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26 min
Centinela, El ángel guardián Vol.1 El primer ángel oscuro Capítulo 2: Escuadrón Tridente
Ciencia Ficción |
16.03.15
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Sinopsis

08-01-2042

19:45

Mansión Sinful Rose, Ciudad Santa Cruz

 

- Verá, Señor Bravo -dijo sonriente con un puro en la boca, el cual encendió con un chasquido de sus dedos- Le he traído hasta aquí porque he apostado por su combate, y quería asegurarme de ganar mucha pasta -apuntó, soltando una bocanada de humo gris y, sacando el puro del bloqueo de sus labios, lo colocó entre el dedo corazón y el índice, para señalarle dibujando en el aire tridentes.

 

La voz se oía como si estuviese en el fondo de un pozo -ahogándome-, y alguien me hablase desde el exterior.

No recordaba nada, no veía nada, pero al mismo tiempo era omnisciente y omnipresente. Me sentía como si me estuviese reencarnando, y de nuevo pasase por el canal del parto. Solo que, esta vez, no saldría de una mujer, sino de una bendecida maldición.

No entendía lo que estaba ante mis ciegos ojos, pero sentía un torrente guiado por el Déjà Vu, y no por el agua. Veía cientos de caras, máscaras, cuernos, antifaces... Era como si mi alma hubiese explorado todo el planeta; era como si lo supiese todo y conociera cualquier lugar, aunque ahora lo hubiese olvidado.

El blanco espacio confinado en mi mente, explotó. Ese espacio totalmente vacío, azotado por imágenes que sorprenderían hasta al mayor explorador, el cual despertó llorando de alegría al observar el más exótico paraíso.

El color volvía, podía ver y oír de nuevo. Cuatro paredes se alzaron -con dos ventanas en la pared del fondo, cada uno a un metro de sus respectivas esquinas-, un suelo y un techo, cuatro estanterías que tendrían varios siglos -con un acabado preciso y muy trabajado-, un cuadro -de una ciudad bombardeada, donde una niña pequeña lloriqueaba entre los cadáveres, llevando un peluche abrazado y un pijama a lunares, su pelo era negro y su rostro estaba lleno de pecas-, un escritorio -típico de oficina, color marrón oscuro, con tres cajones y una lámpara, bajo la cual había unos documentos escritos en tinta roja similar a la misma sangre-, una mesita con vasos -uno lleno de ron-, junto a botellas de whisky, y una silla, con la base acolchada y de color roca, con rombos negros alineados en cientos de filas. Su espaldera hacía un cómodo semicírculo, con un arco de disminuida curvatura, color caqui. Las patas eran brillantes con decenas de tonos marrones, con algunas manchas de hemoglobina repartidas por ellas.

 

La habitación era exactamente igual a la del presidente en La Casa Blanca, solo que la bandera no era a rayas blancas y rojas, con un cuadrado azul lleno de estrellas, sino que era plateada y blanca, con una letra griega Psi en el centro -y en escala reducida, como una miniatura-. La alfombra del suelo -de tela morada, y flecos amarillos alrededor de su forma circulas- tenía un estampado con un murciélago dorado, con alas de ángel pulcras y luminosas. Cada pared era de un color marrón liso, con un techo de cristal en forma de bóveda que daba una visión de el exterior, un cielo que mostraba una reciente caída de la noche. Las estrellas mostraban constelaciones que no recordaba, las cuales tenían formas de cruces y palomas. El suelo tenía una tarima de madera -en forma de cruz cristiana cada baldosa-, y no crujía con las pisadas, era muy consistente. Parecía muy actual sala, como hecha ayer. Sin embargo, el estilo se hacía arcaico y -de algún modo- agradable, tranquilizante; tenía un aire a escenario de asesinatos para una película del siglo pasado.

 

En la pequeña sala -con un aspecto no muy alejado de un cubículo para ratas- había cuatro personas, cada cual más extraña que la anterior. Un boxeador australiano, un demonio jorobado fumando, un mafioso amordazado y maniatado a una silla, y un súcubo vestido eróticamente, con piel de porcelana con un toque colorido al caramelo, y un rostro que mostraba mil penas. Humanos y demonios en una reunión de negocios sangrientos, algo ambiguo y absurdo. Era algo totalmente irreal; era un espejismo nacido de un mal cuento del siglo catorce -época en la cual se publicó La Divina Comedia-.

