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9 min
Claroscuro
Terror |
12.12.13
  • 5
  • 2
  • 1638
Sinopsis

Ernesto Lago y su afición de coleccionar películas antiguas. ¿Te atreverías tú a verlas? Quedas invitado a ello; eso sí, sin palomitas, por si acaso.

La vida de Ernesto Lago era prácticamente anodina salvo por una cosa. Había algo que lo mantenía vivo, que le provocaba sensaciones únicas que no podía conseguir de otra forma. Era su única afición pero, por ser la única, la alimentaba en la medida que le fuera posible. Consistía en coleccionar películas antiguas; cuánto más antiguas y desconocidas mejor. Lo que para cualquiera pudiera ser un vestigio arcaico y sin valor, para él eran auténticas reliquias. Poseía infinidad de ellas, de todos los formatos posibles, desde 35 milímetros, pasando por las de 17,5, hasta de Súper 8. Hasta tal punto las preciaba, que mantenía una habitación entera solo para ellas, sin preocuparle que sólo le quedaran dos habitáculos más en toda la casa, que hacían las veces de cocina y de dormitorio. Podría decirse que su existencia estaba tintada en blanco y negro.

Aquella fría mañana de Diciembre, Ernesto se encontraba sentado impaciente en su desvencijado sillón, mirando fijamente la puerta de entrada de su casa. Llevaba esperando un pedido una semana entera y ahora, por fin, había llegado el día. El envío consistía en una serie de películas independientes en formato Súper 8, de origen desconocido, que jamás habían visto la luz o, al menos, esa era la conclusión a la que Ernesto había llegado después de investigar por Internet durante toda esa semana. Las películas en cuestión, las había conseguido en una subasta en Ebay por las cuales, por sorprendente que le pareciera, nadie pujó excepto él. En cuanto al subastador, poco o nada le preocupó.

Fue en el momento menos esperado, justo cuando se levantaba para cerrar una ventana que se había abierto a causa del fuerte viento que soplaba en el exterior, cuando llamaron a la puerta. Tras asegurarse de que quedaba bien fijada, Ernesto acudió raudo a abrir. Frente a él se encontraba el mensajero con un paquete en su regazo. Su preciado premio se hallaba dentro de esa caja. Sin duda, era como una especie de regalo de Navidad. Pero, ya que no tenía a nadie que quisiera ser su Rey Mago, él mismo lo haría. Y lo mejor de todo es que acertaría a la primera.

Tras firmar un garabato en el papel que le habían puesto por delante, Ernesto cogió la caja, cerró la puerta y se dirigió tan rápido como pudo a la habitación de proyección. Allí, además de las películas, guardaba varios modelos de proyectores cinematográficos domésticos. De entre todos, cogió el Elmo ST-600D, específico para reproducir cintas en formato Super 8, y lo apoyó sobre la única mesa que adornaba la estancia. Nervioso, abrió el paquete y sacó las películas. Había un total de tres, cada una en su respectiva caja; si bien tenían una pegatina de marcación, lo que había escrito en ellas era ininteligible.

Ernesto colocó la primera película escogida al azar en el proyector, cerró la puerta de la habitación y apagó la luz. A continuación, se sentó en el suelo, con la vista pegada a la tela blanca, que hacía las veces de pantalla de cine. Tras un último traqueteo, el proyector comenzó a despedir sus primeras imágenes.

Lo que se empezó a vislumbrar no era algo que Ernesto hubiera esperado. Si bien no sabía con que se iba a encontrar, desde luego aquello estaba fuera de toda lógica razonable. En la película aparecían varias personas alrededor de una joven que se encontraba atada a una silla. El sonido era pésimo, pero aun así, se podían discernir algunas voces que parecían ser de otro idioma. La joven parecía estar gritando de dolor, mientras el resto de personas la rodeaban y, aparentemente, la increpaban con más gritos. La persona encargada de filmar aquella escena se movía alrededor de la estancia, por lo que se podía ver, con la claridad que el estado de la película permitía, los rostros de todas las personas. Ernesto lanzó una exclamación al percatarse de que dos de ellas llevaban en sus manos una Biblia, un rosario y un crucifijo. ¿Se trataba aquella película de un exorcismo en vivo y en directo? Si era así, y no era ninguna broma de aficionado, se encontraba ante algo de mucho valor. Inmediatamente se le pasó por la cabeza que, si la Iglesia se enteraba de la existencia de esa película, harían lo que fuera por hacerse con ella. Y, seguramente, ofrecerían una suculenta suma de dinero. Sin embargo, sus películas tenían mayor valor que el propio dinero, y aquello ya era suyo. Nadie podría quitárselo.

