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9 min
Colores vivos 6
Suspense |
05.08.19
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Sinopsis

- Si os ayudo a entrar en la cámara secreta del prior y conseguís encontrar el libro que buscáis... - hizo una pausa en su propuesta sin dejar de susurrar - ...¿me llevareis con vosotros?

Alternó la mirada en ambos.

- Yo tengo familia - informó Jansen.

Le miré de reojo pero no podía culparle. Tenía razón. Traté de ganar tiempo para pensar pero no había demasiado. Llevar una mujer conmigo era una responsabilidad inaceptable yendo a ciegas como iba en ese viaje.

- ¿Viajar conmigo? No creo que pueda llevaros...

- Estoy cansada de preparar comida para satisfacer a estos animales - explicó con rabia - Soy huérfana. No me espera nada ni nadie fuera de estos muros de piedra y dentro de éste claustro no es que me traten como a una noble dama.

- Es curioso que se os permita vivir aquí, en la Abadía - le comenté con asombro.

- Es una historia demasiado larga para relatarla ahora - apremió con picardía Sondra.

Dudé unos segundos concentrado en sus profundos ojos.

- Y en el caso de que acceda...¿cómo vamos a entrar en ese lugar sin que se den cuenta?

Se rió con discreción.

- Eso es cosa mia - dijo con seguiridad - ¿Aceptais?

Extendió su mano de uñas repeladas por dientes para cerrar el trato con una traviesa sonrisa de oreja a oreja.

- Es justo - la ayudó Jansen.

- Está bien - dictaminé a regañadientes y firmando el acuerdo- pero solo si encuentro lo que busco.

- Eso también es cosa mía - adjudicó para mi sorpresa.

Después de la cena y de recoger la cocina, la joven, que según me confirmó poseía veinticuatro primaveras, todas ellas recluida allí dentro, nos acompañó hasta la cámara de la mano derecha del Abad para que nos ubicarse en el lugar donde debíamos dormir, ni más ni menos que la habitación de un viejo monje que había fallecido unas semanas antes. Estupenda notícia.

Sondra nos llamaría a la puerta una vez todos se pusieran a roncar y entonces entrariamos en los dominos secretos del Abad. Ese era el plan.

Una vez acomodados, se despidió sin demasiada cortesía y cerró la destartalada puerta tras de si.

La tibia y amarillenta luz de las dos velas sobre una pequeña mesa repartía misterio a la estancia, mientras esperábamos la llegada de la atractiva cocinera.

- Tu padre advirtió que no te metieras en lios Jansen - le recordé - deberías quedarte aquí.

- ¿Y dormir sin protector? - respondió astuto - ¿qué les dirías a mis padres entonces si me pasara algo?

- No quiero que te pase nada malo hermano. Puede ser peligroso.

- Ya lo sé Cristian, pero todavía estoy en deuda contigo - me recordó - Lo haremos juntos.

Me había deshecho de mi estropeando reloj de pulsera y no tuve mas remedio que bregar con la impaciencia como compañía, recostado en el incómodo catre hasta que tres golpes atenuados sonaron al otro lado de la puerta.

Abrí y su aterciopelado semblante me deslumbró al reflejo de la llama del tosco candelabro que portaba.

Se llevó su índice a su boca de fresa en señal de silencio. Jansen apagó las dos velas de un soplido y las guardó dentro de su ropa para usarlas más tarde.

Tras cerrar nuestra habitación con sumo cuidado seguimos a Sondra. Todo estaba a oscuras por delante y por detrás nuestro. La Abadía emitía un aspecto apaciguado durante el trayecto que nos llevó de nuevo a la cocina. Ella se detuvo y con un gesto nos indicó que la imitáramos. Empujó la puerta despacio para que no sonara.

Estábamos arriesgando mucho. Me lo transmitía el redoble de mi pecho. Se introdujo sigilosamente en su interior, amparada por la uraña luminosidad que sujetaba en su mano, y se coló dentro. Luego volvió a salir y nos invitó a entrar. La chica ajustó la puerta.

- Ayudadme - pidió dejando el candelabro en el suelo y señalando una mesa para retirarla.

Ejecutamos su orden y la levantamos entre los tres hacia un lado sin realizar demasiados crujidos. Bajo la mesa buscó un objeto. Puso en pie una argolla de hierro y me miró para que hiciera los honores. Apuntalé ambas piernas a los lados y levanté la reja de madera y hierro con un desafortunado pero leve chirrido de las bisagras. La posé con suavidad en el suelo empedrado.