 

- ¿Para qué coño necesitas más dinero? Si de todos modos, Fausto lo financia todo con sus amenazas y sus ''milagros'' -vaciló el Señor Bravo, con un tono de enfado.

 

Era un hombre moreno, quemado por el sol y el trabajo duro. Su barba era poblada como una castaña, pero recortada artísticamente como un seto en forma de flamenco. No parecía un vagabundo, ni mucho menos un soltero deprimido, era más bien como un leñador ermitaño que solamente usaba su cuchilla de afeitar -y espuma natural (casera)- para recortar las puntas sin quitarse hombría; sin arrebatarle su porte varonil de pelo en pecho.

 

- Oh, siempre sentí aprecio por su falta de pelos en la lengua... -rió ampliamente, con una mano en su gran barriga y otra alzando el puro en alto, llenando el claustrofóbico espacio de humo- Pero, es humano, y por ello no puedo echarle la mano ni traerle a mi lado, aún... con lo bien que nos vendría un diablo luminoso como usted... -explicó apagando el cigarro contra su hombro izquierdo, sin cerrar los ojos, ni gemir; sin sentimientos y sin dolor- Sabe que no nos andamos con chiquitas, sabe que le meteríamos una bala por el culo por haber levantado así la voz. Y, aún así, se atreve a insertar ''coño'' en una pregunta dirigida a mí. Tiene huevos, Bravo, y yo siempre lo he sabido -discursó entre risas y carcajadas, cosa que molestaba al súcubo que se hallaba muy serio.

 

El hombre vestía con ropas de profesor de universidad -moradas- y llevaba unos quevedos. Su piel era azul arándano -cosa que me dio a pensar que no era humano- y, al andar junto a un súcubo, fue lógico pensar que sería un demonio. En su espalda había dos alas de albatros -marrones y fuertes-, de un tamaño titánico.

Sus colmillos de la mandíbula inferior sobresalían, y su nariz era diminuta, pero con grandes napias -las cuales no paraban de soltar humo-. Sus ojos eran amarillos, con brillos rojizos. Parecían el mismo atardecer hecho visión.

Sus orejas eran puntiagudas, como las de un elfo, y su cabello era lila, quedando a la altura de la nuca y totalmente despeinado. Sus brazos eran muy fuertes, llenos de músculo -y grasa-, el tipo pesaría al menos trescientos kilos, y ello se reflejaba en sus tres metros de alto, y una enorme barriga -la cual, como ya vimos antes, agarra inconscientemente, por un tic, cuando algo le divertía-.

Las gafas suavizaban la maldad solar en sus ojos, apaciguando así un intimidatorio cenit. La camiseta negra tenía botones de oro, los cuales se entrelazaban con fuertes cuerdas de hilos hechos con plata. Llevaba guantes de cuero -sin dedos- con unos nudillos de acero en forma de calaveras. Toda su ropa era amplía, pero no lo suficiente y, por ello, parecía en todo momento que los botones fueran a salir volando -si fueran de los que se abrochan- asesinando por el impacto a quién se plantase delante. Sus zapatos eran elegantes y de un color café muy sutil, como bañado en cenizas.

Parecía alguien educado, y con mucha paciencia. Las seis estanterías de su oficina marcaban una inteligencia superior, la cual desmentía su aparente ignorancia y estupidez, pero no era tonto. Entre sus libros más cuidados, estaban Un Mundo Feliz y Mein Kampf.

 

- No me ha respondido -enfatizó- ¿Para qué COÑO quieres el dinero? -interrogó, un tono más alto.

 

Parecía ofendido por la oferta. Sabía que, indirectamente, era una petición para unirse a sus tropas. Yo no tenía ni puñetera idea de lo que estaba pasando, por eso me dediqué a sacar unas imaginarias palomitas y ser espectador de esta absurda película, la cual parecía tan real.

 

- Equilibrio. No soy alguien posesivo, ni avaro ¿La verdad? Suelo quemar mi sueldo, nunca pido nada, y me importa menos que un judío tener la cartera llena -exclamó con racismo de origen nazi, marcando su origen.

