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4 min
Confesiones a un Suicida
Amor |
29.05.18
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Sinopsis

Cuando el drama y el amor practican sexo obsesivo.

Ojalá pudieses verte a través de mis ojos, y así te quisieras como realmente mereces.

Mi cabeza está siendo mecida por tu pecho. Abrazado a tu regazo como muestra del todo que nos compone. Así me gustaría que fuese la situación, pero en la realidad somos el tipo seco de pie junto a la persona que yace húmeda porque no dejó de llorar desde el día que decidió hacerlo.

En cada una de tus lágrimas veo reflejadas las convicciones que te han definido. Observo reflejos de recuerdos y momentos manipulados para convencerte. Estar triste puede ser adictivo, te lo inyectas en vena cada día al despertar. Mi problema fue pedir que compartieras la droga conmigo, bebiendo tus lágrimas por conocerte más, para saber más de ti y profundizar en tu persona tanto metafórica como físicamente.

Reconozco (o quizá me doy cuenta ahora) que era un egoísta cuando te penetraba. Me convencía que escucharte gemir te (me) haría feliz, te apartaba de la eterna tristeza natural. De tanto que nos fusionamos ya no sabemos quienes somos, y es al recomponernos a base del recuerdo que tú vuelves a las andadas y yo me siento culpable.

 

Y es que ahora lo deseo, aun con las enfermeras rondando en el acecho. Hasta que no me has arrastrado a un lugar así, no me he dado cuenta de lo hijo de puta que he llegado a ser. Sin embargo quiero yacer sobre ti ahora mismo, plantear la excusa inicial de apoyar la cabeza en tu regazo para ir paso a paso hasta el final espontáneo. Puede que me desahoge en el baño, desgraciado de mi en el instinto. Ya es imposible huir de la culpabilidad, por mucho que me diga que las decisiones de cada uno nos son ajenas, que la decisión de muerte provoca en el resto que le hemos fallado a esa persona. Por primera vez me pregunto cuántas veces te habré fallado. Necesito hacértelo para no pensar tanto. Dejemos que la marea nos lleve de nuevo, en esa vastedad donde poder ahogarme sin morir en tus lágrimas mientras duermes consciente con los ojos abiertos.

Me desahogo en el baño conformándome con una fantasía de ti. Al principio de la secuencia resultaba romántico, pero al acercarme al clímax me he imaginado tu cara rígida, tan típica de una morgue. Acababa manchada de brillos, aunque no tanto como mi culpabilidad.

Me miras y deduzco que intuyes qué ha sucedido allí dentro por el tiempo que he tardado. Me pasas la intuición y entonces te aprecio con el cuerpo inquieto, los ojos menos tristes y la boca delatora de un deseo. Deja de torturarme, o me obligarás a hundirme. Bien sabes que eso me hará buscarte, abrazado a tus piernas de efígie por temer tu pecho tembloroso, que incita y tienta a convertir el drama en algo despreciable. Sólo deseo abrazarte y apoyarte (apoyarme), pero el mero olor de mi culpa convertirá la situación en algo denigrante que hará que desees morir.

 

Al final mi cabeza sí se mece sobre tu pecho. Ha comenzado con agarrar tu mano, y la sensibilidad lógica me ha llevado a acurrucarme. Bajo mi oreja estás tú, dando con dificultad aire para ambos, bombeando por voluntad antes que por instinto. Arrimo mi cara a tu semblante y te beso. Regreso. Deseo acercarme a tu oído y decir que lo siento, pero al comenzar te adelantas y eres tú quien lo dice. Nuestras caras apenas están separadas, pero vuelvo a tu pecho. Nos mantenemos. Es entonces que desearía incorporarme para posar mis manos entre tu cuello, entonces apretar sin más, con tal fuerza que ni todas las enfermeras del hospital puedan soltarme de este destino improvisado. Tu boca estaría abierta, y dentro irían cayendo mis lágrimas. Nada las detendría, nada.

Deja que por una vez sea yo el que llore.

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Músico, escritor y guionista de cómics. Y, por fin, con primera novela: http://bit.ly/UnDiaPerfectoparaElis

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