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18 min
CASUALIDAD O ALGO MÁS
Varios |
12.11.14
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Sinopsis

Para muchos las casualidades se dan muy a menudo, para otros no existen; lo cierto es que hay hechos que nos hacen dudar.

Era su último día de trabajo, la noche estaba empezando y el bullicio de la calle no llegaba a la oficina del piso 14, donde José Manuel se esforzaba por no dejarse arropar por el desanimo. La difícil situación económica había llevado al cierre de la empresa donde había laborado por más de cuatro años; junto a él, compañeros de trabajo que la convivencia de estos años había convertido en amigos corrían la misma suerte. Antes de retirarse miró a través del ventanal y no pudo evitar que vinieran a su mente reminiscencias de su pasado, que como fantasmas lo abordaban en cualquier momento. Con nostalgia recordó que: a sus cortos once años de edad, con la timidez propia de un niño campesino, ignorante de tantas cosas y con una inocencia que rayaba en la estupidez, subía a ese camión cargado de café que lo llevaría a la ciudad. Había sido criado por sus tíos abuelos, al quedar huérfano apenas a los tres meses de edad. Su madre había ido al pueblo, donde esperaba encontrarse con su padre, para juntos ir al registro a inscribirlo; nunca se supo si se encontraron, ella había llevado al hijo mayor de dos años, dejando al bebé de tres meses con su tía. Aquel día ocurrió un devastador alud que enterró gran parte del pueblo y nunca más se supo de ella ni del niño.

Desde la muerte de su tía abuela, cuando él aún tenía nueve años, le había tocado cuidar a su tío abuelo; fueron dos años difíciles en que solo se tenían el uno al otro. Fue al cuarto día de enterrar a su abuelo cuando llegó al lugar don Garrido, un comerciante de café. El chico se acercó para ofrecerse a llevar la carga al camión y Garrido le expresó su pesar por la muerte de su abuelo. “Era un gran hombre”, comentó. El chico le contó que durante el último mes ya no podía ni caminar y que lo consolaba el hecho de que lo había podido cuidar hasta el final de sus días. Garrido no pasó por alto este último comentario y pensó que este muchacho le sería de gran utilidad en la ciudad cuidando a su padre, un anciano que estaba muy enfermo y postrado en una silla de ruedas. Seguro le podría ayudar en sus necesidades diarias; por lo general estaba solo todo el día. “Qué bueno”, pensó, “a este muchacho Dios me lo puso en el camino”.

No era mayor de edad para tomar la decisión de ir o no, pero tampoco tenía a alguien que se lo impidiera. Sin pensarlo dos veces aceptó la oferta. Su abuelo mucho antes de morir le había aconsejado que cuando él ya no estuviera hiciera lo posible por irse al pueblo o a la capital, porque en el campo era muy poco lo que podría hacer; esa pequeña huerta era de un sobrino de su difunta esposa y en algún momento la vendería. Cuando el hombre le preguntó si tenía su documentación en orden, el chico sin vacilar respondió que sí. En esa oportunidad su abuelo también le había dado las pocas pertenencias que había dejado su madre, eran una biblia, una medalla del Sagrado Corazón y una partida de nacimiento. El abuelo le explicó que esa partida de nacimiento era la de su hermano mayor que había perecido junto a su madre, y que él en algún momento iba a necesitar una. Por ello le sugirió que tomara la partida de nacimiento de su hermano mayor José Manuel. “Según tu mamá él y tú eran hijos del mismo padre, igual te servirá”. “Tu madre te iba a inscribir con el nombre de José Antonio, igual ambos son José. Guárdala como un tesoro”.

—¿Y si alguien se da cuenta de que no soy José Manuel? ¿Y si no parezco de trece años?, solo tengo once —le dijo un poco temeroso.

—¿Quién?, si solo lo sabemos tú y yo. Guarda bien ese documento, será tu identificación. Dos años no hacen ninguna diferencia; además, tú eres alto y aparentas más edad. Eso sí, sé juicioso, piensa bien antes de hablar. Sin identificación es como si no existieras, tus padres no están para sacarte una. Puedes tener muchos problemas si no tienes con qué probar quién eres.

