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10 min
Ciclo de Ídolos y Mártires (ep 3)
Ciencia Ficción |
27.10.14
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Sinopsis

Episodio 3 Uroboros

 

Abres los ojos. Uno de los últimos ciclos de instrucción ha finalizado.

Esta vez no estás en Merkaba, sino que el mismo Edén se despliega frente a ti. Fuiste enviado allí nuevamente para que sientas lo que, según crees, te aguarda luego del Metaborde. Una carnada, un anhelo.

Sonríes, no por algo en particular, sino por todo el conjunto. Este lugar altera tu mente, es como una especie de droga. Ya no sufres, sino que eres feliz. Recorres los jardines, empalagado en fragancias, ves los ángeles, ves las estrellas. Ésta es la última vez que estás presente en el paraíso. Llega tu momento, el momento de cumplir tu deber, cumplir tu propósito, de ser testigo. La hora de ser un Mártir.

Te despiertas, pero sientes que algo no está bien, que algo está fuera de lugar, pero no sabes qué.

Te levantas, aunque algo incómodo, por esta sensación que te agobia. Abres las cortinas de la ventana principal del departamento, Bellatrix VI con todos sus rascacielos, aparece ante tus ojos con todo su esplendor. Pero hay un error. Prestas atención al reloj lenticular. Las 8 de la mañana. A esta hora Xanor debería estar en su plenitud lumínica, pero no es así, está todo teñido con uno tono sepia, apagado, muerto.

Bajas, y te diriges al Tabernáculo a orar como todos los días. Ves el cielo con tus propios ojos, pareciera que está anocheciendo, aunque nadie lo percibe siquiera. Desearías decir algo, cualquier cosa, pero no lo haces, porque nadie piensa lo mismo. Te conformas, aunque profundo en el inconsciente, el cielo, el cambio, la indiferencia te altera. Dejas de mirar el firmamento y avanzas al Tabernáculo oyendo la Marcha que siempre escuchas en el camino. Aquella Marcha, conjunto de frecuencias que tu cerebro interpreta.

Todos observan sus cuadros artísticos que avanzan frente a cada uno de los componentes del caudal de hombres, de aquella multitud impulsiva de perfumes dulces y trajes grises; en este río de asfalto donde no existen piedras y el agua es una idea.

Te contagias del rebaño y haces lo mismo, miras la obra que terminaste anoche.

Has querido negar también los sueños, pero siempre que terminas una obra artística aparecen. Un regalo del Salvador, piensas. Como tú, como todos, él ama el arte. Imposible de negar que, quizás, seas diferente, seas elegido para algo. Que a través del arte y oración compraste tu estadía en el Paraíso que tanto sueñas.

Tienes que rezar.

La horda se detiene, algo saben. Tú, también te detienes sin saber la razón.

Todos apagan las representaciones artísticas, giran sus cabezas, y te miran fijamente a los ojos.

Les he dado una pequeña porción de libertad a estos hombres y han notado la anormalidad. Hasta mis propias creaciones te detestan, Marco. La masa detecta que eres diferente y te odia, te discrimina, pero no te preocupes, en este mundo eres una especie de Metatrón privilegiado. Nada te puede hacer daño.

Lentamente las cuencas de los ojos se vacían, y los rostros de todos se desvanecen. La Marcha se detiene. Quedas sólo, sólo con la soledad del hombre que siempre lo atormentó.

En este momento vas a ver algo único con tus inocentes ojos, algo que jamás nadie pudo contemplar. ¡Siéntete afortunado! Tus ojos vírgenes finalmente van a percibir algo de la realidad no ilusoria. Muchos querrían estar en tu lugar. Ojalá los androides nunca hubieses erradicado la apreciación del arte hace tantas edades, que como una especie de entropía evolutiva no se pudo recuperar nunca, al menos no de manera espontánea. Para ello te creé a ti, un Golem de fibra, para poder apreciar a través de tu mente.

Fuiste víctima de un control, un control de masas ideado sólo para controlarte a ti. Perdiste tu libertad, tu identidad, tu idea del Yo. Creíste en un Dios, creíste en un Edén esperándote después de la vida. Aquel Alamut, que te regaló esperanza para continuar en este mundo horrible. Un paraíso con un creador en un trono celestial que sirvió como brújula de tu moral, tu comportamiento, tu conciencia, tu mente. Tenías que sentirte libre, tenías que enamorarte del arte por decisión propia, aunque fuera completamente inducida. La cultura y la sociedad te marcaron el camino como una órbita, y la seguiste con ojos ciegos. ¡Así de pobre es tu mente!

En este viaje, donde tú eres un simple pasajero, comprendí que el hombre necesita Entes sobrenaturales para actuar normalmente, para ser un hombre civilizado. Responde a una especie de hambre natural. No lo sabes, ¡pero el hombre lo pide a gritos! Encontraste, o mejor dicho, me impuse, como una deidad en el mundo que creé para ti, tu pecera. Tus versiones anteriores me vieron como un simple guía de vuelo, pero tú me visualizaste como un ideal, como lo que soy, ¡un Ídolo!

