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8 min
Contigo
Amor |
28.07.13
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Sinopsis

Todos, en algún momento, hemos recorrido parte de nuestro camino juntos a otras personas. Lo difícil es saber cuándo nuestro camino ya no es el suyo... y ser capaces de seguir solos por dónde nosotros queremos ir. Pues algo así...

Hay que ver cómo, con el tiempo, cosas que no significaban nada de repente adquieren un sentido nuevo. Eso me ocurrió al volver a escuchar, pasados algunos años, que no llegaban a diez aunque parecían cien, aquella vieja canción. Nunca supe ponerla en relación con nada. Me parecía buena, pero ajena y lejana, hasta que, de repente, sin saber por qué, al oírla ahora de nuevo me pareció que tenía otro significado, que de pronto adquiría sentido. Al menos, para mí.

Yo no quiero un amor civilizado,

con recibos y escena del sofá;

yo no quiero que viajes al pasado

y vuelvas del mercado

con ganas de llorar.

Y pensé en cómo nosotros, nuestro amor, nuestra vida se habían "civilizado", aunque no podría decir cómo ocurrió. El caso es que las risas, las sorpresas, los besos, los abrazos, la intimidad, la complicidad, las fiestas, las copas, los amigos…habían dejado paso a una cotidianidad monótona, aburrida y triste, que llevaba a amargos viajes a tiempos pasados en los que la vida, pintada de colores, aún estaba por vivir. Qué lejos aquellos tiempos de alegría, de despreocupación, de satisfacción, de mirarnos nuestros ombligos, de vivir para nosotros; tiempos en los que todo parecía sencillo. Me pregunto por qué no pudimos seguir así.

Yo no quiero vecinas con pucheros;

yo no quiero sembrar ni compartir;

yo no quiero catorce de febrero

ni cumpleaños feliz.

Quizá fue porque entraron en escena los otros, porque el resto del mundo pasó a ocupar un lugar en nuestro espacio que no les correspondía, aquel lugar que era nuestro, que debió haber seguido siendo sólo nuestro. Pero se instalaron entre nosotros con necesidades innecesarias, tanto celebrar sin motivo, tanta fiesta sin alegría, tanto compromiso sin sentido… Nuestro mundo, aquel en el que éramos felices, se fue desplazando, pues hacía falta sitio para otras cosas, hasta que quedó esquinado por completo.

Yo no quiero cargar con tus maletas;

yo no quiero que elijas mi champú;

yo no quiero mudarme de planeta,

cortarme la coleta,

brindar a tu salud.

Y así, sin darme cuenta, empecé a cargar tus maletas, tus inseguridades, tus deseos, tus aficiones, tus manías… y tú a elegir no sólo mi champú, sino mis lecturas, mis películas, mis bares, mis gustos, mis aficiones y, hasta mis amistades las elegías por mí. Me dejé llevar, no supe replicar, no quise discutir, quedé fuera de lugar. Tú, poco a poco, dejabas de ser tú, y yo ya no era yo. Y aunque no quería dejar mi planeta ni cortar esa coleta, que tanto me gustaba y tan bien me hacían sentir, lo hice sin darme cuenta, sin ser consciente, sin saber por qué. ¿Por no tener problemas o por darte gusto? No lo recuerdo, pero tampoco tiene importancia ya.

Yo no quiero domingos por la tarde;

yo no quiero columpio en el jardín;

lo que yo quiero, corazón cobarde,

es que mueras por mí.

Y aunque no quería esa vida en la que de tu mano me fui metiendo, yo, corazón cobarde, no fui capaz de plantarme, pararme y dejar de caminar. Y acabé compartiendo contigo y con ese mundo absurdo en el que tú estabas cómoda, mi tiempo, mi espacio, mi vida. Acabé viviendo por y para aquello que nunca entendí, viviendo una vida tan lejos de mis sueños, que me consumía y me anulaba. Yo, corazón cobarde, seguí la estela que tú marcabas por inercia, por comodidad, por miedo a volver a empezar, por no decir que no. Por no atreverme a decir que no. Yo hubiera querido recuperar ese sueño de amor en el que parece que la alternativa del amor sólo es la muerte, en el que el amor lo ocupa todo, lo impregna todo, le da a todo un sentido al margen de lo real. Pero no pude, no supe. En realidad, no me atreví.

Y morirme contigo si te matas

y matarme contigo si te mueres

porque el amor cuando no muere mata

porque amores que matan nunca mueren.

