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13 min
Consuelo en Tres Cigarros
Drama |
16.06.15
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Sinopsis

Cuando un joven está cansado de su vida, piensa añoradamente en un suicidio prometedor. Hay tantas formas de morir y es fácil lograrlo, pero hay muy pocas formas de vivir; ¿Qué puede mantener la esperanza de un suicida?

No se necesita ninguna edad avanzada para justificar el cansancio a la vida, llegué a notarlo un día. Mi rutina era tranquila pero insatisfactoria; las comidas ya no me sabían a lo que eran, las películas ya no eran interesantes y los libros me volvían más solitario de lo que ya era. Mis pertenencias eran escasas y triviales. Mi familia era bastante ajena a mí, al igual que mis amistades. Todos los días sentía que la vida era ácido en una herida abierta y ésta era obligada a mantenerse siempre abierta. Ya no podía más y llegó la noche en la que decidí por completo que no duraría para siempre. Me decidí a tomar las medidas necesarias para lograr mi objetivo. Preparé el medio, preparé el fin. Preparé mi lugar y mi porvenir. Todo lo que hubiese pensado un hombre mediocre, con un empleo mediocre y con una vida mediocre.

En esa noche, sentado en un sillón pensativo, me di cuenta de que no me sentía tan fatigado como siempre; me daba ánimos creer que las cosas iban a cambiar. Un cambio tan grato y satisfactorio que me harían olvidar la miseria de vida que pude conseguir. Nunca fui un hombre religioso, así que pensar en un más allá o más acá era irrelevante en todo sentido. No obstante eso no evitaba un cierto grado de curiosidad al pensar que tal vez no se acabaría del todo, una vez pasando el umbral. “Tal vez me reciban los extraterrestres” pensaba para mis adentros, con un ligero toque cómico.

Sin más que pensar, me levanté del sillón y me dispuse a despojarme de cualquier artilugio que trajera a la mano o al bolsillo: identificaciones, tarjetas, celular, etc. Pensaba que la mejor forma de irme de este mundo era como llegué a él: anónimamente. Tomé un viejo abrigo que estaba algo cosido de una manga, un presente de algún pariente usaba los domingos para salir. Estaba decidido a no volver a ver mis pertenencias nunca más, es por eso que no me molesté en arreglarme un poco. Lo único que me acompañaría sería ese viejo abrigo y mi cruz: una pequeña caja que tenía escondida bajo cama y que contenía a mi Caronte. Salí pues con la caja, a los pasillos del edificio para continuar con el vestíbulo y la salida con la oscuridad como aliada. En pleno invierno, las calles de la ciudad estaban heladas y húmedas, me recordaban a una onírica visión parcialmente ambientada para la ocasión, como si se tratara de una ciudad Gótica de un Batman animado de los años 90’s. Perfecto clima y ambiente para un crimen.

Cuando al fin llegué a los muelles, escogí uno que particularmente se encontrara separado de los demás y que me dieran la privacidad que tanto necesitaba. Noté que las luces empezaban a escasear, al grado de no ser del todo favorecedoras al tener que pasar por los múltiples contenedores de cargas que rodeaban los almacenes. Poco a poco mis ojos fueron adaptándose a la poca visibilidad, ayudados por el brillo de las estrellas. Me sorprendió el hecho de que las estrellas fueran visibles al menos en ese instante, pues la contaminación de la ciudad usualmente no lo permitía. Me detuve en la punta del muelle, y me senté colocando la caja a mi lado. Las estrellas iluminadas serían las mejores testigos que podría haber elegido. Su reflejo en el tenebroso movimiento del agua era particularmente inquietante, como si fuesen un millar de ojos que me observaban desde las profundidades del oscuro olaje.

Los nervios comenzaron a invadirme y por costumbre comencé a buscar en mis bolsillos algo que pudiera entretenerme. Por una clase de llamada del destino, encontré una cajetilla de cigarrillos Nico Time que se encontraba en la bolsa izquierda del abrigo. No era un fumador muy constante, pero al parecer mi pariente sí; y yo gustaba de uno que otro cigarro de vez en cuando. La cajetilla contenía tres cigarros y un pequeño encendedor, así que no dudé ni un solo instante en darme el gusto aunque fuera por una última vez. “Suertudo” dije susurrando mientras colocaba el cigarro en mi boca. Un pequeño suspiro parecido a un grito ahogado y sigiloso se escuchó a mi alrededor, algo que me sorprendió y asusto de igual manera. Por la obscuridad no había notado a una chica que estaba a unos metros de distancia ¿Cuánto tiempo llevaría ahí?

