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5 min
Consulta de nueve a dos
Varios |
06.02.13
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Sinopsis

Me alegra pasarme por aquí después de un tiempo y encontrarme esto tan cambiado y con un aspecto inmejorable. Para celebrar la nueva temporada, os dejo este relatito que tenía por ahí guardado. Un saludo a los viejos conocidos.

MÉDICO ESPECIALISTA EN BOSQUIMANÍA INFANTIL

(Se ruega pedir hora con tres días de antelación)

 

            El olor a tinta fresca del nuevo letrero se mezclaba con el aroma a pintura de las paredes recién estucadas, con la fragancia del brebaje que estrena la cafetera, con el perfume de ilusiones que impregna un nuevo proyecto. El doctor Dávila no podía ocultar su nerviosismo mientras se aseguraba que hasta el último detalle estaba perfecto en el día de la inauguración de su consulta médica. Su secretaria había preparado café para todo el día, había zanjado su vendetta particular con el ordenador al instalar los programas de contabilidad, y se había provisto con tres gruesas agendas, en las que esperaba apuntar las citas de los pacientes que estaban por llegar, y que, preferiblemente, serían crónicos. Ahora tan solo faltaba esperar la llegada de dichos pacientes, pacientes que con seguridad aparecerían antes de la hora de comer; que necesitaban dos o tres días para saber de esta consulta que les iba a arreglar sus vidas; que, indolentes y temerosos, dejaban sus problemas de salud para después de las vacaciones escolares.

            La secretaria  admiraba la entereza inicial con la que el doctor Dávila se enfrentaba a aquella sequía, sin duda temporal, de clientes. El doctor dedicaba entonces las horas muertas a escribir densísimos artículos para las publicaciones más prestigiosas especializadas en bosquimanía, a enmarcar su diploma de máster por la Universidad Nacional de Zirkonia, a corregir el fastidioso goteo de la cafetera que a todos desconcentraba. Sin embargo, cuando al cabo de los meses no quedaba en la consulta ningún aparato por arreglar y el cartero ya se había sometido cinco veces al diagnóstico general de bosquimanía, la secretaria empezó a ver síntomas de precariedad en el buen humor de su jefe. Todo empezó el día en que el doctor Dávila apareció por primera vez en la consulta sin lucir su impecable afeitado habitual. Los indicios del declive se multiplicaron desde aquel momento: un día el casero les visitó sin avisar, otro día el teléfono dejó de funcionar, un jueves el doctor por primera vez abandonó la consulta dos horas antes de tiempo. La crisis final llegó la jornada en que la secretaria abrió la puerta de la consulta para encontrarse al doctor Dávila desnudo de medio cuerpo (el medio cuerpo menos presentable) y con dos enormes latas de pintura naranja que utilizaba para embadurnar las paredes con las huellas de sus manos y sus pies. La secretaria prefería no recordar los detalles de la debacle que vino después: la aparición de los enfermeros de verde, la camisa de fuerza que le regalaron al doctor, el murmullo curioso de las vecinas que por primera vez asomaron sus hocicos cuchicheantes al pasillo...

            Al día siguiente, la secretaria se encontraba de nuevo puntualmente a las nueve de la mañana en su mesa. Ya había hecho la jarra de café para todo el día y ahora se dedicaba a cruzar las piernas de las que tan orgullosa estaba y que el doctor Dávila solía mirar de reojo. Nunca había estado por sí misma en la sala de consulta, y la soledad y la precariedad de su realidad se le antojaron hoy mucho más agresivas que otros días. Cuando dudaba entre hacer más café o bajar a comprar sellos, descubrió el sobre gris que había reposado sobre la mesa del doctor durante toda la mañana. El remite contenía las señas del doctor Lugo, el joven jefe de la unidad médica que el día anterior había desalojado al doctor Dávila con tanta brusquedad. En su interior, encontró un informe con datos fehacientemente corroborados que le estremecieron como nunca nada lo había hecho en su vida: al parecer, el doctor Dávila no era médico, ni lo había sido nunca; las prestigiosas universidades en las que alardeaba haber conseguido títulos cum laude no existían sino en su propia imaginación; la propia bosquimanía no era una especialidad reconocida en la práctica médica, ni tan siquiera en la medicina china tradicional, ni en el dominio de los curanderos, ni en las magias autóctonas de los pueblos primitivos…

            La secretaria petrificada, engañada, sonámbula, desconcertada, se dejó caer en la silla agarrando el sobre como si fuera el último resquicio de la realidad. Su mundo se acababa de derrumbar, y no intuía nada con perspectivas de poderlo reemplazar. De lo único de lo que no podía dudar era de la falsedad de todo lo que había vivido durante los últimos cuatro meses, y que con datos tan precisos atestiguaba el contenido del sobre. Al fin y al cabo, el doctor Lugo, tal y como firmaba en el informe, era un chiripitiflólogo homologado.

 

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  • Hola. Una historia muy divertida. Un saludo.
    Mis saludos, caballero. Veo que tienes un merecido y altísimo 4,92 de media. Merecido y desaprovechado, porque no sales en las listas. Bueno, da igual, aquí estamos tus fieles seguidores para apoyarte. Supongo que este relato quiere dar un poco de caña a los embaucadores profesionales. Está un poco diluido. Hay muchos casos reales que superan tu ficción.
    Saludos, Lazaro. Humor destilado el que nos traes y que encierra una fina ironía, después de la sonrisa se queda uno pensando en la necesidad de aferrarse a certezas ajenas que algunos tienen para consolidar su realidad.
  • Publico también este otro relato, cuya primera versión vio la luz hace por estos lares hace unos cuatro años.

    Dice la Encyclopaedia Britannica...

    Hoy me despierto con la satisfacción de haber dormido bien.

    Me alegra pasarme por aquí después de un tiempo y encontrarme esto tan cambiado y con un aspecto inmejorable. Para celebrar la nueva temporada, os dejo este relatito que tenía por ahí guardado. Un saludo a los viejos conocidos.

    Hoy me ha dado por volver a publicar este relato que apareció por aquí hace más de tres años, y que a mí me hace una gracia especial.

    Conversión acelerada al ateismo

    Vuelvo a publicar este relato, que apareció por estos lares hace más de dos años.

    Este lo publico por primera vez.

    Ahora resulta que la sipnosis es obligatoria

    El año pasado me apunté a un taller literario y en una de las tareas nos mandaron continuar un relato a partir de un primer párrafo de Ray Bradbury. A mí me salió esta tonteriita que, aunque no me parece que tenga demasiada calidad, puede resultar refrescante. (El primer párrafo es de Ray Bradbury. El resto, mio)

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La amistad, el amor, la familia, el arte, la naturaleza, el descubrimiento del mundo, la superación intelectual: todo eso representa para mí el 60% de las cosas por las que merece la pena vivir. El otro 40% está directamente relacionado con los placeres derivados del queso.

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