 

En una pequeña placa de bronce, con un soporte de madera con tonos suaves, estaba tallado su nombre ''Klaus Weiss'', dejando clara su nacionalidad alemana y -muy posiblemente- militar. Eso me dejó una duda, ¿Dónde estaban sus medallas de honor? Las cuales no llevaba en su pecho. Y ¿Cómo sobrevivió a los consejos de guerra? No es normal que un nazi siguiera con vida a día de hoy. No ya solo por el simple hecho de que fueron perseguidos, sino porque habían pasado ya casi cien años, y el aparentaba tener unos cuarenta y ocho años, tal vez cincuenta y dos. Además, durante esos años no hay escrito que el ejército de Alemania tuviese un demonio en sus filas, eso es algo demasiado... ¿Peculiar y relevante? Sí, lo suficiente como para no hacer que haya constancia de ello.

 

- Vaya... quemando tu dinero como un lobo del viejo Wall Street, ¿Eh? -dijo algo molesto, señalándole con el ceño fruncido usando su barbilla.

 

El mafioso con la camiseta blanca -desabrochada- y la corbata muy prieta, comenzó a reír débilmente. Tenía el pelo castaño y despeinado, junto a un rostro chupado y castigado con varios moratones. Estaba en calzoncillos, mojado por agua helada que le hacía tiritar cual esqueleto .

 

- Señorita River, haz ''eso'' con el preso. Aquí solamente reímos yo -pausó señalándose-, y el señor Bravo -dijo apuntándole con el puro.

 

Ella le quitó la mordaza, y la apartó hacia la pata trasera derecha del escritorio -vista desde la puerta, el cual era mi punto de visión-. Era muy conveniente dejar claro a Bravo que no iban en broma, Klaus deseaba asustarlo a toda costa para que fuera un cachorro de tigre, manso y obediente.

 

- No... ¡No por favor! -clamaba, implorado por su vida- ¡No me deje morir en las fauces de la famosa ''Agujero Negro''! -intentó dar saltos con la silla, y cayó patéticamente al suelo en el intento, sintiendo como se acercaba hacia él.

 

El súcubo lo agarró, mirándolo con los ojos entrecerrados, estaba furiosa por alguna razón. Su piel era como la de una perla, sus pechos se veían bien en el interior de dos garras metálicas que los oprimían, tapando los pezones. Sus caderas eran anchas, algo pequeña de estatura -como la del adolescente medio-, con pecas y piernas perfectas. Por encima del culo, al final de la columna vertebral, nacía una cola color pistacho muy vistosa, acabada en forma de corazón.

Su rostro era vacío, lleno de ira, odio y ausencia de piedad. Su pelo era rizado, similar al de un rabino -cosa que le aportaba cierta gracia- y negro, llegando unos diez centímetros por debajo de los hombros. Sus ojos eran marrones, comunes a decir verdad, pero con un brillo traumatizado que revelaba todo su sufrimiento sin necesidad de decirte nada. Junto a esas garras sujetadoras, vestía un tanga de acero rojo -con un vórtice negro tallado en la parte delantera-, y unas medias grises muy eróticas, las cuales tonificaban su silueta. Sus alas no eran típicas de su raza, eran blancas como las de un ángel, limpias y hermosas como las de una paloma de la paz, manchada por la guerra.

 

- Sargento... -pausó con la garganta agarrotada- Sargento Weiss... ¿Es totalmente necesario? -preguntó mirando a su víctima, y luego mirando a Klaus, y así sucesivamente dirigiendo a ambos incesantes miradas de pavor, con giros del cuello- Es decir... -no le salían las palabras, solamente deseaba llorar o gritar, aunque no iba a hacerlo.

 

El mafioso se retorcía mientras era asfixiado, ya que ella le tenía agarrado por la corbata y, él, aún así intentaba correr llorando. Su rostro estaba lleno de miedo, pavor en cantidades colosales.

River procedió a levantar al hombre y lo miró fijamente a los ojos, odiándose a sí misma. Ella mostraba una clara aversión -notable en su rostro expirado de depresiva chica, echada en la cama cogiéndose las rodillas y mirando a la pared mientras reflexiona- a las órdenes de este tal Klaus Weiss.

 

- Señorita Deborah River, no queremos que el Señor Bravo creyese que vamos de farol, ¿Verdad? -interrogó con la mirada de un paciente puma, imperativo para que se hiciese.

