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12 min
Chicago.
Ciencia Ficción |
09.10.17
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Sinopsis

Amanece en Chicago.
Las bocinas de los coches, el sonido de los zapatos dirigiéndose a algún lugar, el estruendo de las voces son el despertador de la ciudad.
En la habitación de Chloe se cuelan esos ruidos, molestos y desegradables, aunque ella no los escucha. Lleva así desde hace un mes, el tiempo que hace desde que su abuela falleció.
Para Chloe la muerte siempre ha sido un tema tabú. Algo que le asusta y le inquienta. 
Siempre hacía todo lo posible por no pensar en ello, pero desde la muerte de su abuela, no hace otra cosa.
No para de darle vueltas a esas dudas filosóficas sobre la que es morir y vivir, sobre si hay alguna energía o ente que decide quién vive y muere. Todo eso le provocaba una gran ansiedad, pero no podía parar de pensar en ello.
Todos los días de aquel último mes su vida se había limitado. Solo iba de casa al trabajo y cuando volvía a casa, se iba directamente a la cama con la esperanza de dormir mejor aquella noche, pero no lo conseguía.
Para ella, su abuela era una pieza fundamental en su vida y el hecho de sentir ese dolor en el pecho la mataba.
Aquel sábado lo que le consiguió sacar de la cama fue la llamada de su madre, avisándola de que en unos minutos irían a recogerla. Tenían que revisar el testamento.
Cuando sus padres la recogieron se quedaron sorprendidos. Chloe estaba muy descuidada. Durante el camino, sus padres intentaban dirigir la conversación al estado de ánimo de Chloe pero ella siempre se escabullía y cambiaba de tema.
Cuando llegaron al despacho del abogado se encontraron a su tía y a sus primos.
Tomaron asiento y el abogado, junto con el notario, abrió el testamento.
Después de hablar de cifras de dinero, de la parte de la casa que le correspondía a cada hija y de caras de desaprobación por parte de ambas, llegó el momento de conocer la herencia de los nietos.
En el testamento decía que sus nietos tenían total libertad de coger lo que quisieran de sus posesiones, pero que había algo que quería dar exclusivamente a Chloe: su reloj de oro.
Los primos y la tía de Chloe farfullaron algo inaudible mientras la miraban con rabia.
Aquel reloj significaba mucho para su abuela y el hecho de que hubiese decidido dárselo a Chloe era algo increíble para ella.
Después de salir del despacho, decidieron ir todos a casa de su abuela. El vacío de la casa, el silencio tan perfecto puso un nudo en la garganta de Chloe, quién se disponía a buscar el reloj.
Lo encontró en su mesilla de noche, guardada en una cajita junto a una nota.
Chloe se sentó en la cama la leyó.
"Querida Chloe,
¿Recuerdas cuando eras pequeña y me preguntabas el por qué de todo? Incluso el por qué de cosas que no sabía explicar. Eras una niña inquieta y curiosa y eso es algo que siempre me gustó de ti. Por eso, quiero darte el reloj. Sé que lo cuidarás tanto como yo y que significará todonloqnue significó para mí, incluso más. Y lo más importante, es la llave que te permitirá descubrir mundos nuevos y te dejará seguir siendo esa niña tan curiosa e inquieta. Te quiero."
Al terminar de leer la nota, Chloe se echó a llorar. Aunque no había entendido lo que quería decir con descubrir mundos nuevos, le había emocionado que su abuela aún recordase esos días juntas.
Cuando llegó a su piso, en vez de meterse en la cama, decidió juguetear con el reloj. No paraba de pensar en lo que ponía la nota: "te permitirá descubrir mundos nuevos". ¿Qué querría decir?
Entonces Chloe de fijo en algo. El reloj no solo marcaba las horas, si no también el mes, el día y el año.
En el reloj había tres ruedas: una a la derecha, otra a la izquierda y otra en el centro de esas dos.
Chloe decidió tocar la del centro, pensado que cambiaría la hora, pero no. Cambiaba el día. Decidió poner el día en el viernes y pulsar el botón. 
Todo a su alrededor se movió deprisa, como si fuese a años luz.
Cuando todo paró, se encontraba en su habitación. Decidió mirar el día y la hora en su móvil para comprobar sí realmente había pasado lo que ella pensaba.
En efecto, es su móvil ponía que era viernes.
¿Cómo podría ser eso posible? ¿Cómo podría haber viajado el tiempo?