Si algo tenía claro era que debía aceptar esa oferta de trabajo, si su abuelo se lo había aconsejado era porque le convenía. En dos horas llegaron a Barandú y, mientras don Garrido hacía negocios en el pueblo, él se quedó sentado en un solitario portal. A unos metros las personas salían y entraban por una puerta; tanto al entrar como al salir se les podía observar muy tensos y contrariados. De pronto empezó a escuchar una tos muy fuerte, luego callaba, pasaban unos minutos y volvía la tos; una voz débil llamaba vagamente “¡vengan!, ¡vengan!”. Pasó un rato y ya nadie venía, quien estuviera allí parecía estar enfermo y seguía tosiendo de rato en rato. La curiosidad lo acercó a la puerta entreabierta al final de un pasillo. Asomó la cabeza hacia el interior de la habitación y no vio a nadie, pero volvió a escuchar la tos. “¡Pasa!”, le dijo una voz quejumbrosa. Retrocedió casi por instinto; antes de que se alejara volvió a escuchar la voz que dijo: “¡Pasa, acércate!”. Se asomó tratando de ver quién era el que lo llamaba detrás de ese parabán. -“¿Y tú quién eres?”-, le preguntó un viejo acostado en una cama muy amplia. Era un hombre alto y en extremo delgado. Haciéndole un ademán con la mano le dijo: “¡Acércate!, no temas”. Volvió a preguntarle: “¿quién eres y qué haces aquí?”.

—Soy José. Voy a la ciudad a trabajar con don Garrido —respondió el chico.

—¿Te vas hoy mismo? —preguntó el anciano.

—Sí, en cuanto don Garrido termine de comprar café.

—Ajá, eso quiere decir que te queda bastante tiempo, quizás hasta la tarde. Quiero pedirte un favor; un favor que te pagaré muy bien.

El chico se acercó tímidamente. El viejo se volteó con mucha dificultad, le indicó que sacara algo que estaba oculto detrás del espaldar de la cama; era un paquete envuelto en plásticos.

—¡Sácalo rápido! —le dijo.

El anciano sacó de debajo de la cama una bacinilla grande e introdujo el paquete que había sacado el chico, diciéndole: “Tápalo con ese periódico y llévalo allá, detrás de los árboles; anda por este patio trasero, si te ven y preguntan, dirás que vas a botar lo que vomité en el bacín”. Seguidamente en forma sencilla le había explicado cómo y dónde tendría que esconder lo que le estaba entregando. Eso sí, debía recordar el lugar, porque tendría que volver antes de cumplirse veinte años a desenterrarlo y que en ese momento sabría qué hacer.

El chico solo obedeció. Cuando iba saliendo por el patio trasero, una mujer prolijamente arreglada al pasar cerca de él se hizo a un lado, diciéndole: “Ve, ve, bota esa porquería allá lejos, detrás de esos árboles, y no te olvides de lavar bien esa cosa en el arroyo que está allí mismo”. La mujer se tapó la nariz y, esquivando al muchacho, siguió caminando. Rápidamente se dirigió a donde le habían indicado; era un lugar solitario, unos matorrales se entrelazaban con los troncos de muchos árboles. No demoró en encontrar el árbol frondoso que el anciano le había señalado, tampoco tuvo dificultad en hacer lo que le había pedido; retiró unas piedras, luego cavó un poco y ante sus ojos estaba un pequeño escondite, un recipiente grande de vidrio ocupaba casi todo el lugar. Guardó el paquete, luego lo cerró siguiendo las instrucciones recibidas y se apresuró a taparlo; aplastó fuertemente el suelo y cubrió el espacio con las piedras. Hizo esfuerzos por borrar cualquier evidencia. Se alejó un poco y se sentó; su corazón latía con fuerza, estaba asustado, como si hubiese enterrado algo peligroso. Pero se tranquilizó al pensar que debía ser algo correcto, de no ser así ese señor, que parecía ser “un gran señor”, no se lo hubiese pedido. Más tarde se marchó del pueblo y ni siquiera se pudo despedir del anciano. “Ya está dormido”, dijo una señora a quien devolvió el bacín.

Ya en la ciudad tuvo que cuidar al padre de Garrido, quien estaba en una silla de ruedas y era un ser muy problemático. El muchacho, que desde aquel momento fue José Manuel Guzmán Arcaya, empezó a lidiar con el viejo minusválido y enfermo. Al principio fue difícil, ya que las costumbres de él no eran ni siquiera parecidas a las del anciano. Sin tener cómo escoger, los dos tuvieron que irse acoplando. En ocasiones el octogenario lo regañaba; en otras era amable; no se parecía en nada a su tío abuelo, a no ser por su afición por la lectura.

Sonrío al recordar cómo le había tenido que leer el periódico todos los días. Era como un vicio para el anciano; hoy se lo agradecía, eso le permitió estar informado y luego lo condujo a optar por estudiar comunicaciones. Su tío abuelo le había enseñado a leer, y cuando ya la vista le fallaba, le pedía que le leyera y releyera los libros de Julio Verne que guardaba con tanto celo, y de los cuales su favorito era De la Tierra a la Luna. Tres años después de su llegada a la ciudad murió el anciano padre de Garrido y él tenía, según la partida de nacimiento, dieciséis años aunque en realidad eran catorce.