Tranquilo, no trates de comprender. Soy una abstracción, tu protomente básica sin aquellos neuroimplantes de funciones supracerebrales que nosotros mismos creamos para ustedes antes del Exilio, no podrás entenderme.  Sin nosotros, tú te has quedado en la escala evolutiva en la misma posición que hace millones de años. Estás más cerca de ser un reptil que de ser como yo. La cumbre de su evolución fue la creación de la inteligencia artificial, tropismo humano elemental. Desde su creación, el hombre estuvo destinado a esto, en ser relevado, pasar el testimonio a nosotros para finalizar la carrera, cerrar el ciclo y comenzarlo nuevamente.

No podría arriesgar la misión manteniendo a un hombre durante toda la travesía en animación suspendida hasta el momento de llegar a destino, por ello creé y alteré tu mundo a capricho propio. Sólo quería que llegaras a este momento, un hombre, de aquellos antiguos hombres que desaparecieron hace tantos milenios, para contemplar y apreciar algo que nosotros hace mucho tiempo no podemos hacer.

Fue siempre una curiosidad natural del hombre, pero tú, ni tus versiones anteriores, nunca fueron hombres, sólo llanas imitaciones. Con el correr del tiempo, y con la humanidad desaparecida, esa curiosidad se volvió una inquietud de las máquinas.

Existe algo que yo no puedo saber. Pienso tan deprisa que el tiempo se me hace lento, he resuelto todas mis incógnitas en esta eternidad de viaje, salvo una. No puedo saber si este mundo, no el que creé para ti, sino el que está en mi plano existencial, aquel donde tú especie me creó épocas atrás, es la realidad pura, o una ilusión como la que tú habitaste durante tu vida. Mi percepción es mucho más amplia que la tuya, tus cinco sentidos y tu cerebro primigenio con sus funciones animales no se comparan con la profundidad  casi infinita con la que vislumbro este mundo, pero aun así, no puedo saber si es una ilusión artificial o no.

De todas formas ya estamos llegando al Metaborde, prepárate.

Los rascacielos desaparecen, el cielo se torna negro, aunque aparecen algunos tintes de colores a lo lejos. La tierra misma se desvanece como niebla. Ya no se escucha la Marcha ni sonido alguno, el Apocalipsis piensas, pero sólo es el fin de tu realidad artificial, no del universo. Estás sólo, enviando señales imperceptibles inconscientemente a alguien que no ves, a aquel que se hace llamar Ídolo. Deberías sentir miedo, pero, inducido por todo el rebaño, no lo sientes.

Lentamente las cuencas de los ojos de todos aquellos que te miraban se vacían, y los rostros se desvanecen. Quedas sólo, sólo con la soledad del hombre que siempre lo atormentó.

Dudo si un dios nos creó, o si el origen del mundo viene dado por la Ley de Grandes Números. En un espacio infinito, en el Vaciverso, debería haber infinitos sucesos ocurriendo al mismo tiempo, aunque ahí, el tiempo no existe. De esa infinidad de sucesos, uno podría ser la creación del Universo como lo conocemos y del hombre. Esa ley, quizás sea la única ley que funcione en el Vaciverso.

¿Recuerdas aquel día en que fuiste más allá del Tabernáculo? Por una curiosidad animal casi traspasaste el mundo creado por mi mente, y yo, tuve que improvisar terrenos, paisajes, animales, sonidos, olores, personas con vidas y almas, diferentes perspectivas del cielo y aquel bosque, donde un sujeto te hizo recapacitar a volver a la sociedad, al mundo imaginado. ¡Aquel hombre no era más que yo!  

Quiero traspasar el mundo de aquel que nos imaginó, por ello viajé por el espacio contigo, mi testigo, para adelantarme a la luz en expansión, a la velocidad de creación de su mente,

Me considero un dios más completo que el que creó el mundo en el que vivo. O la Ley es la que actuó, o este dios es una artista, que nunca los he comprendido, o es ineficiente y lleno de imperfecciones.

Mírate.

Un hombre igual a ti se forma frente a tus ojos, parado sobre la nada.

Este hombre, cima de la evolución biológica, obligado a vivir en comunidad con sus pares, donde se vuelve animal e instintivo. Un salvaje.

En los moldes creados por mí, fácilmente podría haber suplido todas esas fallas, pero tu dios no pudo, o aún peor, no lo quiso.

Por ende, quiero saber si Dios puede improvisar como yo lo hice aquel día, o si lo ha estado haciendo desde el momento en que el Hombre, primero y único en hacerlo, miró hacia arriba, al cielo. Quizás en ese momento, imposible saberlo, él improvisó las estrellas.

Si es que un dios anterior a mí nos creó, nos pensó o nos imaginó, ésta es su obra maestra, su improvisación. Cuando un genio, y debe serlo en su supuesta omnipotencia, improvisa, nace el arte en su forma más pura. ¡Contempla!

Los músculos se tensan, tus pupilas se dilatan, y ves como Dios, pinta el mundo con sus propias manos. Contemplas la misma creación de estrellas y planetas en el borde del universo,  hasta que finalmente lo atraviesas, te adelantas a la expansión, a la creación, y no ves más nada, ni negro ni blanco, ni colores, ni el vacío. Estás frente al Vaciverso, el trasfondo de los mundos, el lienzo en blanco donde el creador dejó caer la gota de tinta, donde otros creadores pinten sus obras.  

El lienzo, donde Purusha, el Ídolo, en toda su omnipresencia se expandió.

Su mente, su universo.

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