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¿Confías en mí? - Capítulo 1
Amor |
20.11.14
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Sinopsis

Lena es una joven empresaria que tiene su propio negocio de decoración en pleno centro de la ciudad. Una tarde llama a la puerta de su tienda Alex Lindberg, un hombre atractivo con unos impactantes ojos verdes. La atracción mutua es palpable desde el minuto uno ¿Confiarán el uno en el otro?

Estaba apartando unas cajas, cuando oyó la campanilla de la puerta de entrada. Se frotó la frente con el dorso de la mano siendo solo levemente consciente del rastro de polvo que estaba dejando en su piel.

Se acercó a la puerta del almacén para espiar sin ser vista a la persona que había entrado en su tienda ese plomizo miércoles que amenazaba lluvia. Faltaba una hora para cerrar la tienda y la verdad no esperaba que a esas horas apareciera ningún cliente, por eso se había calado los gastados tejanos, una camisa vieja y un pañuelo en la cabeza, para acabar de ordenar la zona más polvorienta del almacén.

Miró discretamente hacia el interior y vio a un hombre que se paseaba pausadamente por la entrada con aspecto curioso. Tenía look motero, chupa, camiseta blanca y gafas de aviador. Lena, confiando en que solo se tratara de uno de esos turistas que se adentraban en su local simplemente para curiosear, gritó:

–¡Ahora mismo salgo!

Se frotó las manos en los pantalones, se alisó la camisa y se quitó el pañuelo de la cabeza, dejando libres sus rizos caobas. Se secó el sudor que le quedaba en la frente con el pañuelo y subió de un par de saltos las escaleras que separaban el almacén de la tienda.

–¿Puedo ayudarle en algo? –Preguntó con una profesional sonrisa en la cara mientras se acercaba al desconocido–.

El hombre, que se había apoyado en el mostrador, se enderezó y se quitó las gafas de sol. Unos impresionantes ojos verdes la escrutaron mientras se acercaba. Destilaba seguridad por todos los poros de su piel, sus ojos verdes encajaban a la perfección con su piel bronceada. Debía medir 1’85, de espalda ancha y de músculos tonificados por lo que se podía adivinar tras la camiseta blanca que lucía, y llevaba la melena castaña clara, que no le llegaba  a los hombros, suelta y cuidada. Era un Don Juan, un guaperas, en definitiva, un hombre plenamente consciente del éxito que tenía entre las mujeres.

–¿Es la Señorita Helena? –preguntó con una sonrisa y alargándole la mano para saludarla–.

–Solo Lena por favor –le devolvió una espléndida sonrisa desplegando todos sus encantos–.

Maldijo para sus adentros. Parecía que el chico la conocía, y no solo eso, sino que, había ido a verla expresamente. Se llamó estúpida varias veces por el momento en el que había decidido ponerse su ropa vieja y ordenar el almacén. Él estaba impresionante con su cuidado y despreocupado estilo, y ella estaba cubierta de polvo. Al menos había tenido la sabia idea de deshacerse del maldito pañuelo. Eso era sin duda, un punto positivo.

–Buenas tardes Lena –sonrió con afabilidad– Mi nombre es Alex Lindberg, y estoy decorando mi nueva casa. Disculpa por haberme presentado sin cita previa, pero la verdad ha sido todo bastante improvisado.

–No te preocupes, no hay problema, para eso está la tienda abierta –sonrió y se intentó arreglar el pelo discretamente– ¿Estabas pensando en algo en concreto? –preguntó mientras le hacía una señal para que le siguiera al interior del local– ¿Qué es lo que estás buscando?

El chico se rascó el mentón y miró a Lena con aire cómplice.

