cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

12 min
Clase Turista
Terror |
31.10.08
  • 4
  • 3
  • 890
Sinopsis

Un solitario avion atraviesa la noche. Cosas extranas pueden suceder a bordo.

Se despertó bruscamente.
Por un instante se olvidó donde se encontraba, acentuando la sensación de mareo que le invadía el cerebro. Luego sonrió, simplemente se había dormido en el avión en otro viaje de regreso a casa. Ya se estaba cansando de esa rutina, en un trabajo donde su hogar eran los hoteles, apenas podía estar con la familia, descansaba mal y comía peor. Aspiró profundamente aire, se sintió un poco mejor y miró el reloj. Estaba detenido a las 3 PM, unas cuatro horas después de haber salido del aeropuerto. Prefirió pensar que no podría faltar mucho para llegar que teorizar sobre las razones por las que se había estropeado un buen reloj comprado hace menos de un mes.
Los ruidos de la cabina eran aburridamente normales por lo que se acomodó mejor en el asiento, preguntándose que se habrían hecho la jovencitas que iban sentadas junto a el y cuya conversación quizás lo durmió. Habían ganado becas para estudiar canto y actuación en una escuela de su ciudad, viajaban por primera vez en avión para iniciar los cursos y no dejaban de comentar y soñar a viva voz sobre lo que descontaban iba a ser su brillante futuro. En su lugar había una silenciosa pareja ya entrada en años que enfrentaba con experimentada resignación la rutina de un viaje aéreo en clase turista.
Se extrañó de no sentir apetito, pero a la vez se alegró pues ya la cena la habrían servido y nada hay que reclamar luego de que las auxiliares de abordo recogen el servicio. Llegaría a su casa seguramente a desvalijar la nevera sorteando las protestas de su esposa y sus conteos de calorías y colesterol a cada bocado. El vuelo era muy suave sin movimientos bruscos, las conversaciones apenas se escuchaban, la película también había terminado, muchos pasajeros dormitaban y la cabina estaba apenas iluminada, por lo que disfrutó quedándose cómodamente quieto, arrullado por el apagado zumbido de las turbinas.


Casi estaba por dormirse nuevamente cuando se encendió el aviso de ajustarse los cinturones, se prendieron todas las luces y una voz carraspeó en varios idiomas que se estaban aproximando a destino. El viaje se me hizo muy rápido, voy a recordar el vino que tomé en el almuerzo antes de ir al aeropuerto pues es un excelente tranquilizante, pensó aliviado.
En las pantallas comenzaron a pasar las condiciones del tiempo en la ciudad adonde iban a aterrizar en menos de media hora y la sangre pareció que se le helaba en las venas. Se trataba seguramente de un error pues aparecía el nombre del aeropuerto de donde habían partido. Le pareció imposible. Nadie pareció notarlo. Todos se ajustaban los cinturones, se acomodaban el nudo de las corbatas, algunas mujeres se retocaban el maquillaje o el cabello, con total normalidad, como si no estuvieran volviendo al lugar de partida.
¿Habría pasado algo cuando estaba dormido y estarían obligados a volver? Le pareció extraño pues el ambiente era de tranquilidad y hasta buen humor. Se volvió hacia la pareja sentada al lado pero algo le hizo callarse al verlos tan plácidamente ocupados en prepararse para el fin del viaje. Sintió que le tomarían por loco. Una de las azafatas venia caminando por el pasillo controlando que todo estuviese bien para el aterrizaje. Le hizo una seña para que se acercara pero aparentemente no lo vio.
La perplejidad y la angustia le iban ganando terreno a su natural pragmatismo. Con la mirada buscaba ayuda, mientras algo le decía interiormente que no hablara, que no alzara la voz para no hacer el ridículo. Otra azafata venia en su dirección. Era muy jovencita y su uniforme le pareció algo distinto, como un poco más tradicional, quizás era estudiante o aspirante de la compañía. Sin que el le llegase a hablar, ella lo miró, le sonrió como si supiese lo que pasaba por su mente y le hizo una seña como que todo estaba bien.
Ya el sudor le perlaba la frente. No podía estar tranquilo porque una tonta estudiante para personal de a bordo le hubiese sonreído, quizás era su primer vuelo y creía que todo era normal. Estiró el cuello para ver su podía localizar a las dos chicas que iban a comenzar las clases de canto. Ellas realmente estarían haciendo un escándalo al no llegar a tiempo a la escuela, pero no las vio ni las escuchó.
Resignadamente comenzó a planificar cambios en su rutina ante el inesperado regreso al lugar donde ya habían culminado sus gestiones luego de una semana de trabajosas negociaciones. Ojalá, pensó, el retraso durara solo unas horas.
La aeronave estaba haciendo las maniobras de acercamiento al aeropuerto y algunas turbulencias acompañaban su descenso. Sin embargo el aterrizaje fue perfecto y su malhumor creció ante la inconsciente alegría del resto de los pasajeros. Se extrañó que un viaje frustrado no significara nada para la mayoría. Pasaban los años y menos entendía a la gente.