No podía ser posible, seguramente fuese fruto de no haber dormido en noches. 
Aquella noche decidió ir al bar a tomar algo y así poder olvidarse por un momento de todo. De todas las dudas que rondaban por su cabeza y de todas esas voces que no la dejaban descansar.
Pensó por un momento que el alcohol le haría dejar de pensar, dejaría su mente me blanco, pero no fue así.
Decidió llevarse el reloj al bar y estuvo observándolo.
Pensó en las épocas que le gustaría conocer y si el reloj llegaría a tanto. Así que decidió ir al baño y marcar el año. Decidió viajar a su época favorita, los años 20.
Cuando presionó el botón aquel efecto de fugacidad duró un poco más y cuando paró, se encontraba en un baño diferente.
Tenía un decorado más clandestino. Decidió mirarse al espejo y cuando vio su reflejo, un escalofrío recorrió su cuerpo.
Iba vestida con la vestimenta de la época. Su media melena rubia estaba ondulada, su maquillaje era más vivo, una sombre gris remarcaba sus ojos azules.
Se fijó en las perlas de su cuello, en los guantes, en el vestido...
Decidió salir del baño y cuando lo hizo, de sorprendió aún más. El bar estaba lleno de gente vestida igual que ella. Hombres trajeados sentados en las mesas fumando, mujeres bailando el Charleston, perosnss bebiendo y riendo... 
Chloe empezó a sentirse mareada. Su rostro palideció y cuando notó que iba a desmayarse, decidió salir a la calle.
Al girar se chocó con una mujer, derramándole la bebida en el vestido.
— ¡Oh, lo siento muchísimo!
— No te preocupes, ¿te encuentras bien? Estás un poco pálida.
Chloe la observó. Sus ojos eran castaños y su pelo tan oscuro como el café. Lo llevaba recogido con un moño y alrededor de su cabeza tenía una cinta con plumas. 
— Ven, siéntate.— le dijo.
La mujer fue a pedir un vaso de agua y se lo dio a Chloe.
— Muchas gracias. No era necesario, solo ha sido un pequeño mareo.
— Lo sé. Con la cantidad de personas que hay, el calor, el ruido... ¿Te gustaría salir a tomar un poco el aire?
Chloe asintió y ambas salieron.
Una vez fuera Chloe pudo respirar.
Las calles eran diferentes, tenían un encanto y una magia que Chloe no podría describir. 
La mujer sacó un cigarro de su bolso y lo encendió.
Le ofreció uno a Chloe pero ella se negó.
— ¿No te parece que Chicago es precioso? La ciudad de la música, lo carnal y el pecado. Me encanta.
Chloe sonrió. Ella siempre había pensado así sobre Chicago.
— Por cierto, me llamo Adele. Adele Davis. — dijo tendiéndole la mano.
— Yo soy Chloe.
Ambos estrechan las manos y se sonríen.
— ¿Eres nueva por aquí? No me suena haberte visto antes.
— No, estoy de visita.
—¿Y a quién visitas?— preguntó Adele con curiosidad.
— Oh, a nadie. Estoy visitando la ciudad. Me gusta su encanto.
— Sí, Chicago tiene algo especial. ¿Cuánto llevas aquí?
— He llegado hoy.
— Con razón te has encontrado mal ahí dentro.— dice riéndose. Da una calada al cigarro, el humo se funde en la oscuridad de la noche.
— Tengo una idea. ¿Por qué no nos encontramos aquí mañana? Podríamos visitar las zonas más emblemáticas de Chicago. Me conozco la ciudad como la palma de mi mano.
Ambas se rieron y Chloe aceptó.
No sabía que había visto en Adele, pero le gustaba. Le parecía atrevida y divertida.
Además, quería conocer Chicas desde la belleza de los años 20.
Durante un par de semanas estuvo viajando y visitando a Adele y cada vez sentía algo más fuerte por ella, aunque no iba a declararse nunca por muchos motivos. No podía enamorarse de alguien que no correspondía a su época. Era un amor imposible.
Pero aún así, cuando volvía de nuevo a su piso, no paraba de pensar en ella. No paraba de sonreír de forma tonta. Incluso dormía mejor por las noches, ya no pensaba tanto y las voces habían parado.
Un día, mientras visitaban un monumento y Adele explicaba su historia, comenzó a llover.
