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10 min
Como dos náufragos
Drama |
01.07.21
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Sinopsis


COMO DOS NÁUFRAGOS

         Nos abrazamos como dos náufragos extraviados en medio de un piélago infinito, con furor, con codicia, con ansia de supervivencia, también con miedo, miedo al vacío inmenso, negro, voraz, que se extendía más allá de esa piel y de esa carne a las que nos aferrábamos con exasperación. Pugnábamos por devorarnos mutuamente, tratando de satisfacer con el voluptuoso encuentro el hambre de nuestro espíritu, hambre de libertad que hacía rugir nuestras almas con borborigmos siniestros y cuya exigencia nos carcomía las entrañas como un comején ávido de devastación. Espoleados por ese apetito, las caricias se convertían en desgarros, en dentelladas los besos, en bramidos los jadeos, cada acoplamiento en una feroz embestida, sumidos ambos en un rito salvaje donde la búsqueda de placer había sido relegada a un segundo plano, postergada en su primacía por otra búsqueda, la de esa libertad que tanto anhelábamos, en un intento desesperado de manumisión, de romper las cadenas que por debajo de nuestras vísceras tiraban y tiraban con el nefario propósito de hundirnos cada vez más en esa infinita nada donde no hay luz, calor ni sueños.

           La ardentía del delirio soliviantaba los cuerpos desnudos y éstos, a su vez, de volanta servían a las almas, anhelantes la una de acoplarse con la otra del mismo modo y al propio tiempo que tenía lugar el encuentro entre los sexos, todo al ritmo de un único y alocado compás bajo el que aspirábamos en definitiva a la comunión plena, al perfecto ajuste del que naciera la energía necesaria para escapar del sombrío erial al que ambos habíamos sido desterrados y dejar de respirar su atmósfera opresiva, helada, oscura, tan pesada que parecía hecha de plomo líquido, evadirnos en suma de ese páramo cruel al que llaman soledad.

           Uñas que acuchillaban las espaldas y componían en su incisivo viaje enrojecidos surcos sobre la piel desnuda, gritos ahogados por el frenesí de la desesperación, respiraciones donde la impaciencia se nutría del aliento arrebatado, caricias delirantes, bocas besando con violencia, dientes que mordían con furia, sofocos, sudor, anhelo.... Voces todas que, deprecantes y ávidas cual hambrientas crías, gritaban para que acudiese en su amparo la esperanza, mientras la carne proseguía su impetuoso despliegue de lujuria.

           Una y otra vez se ensamblaban nuestros cuerpos en furiosas acometidas, carne dentro de la carne en pos del camino que condujese a la ambicionada liberación. Pero esta no terminaba de llegar, ora parecía acercarse, ora se volvía a disolver en la negrura inmensa, como la luz inquieta de un faro que saltara una y otra vez sobre un mar tenebroso, como esos espejismos que aparecen y desaparecen a cada parpadeo y que finalmente, justo cuando parecen estar al alcance de la mano, se desintegran para siempre en medio del atroz desierto. Actuábamos de un modo febril. Mi sexo penetraba en el suyo con toda la profundidad que le era posible, buscando llegar a lo más hondo, como queriendo con esas arremetidas atravesar las barreras que nos mantenían presos y salir a una superficie diáfana. Y ella se entregaba del mismo modo, apretaba con fuerza sus caderas contra las mías, como si pretendiera exprimirme, y con enloquecida pasión, con una delirante fiebre que se percibía en su piel, ardiente como la lava, vivía y moría en ese encuentro, con idéntico afán liberatorio al que a mí me movía.

           Místico encuentro en cuyas profundidades indagábamos en busca de cualquier fanal que arrojase luz sobre el tenebroso entorno que nos sofocaba, atentos a las claves que desvelaran el maldito enigma, el trabado misterio que envolvía nuestra propia existencia atormentada, convencidos de que la verdad, esa verdad, de llegar a descubrirla, nos haría libres, proporcionándonos la llave con la que poner fin a nuestro encierro, tan próximo éste en el deseo y tan lejano en cambio cuando con la realidad se confrontaba. Y gritábamos de nuevo. Gritos que, aun catapultados por los envites del placer, encerraban tras su concupiscente envoltura una petición de auxilio, el clamor de dos cautivos que ansían su rescate. Eso éramos ella y yo, dos cautivos que necesitaban ser de inmediato liberados. Y en demanda de esa liberación seguían las uñas desgarrando la piel, frenética, enloquecidamente, sumergidos en una especie de lascivo holocausto donde las bocas indagaban como caníbales ávidos de humano alimento, mordiéndonos, abrasándonos, consumiéndonos, guerreando los sexos en pos de la simbiosis última que desencadenara ese redentor estallido de luz.