Cuando el avión dejó de carretear por la pista la mayoría se levantó y entre educados empujones comenzó a acercarse a la puerta de salida aún cerrada. La pareja que estaba sentada entre él y el pasillo prefirió quedarse en sus lugares hasta que finalizara la confusión. Ellos sabían que se ganaba poco tiempo saliendo primero de la nave pues luego todo se perdía en los mostradores de inmigración y aduanas. Se quedó sentado viendo el improvisado desfile de gente de todo tipo que configura la multicolor carga humana de un avión. Se sentía demasiado tranquilo dada las circunstancias y eso le extrañaba. Se conocía muy bien y sabía que en situaciones así ya le habría gritado a toda la tripulación y sabría lo sucedido. Esta pasividad la traen los años pensó, recordando que en un mes llegaría a los 55.
La cabina iba quedando vacía. Sus callados compañeros se levantaron y se fueron. El los siguió, o quiso seguirlos. Algo lo ataba al asiento, no lo entendía pero sentía pánico al sólo pensar en levantarse. Era como si el único lugar en el mundo reservado para él estuviese reducido a ese asiento de avión. Recordó un programa de televisión en el que un psicólogo explicaba que eran los estados de pánico y la descripción que daba se parecía mucho a lo que sentía en ese momento. Necesitaba ayuda urgentemente. Quiso gritar y ningún sonido salía de su boca. Respiró profundamente tratando de calmarse.
Observó que la nave no se había movido de la zona de pasajeros y que le habían comenzado a hacer el mantenimiento de las turbinas, por lo que quizás partiría pronto hacia el destino correcto. De pronto la cabina se llenó de voces fuertes y algunas risas; entró un equipo de limpieza armado de toda clase de utensilios para hacer brillar el interior del avión en pocos minutos. Los vio trabajar con ahínco, pasar la aspiradora, juntar papeles, acomodar revistas, sacudir, perfumar, pero en ningún momento se percataron de su presencia. El, solo temblaba tratando de abrir la boca y gritar, pero no podía mover un músculo.
Los limpiadores se fueron, las luces se apagaron, el silencio invadió la cabina interrumpido solo por un leve zumbido de los generadores que afuera recargaban sus baterías.
¡Bienvenido al club! La frase estalló en plena oscuridad. El hombre que la gritó apareció repentinamente en el estrecho pasillo. Seguramente hasta ese momento también había estado como él en silencio y en su asiento. Era irreverentemente obeso, algo calvo y vestía una arrugada camisa y unos jeans. Una gran sonrisa dominaba su rostro, como si fuera cómplice de una gran broma. Pensó que tendría una coherente explicación a lo sucedido y que pronto todo seria una divertida anécdota, incluyendo su ataque de pánico. Le tendió la mano y recibió un jovial apretón.



Notó que podía hablar y que sus músculos se relajaban. Soy bienvenido a que club, preguntó. Al de los muertos anónimos, fue la respuesta. Volvió el silencio. Volvió el pánico.
El gordo no perdió la sonrisa y se explayó. A quienes morimos en vuelo solitariamente nadie nos tiene en cuenta. No estamos en las estadísticas como los que mueren en accidentes aéreos. A ellos los publicitan, los comentan en la prensa, forman parte de estudios de seguridad, les hacen homenajes. A nosotros nos bajan en silencio, casi de contrabando y tratan de olvidarnos. No le convenimos a nadie, ni nuestra suerte vende un solo periódico o un minuto de televisión. Y para colmo de males nuestros espíritus quedan atrapados en el lugar en que morimos pues nos vamos de nuestras vidas en el medio de la nada, cuando salíamos de un lugar para llegar a otro. Yo estoy aquí desde que morí durmiendo. Nadie se dio cuenta hasta que llegamos a destino. Estuve cuatro horas bamboleándome en el asiento y solo creían que había tomado demasiado para pasar la incomible carne que nos habían servido en el almuerzo.
Mientras el hombre hablaba trataba de sobreponerse al terror y volver a la normalidad. Hacia lo que podía pues no es nada común quedar encerrado con un loco en un avión que aterrizó en un aeropuerto equivocado.
El desconocido continuó. Usted tuvo mas suerte pues mientras dormitaba pareció tener una especie de ahogo. Dos chicas que venían a su lado comenzaron a gritar, llegaron las azafatas, una de ellas intentó colocarle un respirador o algo así. A los pocos minutos nada más se podía hacer por usted. Simplemente le pusieron una manta por arriba, desalojaron los asientos a su alrededor y bajaron su cadáver al llegar a su ciudad. Lo deben de estar velando en estos momentos.
Jadeaba. No sabía si atacar a ese loco o mantenerse en calma hasta que llegara ayuda. Por el rabillo del ojo vio un uniforme. Era la joven azafata que lo había tranquilizado cuando estaban por aterrizar y aun conservaba la misma sonrisa. Lo que dice el señor es verdad, dijo como si continuara la conversación. Me imagino que no puede creerlo pues tampoco él me creyó a mí cuando se lo explique hace ya algunos años. Yo fui la primera en morir aquí. Nadie sabia que yo tenía un aneurisma cerebral hasta que los cambios de presión fueron fatales cuando recién comenzaba mi carrera en los primeros vuelos que hizo este avión. Desde ese momento quedé aquí, sin hacer nada. Yendo y viniendo sin parar y sin destino, hasta que este hombre murió y se transformó en una muy conversadora compañía.
En todo este tiempo, hemos analizado el tema hasta el cansancio y sacado algunas conclusiones, interrumpió el comunicativo pasajero. Nunca se llenan nuestros asientos pues algo hace que en las computadoras aparezcan como ocupados.Muchas veces todos se extrañan que en vuelos teóricamente repletos haya uno o dos asientos vacíos.


