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3 min
Chove muidiño
Reflexiones |
23.10.10
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Sinopsis



      Cualquier sitio es bueno para llorar o para escribir. Estoy en una cafetería cercana a la estación y en la acera de enfrente, hay una mujer que llora abrazada a la esquina. Me recuerda al muro de las lamentaciones de Jerusalén, esa gran pared esculpida en piedra, que tantos secretos guarda. Al parecer, las paredes de piedra son los mejores amigos para depositar nuestros secretos. Amigos silenciosos y leales, que se llevan con ellos nuestras miserias más íntimas; aunque también me viene a la memoria la frialdad de esas piedras de tamaño preciso, -ni grandes ni pequeñas-, que utilizan en algunos países para el terrible castigo de la lapidación. El hombre y su imaginación infinita, puede transformar los elementos a su antojo para usarlos para el bien o para el mal.

      Mi amigo acaba de marcharse pero yo no lloro. ¿Por qué?, me pregunto. Sentada en la litera baja del compartimento de cuatro, observo el trasiego de la gente que sube al tren. Entra una chica joven vestida de negro, y mira por la ventana. Antes de que la vetusta máquina parta, la escucho gemir y sonarse con un pañuelo, que en breves instantes, resulta insuficiente para contener todo el agua del océano. Hoy se inaugura el día del llanto, igual que existe el día de la madre, del padre, o del pulpo y el percebe, como ocurre en estos hermosos pueblos gallegos.

      El tren parte con sus quejidos y mi indiferencia, y la tarde languidece fuera, con un toque de morriña y pimentón picante. Su decaer es mucho más triste que en otros lugares, o así me lo parece, no sé si será debido a la ausencia de sol. Me pregunto si este astro luminoso tendrá algo que ver con estos llantos coincidentes.

      La chica de negro ha parado de llorar y ahora mira por la ventana, sale al pasillo y poco después, la veo morder un bocadillo. Llanto y fiambre, ¡qué bien combinan! En la intimidad de nuestro compartimento, no me ha parecido oportuno preguntarle el motivo de su llanto, además, puedo adivinarlo. Un hombre. Un hombre con el que tal vez se casará, y junto al que, en el supuesto de que lo haga, envejecerá sin volver a acordarse ni a preguntarse, pero sobre todo, sin volver a sentir nunca más ese desgarro que le produce ahora la despedida, y con el paso de los años y de la vida, puede que dude si aquélla chica de negro de la estación era ella, o acaso alguien que vio en una película hace mucho tiempo, tanto, que ni siquiera consigue recordarla. Puede que confunda este tren con un avión, y piense que la protagonista era Ingrid Bergman, y no ella, despidiéndose de un Bogart brillante en aquella noche oscura, cuando con un gesto de auténtica renuncia amorosa abandona a su amante en Casablanca.

      Desgraciadamente, y pese a lo contagioso que resulta el llanto, yo no lloro. Hace bastante tiempo que, cuando necesito lágrimas, las compro. Vienen en estuches individuales, y son bellas y borrosas, casi iguales a las que producen nuestros ojos en momentos cruciales.

      A través de la ventana se desliza veloz el tiempo. Está oscureciendo y chove.
Chove muidiño.
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