de cartas sobre una lapida, ya sin propietario, Lorenzo paseaba por el cementerio recitando una y otra vez los versos de La vida es Sueño, decía, entre risas, que el día que se le olvidaran se moriría. Yo me pasaba la noche sentado delante la lápida de mi hijo.

Repetía de memoria el epitafio, cuando una mano aún carnosa se me posó en la clavícula.

- ¿quién es?- me preguntó Susana, mirando la tumba

- Mi hijo, murió en el 2012, con cincuenta años- la contesté si apartar la vista del epitafio

-¿y no se ha levantado?

-No, solo nos levantamos los que somos enterrados en la parte antigua del cementerio, parece ser que la ampliación que se hizo en 95 está libre de la maldición.

-¿qué maldición?- preguntó frunciendo las cejas.

- A Lorenzo, que lleva aquí desde 1900, le contaron que en 1515 en el pueblo quemaron a una bruja, y esta mientras ardía en la hoguera nos maldijo, todos lo difuntos enterrados en el cementerio se levantarían por las noches mientras quedara algo de sus cuerpos. Así que nos levantamos todas las noches y vemos como nuestra carne se corrompe, como se la comen los gusanos y desaparece, luego más lentamente vamos perdiendo los dientes, las falanges y así hasta que al final ya no queda nada y una noche ya no te levantas más.

Cuando terminé de hablar, solo me dio tiempo a ver su expresión de terror unos segundos, como una bala se levanto y comenzó a correr entre las tumbas de la parte nueva del cementerio, miraba desesperadamente las lapidas, una tras otra, con la cara desencajada leía los epitafios frenéticamente. Al cabo de un rato calló de rodillas frente una lapida reciente.

- Como no se había levantado nadie más que yo en el cementerio, di por hecho que Carlos seguía vivo después del accidente- dijo entre sollozos. Me quedé paralizado sin saber qué hacer, mirando impotente como se abrazaba a la lápida. Si hubiera tenido ojos se me habrían llenados de lagrimas, pero los esqueletos no lloramos, los huesos son tan insensibles…

Todas las noches Susana me acompañaba a la parte nueva del cementerio y se sentaba delante de la tumba de su novio, le hablaba, le cantaba y sobre todo le lloraba. Una noche al cabo de una semana, cuando, casi al amanecer, volvíamos a nuestras tumbas me preguntó.

-¿qué pasaría si desentierro a Carlos y lo meto con migo en mi ataúd? ¿Se levantaría a la noche siguiente?

La primera noche desenterramos a su novio y a mi hijo, y cuando a la noche siguiente ambos se levantaron, nos pusimos huesos a la obra. En tres días habíamos trasladado todos los restos del cementerio nuevo al viejo, y ahora el cementerio de El Atazár tiene más habitantes que el mismo pueblo, por las noches es un hervidero lleno de reencuentros y de casi vida.

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