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14 min
CAZADORES DE DESTINOS
Suspense |
10.01.15
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Sinopsis

Decisiones...

Sábado 16: Fiesta de egresados.

 

– ¡Una cerveza para mí y otra para mi amigo que ayer terminó el colegio con un noventa y ocho en química! – le gritó “el Gordo” Eric al empleado de la barra.

Lo decía con orgullo mientras abrazaba a su amigo Víctor, quien el miércoles había obtenido la calificación más alta en el examen de toda la región. A la mañana siguiente ya tenía ofertas de tres universidades de ciencias, para estudiar con una beca completa.

– Yo invito, Einstein – dijo Eric.

– Einstein era físico, yo obtuve noventa y ocho en química – le corrigió Víctor.

– ¿Lo ves? Eres todo un cerebro.

Eric era ignorante, pero era de lo más gracioso. Víctor se rió de su amigo y lo sujetó por el cuello, y así se fueron juntos, y se pusieron a bailar con las cervezas en la mano.

Treinta minutos más tarde ambos estaban ya borrachos.

– ¿Te cuento un secreto? – dijo Víctor mientras se sostenía del hombro de su amigo –, rompí las cartas.

El joven se echó una carcajada ante la mirada incrédula de Eric.

– Las cartas de las universidades… ¡Las rompí! Quiero estudiar arte, quiero ser como Escher, o como Magritte. ¡Quiero ser un artista de vanguardia como Kravchenko!

– ¿Como quién? – preguntó estupefacto.

Eric no recordaba aquellos nombres, mucho menos con la cantidad de alcohol que llevaba encima.

– Enviaré mi currículum a la universidad de arte, es ahí a dónde quiero ir – dijo Víctor.

– ¿Pero estás loco? No te aceptarán. El gobierno no permite esas cosas.

Era cierto lo que Eric decía, era muy difícil que aceptasen a alguien en la universidad de arte, había solo una en toda la región.

– Obtuve ochenta y seis en mi examen de artística, fui el mejor de la clase.

– Es verdad, pero no te aceptarán solo por eso. Además, si ya te enviaron las ofertas para estudiar ciencia, deberías elegir una de esas facultades.

– No discutiré contigo, Gordo. ¿Sabes por qué? ¡Porque ahora quiero seguir bailando!

Víctor saltó al medio de la pista y empezó a moverse como un loco. En su último examen de danza y música había obtenido dieciséis puntos, pero eso a él no le importaba. Víctor comenzó a bailar del único modo en que sabía hacerlo: moviendo ambos brazos juntos, hacia un lado y hacia el otro, a la vez que realizaba un ridículo movimiento pélvico a destiempo con la música y con el resto de su cuerpo. Su amigo Eric se reía de él, pero con veintitrés puntos en el mismo examen, él no lo hacía mucho mejor.

Un remolino de colores rodeó a Víctor, varias amigas lo saludaron felicitándolo, pero él seguía perdido en la melodía y en sus sueños de artista.

Entremedio de esos rostros que se confundían y de esos movimientos a toda velocidad, hubo algo al otro lado del salón que se mantuvo estático.

Víctor no alcanzó a reconocer al sujeto que lo observaba, ya que apenas podía ver el rostro de Eric, que estaba a sólo dos metros de él. De pronto el extraño comenzó a imitarlo, moviendo los brazos juntos hacia un lado y hacia el otro, del mismo modo en que él lo hacía. Víctor entonces se detuvo y su imitador también.

– Oye, Gordo… ¿conoces a ese?

El giro de cabeza de Eric fue demasiado brusco para el estado de su estómago. Cuando notó que el Gordo comenzó a hacer arcadas, lo empujó hacia el costado y éste terminó vomitando en medio de la pista, mitad en el suelo y mitad sobre una desdichada muchacha.

La textura del vómito le recordó a los cereales que desayunaban sus padres a diario, y ese recuerdo terminó por darle  más asco que el propio vómito. Luego buscó con su mirada al extraño sujeto al otro lado del salón pero no lo pudo encontrar.

A Eric lo fueron a buscar dos hombres enormes, y lo echaron del lugar. Víctor los siguió un poco rezagado, para acompañar a su amigo.

A la mañana siguiente no recordaba gran cosa de lo ocurrido. Pero sí se acordaba con claridad  al misterioso sujeto que imitaba sus pasos de baile.

 

Domingo 17: La exposición de Kravchenko.

 

Víctor estuvo con una fuerte resaca durante toda la mañana, pero aquello no le hizo olvidar la cita que tendría por la noche en la galería nacional de arte. Hacía meses que había adquirido su entrada para asistir a la exposición del artista más vanguardista del momento: Kravchenko.

Las obras del gran artista deleitaban a sus seguidores, de igual manera que desarbolaban las mentes simples de sus detractores. Era arte en estado puro, conceptualismo-romántico, lo llamaban los primeros, y arte-basura los segundos. Sea como fuere, Kravchenko no dejaba indiferente a nadie; era un oasis de esperanza en un mundo gobernado por la  regular obediencia. Al menos así lo veía Víctor.

