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33 min
Centinela, el ángel guardián Capítulo 1: Trucar la voluntad
Fantasía |
28.02.15
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Sinopsis

''Cada vez que alguien vaya a ser manipulado, allí estaré yo. Cada vez que alguien vaya a ser extorsionado, allí estaré yo. Cada vez que alguien vaya a ser amenazado, allí estaré yo. Cada vez que alguien vaya a ser obligado, allí estaré yo. Centinela, el defensor de la voluntad que lucha por emerger las decisiones propias y la libertad, tirando al infierno las decisiones trucadas por agentes externos'' ~Robert Radcliffe, El primer ángel oscuro.

13-10-2036

22:05

Casino Blackheart, Las Vegas

 

-Lo siento, señor, otra vez el negro. Esta ruleta no esta muy roja hoy, le faltan llamas -dije con una pícara sonrisa de crupier- Pruebe más suerte de nuevo, ¿Quizás en el rojo otra vez? -burlé enrollando uno de mis dedos en unos cuantos de mis cabellos blancos, los cuales caían por mis hombros como cascadas.

 

Los camareros pasaban vestidos de etiqueta, su aspecto era impecable y pulcro como una perla. Los hombres llevaban una corbata azul y negra a rayas, las mujeres un escote para incitar a tomarse una copa o dos -ver más apetecible, aún, el alcohol-. Un jugador borracho, no podía ganar una partida de póquer, ni mucho menos de blackjack y eso era muy bueno para el negocio. Cada turno de dos horas, las mujeres iban llevando cada vez menos ropa y los hombres metían más morfina en las copas.

Las bandejas eran llevadas por impuras manos de barajas trucadas y ''trabajos manuales'' en el baño. Si la plata purificase con puño ígneo, todos mis compañeros de trabajo arderían ahora mismo en el infierno. Sus peinados eran como torbellinos de llamas amarillas anaranjadas, y sus ojos eran tapados por un antifaz, cosa que no dejaba claro si esto era un casino o una orgía Illuminati.

 

- Esta noche, esta jodida noche, me he casado con una bailarina de streaptease y he perdido todo mi dinero -su nariz se agitó en signo de furia, junto a un ceño fruncido-

Tire su ruleta del diablo, que yo ya estoy en el puto purgatorio y ya tengo metido el tridente hasta el intestino delgado y subiendo -farfulló entrecerrando los ojos y apoyando los codos sobre el tablero, su mirada estaba muy concentrada. Juntó las manos, entrelazando los dedos, expectante.

 

El hombre llevaba una ropa extravagante, como si fuera un Elvis zombi diseñado por la mente de Tarantino. Su rostro estaba desgastado, quemado por el sol y con unas mejillas que eran llanuras en el desierto, kilómetros y kilómetros de arena, dunas de arrugas -signos de su envejecimiento-. Aunque el tipo solo tendría unos cincuenta años, al parecer la vida lo había tratado muy mal, y parecía una marioneta olvidada en un taller, tirada y sin arreglar. Su pelo era un mar de café en la taza de la galaxia, una estrella azabache en un espacio incoloro.

 

- Allá vamos, señor -informé mientras cogía la bola y la lanzaba con desparpajo a su hogar- Ahora ve una cueva, ¿Dentro hay una hoguera o tan solo sombras?

 

Los demás jugadores ignoraban mi interacción con el viejo, y seguían escogiendo el negro. Su penitente silencio dejaba sacar a pasear al santo sonido de las cartas, barajadas y vueltas a barajar, junto al de las tragaperras y el carrusel, cantando su botín acumulado con la sensualidad de una ladina gata nocturna; esto era sin duda una incesante semana santa, una donde se exhibían la avaricia y la lujuria al más puro estilo del oeste.

Cada mirada entre un sobornado crupier y su cliente, era un duelo a muerte con una sola bala donde, si los pillaban

haciéndolo, serían ejecutados con una velocidad y falta de escrúpulos digna de Billy el Niño.

Cada guiño entre un obeso empresario y una camarera, era una llamada a la depravación y la repugnancia; a la venta del orgullo y la falta de dignidad dentro de tu propio trabajo

Hombres y mujeres por igual, eran títeres aquí. No eran dueños de su cuerpo, ni de su mente. Si hablan a favor del nazismo, llevarás a un oscuro rincón a un judío y lo asesinarás; si un cliente quiere saciar su instinto básico, antes de que te lo plantee siquiera ya tendrás tus bragas volando por los aires.

 

- Nunca he dado fe de tu potencial... Pero, si me escuchas.... Ayuda a este compadre de tu propia patria, Texas, Chuck Norris -imploró poniéndose a rezar, cosa que me hizo plantear lo en serio que se toman allí a ese hombre y su ''sobrehumana'' fuerza.