           Alcanzamos el orgasmo al unísono, cuerpos elevados entre convulsiones y espasmos más allá del material soporte que los sostenía, dos flores eclosionando en medio de un pedregal inhóspito, color surgiendo del calor, rojo y azul, fuego y cielo, apoteosis de la sangre que tuvo su sonoro contrapunto en el aullido final que anunciaba la derrota de la oscuridad frente a las flamígeras huestes de la luz. A la sacudida de los cuerpos en la plenitud del goce siguió luego la placidez del silencio, la calma que sucede al fragor de la batalla, la paz, la embriagadora y deliciosa paz, una paz que por momentos parecía inundarlo todo en derredor, elevadas las almas por encima de cualquier sensación de resentimiento, opresión o clausura, abrazados en una unión extática al socaire de la cual se sentían a salvo de la suciedad del mundo, aislados de las ofuscaciones cotidianas, de la acomodaticia rutina, del peso de una existencia que nunca había dejado de asfixiarlos. Y la paz traía de la mano a la luz, una luz rutilante, pero no cegadora, suave como la seda, limpia como las cristalinas aguas de un venero, una luz que acariciaba nuestras almas al tiempo que demolía los oscuros barrotes de la celda donde estaban confinadas.

           Ah, pero qué fugaz resultó a la postre ese fulgor, poco más que un guiño, una mera ilusión delicuescente; victoria sólo momentánea, efímera, irreal, una trampa de la carne que no consiguió retener al espíritu más que durante breves instantes. A vertiginoso ritmo, apenas un abrir y cerrar de ojos, la luz se desplazó primero del prístino blanco a un ocre deslucido, desde donde siguió avanzando a lo largo del espectro hacia tonos cada vez más mates, más pesados, más brunos, y así hasta apagarse por completo, hasta terminar de nuevo devorada por la oscuridad más absoluta, que volvió otra vez a coparlo todo y que de su mano trajo de vuelta al vacío, la nada, el infinito oscuro, las cadenas, el odio hacia todo y hacia todos. Sin casi habernos dado cuenta del tránsito, volvíamos a estar a la deriva en medio de una inmensidad estéril. ¡Náufragos de nuevo!

           Desabrazados los amantes, de espaldas sobre el tálamo quedaron tendidos dos cadáveres silenciosos, dos ilusos que por un momento creyeron haber escapado de la oscuridad pero que en realidad nunca habían dejado de estar engullidos dentro de sus crueles fauces. Pero ¿y esa luz? ¿Qué fue entonces esa luz? ¿No fue, como había supuesto, la que anunciaba nuestra definitiva liberación?... No, nada de eso; tan sólo una mera entelequia. Quizá a lo sumo el fugaz reflejo de la esperanza, mas una esperanza lejana, muy lejana, esperanza cuya claridad asomó por un momento a través de un agujero abierto en la celda, como cuando se extrae el corcho que ciega una botella, pero que no tardó sin embargo en ser de nuevo taponado. Nuestra aventura concluía así en el fracaso. No había pasado de ser en el fondo más que el dubitativo intento de dos prisioneros desesperados, dos rehenes que apenas comenzada su fuga se detuvieran en seco y, arrepentidos de su audacia, retrocediesen otra vez al punto de partida, a su oscura mazmorra, aterrorizados tras comprender que de su prisión no había escapatoria posible.

           Destrozado ante esta certeza, rompí a llorar. Primero en silencio, tenues lágrimas que resbalaban por las mejillas con la quietud de un plácido reguero; luego el llanto se fue haciendo cada vez más tumultuoso y desgarrado, como esas aguas que se aproximan a la cascada donde con estrépito han de desbordarse, y así mis ojos se convirtieron también en cascada y mis lágrimas en aguas quebradas, irreprimibles, vehementes, frenéticas, heraldos de una pena inconsolable.

           En un momento dado, confundido entre los clamores que componía mi llanto, creí escuchar otro rumor, emitido en una frecuencia mucho más tenue y apagada que la que conformaban estos amargos lamentos míos, una especie de silbido intermitente que, aun vaporoso y amortiguado, se colaba dentro de mis tímpanos como una culebra zigzagueante. Volví entonces el rostro hacia mi compañera, única fuente de la que podía provenir aquel sonido, y escruté sus facciones, apenas visibles en la penumbra de la pieza. Pude pese a todo contemplar un semblante opaco, huero de vida, un rostro de cuyos ojos, abiertos e inexpresivos, brotaban asimismo lágrimas, lágrimas oscuras, lágrimas sin alma, lágrimas muertas aun antes de nacer de aquellas dos cavidades vacías. Sí, ella también lloraba. Como yo. Dos seres éramos sobrecogidos por el dolor y abatidos por la desesperanza.

