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4 min
Chico de la calle
Amor |
12.12.18
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  • 15
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Sinopsis

Un encuentro casual con un perro de la calle. Una reflexión sobre la conexión mística con esas criaturas inocentes que entran en nuestras vidas y las marcan.

Me gusta tomar café, no tiene que ver con los beneficios científicos comprobados de la bebida. El encanto de ese diario ritual, aún rodeado de gente reside en su simpleza y privacidad.

Confieso que cuando en mis solitarios momentos frente a una taza del renegrido y dorado elixir, sus especiadas notas penetran mi olfato, es el momento exacto donde alcanzo el trance que permite abstraerme de todo. Comunicarme conmigo mismo como en mis mejores sesiones de respiración consciente y perdonar esos pensamientos inútiles que ni terminan de encontrar punto final ni tienen el coraje ni la cortesía de marcharse.

Donde acostumbro beberlo, las mozas miman a sus clientes con dibujos en la espuma, si tuviera que elegir entre el corazón y la pluma estaría realmente en apuros.

El bar está emplazado en un edificio antiguo y sus grandes vidrieras atrapan como los ojos de mi amor. Desde mi cómodo sitial a través de ellas puedo sopesar lo que amo, lo que no tanto y lo que nunca podría. Hay una bonita Iglesia, una prolija plaza circundada de jacarandaes, va y viene gente alegre de andar sereno y amabilidad pueblerina, los pájaros rompen la monotonía al soltar su vuelo en cada campanada que da el reloj que el sol tiñe de dorado. El monumento ha perdido la memoria de lo que debía contar y es mudo testigo de todo lo que sucede por las diagonales.

En las mañanas en que el sol se muestra, aún las más frescas, el humeante ceremonial con mi turbia bebida se muda a las gastadas mesas de madera en la vereda. Añorando sentir la brisa de las terrazas de París con el otoño en la piel, leo.

Bicicletas de colores en fila india giran por las calles, adornadas con globos y flores, timbres y bocinas suenan frenéticamente, niños de una colonia de vacaciones se manifiestan celebrando el inicio de un nuevo año. De repente, un movimiento casi rastrero despega del contingente y se acerca como distraído, interrumpiendo mi nostalgia. En esa fría mañana del mediterráneo de mi soledad él traía un simpático hocico embarrado y húmedo, junto a su mirada pícara era demasiada competencia para un libro sin alma cerrado en una página para el olvido. Se detuvo, quedamos frente a frente, subió sus ojos hasta alcanzarme y coincidimos en una enorme tristeza común que la arrogancia del hombre había forjado con el tiempo. Se removió inquieto, al hablarle, bajó las orejas atigradas y apuntó su nariz al centro de mis pantalones claros. En un intercambio de pelo embarrado y cariñosos tirones de orejas nos reconocimos, él mi cachorro y yo su niño. La punta de una medialuna mezquina y un aluvión de caricias le robaron un plácido gruñido. Su cola marcaba un vertiginoso rumbo pendular que ahuyentaba alegremente a una interminable colección de injustas penas. Por un instante me encontré reflexionando sobre la extraña y mística conexión que nos une a esas inocentes criaturas.

Al pararme para pagar su pata se apoyó en mi pierna, fue una intuitiva zancadilla al corazón. El silencio que sobrevino fue todo mío. Acomodé mi bandolera, con las manos en los bolsillos comencé a desandar tres esquinas de la bonita plaza. Él caminaba exactamente delante, pisando mi sombra para no dejarme escapar. El Banco de la Nación se avecinaba, ensayaba como decirle adiós, no sabía adonde encontraría el valor. Ante el edificio de la esquina detuve mis pasos y juro que lo supo. Se acostó resoplando, las patitas hacia adelante la cabeza apoyada en ellas. Realizó un movimiento gracioso al tirar las largas orejas hacia atrás y mostrarme su hermosa cara. Lengua afuera ojos de lado a lado directo a los míos, compartimos la mirada mustia del perdedor. Me agazapé a su lado, en una caricia que sentí interminable pretendí decir algo, pero no pude. Se incorporó desperezando su desinterés mientras bostezaba, me dio la espalda y emprendió un trote ágil hacia las palomas que comían a expensas de un par de pensionados, las traspasó y en el alocado vuelo desordenado desapareció como quien se pierde en la galera de un mago.

Quedé absorto. Merecía otro final esta historia, Chico, pero sólo atiné a recordar la vieja frase que leí a la entrada de la perrera municipal: “la mirada de un perro es un espejo donde puedes ver reflejada la grandeza de tu alma”.

Me sentí miserablemente pequeño y en silencio, lloré.

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  • Brillante. Me emocionó hasta los huesos. Me alegro cuando encuentro relatos así. Un abrazo.
    Me has conmovido con esa historia y esa es una virtud del buen escritor. ¡Te felicito!
    Mi perro, de la protectora de san sebastián en su momento, mi Txolo, lleva conmigo ya once años y es una de mis más amorosas locuras; uña y carne los dos. Antes, me enseñó la alegría de vivir y, ahora, la paciencia; amores incondicionales siempre sabios. Me encanta la sensibilidad de lo que cuentas y cómo lo cuentas. gracias, kf
    Gran trabajo de generar emociones y sentimientos. Un abrazo Roluma y Felices fiestas!!!
    Un placer volverte a leer amigo Roluma, tus palabras transmiten sentimientos, me llegan y eso no es fácil. Un abrazo, te sigo leyendo
    ¡Qué bien transmites tus sentimientos! " Se incorporó desperezando su desinterés mientras bostezaba, me dio la espalda y emprendió un trote ágil hacia las palomas que comían a expensas de un par de pensionados, las traspasó y en el alocado vuelo desordenado desapareció como quien se pierde en la galera de un mago." ¡ Excelente este párrafo.! Es como para agradecerle la manera sencilla de evitarme la desolación al separarnos. Se me empañaron los ojos. Gracias amigo.
    Wow, Roluma. Increible, que hermoso texto. Nunca dejes de escribir, mi amigo. Abrazo fuerte para ti.
    Muy grata historia, Roluma, y muy bien escrita. Gracias por compartirla
    Me atrapo, saludos!!!!
    Descripción de hasta el mínimo detalle y una buena historia! Me ha gustado! Saludos.
  • Alimenta al lobo. Parecerá juego. Él no sabe de eso, lo quiere todo. Y no es un juego de palabras.

    Viajar es un placer. Es un abrir los sentidos a disfrutar todo lo que se revela y nos llena el alma. A veces es imposible.

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    Un encuentro casual con un perro de la calle. Una reflexión sobre la conexión mística con esas criaturas inocentes que entran en nuestras vidas y las marcan.

    Experiencias que viven y sufren los niños se convierten en miserias de adultos. Victimas o victimarios, para los inocentes siempre da igual.

    Gastemos el tiempo y las energías en ser felices.

    "Uno, busca lleno de esperanzas El camino que los sueños Prometieron a sus ansias... Sabe que la lucha es cruel Y es mucha, pero lucha y se desangra Por la fe que lo empecina... Uno va arrastrándose entre espinas Y en su afán de dar su amor, Sufre y se destroza hasta entender: Que uno se ha quedao sin corazón... Precio de castigo que uno entrega Por un beso que no llega A un amor que lo engañó... Vacío ya de amar y de llorar Tanta traición ..." Fragmento del tango "Uno"

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Soy águila. De las que vuelan alto. De las que ven sin proponérselo. Tengo maestros de los que no acepto palabras. Tengo lapices que dicen lo que siento. Cuando vuelo mi vuelo, cuando respiro mi cielo.

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