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4 min
Chico de la calle
Reales |
22.02.18
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Sinopsis

Mientras se hacen los trámites en los Bancos, un encuentro con un perro de la calle.Como duele un perro callejero. Que triste se hace no tener un lugar para cobijarlo. ¿Que extraña conexión tenemos con esas puras e inocentes criaturas?

 

Me gusta tomar café.

No tiene nada que ver con los beneficios científicos comprobados de la bebida.

Simplemente me encanta ese diario ritual.

Confieso que cuando en mis  solitarios momentos frente a una taza del renegrido y dorado elixir, sus especiadas notas penetran mi olfato,  es justo allí donde alcanzo el trance que permite abstraerme de todo. Comunicarme conmigo mismo como en mis mejores sesiones de respiración consciente y perdonar esos pensamientos inútiles que ni terminan de encontrar el punto final, ni tienen la grandeza de marcharse.

Donde acostumbro beberlo, las mozas, miman a sus clientes con dibujitos en la espuma. Si tuviera que elegir entre el corazón y la pluma estaría realmente en aprietos.

Particularmente el Bar me gusta por otros motivos.

Sus  grandes vidrieras atrapan como los ojos de mi amor.

Desde mi cómodo sitial puedo sopesar lo que amo, lo que no tanto y lo que nunca podría.

Hay una bonita Iglesia, una prolija plaza y gente alegre de andar sereno y amabilidad pueblerina.

En las mañanas de sol, aún las más frescas. El humeante ceremonial con mi turbia bebida se muda a las gastadas mesas de madera en la vereda.  Añorando sentir la brisa de las terrazas de Paris con el otoño en la piel.

Un movimiento casi rastrero cortó mi nostálgico vuelo.

Se acercó haciéndose el distraído.

Yo lo había visto aún sin verlo. Como frecuentemente pasa con las cosas que nos importan pero que registramos recién perdidas.

En esa fría mañana del mediterráneo de mi soledad, él tenía un simpático hocico embarrado y húmedo y una mirada pícara.

Era demasiada competencia  para un libro sin alma cerrado sobre una página intrascendente.

Se detuvo.

Quedamos frente a frente, subió sus ojos hasta alcanzarme y coincidimos  en una enorme tristeza común que la arrogancia del hombre  había forjado.

Hola -le dije-. Se revolvió inquieto, bajó las orejas atigradas y apuntó su nariz al centro de mis claros pantalones limpios. En un intercambio de barro peludo y cariñosos tirones de orejas nos reconocimos. Él mi cachorro y yo su niño.

La punta de una medialuna mezquina y un aluvión de caricias le robaron un plácido gruñido.

Su cola marcaba un vertiginoso rumbo norte- sur ahuyentando  alegremente  una interminable colección de injustas penas.

Incrédulo aún con su condición de peregrinar a diario en busca de poco alimento y algunas caricias.

¿Puede el hombre acaso sobrevivir con una mísera paga, en un trabajo que desprecia, sin una pizca de reconocimiento que alimente su estima?

 

Quise pararme para pagar. Su pata se apoyó en mi pierna.  Fue una intuitiva zancadilla a mi corazón. El silencio que sobrevino fue todo mío.

Acomode mi bandolera. Con las manos en los bolsillos empecé a desandar tres esquinas de la bonita plaza. Él caminaba conmigo. Exactamente delante, pisando mi sombra para perpetuar el momento.

Yo no sabía ni cómo iba a decirle adiós ni dónde encontraría el valor.

Me detuve frente al Banco Nación y lo supo al instante. Se acostó resoplando.  Las patitas hacia adelante la cabeza apoyada en ellas.

Hizo un movimiento gracioso al tirar las largas orejas hacia atrás y mostrarme su hermosa carita. Los ojos de lado a lado y directo a los míos. Tristeza de perdedor.

Me agazapé a su lado y en una caricia sentida que se supo hacer interminable, le dije: aquí nos separamos, Chico. Tal vez mañana…

Se incorporó desperezando su desinterés, mientras bostezaba, tiró el cuerpo hacia atrás y me dio la espalda.

Emprendió un trote ágil hacia la bandada de palomas que comían a expensas de un par de pensionados. Las traspasó justo en el alocado  vuelo  desordenado y desapareció mirando atrás un par de veces, como quien se pierde en la galera de un Mago.

Quede absorto. Recordé una vieja frase: “la mirada de un perro es un espejo donde puedes ver reflejada la grandeza de tu alma”.

Me sentí miserablemente pequeño…

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