           Secos nuestros ojos, las lágrimas dejaron de brotar de ellos y otra vez más el silencio ocupó el trono del que por breve tiempo fuera relegado, un silencio pesado y opresivo, nada que ver con aquel otro que portador fuera de armonía y paz; este era un silencio angustioso, propio del desolado paisaje que se cernía en torno nuestro, tan extenso como yermo, como si todo signo de vida hubiese sido barrido por un huracán de magnitud cósmica que, luego de su exterminador paso, sólo ofreciera hojas muertas volando en remolino a los albures de un viento henchido de miasmas.

           Y en medio de esta nada infinita y baldía, perdidos tanto en el espacio como en el tiempo, sin ningún rumbo determinado que seguir, continuábamos nosotros, los dos náufragos de siempre, dos náufragos que acababan de perder su por el momento última tabla de salvación.  

          

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  • Cada cual, dentro de su estilo, consegue hacer soñar y revivir lo que sentimos cuando plasmamos nuestra manera de relatar lo que llevamos dentro, ya sea real o ficción. Es un hecho, estimado Mario, que tú también tienes duende. Un abrazo
    Un relato mgistral sobre la soledad de los náufragos. ¿No somos nosotros también náufragos en el ambiente hostil en el que nos ha tocado vivir? Los protagonistas buscan aferrarse a la vida a través de sus personas en todos los aspectos, pero no pueden eludir la desagradable realidad que les aplasta.
    Qué bárbaro!!! Impresionante la capacidad interpretativa de los anhelos del corazón que manifiestas con una entrega absoluta sin límites, con la pasión que te caracteriza. Intenso, lleno de vida para náufragos que se aferran a ella con la llama de la esperanza incluso cuando resulta muy difícil creer en ella. Enhorabuena Mario, un saludo afectuoso.
    Muy agradecido por tus palabras, Oscar. Celebro que te guste mi manera de escribir. Un abrazo
    Estimado Mario, un placer, un lujo poder leerte, Cada frase , cada palabra es como un pequeño curso literario. Me encanta tu forma de describir esa escena, ese sentimiento y que lo hagas con tanta elegancia. Enhorabuena y gracias por la clase. Buen día!
    Gracias, Seren y Roluma, por vuestros comentarios. En textos como este procuro plasmar emociones que, no por ser extremas, dejan de ser menos reales en determinadas circunstancias. No significa que yo las haya vivido, aunque en ocasiones así pueda ser, pero procuro en todo caso empatizar con aquellos que puedan vivirlas y plasmas con mis palabras cuáles puedan ser sus sentimientos. Me alegra saber que lo habéis sabido captar así. Un fuerte abrazo para ambos
    Hola Mario. Con que facilidad pintaste un cuadro caro a tantas relaciones o sucesos de parejas, que pueden darse todas juntas, por separado, de a jirones, a lo largo del tiempo o en el lapso de horas. Siempre observarse en el otro o pretender salvarse con el otro, es un gran universo. Grandes imposibles pueden abrirse. Un gran abrazo y continúa produciendo que es muy grato leerte.
    Querido Mario, leerte siempre es muy grato para mí, tus letras me producen unas sensaciones muy profundas, pero esa vehemencia en el texto es un grito del alma. Estar atrapado y buscar desesperadamente una forma de huir, la comprensión de que es imposible hacerlo contrapuesta a la intensidad con que se desea... pero es el mensaje... cómo lo describes, esa exaltación del protagonista, es una transmisión completa al lector de los sentimientos que plasmas. Es un privilegio poder leerte. Un beso!
    Un placer leer vuestros comentarios, Valentino, Ana y Axouxere. Siendo como soy un gran admirador del surrealismo de Dalí, esa comparación que hiciste me halagó sobremanera, Valentino. Al igual que tus palabras, mi admirada Ana Pirela, que me causan gran deleite y, lo confieso, me ruborizan por momentos. Y gracias también a ti, mi querida Axouxere. Siempre es un estímulo saberse arropado por gente tan estupenda como vosotros.
    y otra vez más el silencio ocupó su trono que por breve tiempo fuera relegado...
  • ¿Y si aquello no hubiese sucedido tal y como nos lo contaron?

    Reflexiones sobre la vida al compás de versos muy conocidos

    Este es mi particular homenaje a Jorge Luís Borges, en mi opinión el mejor escritor (junto a Cortázar) de cuentos fantásticos. Este breve cuento lo escribí inspirado por el relato "Tigres azules" del argentino. No sé si a él le habría gustado, pero desde donde quiera que esté, confío en que al menos no me lo repruebe.

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Parafraseando a Benedetti, puedo decir que escribo porque me resulta imposible no hacerlo. En realidad, escribir es el único medio con el que consigo exorcizar esos puñeteros demonios que se empecinan en colarse por debajo de la piel para darle bocados al alma. Serán cabrones

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