Para ayudarlo, Garrido le permitió quedarse en la casa. La misma se vendería cuando su hermana, que vivía en el extranjero, viniera. Por ahora sólo pensaba en buscar un trabajo y continuar con sus estudios en la nocturna. Un día fue a sacar de un armario unas frazadas cuando cayó en cuenta de que allí guardaba su bolso viejo y desteñido que había traído desde la montaña. Lo sacó, y ahora con calma y seguro de que nadie lo interrumpiría, empezó a hurgar en el doble fondo donde había metido las monedas que el señor del pueblo de Barandú le había dado como pago por haber enterrado aquel paquete y la medalla del Sagrado Corazón que había pertenecido a su madre.

Recordó que el anciano le dijo que esas monedas le servirían para forjarse un futuro próspero. “Seguro han de tener mucho valor”, pensó.

Tres ancianos que de una u otra forma habían influido en su vida. No había conocido a su padre ni siquiera estaba seguro de si aún existía. Faltaba poco para que se cumplieran los veinte años desde aquel día en que salió del caserío y en el que había conocido al anciano del pueblo. Ese episodio lo había acompañado durante estos años; además, cómo no recordar al señor de Barandú, si esas monedas que le dio eran de oro y de las primeras que se habían acuñado en el país, y tenían un valor considerable; gracias a la venta de dos de ellas había podido cubrir sus gastos mientras estudiaba. El reto que se le presentaba ahora era cómo llegar y qué hacer para poder cumplir lo que le había pedido. No podía ser tan obvio y simplemente ir directo al lugar y sacar lo que había enterrado. El viejo le había dicho: “Tú sabrás qué hacer en el momento en que saques y veas lo que hay allí”. Pensaba en eso todos los días, rogaba a Dios que le ayudara a encontrar una forma para cumplir con esa tarea pendiente y a la cual se sentía obligado.

Eran las nueve la noche del cuarto día de su vida como desempleado cuando se encontró en el ascensor con su vecino y amigo, un ingeniero que iría tres semanas al norte a trabajar en un proyecto para construir una carretera que uniría la costa con el centro y que pasaría por Barandú; estaba muy contrariado ya que saldría por la mañana y su ayudante había sufrido un accidente y no podía ir, por lo que ahora tenía que buscar de urgencia quien lo supliera. Le preguntó a José Manuel si conocía a alguien que le interesara el trabajo. El joven vio la oportunidad soñada para volver a Barandú, que era lo más cercano a su lugar de origen; enseguida él se ofreció para el puesto. “Estoy sin trabajo y necesito dinero”. “Sé de computación, he manejado camiones y aprendo rápido”, le dijo. No tuvo que argumentar nada más, su amigo aceptó llevarlo como su ayudante.

Cuando llegaron al pueblo de Barandú, ante la falta de hotel buscaron dónde hospedarse. Primero consiguieron una habitación grande con dos camas y una mesa amplia que era ideal para que los ingenieros trabajaran con los planos. La dueña llevó a José Manuel a la casa de al lado, en la que tenían dos pequeñas habitaciones para alquilar, con una cama cada una, las cuales estaban bien para él y el supervisor. A José Manuel le bastó ver la casa para darse cuenta de que era donde había tenido su encuentro con el anciano años atrás. Se quedó callado y agradeció por estar allí.

Nadie de los que habitaban la casa tenía trato con ellos, si acaso un saludo. José Manuel hacía esfuerzo por entablar conversación con alguien. El sábado, que ya no era día de trabajo, se puso en la parte de atrás a lavar su ropa. Cuando se disponía a empezar, una mujer bastante mayor se acercó y le dijo que allá detrás de esos árboles había un arroyo, que bien podía lavar la ropa allí, “porque el agua aquí no llega siempre y luego se gasta”. El gesto retrechero de la mujer era para él una bendición, justo lo que quería, llegar a ese lugar sin levantar sospechas. Le preguntó si no había peligro en ese lugar y ella, en forma destemplada, le respondió: “Qué peligro va a haber, hasta es mejor que se bañen por allá”.

