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8 min
Colores vivos 18
Suspense |
27.08.19
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Sinopsis

Reposaba aquel Cetro en mis manos sin saber que hacer. Temblaba impotente. Lo veía borroso por culpa del agua salada que acumulaban mis ojos. Las lágrimas resbalaban por mis mejillas, se descolgaban por mi barbilla y se evaporaban inmediatamente al caer en mi pecho por un hueco de la gabardina.

Por nada del mundo hubiera querido un final así para mi bella Sondra. Si desactivaba la llave, moriría. Tenia que pensar algo de inmediato, encontrar una solución, mas el druida tampoco estaba operativo para que me pudiera ayudar.

No sabía cuanto tiempo podía contener el tiempo quieto. Mi cuerpo asemejaba una estufa de kuarzo y mi energía se consumía.

Casualmente me moví y coincidió que otra lágrima cayó sobre el ojo turquesa de Salem. Un fogonazo blanco se desató y en un punto y aparte se repitió la escena anterior, en la que lograba cercenar la mano de Tauron tarde. El tirano quedaba petrificado y el Cetro y yo caíamos. Levanté la vista. La espada sobresalía del cuerpo de Sondra, enganchada a la mano de su asesino.

Cerré los ojos para no volver a rememorar la trágica escena pero era una señal. Ahi tenía la respuesta. Recordé las palabras de Groshaim cuando me confesó que el Cetro de Salem poseía otros poderes además de dar vida a la pintura. Tal vez ese pudiera ser uno de ellos. Tal vez sería capaz de retroceder en el tiempo. Tal vez otra gota salobre restaría un necesario minuto más. Cogí el Cetro y me deshice de la asquerosa mano. Tal vez aquel poeta que aseguró que las lágrimas son la esencia de los deseos de nuestra alma no fuera un loco si no un profeta.

Lloré de nuevo, esa vez de esperanza. Dos generosas lágrimas, como si hubiera cortado cebolla, surcaron mis pómulos y se precipitaron a las profundidades de la lumínica piedra. Tras el consentido e intenso haz blanco, el Cetro me desplazó al inmediato pasado. Dos minutos de gloria para modificar el destino. Eso no tenia precio.

Tauron era mejor, más diestro que yo y en uno de sus embites me hizo soltar una de las espadas. Voló sin hacer ruido contra el marmoreo pavimento. Aún así, sonreí.

Se giró de repente. Al mismo tiempo inicié mi carrera para alcanzar su muñeca antes de que ocurriera lo esperado. Empezó a repartir patadas apartando a sus esbirros, abriéndose camino para llegar hasta su hermano mayor y mi amada Sondra.

- ¡Muerte a los intrusos! - gritó enardecido.

Fue lo último que escuché. Di un salto y la espada sesgó mi objetivo. La mano y el Cetro se desplomaron delante de mí. Levanté la vista. El afilado y resplandeciente metal se había quedado a una pulgada de la espalda de Sondra.

Paralizado, el siniestro hermano de Groshaim ponía cara de estreñido, en una pose obtusa de estatua romana desenterrada con la pérdida de su mano izquierda. Estaba agotado, supuse por soportar demasiado tiempo el peso del espacio en mis hombros. Solté un bufido de alivio.

Desde el suelo le di una buena patada para apartarlo bien lejos de Sondra. Cayó con la densidad de un muñeco de cartón.

Con las últimas fuerzas me arrastré hasta el artilugio cuya tenue y aterciopelada luz no cesaba. Le desprendí la mano por tercera vez, y última, quise creer. Lo puse en poder del Maestro Laitenen. Me pareció la mejor opción. Yo ya tenía suficiente con aquel don que no sabría si al final sería mi cruz.

Besé suavemente los labios de Sondra tras apartar los lacios cabellos de su rostro angelical antes de agarrar las muñecas del soldado que anteriormente me iba a prender.

La providencia nos había otorgado una segunda oportunidad. La miré con todo el amor que habitaba en mi ser. Era preciosa y simplemente perfecta. Me di cuenta de que el color de sus ojos era similar a la piedra de Salem.

Su semblante se difuminaba. El cansancio me desconectaba los sentidos y mi cuerpo pedía a gritos un chute de energía reponedora. Apreté los antebrazos de aquel desconocido, la radiación en mi piel se apagó e irremediablamente me desvanecí derrotado.

