cerrar

Esta web utiliza cookies

Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarte publicidad relacionada con tus preferencias mediante el análisis de tus hábitos de navegación. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso. Puedes cambiar la configuración u obtener más información aquí

14 min
COMO OTRAS NOCHES
Suspense |
03.11.14
  • 5
  • 1
  • 1301
Sinopsis

Historia de muerte, de dolor y de sorpresas...

Corría descalza sobre la arena sin mirar atrás, y atrás dejaba aparte de sus huellas unas gotas de sangre que sigilosamente caían de su entrepierna, la arena que suavemente mordía el pie, dejando en el suelo algunos objetos que jamás volteo a ver, y a la vez en el rostro ese dolor de la sangre, del llanto y de la traición se contaminaban con esa brisa, que aunque parecía más pura, dócil y aplacable, era símbolo de un trauma que tardaría dos años siete meses y dos días en olvidar; no le importaba las vestimentas solo huir desgarrada, sucia, acompañándose de alba y del frio, del olvido que ya se había convertido en amnesia, ahora sin saber donde correr, solo correr y correr con la única consigna: la de apartarse de algo que había acabado con parte de su vida.

Corrió por cuatro horas, el poco tiempo, el cansancio y la deshidratación había devuelto la misma palidez que manifestó el día anterior ante el trauma, ella sin recordar ahora nada, ni siquiera el nombre con el que lo llamaron los mismos padres que la dejaron sola; ahora sin lagrimas, despeinada,  con el vestigio de una cuerda color gris  en la muñeca, los pies magullados, indefensa, cayo sobre el pavimento tibio frente al hospital central.

Cuando despertó ya habían pasado tres días, y sus primeras ideas fueron confusas sobre la cama blanca, no recordaba nada, el dolor, las cicatrices y una sensación de vacio en el vientre eran los únicos estigmas, le trajeron la comida la cual acabo completamente, a pesar de eso aun tenia el sabor metálico en su boca, frunciendo el ceño sus manos tocaban sus labios dándose cuenta que ya no eran suaves ni delicados, y que ese sabor metálico era una de las formas de reconocer el dolor sin saber la causa, se echó a mirar el techo imperfecto y durmió dos días más…

La dieron de alta y la pasaron a rehabilitación como acto de piedad por un buen tiempo, ya que carecía de hogar, de comida y de historia; conoció al encargado del ambiente, entablando una amistad que se sobrepuso a las calamidades de su olvido y aun más como si fuera el destino tiempo después sus labios se conocieron con pasión, ella tocaba su piel joven y rasurada como todos los viernes, mientras al ser ella la primera que siempre abría los ojos, en él veía el nacimiento lento de unos ojos café mientras los parpados dejaban de ser parpados y la felicidad se aclaraba entre los dos, era una sensación que no se cansaba de ver, era la misma sensación en cualquier lugar: en la sala de rehabilitación, en el patio del hospital, y cuando ya estuvo del todo bien también lo percibió en la habitación de él y en todas las formas de entretenimiento que brindaba el pequeño pueblo costero.

 

No tardó mucho tiempo en que la llevara a vivir a su casa, él pensaba que una persona que no recordaba nada, era una persona que comienza de cero, sin familia, sin amigos, sin antecedentes de amar, sin antecedentes de odiar, sin nombre, con el mismo afán de él por vivir, y con la compostura de que en un cuaderno en blanco escribe solo el que lo poseé, y que ante todo es manipulable como muchas veces lo ha intentado pero sin suerte. Ella se paseaba por el pequeño departamento, mientras el trabajaba, recordaba bien las siete únicas comidas que él había enseñado a prepararla y ella fervientemente lo realizaba con la mesura digna de una sirvienta japonesa, en el camino de la cocina a la sala (donde se relajaba), se encontraba una puerta encerrada con un grueso candado antiguo hecho de hierro fundido, que atrapaba algún recuerdo al parecer, que el prohibió que conociera, a la vez ella le tomo poca importancia a esa habitación…