Con ese inicio tan inamistoso empezó su relación con esta mujer, que era la empleada que por muchos años había servido a esa familia. Hizo acopio de paciencia y utilizó cuanta experiencia tenía para tratar a una persona mayor. Vio que caminaba con dificultad, quejándose y renegando porque no le habían comprado la medicina. Al final de la tarde José Manuel le trajo un medicamento que le aseguró le quitaría el dolor y la hinchazón, él lo había probado muchas veces con su abuelo y luego con Garrido. Con ese gesto se ganó su amistad y de allí en adelante fue fácil disfrutar de su confianza. No tuvo que preguntar mayor cosa para que ella le contara muchas historias. “Yo me conozco cada rincón de esta casa y de este pueblo y, por qué no decirlo, de esta región”, le presumía. José Manuel aparentaba estar impresionado por lo que ella le contaba, con lo que avivaba su vanidad. “¡Vaya, usted es como un libro!”. “Gracias”, dijo ella. “Además he leído mucho, todavía conservo los libros que eran de don José Manuel Guzmán Loreto, el antiguo dueño de esta casa”. El Joven quedó sin palabras al oír ese nombre, ¿sería familia de él? Siguió escuchando. “Cuando su hijo desapareció, leía casi todo el tiempo. No se supo más de él, tuvo que haber muerto, aunque don Manuel esperaba que volviera, pero todo hacía pensar que había muerto en el deslave; es que a pesar de que le había dicho a su padre que iría a la capital, fueron muchos los que lo vieron subirse en un transporte hacía La Sabana, que era un pueblo que quedaba como a dos horas de aquí. Allí hubo un deslave tan grande que enterró a casi todo el pueblo”. José Manuel murmuró: “¡Mi madre!”. “¿Tu madre?”, preguntó ella. “No, es un decir, Madre Santísima, qué tragedia”, le dijo justificando su expresión. “Sí”, dijo ella, “fue una tragedia”.

Siguió contándole que su jefe era muy generoso y muy trabajador. “Tristemente tuvo problemas con su hijo, luego enfermó y poco a poco se fue acabando. El joven José Manuel había tenido un hijo con una mujer que trabajaba aquí y que era cinco años mayor que él. Cuando ella estaba en estado se fue y regresó después de un año, ya traía el niño, pero ella nunca dijo quién era el padre; luego don Manuel se enteró por otros medios. Se disgustó mucho y la echó. Siempre dije que debieron decir la verdad, seguro él hubiese entendido. Nunca más se supo de ella, a lo mejor murió en el deslave, porque al parecer se fue a vivir al pueblo de La Sabana”.

José Manuel ávido por saber más al respecto, aunque se sentía triste. Siguió escuchando a la mujer, con mucha atención. “Imagínate”, continuó diciendo, “que ahora estos sinvergüenzas que son sus sobrinos se han apoderado de la casa y de sus posesiones, aunque no han podido disponer de los inmuebles porque según se dice hay un testamento, que nadie ha visto; claro que ellos rezan para que eso no sea verdad. Están esperando que pase el tiempo para que prescriba el asunto. Temen quedar en la calle”.

Sin habérselo propuesto había descubierto tantas cosas sobre su pasado, que jamás imaginó. No le quedaba duda de que ese José Manuel Guzmán Loreto era su abuelo. ¡Dios, cuántas cosas más tendría que saber! Ahora entendía por qué su tío abuelo le había pedido que dijera su apellido solo si era necesario.

Ya había identificado el árbol debajo del cual había escondido lo que le encargó el anciano, aún estaban las piedras en el mismo lugar donde él las había dejado. Sintió alivio y tuvo fundadas esperanzas de que el paquete siguiera allí y de que estuviese en buen estado. Siguió yendo todas las tardes al arroyo con el pretexto de bañarse y lavar la ropa, aprovechando para estudiar la mejor forma y momento para recuperarlo.

Faltando tres días para volver a la ciudad, encontró el momento propicio, cuando los miembros de la familia junto con los habitantes del pueblo participaban de una celebración importante. Con mucho cuidado se dirigió al lugar que él había reconocido y después de cavar sacó el paquete, retiró el plástico y cuidadosamente lo abrió. Ahora estaba seguro de que era el testamento que había hecho su abuelo, en el que dejaba como heredero a su padre y, de no aparecer éste, sería beneficiario su nieto. Apenas si lo hojeó, estaba en extremo nervioso. Desde ese momento ató en su pierna el documento que era de tanta importancia en su vida. Pronto se iría del pueblo y no estaba seguro si había encontrado una familia o un problema por lo cual tendría que asesorarse y pensar bien sus decisiones.

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  • Estoy muy agradecida Isabel por tus comentarios, de ayer y de hoy, en ningún momento lo vi con otra intención, sino como un buen comentario. Agradezco tu tiempo para leerme y regalarme tus comentarios. Me hace muy feliz porque se ve que conoces mucho del asunto. Nuevamente gracias y recibe un abrazote.
  • Este relato no tiene valoraciones
  • No estoy segura en que categoría va. Los invito a leerlo, aunque sea hasta la mitad.

    Para muchos las casualidades se dan muy a menudo, para otros no existen; lo cierto es que hay hechos que nos hacen dudar.

    Hay momentos en la vida en que se nos presentan dificultades que no está en nuestras manos resolver. Cuando reconocemos nuestras limitaciones nos damos cuenta que necesitamos aferrarnos a un sueño para poder sobrevivir y tener una fe inquebrantable para saber esperar.

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A temprana edad me apasioné por la lectura, y más tarde descubrí mi afición por escribir. Al publicar lo hago con la esperanza de llegar a quienes les gusta leer y conocer nuevas historias. Agradeciéndoles desde ya, por su tiempo.

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