–La verdad es que no tengo ni idea. Me acabo de comprar el piso, y mi hermana Karen ha insistido mucho en que era, y cito textualmente: “un lugar frío y sin personalidad, en el que no se quedaría a pasar unos días ni aunque le pagaran” –hizo una mueca de disgusto– Te aseguro que he intentado darle ciertos toques personales, pero por lo que parece no he logrado complacerla –arqueó las cejas con cara de niño bueno sorprendido, lo que hizo que Lena dejara escapar una risilla. Al hablar de su hermana su actitud cambiaba totalmente y se llenaba de  ternura– Así que después de varias peleas  me suplicó, literalmente, que viniera a verte –Lena puso cara de sorpresa–.

–Creo que no conozco a ninguna Karen.

–Te creo. Por lo que sé, ayudaste a decorar el piso de un amigo suyo –se quedó pensativo– Era francés, creo que se llamaba… ¿Jean Paul?, sí creo que sí.

–Jean Paul, ¡Claro! –sonrió abiertamente. Jean Paul era un chico encantador. Él y su novio la habían contratado hacía unos 6 meses para dar un nuevo aire a su apartamento. La verdad es que los tres habían quedado muy satisfechos con el trabajo que había realizado– Es un encanto, me parece que en los últimos 4 meses he duplicado mis clientes gracias a sus recomendaciones –dejo ir otra risilla–.

–Está claro que hace un buen trabajo –dijo abriendo los brazos– Aquí me tienes.

–Bueno, pues ¡Manos a la obra! ¿No? –volvió a reír– ¿El piso está vacío o tiene muebles?

–Ahora mismo semi–vacío, lo justo para poder vivir. Pero esta misma semana me traen más muebles, ya sabes, sofá, televisor, mueble de comedor…

–¿Qué color predomina en la casa?

–El blanco –Alex arqueó una ceja–.

–¿Y no tienes ni idea de cómo te gustaría acabar de decorarlo?

–Ni la más remota –Alex se cruzó de brazos y se encogió de hombros como quitándole importancia al asunto– Ese tipo de cosas no se me dan demasiado bien.

Lena sonrió divertida y se quedó un rato pensativa.

–Vamos a hacer una cosa –dijo recorriendo con la mirada el local– Te voy a hacer una visita guiada de una media hora por la tienda, y  me vas a ir señalando lo que te gusta y también lo que no es de tu estilo –Alex asintió con gesto serio– Y luego concertaremos una cita para que pueda ir a ver el piso –Lena hizo un gesto afirmativo con la cabeza de autoconvencimiento– Y por favor, si puede estar tu hermana mejor. Así puedo intercambiar impresiones con ella, será lo más rápido si queremos que le guste y “se quede a pasar unos días” ¿No?

–Me parece un plan estupendo –Alex sonrió abiertamente y dejo ver su blanca y perfecta dentadura– ¿Por dónde empezamos?

Lena se adelantó y le fue enseñando las diferentes salas de la tienda y los diferentes estilos con los que trabajaba, explicándole sutilezas que aportaban cada detalle o cada pieza al ambiente de la casa. Por último le enseñó varios catálogos de artistas que ella conocía, con piezas que en ese momento no tenía allí.

–Y con este último catálogo hemos acabado –anunció sonriente– ¿Cuándo te iría bien la visita?

–¿Qué tal la próxima semana?

–Déjame consultar la agenda por favor –Lena sacó una pesada libreta de debajo del mostrador de cristal y la ojeó– Sí, me va perfecto. ¿Sobre las 18:00?

–Lo consultaré con mi hermana, pero no creo que haya ningún problema. Déjame tu tarjeta por si tuviera que cambiar la visita o surgiera cualquier imprevisto, por favor.

–¡Claro! –Lena cogió un bloc de tarjetas, lo dejó sobre el mostrador y le tendió una a  Alex–.