Luego se olvidan del hecho y los espíritus siguen allí, aburridos hasta el cansancio. A propósito, su asiento en el viaje de regreso no fue ocupado, usted despertó allí en pleno vuelo ya como uno de nosotros. Comprendo el susto y su desconcierto, pero de todas maneras, bienvenido al club. Lamento no convidarlo con una cerveza pero ya habrá notado que no sentimos mundanas necesidades.
De pronto su anfitrión se calló y volvió rápido a su asiento. La azafata desapareció entre las cortinas. Entraba la nueva tripulación, fresca y despreocupada. Poco después comenzaron a llegar los pasajeros. Los mismos comentarios, las mismas risas nerviosas y el desorden al acomodar equipajes de mano. Nadie reparó en él ni reclamó su asiento. Comenzaba un nuevo vuelo. Una nueva jornada de su ahora vacía eternidad.





Un reciente estudio, elaborado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) determinó que las trombosis mortales relacionadas con los vuelos en avión se han incrementado en los últimos años como consecuencia del aumento de los viajes largos y la creciente propensión de muchos pasajeros a padecer complicaciones circulatorias.
El informe conocido como “Who Research into Global Hazards of Travel”, precisó que la pasividad física que obliga un viaje, desencadena un proceso de acumulación de plaquetas con potencial para provocar un trombo de las células hasta atascar una arteria y reventarla.
El riesgo absoluto de tromboembolia venosa afecta a un pasajero de cada 6.000 en lo que se conoce como “síndrome de clase turista”, por ser los mas afectados los pasajeros que viajan en los estrechos sectores económicos. También se estableció que una persona que viaje en avión más de cuatro horas, no importando el sector, tiene 3,5 más probabilidades de sufrir trombosis venosa que quien no viaja.
Las aerolíneas no publican cifras exactas pero se sabe que anualmente muchos viajeros son afectados en pleno vuelo y mueren sin poder hacerse nada por ellos, pese a los equipos de reanimación que se les ha obligado a llevar a bordo, o bien porque su deceso se descubre recién al llegar a destino.

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • Que buen relato, a mi me da miedo viajar en avion, y si pienso en esas cosas, me da aun mas
    Excelente relato, muy imaginativo.
  • Eligio un destino atrapante para sus vacaciones...demasiado atrapante.

    La onda de una emisora de radio puede llegar a lugares inpensables. Asi lo supo un solitario locutor de un programa nocturno.

    Un pequeno detalle cambio la historia.

    Un solitario avion atraviesa la noche. Cosas extranas pueden suceder a bordo.

    La inmensidad del Universo puede ser solo una cuestion relativa...y peligrosa.

    Las personas invisibles existen. Son mas comunes de lo que se piensa y cualquiera de nosotros puede serlo.

    El miedo la perseguia desde la infancia. Ya adulta comprobaria que sus peores pesadillas serian realidad.

    Pese a la opinion de la protagonista de esta historia, lo que usted va a leer es una nueva version del tradicional cuento infantil. (fe de erratas) El verdadero titulo de este cuento es: SOBRE HOMBRES LOBOS Y EL COLESTEROL, pero no cabe en el espacio reservado para este. Paciencia.

    Tenia un poder escondido; debia demostrar a todos lo que podia hacer aunque significara la destruccion total.

    Un viejo hotel, un tranquilo balneario... y de pronto las vacaciones familiares se hundiran en un paisaje de terror.

Tienda

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
11.09.20
10.03.20
Encuesta
Rellena nuestra encuesta