 

La ruleta corría como un circo romano, y la bola era su fiero gladiador montado en su cuadriga. Pasaba el negro de la muerte y el rojo de la sangre sin detenerse, olfateando la cálida hemoglobina y sintiendo escalofríos por las gélidas manos de la parca. Finalmente, decidió quedarse quieto el carro y sus cuatro caballos, deteniéndose en un hueco de color.

El silencio se hizo en toda la mesa, no daban crédito a lo ocurrido. La bola relucía plateada y tenía sombras rojizas reflejadas, pues cayó en zona roja.

 

-Diecinueve, rojo -apunté sonriendo- Tan cerca, a dos puestos de este estaba su estrellado treinta y dos -pinché mientras recogía todas las fichas de los que anhelaban el repetitivo negro, y disfruté de los grandes beneficios para la banca.

 

La cara del texano era fría y espectral. Aspiró aire por las napias muy profundamente, y luego lo soltó decepcionado con sus grandes expectativas de este sitio. Vino con el dinero sacado de vender unos terrenos, cultivados durante muchos ardientes años, y se fue con una esposa no deseada, pobreza y -lo peor de todo- un cutre disfraz de Elvis comprado en la tienda de souvenirs, el cual -como ya dije anteriormente- era muy extravagante y estaba muy lejos de quedarle bien. Era como ver a un mafioso donando dinero a un hospital, sospechoso y alarmante.

 

- Mmm... -solté pensativo y metiendo la mano en el bolsillo de mi traje, el cual escondía cincuenta dolares bajo un pañuelo de seda muy caro- Seguro que está cansado, y solamente puede pensar en volver a su hotel y descansar o echar un polvo increíble con su ''querida'' chica, ¿Tiene dinero para un taxi? -interrogué mientras le acercaba el billete, ofreciéndoselo sin esperar nada a cambio -nada, excepto que no pensará que soy un capullo por mis comentarios de mal gusto-

 

Durante unos segundos se mantuvo cabizbajo, humillado por tener que coger el dinero de un joven. Al final, su mano se extendió sin alzar cabeza, y sus pupilas entraron en cenit para apuntarme con una pistola cargada, llamada respeto.

 

- ¿Como leches te llamas, joven bastardo? -susurró a regañadientes, enfadado consigo mismo por haber venido aquí y con cierto interés por mi, tal vez para enviarme sicarios por ser un pequeño cabrón, o tal vez para devolverme el favor algún día.

 

Todos se abrieron en abanico, alejándose de -el ahora intimidante- perdedor. Los demás jugadores comenzaron a susurrar como si lo conocieran de algo, como si antes en su estado pacífico fuera irreconocible, pero ahora inconfundible en su estado ofendido.

 

- Robert Radcliffe, ¿Y usted? -pregunté sacando la bola, y prosiguiendo a oprimirla dentro del puño-

 

Se escuchaban pasos de la patrulla, Fausto Octavius se acercaba. Ese humano creía estar cerca de Dios, se creía el nuevo mesías y el futuro heredero del Casino Blackheart. Su gabardina blanca ondeando a su paso, su camiseta azul de misionero y marine -la cual marcaba una musculatura regular, y una constitución aceptable para ser un ''hombre de El Señor''-, su cinturón de cuero sujetando esos pantalones color caqui de soldado y acabados en el suelo por unas gruesas botas de goma, las cuales daban fuertes pisadas de titán.

Era de origen alemán, raza pura aria y rubio como por ello debía ser. Llevaba unas sofisticadas gafas endebles y parecidas a una varilla de cristal girando sobre sin romperse sobre una aguja, pues su nariz era afilada y puntiaguda. Sus ojos eran en forma de trapezoide, como un rectángulo con uno de sus lados triangular, ello le daba una porte imponente y misteriosa. Sus labios solamente mostraban dos cosas siempre: Desprecio y asco, como un bisonte tintado de un naranja pigmentado al rojo y quemado por años errantes por toda la soleada América. El lóbulo de su oreja derecha llevaba un enigmático pendiente de tres plateadas figuras -vistas de varios tonos de gris danzando entre ellos, como en una perfecta coreografía de demente discordia-, abrazadas entre si por diminutas cadenas doradas: Primero una estrella muerta -futuro agujero negro-, luego una cruz -pues le practicaría la crucifixión a su propia madre, si hiciese falta- y, por último, una pluma de cuervo manchada por sangrienta tinta -símbolo de que, algún día, le sacaría los ojos al jefe y, él, sería el nuevo magnate de este establecimiento.

 

- Señor Bob ''La flecha'' Petersong, que raro se me hace verle sin un arco -apuntó con una voz idéntica a la de Jose Luis Bajo, el actor de doblaje de Charlie Sheen y Bryan Griffin.