Ella volvió a nacer con el olor, el recuerdo que brindaba esos frijoles recién hervidos de la vecina, con el griterío de los niños antes del almuerzo, le brindo sus primeros brotes de memoria, ella no había muerto totalmente, corrió hacia la ventana desesperadamente con el temor de que desaparecía los últimos vestigios que le daban razón a su vida, donde solo esas cicatrices eran un mapa sin señales, sin partidas, sin llegadas; llego a la ventana, saco ampliamente su cabeza para alcanzar ese invisible aroma, cerro los ojos para que nada lo perturbe y solo vio a su madre en la cocina, ella sentada sobre el piso madera decolorada con una pequeña muñeca sucia y sin ojos, junto a ella un anaquel de madera donde se distribuían diferentes vasos de colección de todas las formas y todas las colores, esto a su vez llevo a otro recuerdo donde supo también que su padre era el coleccionista, que los traía de sus viajes por Europa, envueltos en papel periódico distribuidos meticulosamente en la caja de cartón, que solo el sabia atar con una cuerda gris, cuerda gris que a su vez mientras recordaba le trajo un dolor en el pecho como punzada y lagrimas sin sentidos, sin un porqué…, se echó en el mueble y nuevamente se quedo vacía sin recuerdo, solo conociendo la espalda y las finas piernas de su madre en ese vestido de flores, y la robusta barba de su padre mientras anudaba esas cajas y un fuerte color verde que lo envolvía todo.

Los sentimientos de soledad en las mañana y la rapidez en los que terminaba sus quehaceres, aumentaban el tiempo de ocio, que solo era recuperado por su curiosidad en los crucigramas, luego nuevamente se paraba, caminaba un rato, no salía a la calle por temor a perderse, rayaba la mesa con el lápiz para luego borrar sus garabatos, y siempre que iba de la cocina a la sala pasaba tocando inadvertidamente la puerta prohibida, manchándose con un poco de oxido la yema de sus dedos, y en ello vio una excusa para acercarse a ella, comenzó a limpiar el oxido día tras día, y se iba dando cuenta que ese candado que protegía la puerta de caoba, no era del todo seguro y que quizás metiendo el mango de la cuchara podría abrirlo sin problemas, y comenzó a intentarlo día tras día, con suma paciencia, para que él no sospechara nada de ese acto que ella creía atroz, que delimitaba su mente en una mente criminal, pero que a la vez sentía satisfacción por descubrir todo y nada.

Cuando logro abrir la puerta una suave polvareda ocre le estremeció el rostro, estornudo tres veces, se limpio con el antebrazo y examino todo como si hubiera descubierto un tesoro, lápices, periódicos viejos, maderas enmohecidas, dos columnas de libros y revistas que ella se detuvo para encontrar recuerdos, afiches de conciertos de música urbana, fotos de su niñez, y ha unos metros mientras observaba la retirada en fila de unas cucarachas café, había una gran caja entreabierta que dispuso a irrumpir, no tuvo miedo a las arañas de su alrededor, se concentro mas bien en la respuesta fija y perturbadora que había encontrado, y que sin saber había venido siguiendo; detrás de ese cuarto se escondía la respuesta de todo, una lucha entre su amnesia y sus recuerdo, y otra lucha se desvelaba en ella, una entre el amor y el odio. Sus manos temblaban al sujetar en ella, la sucia cuerda gris o bueno un pedazo largo de ésta, un cuchillo oxidado, una sudadera sucia, y debajo de todas estas cosas descansaba unas pequeñas líneas de arena que ya habían tomado la forma de los repliegues de la caja, ella paso sus manos por éstas, las olio, las saboreo, y echo a llorar sobre el piso frio que no había tocado nadie durante mucho tiempo, y sus lagrimas no fueron suficiente para reclamar su odio como indistinto o indiferente.

Leonor ya se estaba preparando para su venganza (sí, ya recordaba su nombre), alistaba todo escrupulosamente con una pequeña sonrisa en sus actos y con la fuerza que da semejante dolor para contradecir el amor, que solo fue un síntoma más de la amnesia, y de esa desconocida sin memoria; los días pasaban lentamente, y sus ojos cambiaron, las noche de sexo, se convirtieron en momentos eternos para ella para disfrutar de su los últimos gemidos de la victima, detrás de todo: del desayuno, del almuerzo, de la cena, de la limpieza, del pseudoamor, y placer extremo se escondía un maquiavélico rostro que había nacido cuando recobro la memoria.

 

Fue empolvándose poco a poco las manos, con el fino y dorado polvo de la venganza que encerraba las vitrinas, los periódicos viejos, sus ataduras que las miraba una y otra vez, que también las olía para encontrar el desaparecido aroma de su sudor y de su sangre, el rostro se volvió fiero y premeditado, caminada ahora con el pecho erguido, en una actitud que imponía su presencia más que antes ante el alma que iba a tomar, él noto todo ese cambio en ella cuando ya era demasiado tarde, se sintió tan confundido que lo primero que hizo fue no creer y olvidar todo y seguir pensando que ella lo amaba y el la amaba también.