Y de forma imperceptible fui viendo como nuestro amor, que no mataba, moría. Fui sintiendo como desaparecía, como iba siendo devorado por la rutina, la costumbre, las convenciones. Y al oír a Sabina, pensé también que el amor si no mata, muere, y lo hace lentamente, casi sin sentir, como nos ocurrió a nosotros.

Yo no quiero juntar para mañana,

no me pidas llegar a fin de mes;

yo no quiero comerme una manzana

dos veces por semana

sin ganas de comer.

Y seguimos adelante, e hicimos lo que se esperaba de nosotros. Y fuimos adaptándonos, haciendo planes de futuro, ampliando la familia, cambiando de casa, entrando por el aro. Cada día, más corrientes, más mediocres; cada día, más tristes, más grises; cada día, más sombríos, más desesperanzados, más resignados a nuestro destino. Quedaron sólo las risas de los niños, las alegrías ajenas; quedaron las barbacoas en tu jardín, las cenas en tu salón; las vacaciones planeadas por ti y aceptadas, sin rechistar, por mí; las fiestas de los niños, las familiares, los compromisos sociales y los amistosos; quedaron las obligaciones sin recompensa, el vacío repleto de nada.

Yo no quiero calor de invernadero;

yo no quiero besar tu cicatriz;

yo no quiero París con aguacero

ni Venecia sin ti.

Y las apariencias se convirtieron en nuestro norte y aquel nosotros con el que soñábamos quedó perdido en un mundo de disfraces y mentiras, en un mundo artificial, un remedo de realidad, una especie de holograma en el que nosotros no éramos nosotros, sino un simple reflejo. Fuimos alejándonos, y los besos dejaron de saber a fruta, las caricias perdieron silenciosamente el poder de tensar nuestros cuerpos y acabaron por desaparecer, y el sexo, antes largo, pausado o frenético, repetido, deseado, febril, se convirtió en un hábito, primero dos veces por semana, después, los sábados, y finalmente… de vez en cuando. Lo más triste es que ni siquiera lamenté que ocurriera, ni me paré a pensar cómo y por qué habíamos llegado allí. Lo peor fue que ni siquiera me importó.

No me esperes a las doce en el juzgado;

no me digas "volvamos a empezar";

yo no quiero ni libre ni ocupado,

ni carne ni pecado,

ni orgullo ni piedad.

Y hablamos de recomenzar, de otra oportunidad, de volver a los principios. Y lo intentamos, bien sabes que lo intentamos, pero no pudo ser. Mi vida ya no llena la tuya; tu mundo no es el que yo quiero; nuestros caminos ya no van por la misma vía. Y hasta aquí. Ya no puedo más, no soporto esta vida que no es vida. Me voy. No hay nada que arreglar, no se puede arreglar lo que está hecho añicos. Ya no quiero seguir así, ya no puedo hacerlo. No te lamentes, no llores, no grites, no amenaces. Ya no tienes el poder de herirme; ya no hay solución ni vuelta atrás. Desperté y no quiero seguir así, y no sólo por mí: también por ti. Ambos nos merecemos otra oportunidad. No hubo culpables ni hubo inocentes, tan sólo disparidad de intereses, objetivos divergentes. Se acabó y me siento mal, pero libre; mal, pero con vida. Sin arrepentimientos pero asumiendo, al fin, de forma consciente mi parte en este fracaso, en nuestro fracaso. Poniendo los cimientos de mi nueva oportunidad, y quizá algún granito en los de la tuya.

Yo no quiero saber por qué lo hiciste;

yo no quiero contigo ni sin ti;

lo que yo quiero, muchacha de ojos tristes,

es que mueras por mí.

No salió o no lo supimos hacer, pero el caso es que así han sido las cosas y ahora, con la  serenidad y seguridad que dan las decisiones firmes y sostenidas, miro atrás y no sé si me equivoqué o no, del mismo modo que tampoco sé cómo encarar lo que tengo por delante ni si sabré afrontar lo que pueda ocurrir. Lo que no quiero es pensar más en lo que pasó, en lo que pudo haber sido y no fue. Y aun sabiendo que no hay retorno, que todo acabó, que tengo una nueva vida por delante, echo de menos aquellos tiempos en los que aún quería morir por ti y esperaba que tú quisieras hacerlo por mí.

Y morirme contigo si te matas

y matarme contigo si te mueres

porque el amor cuando no muere mata

porque amores que matan nunca mueren.

 

Nota: mi reconocimiento. admiración y agradecimiento a Joaquín Sabina, que tanto me ha regalado con su música y sus letras. A mí, además del placer de escucharle, me ha dado la posibilidad de escribir ésta y alguna que otra historia. 

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