 

Todos se levantaron y cambiaron de mesa, con la porte totalmente pálida como si hubieran muerto de miedo. Fausto había tirado la moneda -Petersong-, y no había salido la cara buena y tranquila, típica de ese hombre. Ahora parecía un minotauro, listo para maniatar a Octavius y dejarlo en un laberinto, paciente para verlo fallecer en una de sus trampas.

 

- Aquí no hay nada que asesinar, todos parecen buenas personas, ¿Por qué debería venir a buscar sangre? -acusó con una mirada, por el rabillo del ojo, que mataba como una de sus flechas- No sé que imagen has puesto aquí de mí, pero soy un justiciero -afirmó con la conciencia tranquila y se levantó metiendo el billete que le di en el bolsillo izquierdo de sus pantalones.

 

- Justicia, ¿Así llamáis en Texas a ejecutar policías que solamente iban a deportar sucios mexicanos? -escupió con asco, mientras se levantaba las gafas con cierto punto intelectual y una cara de meticuloso estratega, el cual llevaba a cabo un plan.

 

- No, llamamos justicia a evitar asesinatos de unos antidisturbios sin cerebro contratados por enchufe; llamamos justicia a quitar de en medio a chorizos de sangre fría -apretó los dientes y dio una palmada contra la mesa, la cual hizo botar la bola y caer en el nueve tras unas locas vueltas.

 

Él intentó irse sin armar bronca, no caer en su juego el cual era hacer creer a todo el mundo que, él, era un vulgar arrebatador de vidas y no un humano, sino un monstruo. Fausto era como un reloj de arena, el cual giraba convirtiendo los pecados en milagros, y los milagros en pecados, cosa que le venía muy bien para tomarse la palabra de Dios por su propia mano, y traducir el latín como le viniera en gana, rehusando de los diccionarios e, incluso, del Papa.

 

Uno de los cuatro hombres, el cual vestía igual que los demás, lo detuvo extendiendo el brazo para bloquearle el paso. Llevaba un casco azul con una visera negra de cristal anti-balas, el cual tenía forma de letra ''m''. La camiseta era más bien como la armadura de un gladiador, color añil. Sus brazos llevaban por todo el antebrazo un mitón, el cual era turquesa y llevaba una cruz marrón dibujada en la parte superior. Su pantalón era normal, azul marino y muy caro.

 

- Vamos, vamos... En cuanto supe que estabas aquí, vine a traerte un regalo pacífico y de buena fe -sonrió ladino y muy seguro de sí mismo.

 

Entonces, el que le había detenido sacó una bolsa de fichas valorada en millones, y se la entregó. Había toda una manada de pumas encerrados en esto, pues Fausto no era exactamente el típico altruista, el cual nunca espera obtener nada a cambio de sus hazañas. Él era un inversor, el cual obedecía por grandes cantidades a quién pudiera pagarle.

 

- ¿De buena fe? ¡¿Buena fe?! ¡Tú no tienes de eso! -dijo tirando el saco al suelo- ¿Acaso crees que puedes comprarme con un montón de sucia pasta? Yo no soy tú. Si fuera por ti, los concesionarios de cada iglesia cobrarían mil dólares por cada sesión -señaló, delatando su bien conocida avaricia, la cual en realidad era un secreto a voces.

 

- Ja, ja, ja -rió mientras se llevaba la mano derecha a la frente, e inclinaba la cabeza hacia atrás- No te pediré nada a cambio, mala bestia. Simplemente, es tuyo, a cambio de un pequeño requisito, claro -aclaró, mientras juntaba ambas manos y el pulgar se arqueaba juntándose, junto al dedo adyacente, mientras los demás se entrelazaban.

 

Ahora todo tenía sentido. Esta escena era para mí como ver la televisión, cada día me tragaba otro episodio de este culebrón que son las maldades de Octavius. Petersong no saldría bien de todo esto.

 

- Lo sabía, era obvio -suspiró, calmando sus humos e intentando no empezar a repartir hostias- Dime ya el requisito, así podré rechazarlo e irme a dormir, ¿Acaso no sabes a la hora a la que sale mi avión? -dijo retóricamente- Tendré que madrugar bastante, y seguro que la parienta quiere retozar, y echar un kiki, antes de dejarme dormir tranquilo.

 

- Ja, ja, ja -seguía riéndose- ¿Fuiste víctima de las fulanas de aquí? Te sorprendería la de divorcios que se llevan a cabo aquí cada día, el matrimonio medio dura dieciséis horas -vaciló burlesco-

 

- Este sitio solamente me está trayendo desgracias.... y la peor fue encontrarme a este payaso -pensó apretando el puño, con paciencia de inglés para no partirle la cara y prosiguió reflexionando para sí- Mi patria tiene muy mala fama, fama de analfabetos y mentes cerradas... -pausó levantando el sacó- Gente como tú, que vería normal que hubiésemos agarrado a esos inmigrantes mientras los antidisturbios los ejecutaban, crean los prejuicios -gritó en su interior, mientras ambos brazos permanecían muy tensos- ¡Dime de una puta vez el maldito requisito! -exclamó con la voz de un coloso en llamas-

 

- Vale, vale -dijo, enfatizando subiendo un tono la voz en el segundo de ellos- Debes apostarlo todo al treinta y dos rojo, una sola vez -soltó con una sonrisa de oreja a oreja.