 

Las circunstancias deben ser las idóneas, el crimen debe parecer un accidente, pero la venganza debe ser ¡despiadada, despiadada, despiadada!, pensó ella, mientras alistaba las cosas para ir a la playa, una opción que ella le había impuesto a él hace mucho tiempo para relajarse de su ajetreado y cansado trabajo; mientras el veía la sutileza con que metía las cosas al bolso, se acerco a ella, la beso, la acaricio, y sus manos se llenaron ávidamente de su piel, y la piel de ella la reconoció como suya, ambos se apoderaron sobre la mesa limpia, y el bolso que había sido alistado fervientemente, se cayó, la suerte seguía acompañando a Leonor, el cuchillo se quedo en el fondo de la bolsa sin hacer el menor ruido…

 

Al primer paso sobre la arena tibia su mente voló y le trajo una infinidad de recuerdo repetidos uno sobre otro que no logro percibirlos bien como enteros ni siquiera como propios, tropezó mientras su imagen volaba en todos los hechos que iba a ocurrir, él la sujeto del brazo dirigiéndola a un sitio donde la brisa fuerte de la arena no los golpee fuertemente, y donde el sol los iluminara en el mismo lugar en que el creía que la luna lo haría también; allí se situaron y trataron de disfrutar del mar, Leonor solo esperaba la noche; cuando la luna se acercaba a la parte central del cielo, ambos bebían sobre una fogata ya tenue, donde la braza iluminaba menos que la luna, y donde la noche parecía un día de tonos azules y grises. Leonor se acerco lentamente a un embriagado hombre que amó, que ahora lo tenía en sus manos, y que su bolso a unos metros guardaba el arma perfecta para su venganza. Inutilizada sus manos, mientras él las sujetaba, de la manera mas ruda para besar su cuerpo sin que ella se opusiera resistencia, la arena embadurnaba a ambos como una sabana frágil, intrincada entre sus poro, el aliento entre ellos no era más que tibio placer frente a la sombra suyas duplicadas por la luz, sujetadas aun ángulo misterioso de su cuerpo, encorvados ambos, en una perfecta posición para que ella siguiera ocultando el arma, mientras la acercaba más y más como una serpiente que deja una huella en la arena sobre su acecho; lo volteo y ella sobre él tenia una posición más cómoda, se acerco a besarlo mientras escondía el cuchillo en su espalda, sujetando su rostro ella le dijo: “te odio”, él siguió con los ojos cerrados, prendidos con las manos en sus muslo, y mientras él se disponía a contestarle, un suave fuego en su interior hizo que los ojos se abrieran tanto que las lagrimas salieron por esfuerzo, vio entonces clavado el arma sobre su pecho y a la mujer que lo mataba; se retorcía de dolor sin poder dar grito alguno, no había ya aliento para él, y mientras poco a poco se palidecía su rostro, ella para asegurar su crimen, reunía una y otra y otra puñalada más, en un festín de sangre que salpicaba sobre ella, y ella feliz de recibirlo, fueron varias, y en algún caso golpeaba a veces con la punta de la daga las imponentes costillas, pero luego del primer esfuerzo esa adrenalina que le invadía el cuerpo, esa sensación de euforia que ya conocía, la combinación dulce de la arena y la sangre, que se atormentaba con el sudor, le abrieron los ojos, le abrieron los recuerdos, sobre ella un cuerpo, y en ella sangre, era una imagen repetida, ella se sobresalto, asustada en su crimen, temblando sus miembros logro pararse mirando al horizonte y vio la luna más vacía y sobre ella su luz inquisidora, no se atrevía a ver la superficie, comenzó a llorar al darse cuenta que él no era el culpable de nada, que sus ojos nunca mentían, guardo el cuchillo dentro sus partes, allá por su entrepierna y corrió desesperada, mientras la fricción hería sus muslos y su vulva, ella en cada corte recordaba más y más, y se antepuso a su pasado, después de dos años siete meses y dos días con sus noches todo se volvía a repetir, era ella la única culpable y el único problema, no había ningún crimen sobre ella, y ella al darse cuenta de todo, al saber que este punto es siempre el mismo punto de partida, con sus manos pegajosas, rojas y con olor a hierro, echo una sonrisa, se sintió libre y un suspiro largo la invadió de satisfacción, corrió descalza sin mirar atrás, se cayo el arma de sus partes mientras se colocaba la soga gris sobre sus muñecas como alguna otra noche, y se tendió luego de unas horas de correr por la mañana sobre el pavimento tibio sin recordar nada, sucia, con la vestimenta rota, ensangrentada en sus manos y sus partes, otra vez esperando ayuda como si hubiera vuelto a nacer.

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • 21
  • 4.64
  • 210

Me llamo Rafael, tengo 27 años, soy médico de profesión y escritor por pasión, regularmente billarista y peruano toda la vida...

Tienda

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
Encuesta
Rellena nuestra encuesta