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Siempre me pregunté cómo se podría definir el propósito de una persona en la vida. Mis amigas siempre me dijeron que siempre hacia preguntas raras, que estaba triste o con cambios raros de conducta. Nunca pude evitarlo, siempre me llené de preguntas vacías, de información tan rígida y catastrófica que no podía encontrar cual era el verdadero aspecto que debía de tomar en cuenta. Nunca supe porque realmente debía estudiar una carrera, casarme, tener hijos y morir de una edad avanzada. ¿Por qué? Creía que la realidad era demasiado rara, improvista de lo que verdaderamente necesita. Sentía como si jamás hubiera pertenecido a la realidad misma; como si me hubiesen obligado a estudiar todos los días una carrera, a tratar de engendrar en mí la idea de que tenía que encontrar mi lugar en el mundo para convertirme en un ladrillo más en la pared. En otras palabras, sentía como si no perteneciera a este planeta, como si fuera algo raro y que no encajaba en absolutamente nada. Mis gustos y mis preferencias siempre han sido modestas, no obstante lo suficientemente curiosas como para que la gente lo catalogue como raras. ¿Qué más puedo hacer? ¿Por qué una chica como yo no puede vivir en paz en una sociedad como esta? Decidí no ir en contra del colectivo; decidí trascender.

Algunas personas dicen que el suicidio es el camino fácil hacia la contradicción de la existencia; otros dicen que simplemente es una salida, un escape a la realidad. Yo me conformaría con la segunda si fuera así de sencillo, pero personalmente yo encuentro a dicha actividad como una experiencia tan natural como el nacimiento mismo. ¿Por qué las personas no pueden decidir cuándo existir o cuando morir? ¿Es necesario que llegue a ser vieja y anciana para morir? ¿Por qué no puedo escoger el destino de mi propia muerte? Estos cuestionamientos me convencieron para que por fin en esa fría noche de Diciembre, lo intentara. Estaba harta de ir al psicólogo y creer que todo estaba bien, cuando por dentro sentía fuego carcomiéndome las entrañas. Decidí salir y no dar marcha atrás.

En esa ocasión lo había meditado toda la tarde, hasta que en la noche por fin decidí ir al muelle y enterrarme en una tumba acuática. Engañé a mis primas ―con las cuales compartía departamento― diciéndoles que saldría un momento a tomar aire. Una vez fuera del edificio, corrí lo mejor que pude hacia mi destino, ignorando el frio, la peligrosa ciudad y hasta que iba a hacer una vez allá.

Al doblar por una esquina, un hombre barbudo muy abrigado y fachoso descansaba en algo que parecía un sillón. Tenía un aspecto poco agradable, pero su rostro que parcialmente se podía notar reflejaba tranquilidad y solemnidad. Al pasar trotando a su alrededor desperté rápidamente su atención que no tardó en hacerla saber. Un “¡Oiga! ¡Esperé!” fue una respuesta algo acelerada que no me molesté en responder. Sin detenerme, continué mi paso acelerado hasta terminar la calle. Pude escuchar una última aclamación de mi compañero nocturno, algo como “¡Hee! ¡Señorita!”, pero del mismo modo lo evite a cualquier costo. Mi objetivo eran los muelles y nada más.

Al llegar, noté que había muchos almacenes sucios algunos llenos de contenedores de metal, de esos que salen en las películas de mafiosos. Rara vez había podido ver objetos de tan misteriosa calidad, y la situación tan callada y con escasa luz lo volvía tétrico. Al principio dude de que rayos estuviera haciendo, pero una vez más me di un impulso de valor y me aproxime al muelle más cercano que había. Era sin duda, un muelle oscuro y tenebroso, carecía de iluminación y emitía ruidos en todas direcciones. Pero al menos estaba ahí. Estaba lista. Era el lugar indicado y estaba dispuesta a hacerlo sin importar nada. Caminé el largo del muelle hasta llegar al final de este, la luz era un poco más nítida pero lo suficientemente buena para poder notar a una persona que estaba ahí sentada. Me causó mucho pánico, pero por alguna extraña razón no pude detenerme y caminé hasta tenerlo a muy poca distancia. Se trataba de un joven no muy alto, algo despeinado y con un horrible abrigo viejo. Parecía que se lo había robado a un vagabundo, o que era uno aunque portaba pantalones ajustados; a pesar de su extraño aspecto, no parecía una amenaza. En cierto momento, hurgo algo de su bolsillo y fuera lo que fuera lo tenía muy interesado. Posteriormente, Susurro algo que sonaba algo así como “Suertudo”, lo que causó que me diera miedo. De pronto, se llevó lo que sacó a la boca. Por el movimiento no pude evitar asustarme y llamar su atención, el cual al voltear se vio tan sorprendido como yo. Tarde comprendí que lo único que quería hacer era sacar un cigarrillo.