– ¿Irás a la exposición del ruso ese? – preguntó su padre durante el desayuno.

El arte de Kravchenko reflejaban lo mismo que Víctor llevaba en su interior: una lucha constante entre sus sueños y sus obligaciones, entre una vida arriesgada y una rutina. Pero su padre no lo comprendía.

– No es ruso, es lituano – respondió Víctor.

Su padre rió mientras se servía otro plato de cereales.

– ¿Lo ves? Eres todo un cerebro. No desperdicies tu vida, hijo. No pierdas el tiempo con sueños locos que no te llevarán a ningún lado, debes seguir tu destino.

“Tú sigue comiendo tus horribles cereales y déjame a mí disfrutar de la buena vida”, pensó el joven. Luego se sirvió otra porción de tocino y se dirigió a la casa de su amiga Sofía, quien iría con él a la exposición.

Sofía se hizo fanática de Kravchenko por Víctor, o más bien fingía serlo para agradarle más a su amigo.

El joven recordó las palabras de su padre mientras contemplaba una de las esculturas de Kravchenko que más le gustaban: Y nadie más. Un hombre que se hundía en arenas movedizas y era rescatado por otro exactamente igual a él. Sucede que hay momentos en la vida en donde el único que puede salvarte eres tú mismo; o al menos así es como Víctor interpretaba aquella obra.

Kravchenko mostraba un mundo en un instante y Víctor adoraba eso de él. El muchacho estaba perdido entre aquellas desgarradoras esculturas y apenas prestaba atención a Sofía, que le había acompañado y que parecía sentir cosas por él.

Otra obra que observó con fascinación fue Sueños de un hombre normal, en donde se veía un payaso arriba de una bicicleta, cayendo por un precipicio.

– Mira, Sofía – dijo Víctor –. Esta escultura retrata la idea de que para perseguir ciertos objetivos se debe dejar todo atrás; aunque también se la puede interpretar de otras maneras.

El joven continuó hablando de la obra todavía durante varios minutos. Sofía soportaba su perorata por tratarse de él, aunque hacía tiempo que había perdido el hilo de la conversación. Sofía estaba embelesada con los rizos negros de Víctor, que caían desordenados por su frente, dándole un aspecto salvaje, que correspondía en cierta forma con su personalidad inconformista. Pero de pronto algo lo interrumpió:

– ¿Lo viste? – preguntó Víctor – Ese hombre nos estaba observando y cuando me di cuenta se dio la vuelta.

El fisgón se había escondido detrás de una columna. Los dos amigos fueron a buscarlo, pero entonces comenzó a correr.

– ¡Oye! ¡Tú! – gritó Víctor – Te conozco, te vi anoche en la fiesta, dime qué es lo que quieres o déjame en paz.

El misterioso sujeto no contestó y siguió corriendo.

Víctor regresó a su casa malhumorado y, al ingresar, el teléfono sonó junto a él:

“Número privado”

– Es la quinta vez que suena y no aparece el número – dijo su madre –; además, siempre que atiendo el teléfono se corta.

– Hola – atendió Víctor.

Nadie contestó.

– ¡Hola! – insistió.

Del otro lado se escuchaba una respiración cada vez más fuerte. Víctor colgó el teléfono ofuscado.

Dos minutos más tarde, el teléfono volvió a sonar.

– ¡Eres tú, lo sé! – gritó – ¡Deja de perseguirme!

Fue entonces cuando del otro lado, alguien imitó su voz y tono a la perfección:

– ¡Eres tú, lo sé! – gritó alguien – ¡Deja de perseguirme!

Víctor cortó la comunicación, sus ojos estaban ampliamente abiertos y su tez se puso pálida.

– ¿Qué ocurre, hijo?

En ese momento vio a alguien asomado a la ventana observándolo desde el jardín. Se trataba de un hombre con una máscara de arlequín blanca, con un rombo rojo en un ojo y uno negro en el otro. El joven salió corriendo pero ya no quedaban rastros del invasor.

Volvió a meterse en la casa. Algo le había resultado familiar en aquel hombre. Tras no poco tiempo dedicado recordar la familiaridad que el intruso le había evocado en algún lugar inaccesible de memoria, dio un salto a la vez que gritaba “¡la máscara!”.  Subió las escaleras corriendo en dirección  al pequeño desván. Tras tropezar varias veces con los escalones, que iba saltando de tres en tres, entró en la buhardilla. Sabía dónde debía buscar, así que abrió la tapa del viejo baúl que guardaban al fondo, junto a la pequeña claraboya, que proveía a la estancia de la escasa luz que la iluminaba.  Tuvo que rebuscar un poco entre los álbumes de fotografías guardadas en el cofre de madera natural, algo corroída ya por el tiempo. Pero no tardó en encontrarlo. Lo cogió y lo acercó a su rostro para observar los pequeños detalles. Estaba en lo cierto, la máscara del baúl era idéntica a la que portaba el desconocido que había visto a través de la ventana.

 

Lunes 18: Entrega de diplomas.