Levanté los párpados despacio. Había un sabor a vino afrutado en mi paladar. Enfoqué el rostro de quien me observaba y reconocí a mi preciosa Sondra. Su expresión era amable y jubilosa, sentada junto a mí.

Yacía desnudo sobre un cómodo lecho, aunque tapado de abdomen para abajo con una ligera sábana oscura. Mis símbolos tatuados quedaban a la luz del sol que entraba por un estrecho y alto ventanal.

Una sonora bofetada me sacó la mirada de su campo de visión y me confirmó que todavía pertenecía al mundo de los vivos.

- Habéis estado a punto de abandonarme - dijo enfadada con un reproche.

- ¡La madre que os trajo al mundo! - solté.

- Os dije que os arrepentiriais - me recordó.

- ¡Ya ya! Pero finalmente no ha sido así ¿verdad? - la miré desconcertado.

Se abalanzó sobre mí y me besó con ansia. Mi chica loca. Sabía cómo resucitatme. La rodeé con mis brazos y se acomodó a mi lado sin separar sus labios de los míos. Eso sí que era un buen desayuno.

- Por cierto, ¿dónde estamos? - quise saber cuando despegó su boca.

- En los aposentos de Tauron - contestó apoyando su mejilla en mi hombro.

- ¿Y cuánto tiempo llevo inconsciente?

- Toda una vida, mi amor - contesta risueña casi en un susurro.

Comprendí el sentido romántico que tenía aquella frase y se lo agradecí con una sonrisa. En el fondo había asimilado que para ganar había que perder.

La puerta de la gran alcoba se abrió y dos ayudantes de cámara precedieron al Maestro Laitenen, al cual tuve que mirar con mayor detalle, pues apenas lo reconocía. Sondra se incorporó educadamente y se quedó sentada en el lecho.

- Bienvenido a la luz joven Cris - me saludó.

Parecía más joven y sobretodo sus nobles y coloridos ropajes le conferian un aspecto pulcro y adecuado a su linaje.

- ¿Habéis descansado bien? - se interesó.

- Sí, os lo agradezco.

- No no no... yo tan sólo os he cedido este aposento que afortunadamente ha quedado desocupado de improviso - argumentó con ironía - Vuestra hermosa prometida se ha estado ocupando de vos.

- ¿Qué pasó con vuestro hermano?

- Dimitió de su cargo - se encogió de hombros enseñando la amarillenta dentadura con una mueca irreverente.

- ¿Alguien tendría la dignidad de relatar lo que me he perdido? - tuve que pedir quejoso.

Los presentes rieron divertidos con mi petición.

- Por favor - arrugué la nariz.

- Con gusto os lo resumiré - accedió mi chica conteniendo la risa - Habéis derrotado al poderoso Tauron, ayudado al Maestro a recuperar el Cetro de Salem así como su pueblo y sus hijos ya dejaron de llorar, pues con sus padres regresaron.

- ¡Bien hallado joven Sondra! - aplaudió el viejo.

- Acercaos Groshaim. Tengo dos cuestiones que desearía pudierais resolver - me incorporé.

- Vos diréis - dijo adelantándose unos pasos.

- ¿Cómo demonios conseguisteis llegar hasta aquí antes que nosotros? No lo logro comprender. ¿Os trajo algún dragón alado?

Me miró sin pestañear durante unos segundos, esbozó una sonrisa que luego la transformó en risa desbocada. Esperé a que terminara sin inmutarme.

- ¿Y la segunda cuestión?

Entendí que no iba a revelarne tal secreto.

- ¿Me enseñareis como dar vida a los colores vivos?

Hice saltar a Sondra con esa pregunta. La incomodé.

- ¿Qué pretendéis con ello, Cris? ¿Marcharos y dejarme?

El Maestro Laitenen se acercó hasta ella y posó la mano en su hombro.

- No Sondra. No quiero que me mal interpretéis - quise serenarla.

- Os desvelaré el secreto del Cetro pero a su debido tiempo - aceptó el druida vestido de gala - No creo que ahora vuestra prometida esté en condiciones de viajar. Está engendrando un hijo vuestro.

Aquella noticia me dejó helado. Sondra le miró también sorprendida.

- Co ... co ... ¿cómo? - tartamudeé.

- ¿Y vos, cómo lo sabéis? - indagó Sondra confirmando la buena nueva.

- No me miréis así - se mofó de nuestra ignorancia y alardeó de su sabiduria - Soy Groshaim Laitenen, el Maestro.

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