En ese momento notó cómo la miraba detalladamente de arriba abajo y con una ladeada sonrisa acercó la mano para cogerle la tarjeta que ella le ofrecía. Algo parecido a un chispazo le recorrió el cuerpo cuando él le tocó la mano para coger la cartulina con su nombre y su teléfono. Quizás fueran imaginaciones suyas, pero le pareció detectar que él se recreaba más tiempo del habitual en ese simple gesto, y algo en sus ojos verdes, le  dijo que aquel hombre también había notado la condensación de electricidad que se había producido al tocarse. Lena aspiró discretamente una bocanada de aire y retiró la mano poco a poco, con una indecisa sonrisa en la cara y un súbito calor que le nacía del vientre y se expandía por su cuerpo.

Alex se guardó la tarjeta en el bolsillo de sus vaqueros con gesto pausado y sin dejar de mirarla con los ojos entrecerrados como si no quisiera perderse detalle de cada una de las expresiones que aparecían por su cara.

–Ha sido un placer conocerte Lena –dijo sin apartar la mirada de ella– Espero impaciente que llegue la semana que viene y podamos seguir trabajando en este proyecto –volvió a dedicarle una media sonrisa. Hizo un gesto de saludo con la cabeza y se marchó de la tienda–.

Lena se quedó escuchando inquieta cómo se apagaban las campanillas de la puerta. Todavía notaba los efectos de la descarga eléctrica hormigueándole las puntas de los dedos. Volvió a aspirar esta vez más fuerte y se quedó pensando en la definición de los músculos del pecho de Alex y en la perfilada curva de sus labios. Jadeó y cerró los ojos. Había que reconocer que el tipo era extremadamente atractivo y que además ese aire de superioridad que se gastaba le daba un toque muy, pero que muy sexy. Nunca con ningún hombre había notado esa oleada extraña tan parecida a la electricidad. Discretamente acerco la mano a su pubis y la apretó por encima de la tela de los pantalones, notando como una oleada de placer le recorría todo el cuerpo y le ponía la piel de gallina.

En ese momento escuchó el estallido de una moto poniéndose en marcha y volvió a la realidad en la penumbra de su tienda.

 

*          *          *          *

 

Alex salió con los oídos zumbándole. Sentía como escalofríos le recorrían el cuerpo. No tenía ni idea de lo que había pasado allí dentro, pero se maldijo por no haber sabido reaccionar y haberse dedicado solo a sonreírle con su pose de perdonavidas como si no pasara nada. Estaba cabreado consigo mismo, muy cabreado.

Se subió a la moto y se frotó los ojos. Imágenes de Lena desnuda bailaron detrás de sus párpados. Se agarró al manillar y abrió los ojos observando con el ceño fruncido la entrada de la tienda que acababa de dejar atrás, mientras notaba como una enorme erección le apretaba los pantalones. Miró y se mordió el labio. De lo que tenía realmente ganas era de volver a entrar en la tienda, arrasar con todo lo que había sobre el transparente mostrador, sentar a Lena sobre él y arrancarle la ropa. Quería morderle el cuello, la cara interior de los muslos y metérsela hasta hacerla retorcerse de placer en sus brazos.

Alex dejó escapar el aire que se había ido acumulando en sus pulmones, volvió a cerrar los ojos y respiró profunda y pausadamente. Tenía que serenarse, tenía que controlarse. No podía volver a entrar ahí y hacer todo lo que estaba deseando, a menos que quisiera acabar en comisaría. Tenía que encontrarle otra salida a esa excitación, tenía que hacer algo antes de volver a entrar ahí y quedar como un estúpido o un lunático obsesivo.

Se sacó el teléfono móvil del interior de la cazadora y tras marcar rápidamente se lo llevó a la oreja.

–CityTour. Habitación 870. En una hora.

Colgó el teléfono con una sonrisa en la cara que no se reflejaba en sus ojos. Se puso el casco, arrancó estrepitosamente la moto y se sumergió en el agitado tráfico de la ciudad.

 

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Escritora de romántica en general y de erótica en particular. Encantada de presentaros mi Opera Prima: ¿Confías en mí?

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