Conforme avanzaba la cinta, las imágenes se volvían más truculentas. Uno de los hombres, aparentemente sacerdote, derramó sobre la joven  lo que Ernesto creyó que sería agua bendita. Inmediatamente la muchacha dio un alarido e intentó zafarse de las cuerdas que la ataban a la silla. Su cara estaba azotada por multitud de golpes y cicatrices, y en sus ojos resplandecía una especie de malicia inconcebible. De repente, una mancha oscura comenzó a formarse tras la espalda de la chica. Una mancha que iba alzándose poco a poco y que, para espanto de Ernesto, cobraba forma humana. Al mismo tiempo, un chirrido comenzó a sonar, elevándose a cada segundo hasta tal punto, que le obligó a taparse los oídos. La cámara enfocó por un instante el rostro de la chica y ésta, como si fuera llamada, giró la cabeza hacia el objetivo. El realismo era tal, que su mirada traspasaba la pantalla y creaba un efecto aterrador, pareciendo escudriñar al espectador.

Lo que ocurrió a continuación, superó con creces cualquier horror visto hasta ese momento. De los ojos de la muchacha comenzaron a surgir pequeñas gotas de sangre, que poco a poco se convirtieron en un reguero que manchaba todo su rostro, dándole el aspecto de algún tipo de entidad sacada del más terrible de los abismos. Acto seguido, la película se terminó, con un fundido a negro.

Aterrado y dos metros más lejos de la pantalla de lo que se había colocado en un principio, Ernesto se incorporó, intentando tranquilizarse. Lo primero que necesitaba era encender la luz de nuevo. La habitación estaba completamente negra ahora que la cinta había finalizado y tendría que buscar el interruptor a tientas. Después de unos segundos interminables, consiguió dar con él, y la luz inundó la estancia. Sacó el rollo del proyector y la guardó en su caja. Miró por segunda vez la etiqueta, intentando descifrar las palabras que allí había escritas, pero de nuevo le resultó imposible. Sostuvo en sus manos la siguiente película, indeciso entre ponerla o no. Por un lado, las imágenes habían sido demasiado aterradoras pero por otro, nada podía ser peor. ¿O sí?

Decidido, más por la curiosidad que por otra cosa, la sacó de su caja y la colocó en el proyector. Pudiera ser que aquella cinta que acababa de ver se hubiera colado entre las demás y que, a partir de ahora, las siguientes fueran menos desagradables. De nuevo apagó la luz y esperó con inquietud que las nuevas imágenes empezaran a formarse.

Aparentemente, se trataba de una comida familiar. En escena, aparecía una familia sonriente sentada alrededor de una mesa, dándose las manos los unos a los otros, lo que parecía significar la bendición de los alimentos. El cámara filmaba en primer plano los rostros de cada comensal, para luego pasar a un plano general de la familia al completo. Sin embargo, todo ápice de normalidad hasta ahora desapareció cuando la imagen se acercó a la mesa, y a lo que ella albergaba. Ernesto observó horrorizado la escena, sintiendo temblores por todo el cuerpo, y una presión que le atenazaba el estómago.

En el centro de la mesa había un agujero circular y a través de él salía una cabeza humana. Cabeza, que podía distinguirse a duras penas, puesto que estaba abierta por la parte superior, resultando un amasijo de pelos, sangre y sesos. Ernesto se llevó las manos a la cara, intentando apaciguar sus náuseas. Aquello era más que suficiente. Se apresuró a quitar la película, justo en el instante en el que uno de los comensales se disponía a introducir una cuchara en aquel revoltijo. Pero entonces, algo lo detuvo. Los extraños huéspedes, comenzaron a girar la cabeza para mirar directamente al objetivo de la cámara, con una repugnante sonrisa. De la misma forma que había ocurrido anteriormente, sus miradas parecieron encontrarse con las de Ernesto y éste, estremecido hasta la médula, hizo acopio para no desmayarse. Con un último esfuerzo, alcanzó a apagar el proyector, y la habitación quedó sumida de nuevo en la más absoluta oscuridad, acompañado únicamente del repiqueteo de la película girando sobre el crono.

Resulta difícil explicar lo que sucedió a continuación. El terror, el espanto y los miedos más atroces que pudieran tener cabida en la vida terrenal, no podrían dar explicación a lo que acaeció. Bastó solo un instante, el momento preciso en el que Ernesto se giró sobre sí mismo y observó una serie de figuras surgidas de entre la negrura de la habitación, para provocar que su corazón se paralizara por completo y dejara de bombear.

En un último halo de agonía que lo separaba levemente del óbito, mientras caía al suelo inerte, sus retinas filmarían la última película de su vida.

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  • Está muy bien la narración, de casquería y truculenta, es subyugante, aunque es verdad que, con las siniestras miradas finales de las películas, el final se adivina. Por otro lado, encuentro muy forzado que una mesa "albergue" su contenido, y supongo que quisiste escribir hálito en vez de halo. Saludos.
    Excelente, sin más historias una historia con una trama original, bien hilada, que mantiene el interés hasta el final que aunque era de esperar no defrauda, felicidades y un saludo
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