 

- ¡¿Qué coño le va a hacer?! -gritó intentando acercarse, pero una mano llameante en fuego verde lo detuvo, quemando su camisa y obligando a tirarla al suelo, para evitar arder vivo.

 

La mano salía de la parte trasera, del hombro derecho, del Sargento Weiss. Lo estaba deteniendo, por si acaso se le ocurría a Bravo correr a salvar a ese estúpido mafioso.

 

- Procede, Señorita River -ordenó, bloqueando el paso al tipo que deseaba hacerse el héroe.

 

- Mmm... -murmuró levantando a su víctima. Cerró los ojos mirando a otro lado, haciendo fuerzas para volver a hacer ''eso'' que desconocía y que ella no deseaba volver a hacer- Lo siento... se que está muy húmedo allí -farfulló triste, abriendo la boca y de ella salió un vendaval que fue atrapando, y comiendo, al preso; lo devoró a la misma velocidad que aspirador contra un fantasma.

 

Ni yo, ni Bravo, podíamos creer lo que acababa de pasar, ¡¿QUÉ COÑO ACABABA DE PASAR?! Simplemente, ese aspirador con patas -y tetas- se lo había llevado, y ninguno habíamos visto que se llenase su estómago, o pasase por el esófago.

 

- Ella... ella se... -susurró con las pupilas contraídas, debido a un terror superior a cualquier otro conocido por él, el cual sentía.

 

La chica comenzó a lamerse las manos, con los ojos cerrados y alejándose, mirando a la pared para no ser señalada por el dedo de la culpabilidad -en forma de mirada de asco-, Bravo sentía repugnancia por aquella... ¿Villana? Llamada Deborah River, ''Agujero Negro''. En ese mismo momento, yo y ese asustado boxeador australiano nos dimos cuenta de donde le había venido el nombre. Su aspecto, su gestualidad, todo mostraba que no quería ser etiquetada como un monstruo.

 

- No, no. No se equivoque, Diego Bravo, no se lo ha comido -afirmó encendiendo otro puro, y prendiéndolo con su extremidad ardiente- Ella es demasiado buena para eso -dijo riendo- Verá, no puedo permitir que la gente de los barrios bajos gane demasiado dinero en estúpidas... -pausó pensando el nombre dado a esos juegos monetarios- apuestas. Si acumulan grandes riquezas, comprarán armas, y luego se rebelarán... -riñó al mundo, rabioso y restregando ambas mandíbulas afilando los dientes, lleno de ira- Y yo... -pausó, con la vena de la frente a punto de estallar- ¡Yo fui mandado por Dios para defender esta ciudad! ¡Él salvó mi pérdida alma! ¿Y sabes que me pidió a cambio? -interrogó mordiendo el puro, cayendo la ceniza sobre la mesa y, el resto, introduciéndose su boca, quemándole la lengua- Que protegiese esta mansión, la Mansión Sinful Rose, con mi insignificante vida; que viviese en ella y cuidase de sus inquilinos ¡Los cuales son mis mejores soldados y compañeros! -golpeó con ambas manos la mesa- ¡Fausto Octavius es el mayor conquistador! -vociferó- ¡Más incluso que Hitler! -afirmó santiguándose- Siempre, ¡Siempre! -gritó, enfatizando- le seré fiel a él.... -afirmó, con una forzada sonrisa, tics de nerviosismo por que estaba harto de que le reprochasen.

 

La chica se sentó en la esquina, en posición fetal llorando. Sus llantos retumbaban en toda la mansión. Era totalmente pecaminoso ver caer sus lágrimas, te hacía preguntar si era una bestia, un engendro bipolar, o solamente un pobre alma que obedecía en silencio, sin rechistar.

 

- … -no tenía palabras, le había comido la lengua el gato- ¿Dónde está ese hombre? -interrogó cabizbajo, con los ojos consumidos en un umbral de oscuridad.

 

Se escuchó un clic -detrás del cuadro-, era el ruido de un botón al pulsarse. Tras ese sonido, saltó una luz invisible que nadie pudo escuchar, excepto yo.

 

- En el ''Estómago de Súcubo'' -contó entre risas, con una sonrisa amplía que mostraba dos filas de afilados dientes blancos color marfil- Es una dimensión alterna, con una única entrada situada en forma de portal en la garganta de la chica -explicó, dando a entender que ese mundo no era como tal su estómago auténtico, sino algo alternativo a nuestra realidad.