 

Viendo que iba a dar Petersong otra palmada contra la mesa de juego, agarré veloz la bola y la puse a salvo en mi mano. Si se pusiera a dar botes libre, de nuevo, posiblemente se perdiese entre piernas de clientes y camareros.

 

- Señor Radcliffe, por favor, tire la bola en su ruleta, quiero irme de una vez -aclaró su opinión de todo esto, impasible e ignorante ante la cantidad de dinero que tenía.

 

- De acuerdo, señor Petersong -afirmé obediente y mandé al frente de batalla, una vez más, al romano con su cuadriga para que recorriese los campos de rosas rojas y negras.

 

La bola comenzó a dar vueltas, y uno de los Cristos Azules -nombre puesto a sus patrulleros- comenzó a contar las vueltas:

 

- Una, dos, tres... -iba muy rápido, a una velocidad constante y extrema como la bola- ochenta y cuatro, ochenta y cinco, ochenta y seis... -en los altavoces del casino comenzó a sonar a todo volumen ''Staying Alive'' y poco a poco fue deteniéndose.

 

El que había entregado la bolsa estaba muy nervioso, como si temiese por el resultado, como si dependiese su vida de ello.

 

- Dios... ¿Por qué a mí? -murmuró mirando al suelo y viendo pasar su vida pasar ante sus ojos-

 

- Y... -alargó la letra, como si faltasen segundos para que se parase, pero las décimas pasasen muy lentamente- Y... ciento veinte vueltas dio.

 

Ya había caído, y el patrulla deseaba comenzar a gritar ''¡No! ¡No! ¿Por qué a mí?'', pero simplemente se sentía mudo con los huevos de corbata. Yo aspiré aire sorprendido, y el señor paso a tener los ojos totalmente abiertos, perplejos y como platos.

 

- Felicidades, Petersong, ahora tiene algo que perder en el divorcio -expuso Fausto con una maquiavélica sonrisa.

 

- Bueno -sonrió ilusionado-, ella firmó la separación de vienes -dijo entre carcajadas y pensó ''chúpate esa, maldito bastardo''.

 

Le di todas las fichas que se había ganado, y le estreché la mano educadamente, con una sonrisa que tenía la misma razón de ser que la suya, ver perder a Fausto. Pero, lo peor, es que se comportaba como si hubiese ganado.

 

- ¿Sabe dónde esta el puesto que cambia fichas por dinero? -preguntó conociendo perfectamente la respuesta que daría.

 

- ¿Acaso no es el mismo puesto que cambia dinero por fichas? -interrogó sintiendo que le iban a estafar, pero en realidad tenían razón y no era el mismo sitio.

 

- ¿Acaso venden hamburguesas en un matadero? No sea estúpido, señor Petersong, claro que no lo es -puntuó introduciendo la uña del pulgar dentro de la del índice, limpiando las impurezas y, más a trasfondo de ello, dando un mensaje, el cual solamente el entendía, de que todo estaba saliendo bien.

 

- Chico, ¿Dice la verdad? -me preguntó sin dar creencia a Octavius- De ti si me fío, de él no -me dijo con un rostro serio.

 

- Oh... pero cuan ofendido me hallo -vaciló Fausto con una sutil risa-

 

- Bueno, la verdad es que sí -afirmé rascándome la nuca, metiendo la mano entre las aguas blancas que son mis cabellos.

 

- Hasta la próxima, Robert -dijo sonriendo e introduciendo la mano en su bolsillo, sacando el billete y devolviéndomelo- Ya no te debo nada, pero si alguna vez necesitas ayuda, no me quedaré quito -bromeó primero, y prosiguió muy serio.

 

Los Cristos Azules lo escoltaron y Fausto se dirigió hacia el ascensor, para volver al trigésimo octavo piso y seguir siendo lo que es, un tigre a la espera de que su domador baje la guardia y, así, quitarlo de en medio para su total libertad y caos. Entonces, todo comenzó a cobrar sentido.

¿Iban a canjear fichas? No, y lo mejor es que a Fausto no le hizo falta orquestar nada, sabía perfectamente que esta obra se dirigiría por sí misma. Su ruta era el camino contrario, izquierda en vez de derecha,directo al largo pasillo que llevaba a las escaleras, El Pasillo de las Ejecuciones.