Ambas salieron corriendo y riendo a refugiarse debajo de duna cornisa. Y no saben si fue por el momento, porque la lluvia les estaba calando la ropa y el frío no las dejaba pensar o porque estaban destinadas a ser, pero se miraron a los ojos y vieron algo la una en la otra que nunca habían visto en nadie más. Así que Adele, decidida y sin nada que perder, posó sus manos en la cara de Chloe y la acercó a ella hasta que sus labios se encontraron.
La lluvia seguía callendo con más intensidad, pero lo ignoraban porque en ese momento, no importaba nada más que ellas.
Cuando Chloe volvió a su piso con otra sonrisa tonta en la cara, decidió buscar a Adele. No se le había ocurrido buscarla antes, estaba tan absorta en los viajes y en los sentimientos con Adele que no reparo en comprobar si había sido alguien importante en la Historia.
Y sorprendentemente lo era, pero no como Chloe pensaba.
Adele Davis fue la mujer de uno de los muchos mafiosos que hubo en Chicago durante los años 20 con el tráfico de alcohol.
Cuando Chloe lo descubrió, toda la magia, rodos los sentimientos hacia Adele se desvanecieron. ¿Por qué no le dijo quién era? 
Al día siguiente, por la noche, decidió hacer otro viaje. Quería aclarar las cosas con Adele.
Así que fue al bar de todas las noches, se metió en el baño y apretó el botón.
Nada más salir del baño empezó a buscar a Adele, pero fue Adele quién la encontró antes.
Le dio dos toquecitos en la espalda.
— ¿Me estabas buscando? — dijo, sonriendo con pícardía.
— ¿Podemos hablar? — preguntó Chloe, tajante.
A Adele le extrañó esa reacción, pero aceptó. Aquella noche el bar no estaba tan lleno, era miércoles y el bar solía llevarse los fines de semanas.
Cuando se sentaron en la mesa, Chloe se dispuso a hablar, aunque no sabía cómo.
— ¿Sucede algo?
— ¿Por qué nunca me contaste quién eras?
Adele la miró con sorpresa.
— ¿A qué te refieres?
— Eres la mujer de un capo traficante de alcohol. ¿Por qué no me lo contaste?
— Porque ya no lo soy. He decidido abandonarle.
Chloe la miró a los ojos. Le costaba no creerla.
— Me separé de él hace un par de meses. Ahora vivo en la habitación de un hotel.
— ¿Por qué te separaste de él?
— Porque no me hacía feliz. No me dejaba ser yo misma. Me casé con él porque mi padre me prometió. Él y el padre de mi ahora ex marido eran muy amigos. 
Adele le agarró de la mano.
— Solo tú has conseguido que vuelva a ser quién era, que vuelva a ser feliz y me siente llena de vida. Solo te quiero a ti.
— ¿No ves que esto es algo imposible? — preguntó Chloe Con un nudo en la garganta esperando un "no" por respuesta.
— Puede ser posible si ambas queremos.
Adele tenía razón. Por muy descabellado que fuese todo, era algo real. Podían escapar y estar juntas, empezar de nuevo en otro lugar. Y por un minuto esa idea inundó la mente de Chloe, incluso la idea de quesarse allí para siempre.
Cuando todo parecía claro, cuando ambas estaban dispuestas a acceder y dejarlo todo, se oyen dos disparos y Adele cae a los pies de Chloe.
Alguien con el rostro tapado y un sombrero sale corriendo del bar y Chloe se agacha a recoger a Adele. Aún respira.
— Vas a salir de esta, te lo prometo. — dice Chloe, Con Adele entre sus brazos, sollozando.
Adele saca fuerzas para alzar su brazo y acariciar la cara de Chloe. Sonríe y de pronto, toda expresión en sus ojos se convierte en nula.
Chloe agacha la cabeza contra el pecho de Adele y rompe a llorar desconsoladamente, como si nadie ni nada existiese.
Después de la llegada de la policía y millones de preguntas que Chloe no pudo responder por su bloqueo y aturdimiento, pudo salir de bar y sin saber cómo, marcar de nuevo el año para volver.
Cuando llegó a su piso, rompió va llorar. Comenzó a gritar, a maldecir todo y a romper todo lo que encontraba a su paso.
Y fue cuando ese dolor en el pecho volvió, cuando la oscuridad y las voces volvieron a ella, justo cuando pensaba que jamás volvería a sentirse así.

 

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