 

Junto al escritorio -en el primer cajón- sonaron una ráfaga de clics más, explotando la mecánica flor de loto en un fruto de intensos flashes parpadeantes. Está vez, Weiss -el cual estaba a unos cuarenta centímetros del sitio portador del ruido-, lo escuchó y miró extrañado esa prisión de madera, en la cual con total seguridad guardaba algo. Procedió a escupir los restos de habano que le abrasaban la glotis, y rebotó contra el cuarto rectangular -sin respuesta alguna de haber trucos, o algún ''ratón'' dentro-.

 

- Todos lo llaman poder, ¿Pero acaso no es una maldición? -sollozó chocando su rostro contra esas blancas rodillas de quemada espuma en un café, del color más puro y pulcro jamás visto, a pesar de su pizca de vainilla difumada.

 

El sargento dio unas coléricas palmadas. La mesa resonó con la vibración sonora, expandiendo el sonido resultante de su gran fuerza, pues iba a protestar.

 

- ¡No! ¡No digas eso zorra estúpida! -gritó agarrando de la mesita el vaso lleno de ron, lanzándoselo contra su desnuda espalda -y por consiguiente, a sus bonitas alas-, sintiendo desprecio por ella, y su vida la cual veía inservible.

 

Sus gritos de dolor impactaron mis oídos, y los de Diego también. Los trozos rodearon su cuerpo, rajando la espalda y nalgas, clavándose como un cuchillo ardiente por el envejecido ron marrón anaranjado. La perfecta piel de bebé de porcelana hecha de galleta, estaba ahora rota como si a una frágil muñeca la hubiesen tirado desde una estantería. Las dos majestuosas aladas perdieron algunas plumas, y sangraron manchando con impurezas la más dañada -por las influencias de los tiburones- perla.

 

- Tú... -susurró, con una mirada volcánica, eruptiva de ira y verdadero odio- ¿A eso llamas cuidar a tus camaradas? ¡Hijo de puta! -gritó corriendo en frenesí, con la mirada de un lince en llamas buscando a la presa de la justicia. Él iba a asestarle un puñetazo en la cara.

 

En mi estómago sentí algo, un motor, un neumático que giraba a mil revoluciones en pos del bien, unas alas puestas en mi corazón para guiarlo por el buen camino. Grité, grité, y volví a gritar. Sentía un océano a cien grados recorrer mis venas, sangre evaporándose y convirtiéndose en la munición de un rifle sin gatillo, activado solo cuando fuese necesario.

 

La chica abrió la boca, girándose y mirando lo que iba a suceder, quedó boquiabierta al ver que alguien quisiera defenderla. Le importaba bien poco que -al girarse- los

cristales del suelo se clavaran en sus pies y rajasen sus medias.

 

- ¡Bastardo! -exclamó abriendo el cajón y buscando con la mano su revólver- ¡¿Eh?! -preguntó al aire, con cara de perplejidad al ver que no estaba allí.

 

- ¡No te tengo miedo! -exclamó, mientras daba un salto impulsándose sobre el escritorio y cayendo con un potente puñetazo sobre él sillón, destrozó su rostro, el tabique de su tosca nariz, y fragmentó los cristales de los quevedos en pedazos.

 

Diego Bravo se quedó allí, ante el mismo diablo que le ponía cara de rabia. En ese mismo instante, fue humillado ante su -aparentemente- sirvienta, quedando con la cara hecha salitre. El aura que salía del Sargento Klaus podría evaporar el más resistente acero en pocos segundos. De su hombro izquierdo salía una ardiente mano azul, y otra roja del final de su columna vertebral.

 

Sentí un abrazo por la espalda, dos bultos -muy blandos-chocar contra mi espalda, a pesar de que detrás mía no había nada ni nadie. Dejé de verlo todo visto desde la parte superior de la pared, la cual incluía la puerta, y pasé a una primera persona que no entendía. Cada vez ardía más mi insaciable sed de hemoglobina ¡Agh! No podía aguantarlo, me sentía llevado por mil demonios.

 

- ¡Usted! ¡Jodido cabrón! -gritó estampándole contra la pared, haciendo uso de sus tres brazos y marcando la forma de las ardientes manos en su desnudo torso, haciendo que su viril pelo en el pecho cayese calcinado.