 

El teléfono sonó toda la mañana, en ocasiones atendían e insultaban al que llamaba; otras, lo dejaban sonar. Llamaron nueve veces, pero a Víctor le pareció como si hubiesen sido cientos.

Se puso la corbata frente al espejo, pero allí solo podía ver reflejado al hombre de la máscara de arlequín.

– Víctor – dijo su madre –, no hay tocino. ¿Por qué no comes un plato de cereales?, te ayudará a sentirte y verte mejor en la ceremonia de hoy.

A Víctor le dieron más náuseas que cuando vio vomitar a Eric en la fiesta del sábado. No es que no le gustara el sabor de los cereales, jamás los había probado, tan solo ver a su padre comiéndolos cada mañana le provocaba rechazo; el mismo rechazo que tenía a una vida rutinaria, llena de obligaciones y fórmulas químicas.

Al llegar al colegio se junto con todos sus compañeros, en el acto había mil y un jóvenes vestidos de toga negra y birrete.

Llegó el turno de Eric Babbard de subir al escenario:

– ¿Qué pasó con la borla de su birrete, señor Babbard? – le preguntó un profesor en las escaleras.

Eric la había perdido, no sabía ni dónde.

– Ni me había dado cuenta de que no la tenía – rió Eric.

– ¡Suba de una vez! – ordenó el profesor.

Todos aplaudieron cuando Eric alzó los brazos arriba del escenario; era sin dudas el más querido por sus compañeros.

Luego le tocó el turno a Víctor. La celebración fue menor, aunque los profesores compensaron bastante aplaudiendo a quien había sido uno de sus mejores alumnos.

En medio del discurso vio a su acosador sentado entre sus compañeros. Llevaba una toga, un birrete y su sempiterna máscara de arlequín.

Víctor saltó del escenario con determinación. Corrió tras el extraño que lo espiaba desde el sábado. El misterioso enmascarado huyó. Ambos iban a la misma velocidad, podría decirse que estaban sincronizados en aquella trepidante carrera. La distancia entre los corredores permanecía constante, el más pequeño detalle podía decantar el resultado de la persecución.

El hombre de la máscara de arlequín se volvió para comprobar la distancia que le separaba de su rival y entonces tropezó; la suerte se había decantado del lado de Víctor.

Lo alcanzó y le saltó encima, usando sus rodillas para presionar sus omoplatos con fuerza. El arlequín estaba inmovilizado, y sus esfuerzos por liberarse solo le causaban dolor y aumentaron su frustración.

– ¿Qué demonios quieres? ¿Por qué no me dejas en paz?

– Intentaba aprender de ti, supieron que tiraste las cartas de las universidades y que no haces más que hablar de arte. No debiste hacerlo, ahora estás sentenciado. Quién sabe lo que será de ti…

– ¿Pero de qué estás hablando? ¡Vamos, di!

– Todos tienen uno, en caso de que no quieran seguir su destino. Mejor vete antes de que lleguen…

Víctor le sacó la máscara de arlequín y se echó hacia atrás liberándolo. Tras la máscara había un muchacho que era exactamente igual a él.

Verse a uno mismo llorando frente al espejo es un espectáculo desgarrador, pero no es nada comparado con lo que le sucedió a Víctor en ese momento; su doble lloraba lleno de temor por su propia vida.

– Solo seguía órdenes – continuó el doble de Víctor –, pero ahora no me importa si me matan. No quiero hacerte eso. Si tú haces lo que debes hacer y tienes una vida plena, yo estaré feliz y será como si yo viviera también. Si se enteran de que me has descubierto acabarán también conmigo. Debes irte antes de que lleguen – su voz temblorosa caló en lo más profundo del alma de Víctor.

– ¿De quiénes hablas? – preguntó Víctor –, ¿del gobierno?, ¿de dónde has salido?, ¿cómo es que…

En ese preciso momento alguien llegó y le golpeó la cabeza haciendo que perdiera la conciencia.

 

Martes 19: La inscripción en la universidad.

 

El teléfono sonó, pero esa vez el visor mostraba que el llamante era Eric:

– Hola, señora Adam – dijo el Gordo – ¿Se encuentra Víctor en casa?

– Buenos días, Eric. Salió esta mañana antes de que despertáramos. Dejó una nota diciendo que se iba a anotar en la universidad de ciencias.

Después de colgar el teléfono, la señora se dirigió a la mesa para desayunar con su marido.

– Me alegro de que haya tomado la decisión correcta – dijo el padre de Víctor mientras se atragantaba con un plato de cereales –. Le dije que lo mejor era que estudiara aquello para lo que realmente está dotado, en lugar de aquello que es solo una pasión.

– Sí – dijo algo afligida –, supongo que es lo mejor.

Luego advirtió que junto al suyo había otro plato.

– Querido… ¿de qué es ese plato sucio que dejó Víctor?

– Por lo que veo, desayunó cereales – dijo el hombre.

– Pero él los odia – dijo ella sin terminar de creer lo que estaba viendo.

– La gente cambia, querida; la gente cambia...

 

FIN

 

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