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7 min
Con la piel dolorida me despido
Amor |
23.02.15
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Sinopsis

Amar, no significa renunciar a la propia estima

~~Durante una larga hora se mantuvo esperando sentada con el mismo café sobre la mesa. Tenía la certeza de que tarde o temprano lo vería aparecer. Absorta contemplaba el jardín tropical desde una de las cafeterías de la estación de Atocha. Por el rabillo del ojo lo descubrió. Apresurada pidió la cuenta haciendo un gesto con la mano al camarero, mientras le observaba con detenimiento. Se encontraba mucho más delgado, no cabía duda, aunque no por ello había perdido su color, pensó contrariada. A medida que avanzaba, observó cómo la figura de chocolate se iba derritiendo. Lo sintió en sus ojos y en su torpe tropiezo con la pata de una silla de la terraza. Sin duda, la había descubierto.
-Hola -saludó secamente.
 Alguien me dijo que te encontraría aquí trabajando -explicó levantándose de la silla.
-Era de suponer, es un lugar de paso -contestó sin mirarla-. Además, ya se sabe, la gente en estas fechas quiere hacer su buena acción.
-A ti siempre te gustaron... -increpó clavándole la mirada.
-Vistas unas, vistas todas  -declaró molesto-, las navidades son todas iguales.
-No sé, Antonio, yo no he venido aquí para esto.

 Sobre la mesa puesta, la cena espera. Nadie se sienta frente a ella. Virginia abstraída, se ha tumbado en el sofá y mira hacia el techo. Sus cabellos de extensos muelles cobrizos enmarcan una tez blanquecina, cubierta de pecas. El azul rabioso de sus ojos desaparece entre las turbulentas aguas que resbalan por sus mejillas. Decidida las engulle, se incorpora y coge el teléfono. Lo mira y lo vuelve a dejar. Se levanta, mira por la ventana, se vuelve a sentar. Observa el paquete de tabaco tendido sobre la mesa. Las cerillas dentro del film transparente la molestan. Aún no comprende por qué extraña manía siempre las guarda ahí. Saca las cerillas del paquete con las manos temblorosas. Arranca una de ellas. Observa la manifestación de cabezas rojas que acaban de quedarse sin compañera. Rasca sobre la parte áspera y las prende todas, después tira la caja tras las cortinas y seguidamente cierra las ventanas. Regresa al sofá que la espera con la forma grabada de su cuerpo.
-Antonio, ¿por qué no llamas? ¡Por Dios, son las tres de la mañana! -grita furiosa.

-Dime ¿para qué has venido? -increpó todavía sin mirarla-. ¿No ves que estoy trabajando? Ahora no puedo ayudarte.
-¿Ayudarme? ¿Es así como lo llamas? Después de dos años te marchas sin más... y ahora dices que no puedes ayudarme. Necesito saber, saber por qué; y por qué nunca me llamaste.
 Antonio repara en ella por primera vez en mucho tiempo. Los dos años pasaron demasiado lentos, piensa, llevándose una mano al cabello. La observa mientras ella rebusca alguna cosa dentro de su bolso. La respiración la delata, está bastante alterada. Sus cabellos huelen a primavera. Aquel anillo de “Tous” aún reside en su dedo corazón. Fue el regalo que le hizo cuando se conocieron. Un adorno en forma de flor aprieta su cuello a punto de asfixiarla. Todo forma parte de un meticuloso y premeditado procedimiento “como si no la conociera…”,  piensa Antonio.
Es cierto que quiere, que desea comprenderla. Incluso es consciente de todo lo que le habrá costado romper con su enfermiza rutina. Alterado el orden, tremendamente alterada ella, lo busca, rebusca y lo que sea que busque, no lo encuentra.
La quiso, y claro que la quería, pero fue superior a sus fuerzas. Estaba ya más que harto. Nada quedaba fuera de su control. Los lunes al mediodía lentejas, macarrones los martes para cenar. Las ventanas para dormir entreabiertas. El coche aparcado junto a la puerta. Los días de lluvia un error de la naturaleza. Las prendas en los armarios ordenadas con etiquetas por los días de la semana. Veraneos en la playa sin pisar la arena, porque lastimaba su piel. Pero lo que más le dolió, fue aquel día cuando le confesó que no soportaba a los niños, porque realmente eran una amenaza para ella.
-Me marcho -le dijo y le entregó una tarjeta- , dime ¿qué debo del café?
-Nada, déjalo -contestó mientras se disponía a leer la nota-. Virginia, espera...
“Me hospedo en el hotel Atocha, te espero esta noche en la habitación nº 231 a las diez y media.”
Cuánto hacía que no se deleitaba con el vaivén de sus caderas. Mentiría si dijera que no la echó de menos durante todo ese tiempo. Él siempre disfrutaba cuando se quedaba relajada, extasiada, tendida sobre la cama, con la boca entreabierta aún imbuida por los estertores de la pasión. Aquellos labios carnosos color de fresa que incitaban a ser devorados con ensañamiento, le hicieron poner a galope su corazón ya casi paralizado. Después, el espejismo se esfumó y sobrevino el recuerdo, recuerdo atroz el que finalmente le devoró. Y pudo sentir el verdadero dolor sobre su piel desnuda, porque le daba pavor pensar en quedarse dormido junto a ella. Todavía no se explicaba cómo aquella mujer le eligió para compartir su vida, era algo que le atormentaba. Él, que era la negra noche y ella el lúcido día. Esa pigmentación tan distinta se lo recordaba con insistencia.
Cuando la veía frotar y frotar enfermizamente su piel lechosa, la compadecía. Pretendiendo arrancar con desmesurada insistencia las manchitas congénitas de su epidermis, y no lo comprendía. Pero un día ocurrió algo irreparable. Una noche mientras dormía, arremetió contra él. Había pretendido extraer con lejía y un estropajo de aluminio, la descomunal mancha negra que le cubría. A él que era negro, y no lo era de una forma caprichosa, o tal vez sí, pero esa no era la cuestión. Aquello habría sido motivo suficiente para huir de ella, pero ella le suplicó perdón mil veces, y él aceptó. Prometiéndole que por él cambiaría, y juró y perjuró que se pondría en manos de un especialista.
Pero sus promesas incumplidas, unidas a la pérdida de su trabajo y, por consiguiente, a la mala situación económica, le hicieron huir de la quema. Nunca mejor dicho, porque esa misma noche prendió fuego al apartamento, con ella dentro.
Es cierto que la fina piel de seda ya no era la misma, ni mucho menos. En algunos lugares resultó extremadamente rugosa y abultada. Aquellas pequeñas manchas que recubrían todo su cuerpo, por partes, habían desaparecido. Puede que finalmente se saliera con la suya, después de todo. Ahora su piel rosada y deforme, junto a aquel ojo que quedó casi en un guiño perpetuo, eran las secuelas. Señal evidente de las quemaduras sufridas como consecuencia de su enfermiza locura.
Tan sólo esperaba que se encontrara recuperada de aquel terrible mal que la consumía, y la deseó toda la suerte del mundo para conducir su vida. La besó tiernamente en la mejilla y salió de la habitación sigiloso antes de que despertara. Ahora sabía que, aunque la quería, no deseaba volver a verla.

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Mi aventura con las letras comenzó siendo un juego de niños con cuentos de letras enoormes, luego un canto a la "melangría" de la adolescencia con alguna poesía, más tarde una terapia que me sirvió para conocerme mejor, dando rienda suelta a la fantasía. Ahora es un rincón al que siempre vuelvo, cargada con todo ese equipaje, y al que, espero, alguien más quiera volver.

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