 

- ¡Va a morir por esto! -exclamó rompiendo la mesa, lanzándola contra la pared izquierda de la sala. En la derecha, Deborah River miraba asustada a su jefe el cual jamás lo había visto enfadado de verdad.

 

La chica estaba bañada en su propia sangre, llorando de alegría -por ser apreciada por primera vez- y de tristeza -por la inminente muerte muy próxima de Diego Bravo, la única persona que lo apreció-, miró hacia donde yo estaba, atónita.

Mientras emitía rugidos, los cuales no podrían ser callados, Weiss se dirigió, raudo, hacia Diego Bravo. Sus brazos, azul y verde, se fundieron con sus brazos, y se preparó para darle el remate a aquel que osó atreverse a llevarle la contraria.

 

Sin comprenderlo muy bien, me pude ver ante mí, pero... ¿Qué ropas eran estas? Llevaba mitones azul acuoso, consumidos por pigmentos verdes muy claros. Una armadura -verde oscuro, con un corte pentagonal y frontal amarillo reseco-, la cual solamente tapaba la zona de los pectorales -sin mangas-, dejando la parte inferior -el tronco- tapado por una lámina de algún extraño metal muy blando, color blanco.. A mi espalda sentía un gran peso, era como tener dos grandes alas de acero que no me dejaban volar, sino que me ataban al suelo. Los pantalones eran como los de un autómata, con total movilidad a pesar de su -al parecer- resistente material. Su color azul marino me hacía sentir un tsunami dentro de mí -el cual calmaba mi ardor-. Los zapatos eran turquesa, con un acabado puntiagudo en la parte de los dedos y, en el empeine, unas intimidatorios -puntiagudas también- púas en gris metalizado.

Algo estaba despertando dentro de mí, todo era visto como algo sencillo perteneciente a un sueño. Mi cabeza sentía un gran peso, algo distorsionaba mi vista y era acoplado a mi cara -agarrándose a mis entumecidas orejas-. Posiblemente era una máscara; un antifaz, el cual

esperaba no fuera tan ''fiestera'' (para orgías) como la de los camareros del bar en el que alguna vez trabajé.

 

- Déjeme guiarle, Centinela -susurró en mi oído una voz desconocida, la cual parecía de mujer y prosiguió- Déjeme salvar a ese hombre, ángel guardián... -volvió a susurrar con un erótico soplido -tentador- que convenció a mi cerebro -el de la cabeza no, el otro- de decir:

 

- Sí, por supuesto que sí -afirmé, sin darme cuenta de que ahora, todos excepto Klaus que estaba cegado por la rabia, me estaban viendo. Yo estaba allí.

 

En ese momento yo no era dueño de mi cuerpo, era una marioneta de la justicia, un juguete del paraíso oscuro que disputa la contienda entre el mundo y los diablos luminosos creados por la gracia corrupta de ''Dios'' -Fausto Octavius-.

Mis manos se echaron atrás y sacaron de mi espalda dos alas -agarradas por un cómodo mango, con un botón de uso desconocido el cual me abstuve de pulsar-. En cuanto mis manos agarraron esos vehículos de los ángeles -aunque estaban hechas a imagen y semejanza de las de un demonio-, del extremo de la membrana exterior salieron cuchillas, las cuales convirtieron mis alas caídas en guadañas. Simplemente, no pensé, actué según me lo ordenaba esa voz tan sexy.

 

- ¡Hora de bajar al infierno! -grité con la cara de un protector lobo, cuidando a su cría.

 

Con ese grito de guerra, corrí hacía él. El Sargento Klaus giró la cabeza, mirándome con sus ojos rojos llevados por la ira del mismo infierno. Diego me miró, como un oscuro milagro que brillaba con sombra propia, como un pecado hecho carne y buscando recolectar el alma de un hermano pecador.

Con todas mis fuerzas -o incluso más- asesté dos tajos, uno con cada arma, y luego -con un sutil giró hacia mi derecha- lo tiré al suelo de un empujón -con el lado interior del arma, el cual no cortaba-, rompiendo su punto de gravedad. Las alas reventaron en forma de masa basada en repulsiva carne machacada -la cual apestaba a grasa y corrupción- a causa de su enorme peso. Los brazos saltaron por los aires, la sangre salió como si fuese una fuente de esos muñones deformados. El derecho hasta el hombro, el izquierdo hasta unos quince centímetros sobre el codo.