Un hedor nauseabundo me echó para atrás. Miré a Sondra estupefacto y una sonrisa maliciosa floreció en su semblante.

- No... - supliqué espantado.

- Solo son los conductos de las cloacas - objetó encogiéndose de hombros.

Era el único camino.

Jansen recogió el candelabro del suelo sin remilgos y se ofreció el primero para saltar dentro del negro agujero, pero ella le barró el paso, le quitó la tenue luz, se sentó al borde y sin dudarlo se deslizó por la boca hasta desaparecer. Ya tenía experiencia, por supuesto.

Dos altos escalones separaban el suelo de la cocina del fondo viscoso y pestilente de la cloaca. Una vez todos abajo el olor se pego a mi ropa rápidamente y contagió mi piel. El alevín de la expedición encendió una vela y me la pasó pues escogió el segundo lugar. Las escabrosas paredes lloraban humedad a raudales en el metro y medio que había de altura en el túnel.

Agachados, desfilamos hundiendo el calzado en el lodo marrón. Sondra se arremangó el hábito. Jansen y yo nos aguantábamos el vómito mientras la tempestuosa aliada tiraba de nuestro paso deseando llegar lo antes posible. Las ratas nadaban a nuestro alrededor y chillaban cuando tropezabamos con ellas. Por suerte no eran demasiado grandes ni agresivas.

Después de recorrer varios metros bajo tierra y desechar varias bocas, llegamos a la que pertenecía salir. Hacía rato que no pisábamos desechos y el fondo sólo estaba algo resbaladizo.

Una robusta y estrecha reja de hierro nos cerraba el paso. El claustrofóbico tunel también concluía.

- Aquí es - se giró - No hagáis ruido. Los aposentos del Abad están cerca. Me dejó paso para abrirla. La deslicé muy despacio y luego, casi a tientas, me aupé adentrandome en la oscuridad. Adrenalina en bruto.

Sondra me entregó la temblorosa llama que dejé a un lado y ayudé a subir a mis dos compañeros.

No habían ventanas que delataran nuestra presencia. Solo una claraboya en el techo y la puerta cerrada nos separaba del elemento sorpresa.

No era una biblioteca como inagibaba, mas bien un santuario dedicado al conocimiento. Había cientos de libros de todos los tamaños, desplegados por todos los rincones del excepcional espacio. Librerías hasta el techo y candelabros decorando la sala de lectura, presidida por un escritorio y un noble sillón tallado.

Jansen se aproximó a una estantería con la intención de coger un tomo que sobresalía.

- No toqueis nada - susurró ella sobresaltando al muchacho.

Levantó ambas manos acatando la orden. Le dejamos hacer para no entorpecerla.

- Dadme más luz - solicitó.

Por la destreza y rapidez con la que se movía y consultaba los libros supe que no era primeriza en la consulta y registro de la enorme información que allí reposaba. Sabia leer perfectamente su lengua y también otras. Jansen me miraba atonito por detrás de ella. Al pasar con avidez las gruesas hojas de un desgastado volumen, de detuvo un instante y con júbilo en el rostro nos leyó un pasaje.

- ... y los descendientes serán otorgados con el don de la sabiduría del viajero de tiempo, atravesando las mágicas pinceladas de los colores vivos... - hizo una pausa.

Vamos bien, pensé.

- Seguid - le insté.

- ... cuyo procedimiento para crear vida desde la mano del artista y reflejar un remanso eterno del presente, será legado de generación en generación hasta el fin de los tiempos y guardado en secreto extremo por el maestro alquimista. Quien ose romper el círculo sagrado de la estirpe y revelar los fundamentos de su brujería será castigado con una maldición.

- ¿Qué tipo de maldición? - inquirí.

- No lo dice - prosiguió - pero el libro habla también de un santuario del mal conocido por el nombre de Golaku Arkhas, en la frontera con las tierras Galas. Allí hace referencia a la localización de un guardián de la sabiduría de los Laitenen.

- Y eso ¿queda muy lejos de esta Abadía? - cuchicheé.

- Hay un pequeño mapa - observó - dejadme ver.

No hubo tiempo para más.

El sonido de una llave en la puerta nos hizo cortar la respiración.

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