 

Reaccionando sin pensar. Dejé la mesa libre y los seguí, abriéndome paso entre putas y borrachos cuarentones.

Mis oídos intentaban escuchar los pasos de esos azules y seguirlos, pues la visión era muy reducida. Entonces, un camarero me paró, estaba contratado por Fausto para que no me interpusiera en el camino de los Cristos Azules.

 

- Disculpe, ¿A dónde va tan deprisa? -amenazó mientras sacaba de su bolsillo una jeringuilla con morfina suficiente para dormir a un gigante.

 

Al ver ese arma, pensé en que era obvio que él pensara en mí yendo a ayudar a Petersong. No tuve tiempo de crear una excusa, debía hacer algo rápido e ingenioso; un plan maestro, pero espontáneo.

 

- ¡Vete a dormir a tu puñetera madre! -le grité mientras le dejaba tirado en el suelo autocompadeciéndose, pues le había asestado una fuerte patada en los huevos.

 

Tras ese gran uso de mi portentosa inteligencia, corrí mientras al tipo se le caía la máscara y dejaba ver un rostro patético de persona manipulable. En ese momento no me fije, pero él era algo diferente, pues no tenía el pelo amarillo ni arremolinado, lo tenía negro y con un flequillo en forma de pico con mechas azules. Su rostro era aplastado como el de un pitbull o un cerdo, era una persona diferente al modus operandi corriente de Fausto Octavius a la hora de contratar a sus camareros. Su corbata era naranja y roja, en lugar de azul y negra.

 

El que iba delante abrió, iban a entrar a El Pasillo de las Ejecuciones, donde lo asesinaría y tirarían su cadáver por

la ventana. Estábamos en el vigésimo noveno piso, sabían que no lo reconocerían por el rostro, quizás ni se preocupasen en investigar que pobre diablo murió -con el soborno adecuado, claro está-.

 

- ¿A dónde coño vamos? Eso no parece un puesto de canjeado -farfulló furioso, metiendo la mano dentro de la camisa, donde guardaba dos afiladas flechas por ambos lados.

 

Visto lo visto, con velocidad de pantera les clavó y sacó las varas de metal, acabando con dos de los cuatro Cristos Azules. Un segundo más, y quizás habría aniquilado a los sobrantes, pero ambos sacaron una droga especial y se la pincharon en los hombros, dejándole así con los músculos inutilizados.

 

- Joder, pobres Alfa y Gamma, ¿Verdad Ómicron? -dijo mientras cogía de un brazo a Petersong, pasándolo por encima de su hombro.

 

- Bueno, Épsilon, gajes del oficio -bromeó ayudando a llevar al preso, cogiéndole del otro brazo y pasándola también por su hombro.

 

Ambas varas cayeron ensangrentadas junto a los cadáveres, y muchos camareros -tras oír la caída de los cuerpos y las armas- corrieron a retirar a los fallecidos, haciendo que se crease el mínimo pánico.

Para mi suerte, ellos no sabían de mi busca y captura puesta por Fausto, y me ignoraron como un ludópata más. Era increíble pensar que, tras cinco años trabajando aquí, no conociera a mis compañeros de trabajo, ni ellos a mí.

Tras cuarenta y cinco segundos -tiempo utilizado en limpiar y ocultar todo, volviendo al ambiente feliz del lugar- me asomé a la puerta y escuché la conversación que le estaban obligando a escuchar al pobre Petersong.

 

- Verás, tuve una suerte de cojones -aclaró mientras lo arrastraban- Le gané sin querer una partida de póquer al jefe, y ya sabes lo que pasa cuando un Cristo Azul hace eso, ¿Verdad Épsilon? -dijo pidiendo a su compañero que lo explicase.

 

- Sí -afirmó y prosiguió- si no acaba ese dinero perdido en la banca, en al menos seis horas, te mata -informó asintiendo con la cabeza, mirándole.

 

- Por suerte, Fausto me dejó la posibilidad de dártelo a ti y que, si alguien debiera morir, fueras tú a manos de Aureola -dijo Ómicron, tranquilo por haberse quitado ese peso de encima- Ese tía lleva guantes, ¿Sabes por qué? -preguntó sabiendo que estaba tan drogado, que no podría responder- Por que sus manos son como las del puto Rey Midas, todo lo que tocan se vuelve de oro -apuntó tragando saliva, sabiendo que el podría haber acabado como una estatua de áurea.

 

De su mitón izquierdo salió una afilada garra muy gruesa, la cual se iba volviendo más fina según iba hacia la punta. Entonces, del mitón derecho de Épsilon, salió una cámara con un altavoz, tenía una videollamada.

 

- ¡Gran Omega! ¿Qué quería su gran entidad? -halagó al que lo había llamado.