 

- ¡Mis brazos! ¡Mis putos brazos! ¡¿Qué les has hecho?! -interrogó, tras gritos de autocompasión- ¡¿Qué les habéis hecho?! -volvió a preguntar con la cara llena de sangre por los fragmentos de gafas, clavados por su rostro, y el tabique destrozado, por un solo puñetazo de ese increíble hombre, al cual le llegaban los huevos al suelo- ¡Guardiaaaaaas! -gritó haciendo uso de la máxima capacidad de ambos pulmones.

 

Sus tres brazos -los que le quedaban, hechos de fuego tricolor- empezaron a golpear todas y cada una de las paredes, prendiéndole fuego a la bandera, al escritorio, a las estanterías, el cuadro, y la alfombra también. Las paredes quedaron carbonizadas respecto a la pintura, y capas superficiales de su grosor. Las ventanas petaron, y la bóveda cayó con una lluvia de cristal sobre nosotros, abriendo la habitación al exterior -con un gran jardín de rosas negras, una fuente de mármol grisácea y cientos de pájaros sin tejidos de piel, con sus músculos y órganos al aire, de modo asqueroso-. Mientras nos tapábamos la cabeza para evitar que un cristal nos perforase el cráneo, los pasos de los guardias se escuchaban como una estampida de triceratops.

 

- Gracias... -tragó saliva mirándome y se llevó a la chica, la cual estaba paralizada por el miedo, a cuestas- ¡Te debo una, héroe! -gritó saltando por la ventana desde el tercer piso, sin ningún miedo a partirse las piernas.

 

- Algún día... Quiero ser tan valiente como tú -afirmé sentimental- Lo seré... -susurré, mientras lo que me controlaba buscaba una manera de salir, una que no me rompiese los huesos.

 

Me impulsé contra el escritorio, saltando y agarrándome con las guadañas al borde de lo que una vez fue la bóveda, y calcinada pared. Allí arriba, miré a todos los lados buscando una solución -aunque en realidad lo buscaba ese titiritero a mis espaldas- y pude ver un gran pilar de titanio negro.

Ese titán medía dieciocho metros, y en su copa había cuatro brazos con un farol en cada uno, iluminando toda la fachada de la entrada a la mansión. Ya tenía un plan, uno perfecto.

 

Pulsé el botón. El mango se separó del cuerpo que abarcaba las cuchillas, cerrándose todas menos una. Eché los brazos hacía mi espalda, y lancé la cuchilla hacia uno de los brazos, donde quedó fija magnéticamente hasta que yo desease que se soltase. Entonces, me dejé caer para balancearme y luchar contra todo pronóstico de supervivencia en mi contra, me zambullí en la piscina de la vida para volver a respirar, en el caso de que estuviera muerto.

 

Sentí la brisa, la capacidad de volar, una cantidad de adrenalina extrema. Recorrí cientos de metros en pocos segundos. No se cómo, pero me había convertido en algo que me agradaba, un justiciero sin miedo. Me daba igual ser manipulado por esa sensual voz de mujer, me sentía como si hubiese tomado un coctel, mezcla de todas las bebidas energéticas existentes en el mercado.

Mi corazón latió como a punto de tener un infarto, su velocidad era tan vertiginosa como la de un furioso huracán incansable. Cuando iba a salir de allí, choqué contra una de esas aves no muertas sin pellejo, la cual reventó en pedazos contra mi mejilla y perdí asqueado el equilibrio. Pasé demasiado bajo, sintiendo raspaduras, rasgaduras, y un infierno de quemaduras a causa de una enorme fricción, ergo cerré los ojos gimiendo de dolor. Aún teniendo la armadura, la contusión fue grande y los hombros estaban libres de protección.

 

Al abrir los ojos, ella ya no estaba conmigo. De nuevo, no veía nada, no sabía nada, era un vagabundo mendigando otro éxtasis, siendo un yonqui con las venas negras por inyectarme dosis de acción

De nuevo, vi ese canal blanco. Iba a renacer, iba a reencarnarme. Y, está vez, Fausto Octavius iba a morir.

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