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Ambos se miraron mutuamente con una expresión de sorpresa, pero no sabían que decir ante tan incómoda situación. La chica, que se había quedado parada en una postura un tanto neutra tenía más miedo que sorpresa, factor que su compañero varón pudo notar al instante. Para apaciguar un poco las cosas, el joven intentó demostrar que no le haría ningún tipo de daño, al tratar de hablarle un poco:

―¿Qué estas…? Perdón, no sabía que estabas ahí.

El silencio fue la respuesta más sincera que pudo escuchar el muchacho, pues ella aún se veía bastante asustada.

―¿Puedo ayudarte? Quiero decir, ¿Estas perdida o algo?

―Sé muy bien donde estoy ―Al fin contestó la chica, aunque tímidamente― Y agradecería que me dejaras sola.

Su tono de voz tuvo una evolución considerable; comenzó con un inicio tierno y tímido y finalizó con un tono más agresivo.

―Es una noche muy peligrosa ―Contestó tranquilo el joven―, no creo que nadie desee estar sólo en una noche como esta.

―Pues yo lo deseo. ―respondió tajante.

―De acuerdo me iré ―dijo el varón sin moverse―. Espero no haberte ofendido.

La respuesta logró tranquilizar a la chica aunque esta mantenía una distancia considerable hacia él. Antes de pararse, el muchacho vio de nuevo su cigarro y procedió a encenderlo tomándose todo el tiempo posible. Una vez encendido, se paró lentamente, y estaba a punto de marcharse cuando dijo desinteresadamente:

―Tú… ¿Quieres un poco?

A pesar de las pocas esperanzas de aceptación del joven, ella se acercó y tomó el cigarro para después llevárselo a la boca y darle una pequeña bocanada. Su inexperiencia fue notoria cuando ésta comenzó a toser por la irritación del humo.

―Respira un poco ―dijo el joven― tienes que sorber el humo, o lo que lograras será irritar tu garganta. Tal vez el fumar no es para ti.

―Tal vez.

―Tal vez tampoco los muelles a media noche.

―Tal vez.

Las palabras de ella aunque evasivas, comenzaban a enfatizar más confianza, lo que lo ayudó a animarse a hacer la pregunta que lo mantenía tan interesado en ella.

―Y… ¿Qué haces aquí?

Ella lo medito por un momento mientras él fumaba su cigarro; a juzgar por su rostro trataba de crear una excusa para no entrar en detalles aunque de igual modo, sabía que cualquier tipo de excusa tendría un toque de ridiculez al no probar con claridad el estar ahí a esa hora. Dio un pequeño respiro y optó por ser sincera. “¿Por qué no? Es un completo desconocido” Pensó para sí.

―Pues sinceramente… ―Dijo de un tono divertido a un tono más serio― tenía planeado venir hasta acá y acabar con mi vida. Pensaba que podía arreglármelas aquí sin tener que explicárselo a nadie, pero ahora ya no me importa.

Hubo silencio. Otra fumada.

―Escucha, pareces una buena persona ―continuó ella― por favor no quiero que salgas afectado ni nada por el estilo. Es una decisión que he tomado y no creo que puedas decir nada que me haga cambiar de opinión. Estoy decidida. Te ruego que me dejes sola.

Ella no podía comprender por qué a pesar de guardar silencio, él agregaba una ligera sonrisa irónica en su rostro.

―Tienes razón ―contestó él―, no pienso detenerte o cuestionarte, no pienso decirle a nadie nada y créeme, es poco probable que salga afectado.

Más silencio. Esta vez ella fue la que emitió la sonrisa. Una fumada más.

―En vez de eso…

El joven abrió la pequeña caja que tenía a un lado y de esta extrajo un pequeño revolver. La muchacha aunque sorprendida no pareció asustarse.

―…Voy a decirte un pequeño secreto. Yo venía exactamente a lo mismo. Me daré un tiro aquí mismo y si eres gustosa... mi pistola no me será de más utilidad.

La idea aunque sorpresiva no pareció tan descabellada para ninguno de los dos. Ambos se miraron en una especie de complicidad; como si reafirmaran un extraño compañerismo. El cigarro que el joven tenía en la mano fue lanzado a las negras aguas. Se acercaron mutuamente hasta casi sentir la respiración del otro, sonriendo como si se tratara de un último saludo mortal.

Ninguno de los dos sabía por qué el otro quería matarse. No sabían siquiera sus nombres. Cada uno por separado se sentía desconectado del mundo, encapsulados en sus cuerpos y aprisionados por la sociedad; pero juntos... Ahí al borde del gatillo, se sentían conectados y traicionados por la idea de seguir viviendo y averiguar qué ocurriría después. Casi por instinto, se miraron como si fuesen dos amantes apasionados de años y se dieron un beso, ignorando por completo la situación que los traía ahí; como un ritual funerario, un último consuelo. Después de su despedida y sin dejar de mirarse el uno al otro, él apuntó el arma a su cien y cuando iba a jalar el gatillo dijo: “¿No te gustaría aprender a fumar?”.

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