 

- Busca a Robert Radcliffe... ¡Y tráemelo ahora mismo vivo! -gritó, cosa que me acojonó bastante- ¡Voy a torturarle tanto, que deseará estar muerto! -siguió con voz de acero.

 

- ¡Por supuesto! ¡Lo traeré enseguida! -dijo corriendo hacia la salida, y yo tuve que ocultarme tras las puerta.

 

No sabía quien era ''El Gran Omega'' y me daba bastante igual, pero no subestimaría que mandase a un tío para que le pusiera mi culo en una bandeja.

Al salir, dio una patada a la puerta -como si el idiota no tuviese manos- y rebotó contra mi nariz, partiéndome el tabique. Él siguió, corriendo asustado a buscarme antes de que su superior lo castigase.

En ese momento, quería gritar y defecar sobre todas las cosas, pero entonces se daría la vuelta y me agujerearía como a un colador, y yo no soy quien para separar líquidos de sólidos.

 

La conversación siguió dentro, y yo debía pensar otro plan genial. Viendo el arma que calzaba el amigo, no podía ir y romperle los huevos con el zapato, necesitaba algo más sutil, como coger las dos varas de metal -situadas justo bajo mis pies- y correr, como un psicópata en potencia, a clavárselas en los ojos, perforándole el cerebro.

De repente, mientras corría hacia él, sin ningún otro plan y dejándome a la suerte, recordé que ese casco insonorizaba muy bien y, por ello, hasta estar delante suya no notaría mi presencia. De este modo, podría NO morir en el intento de hacerme el héroe.

 

- La ley de este casino dice que, si alguien muere dentro, todas sus pertenencias van a Aureola -dijo feliz de estar a punto de salvarse- Mira el lado bueno, en Grecia todos habrían regalado a su esposa a cambio de vivir lo que tu has vivido, viejo estúpido... -comenzó a apuñalarlo, sin oírme llegar, por los hombros y el estómago- Cincuentón de mierda, ¡Me pagaran un pastón por matar a un héroe texano como tú! -exclamó con un rostro diabólico, matándolo con fuertes pinchazos-

 

Estaba a unos metros de él. Cuando sintió mis pasos giró la cabeza, la alzó para verme en el aire saltando encima suya. No le dio tiempo a reaccionar, yo tenía demasiada adrenalina como para echarme atrás y le perforé los globos oculares llegando hasta el puñetero cerebro, y penetrando el cráneo.

 

- Joder -dijo escupiendo sangre- Llegas un poquito tarde... Robert -dejó claro mientras se volvía a meter las agujereadas tripas en la barriga, sentado sobre un charco de su propia sangre.

 

Pensé en la suerte que tenía, estaba muriéndose pero aún así se mantenía tranquilo y con la mente fría. No todos podemos morir anestesiados y drogados, para que sea todo lo indoloro posible. Sus musculosos brazos parecían ahora dos huesudos palos, dos escobas devolviéndole la ceniza a un incinerador.

 

- Yo... lo siento, Petersong -dije disculpándome, pues ese hombre se estaba muriendo y yo quizás podría haberlo evitado.

 

- Da igual... la intención es lo que cuenta -soltó tosiendo esparcidas gotas rojas por todo el suelo, agotado- Mira tu nariz, te la has roto por salvarme en una ardua pelea con el que salió a buscarte, ¿No? -interrogó, provocando que me hiciese el loco-

 

- Cla... claro, no podía dejar que trajese refuerzos, ni que me asesinase -mentí piadosamente, pues no podía decirle que fue dándome de bruces con una puerta.

 

- Oh... Lo peor de todo esto, es que esa puta va a cobrar del estado su enviudad -soltó intentando reírse y, yo, le acompañé en su última risa para no ofenderle.

 

Saqué las varas de metal, y se las devolví a su legítimo dueño. El cadáver quedó ciego, puesto en un rincón.

 

- Necesito dos favores de ti -explicó mirándome fijamente, con sangre seca pintando su barbilla-, ¿qué me dices? -interrogó moribundo.

 

- Digo que es tu última voluntad, y la llevaré a cabo; digo que tu querías irte a cabo y te obligaron a ser un afortunado estrellado -le toqué el hombro dándole mi apoyo y lo miré seriamente, como jamás antes miré a una persona.

 

- Bien, ¿Cuánto crees que tardará en volver ese Cristo Azul? -preguntó con los ojos cerrados.

 

Me puse a pensar. Su recorrido de búsqueda albergaría unos treinta y cinco minutos, más veinte de gritos y golpes de su superior por no entregarme.

 

- Hum... -me rasqué la perilla grisácea y medité todas las posibilidades- Una hora aproximadamente, ¿Por qué?

 

- Porque soy un hombre de acción, y moriré como tal -declaró, abriéndose la camisa y dejando verse una plana C4 conectada a su ombligo, prosiguiendo a encenderla y programar el tiempo dado por mí.

 

Sabía que él no podría desconectarla, que ese aparato estaba hecho para tener un punto de no retorno desde el minuto cero. No servía de nada llamarlo loco, ni zarandearlo en busca de su cordura para que lo apagase.

Mi rostro estaba en alarma, la sorpresa pintaba toda mi cara de pavor.

 

- Ese era el primer favor, ahora toca el primera -pausó y me acercó una de las varas de metal ensangrentadas, prosiguiendo- Ahora, ¡Clávame eso en el puto corazón! -ordenó sin remordimientos ni temor a la muerte.

 

Ambos nos callamos, sin saber que decir ante esta situación. Yo era solamente un tío de veintinueve años, el cual fue contratado por sus altos estudios y cualificación en un casino, como crupier. Yo debía repartir cartas, no sacrificar caballos cojos, ni apuñalar patrulleros de Fausto, ¿Qué coño había hecho con mi vida esta noche?

 

- No puedo hacerlo, jamás podría... -callé, pausando para mirar al muerto Épsilon, y volví a la conversación- ¿Tanto te duele? -interrogué, planteándome seriamente si llevar a cabo ese grandísimo favor, o no.

 

- No es por el dolor, pues tengo una herida agónica muy grande en mi mente y, esta, fue hecha por las difamaciones de Octavius hacia mi persona. El dolor físico me importa una mierda... es solamente que, ¿Para qué esperar? -me preguntó, triste por las manchas sobre su persona, dolorido por las hemorragias de las mentiras que lo convertían en un terrorista.

 

- ¿Para qué esperar? -pregunté sin mirar, y sintiendo una depresión momentánea muy poderosa, la cual me revolvió el estómago, le asesté el golpe de gracia.

 

Sus ojos sin vida fueron cerrados por mis manos. Entró en un estado de rigor mortis y la anestesia había desaparecido totalmente de su organismo. Al verme rodeado de tanta violencia, vomité por nauseas y también por la persona en la cual me había convertido en apenas una noche.

 

- Sí... eras todo un héroe -me pausé agarrando la primera vara de su mano, y la segunda de su pecho- O, más bien, un anti-héroe. Tú, Bob ''La flecha'' Petersong, has salvado vidas tachadas de insignificantes, las cuales por ello eran más valiosas y difíciles de salvar -apreté con todas mis fuerzas ambas varillas y miré a las escaleras, dejando de arrodillarme y poniéndome en pie- Tú vida es una lista incansable de méritos, estoy seguro de ello... -recé por su alma, con toda la fe que pude poner en ello aún siendo ateo, y respiré hondo- Si cuando una ventana se cierra, otra se abre -pausé mirándome, motivándome para mi nueva misión- cuando muere una leyenda, nace una nueva -dije a modo de discurso, y furioso corrí hacia las escaleras.

 

Debía subir nueve pisos, y estaría frente a Aureola y Fausto, para intentar matarlos -cosa la cual era una obvia locura, pues uno podía convertir en oro lo que tocaba, y el otro tenía un potencial secreto.

Dejé, decidido a tomar mi destino, aquella habitación totalmente blanca -con derramada sangre por todos lados- y con un silencio abisal, adyacente a un mundo totalmente ajeno con música y ronroneos mecánicos veinticuatro horas, con sus paredes rojas de cerámica y cuadros con marcos de platino.

 

Abrí la puerta, salí a la sala de las escaleras -con un extintor en cada planta- y comencé a subir piso a piso.

Trigésimo, trigésimo primero, trigésimo tercero... y al final, tras idénticas paredes recubiertas de perlas y perfume a lima, llegué a la puerta decorada con conchas, la cual daba a una enorme sala de espera para ver a Aureola.

 

De un codazo de quaterback, me manifesté en el vestíbulo de tapizados negros con rombos rojos. Las paredes estaban llenas de cabezas trabajadas por taxidermistas, había desde la de un un rinoceronte, hasta la de un tiburón ballena -que tenía su propia habitación-almacén-.

 

Las lámparas eran de araña, con rubíes y zafiros, esmeraldas y diamantes, colgando de sus ocho patas. Toda la sala olía a sección de perfumería, era repugnante y lo peor es que Aureola lo consideraba ''vital y necesario para el hombre nombre''

 

Los asientos para esperar eran muy cómodos y estaban perfectamente acolchados, eran de lana roja y una estructura de oro. Bajo cada brazo había un lector de huellas dactilares, el cual electrificaba a quien se sentará en él -si no era su dueño- pues ''Aureola jamás espera a nadie. Todo el que ose creer que puede verlo, morirá'' Esa era una de las reglas más importantes en el libro del empleado del Casino BlackHeart.

 

Me coloqué ante las puertas automáticas y, ciego de rabia, corrí hacia delante sin mirar atrás enfundando mis varas de metal.

Al estar dentro, todo excepto las ventanas eran de oro. Pasé la alfombra de oro, salté sobre el escritorio de oro, olí el aroma áureo y, Fausto, se hallaba allí, como si nada de espaldas observando la luna.

 

- Iluso, eres aún más patético de que yo creía -dijo dándose la vuelta rápidamente y agarrando mi cabeza con una sola mano- Yo soy Dios, y nadie puede puede hacer sangrar a Dios, ¿Comprendes infiel? -interrogó mientras apretaba cada vez más mi cráneo, inmovilizándome y obligando a mi mano derecha a soltar su arma, pero la izquierda aún no se iba a rendir- ¿Esperabas una batalla duradera y épica? -preguntó con la pupila contraída, haciendo uso de toda su fuerza- ¿Acaso pensabas que podrías hacerme frente? ¡Ni de coña! ¡Esto será rápido y sin problemas! -gritó con un rostro el cual usaba cada uno de sus músculos para mostrar ira- ¡Suelta ahora mismo ese arma! ¿Acaso no entiendes que yo soy la biblia? ¿Acaso no entiendes que yo soy el santo grial? ¡Yo no puedo sangrar! -ordenó entre órdenes y rosas lanzadas sobre él mismo para ensalzarse.

 

En ese momento, entre un dolor de cabeza inmenso, pensé en porque en unos segundos había decidido realizar la gilipollez de subir nueve pisos y recorrer medio Casino, sin mirar atrás y en un tiempo récord de atleta olímpico. Hace unos minutos podría haber huido con vida, ahora me quedaría para morir, pero morir como un valiente al menos.

 

- Por dentro... Dioses o humanos... ¡Somos rojos! -exclamé sangrando por la nariz y clavando en su deltoides izquierdo la vara de metal.

 

- ¡Ahhhh! ¡Ahhhh! ¡Ahhhh! -aulló el lobo plateado mientras me lanzaba hacia atrás y, con pasos torpes, me caía hacia atrás tropezando con algo- ¡Te voy a matar! ¡Lo haré ¡Yo soy inmortal! ¡Lo soy! ¡Mira lo que me has hecho! ¡Míralo! -seguía gritando- ¡Has llenado de impureza a Dios! ¡Debes ir al infierno! -dijo andando hacia mí, sacándose la vara de su hombro como si no sintiese dolor, y listo para mandarme al otro barrio.

 

Miré con lo que había tropezado, asustado y con una una increíble perplejidad le dirigí la palabra, con la garganta atorada por el terror.

 

- Has... ¿Matado a Aureola? -interrogué esperando que la respuesta fuera negativa, que tan solo fuera una estatua pues estaba convertido en oro.

 

- ¡AJAJAJAJÁ! Sí, ¡Y encontré a un cirujano que pondrá sus manos en mi cuerpo! ¡Seré aún más celestial! -habló como un loco, con una risa todavía más loca que de costumbre, mientras ponía en una gramola de oro un disco de vinilo de oro, el cual comenzó a recitar cantos en latín de origen illuminati- Ah... ¡Soy el mejor! ¡El todopoderoso! Oh... usted ¡Señor que creó al humano más perfecto y futuro gobernador del mundo! Usted, purifique mis impurezas, perdone mis pecados -dijo mientras se acercaba a mí y me volvía a levantar en el aire, con una sola mano- ¿Listo para ir al otro barrio? -interrogó con los ojos rojos, literalmente, parecía un enajenado diablo con dientes de tiburón.

 

- Antes debo mandarte a ti al infierno, hijo de puta -solté muy sonriente, con el cuerpo lleno de sangre y heridas.

 

- Grr... ¿Sigues soltando blasfemias? Pues llegó tu juicio, la sentencia por hacer sangrar a un Dios... -pausó para crear expectación, aunque era obvia la respuesta- ¡Es la muerte, un ticket de lujo en el tren del diablo que baja al jodido purgatorio! -gritó con todas sus fuerzas, llegando su voz a todo el territorio de Las Vegas, para luego lanzarme contra las ventanas de frágil cristal.

 

No sabia que iba a doler más, si la humillación de morir sin ser recordado ni haber cambiado el mundo, o la caída de un trigésimo octavo piso al vacío. Mi columna crujió rompiéndose y los trozos de cristal se incrustaron en mi espalda, proporcionándome un dolor titánico.

Al caer, no tenía fuerzas para abrir los ojos y no podía saber que había pasado. Solamente escuché el crujido de la carne, una explosión, y más gritos de rabia por parte de Fausto. Alguien me había recogido de la zona en la que había caído -extrañamente blanda, como una cama de hormigón llena de endebles almohadas- y movió mi roto cuerpo.

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