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15 min
Contrastes
Amor |
07.09.13
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Sinopsis

Tres concepciones de amor que chocan entre sí, que contrastan con la realidad que les toca vivir a cada protagonista y les hace perder los rasgos significativos de su personalidad que desencadenan un final indeseado.

El amor se puede presentar de múltiples maneras diferentes, la más común es  como un tremendo flechazo en el pecho que puede dejarte sin sentido e incluso te puede hacer recobrar un sentido ya perdido hace muchos años. Otra forma diferente, es cuando se presenta como un extraño rencor o rabia interna que impulsa al ser humano a amar pero contrastando terriblemente con el odio. Para Elena Morales en cambio, el amor se le presentó como una lluvia de sensaciones muy diferentes a lo que se podría denominar “amor”, casi como un encantamiento o un hechizo letárgico que extrañamente le llenó la lengua de un sabor dulce y le iluminó la cara como una muñeca de porcelana.

El joven Roberto Santa Anna se paseaba a esa hora por la dulcería buscando chocolates debido a su conocida afición por los dulces y las delicias. Su estatura y su pelo rubio que encantaba a las mujeres guardaba dentro de sí  el horrible pecado de la gula, claro que para Roberto, eso era simplemente un punto dentro de su propio mapa de mujeres fáciles, dulces y licor hasta perderse en su propio horizonte. Su cuerpo delgado, que desde que era pequeño jamás engordó un solo gramo debido a la genética, nunca se resintió por las parrandas escandalosas de semanas y semanas en el barrio rojo ni nunca mostró cansancio alguno después de alguna jornada sexual junto a las prostitutas baratas. Elena desgraciadamente puso sus ojos en la belleza superficial del hombre y la vez que lo vio posando sus cochinos dedos entre los merengues de la vitrina, nunca más pudo pensar en otro hombre distinto.  Roberto miró a la muchachita y descubrió en sus ojos un universo distinto que no descifró nunca debido a las concepciones tan distintas que tienen los seres humanos para hablar del amor, Elena imaginó en él un macho ideal, mientras que él por su parte, solo la veía como una más.

La mujer entró sin buscar ningún dulce y disimulando serenamente entre los canastitos llenos con colores mágicos. Aprovechando la soledad del paseo de la tarde, Roberto tomó una gomita azucarada y sin quitar la vista de la cabellera de la mujer que yacía de espaldas se la acercó como si estuviera ofreciendo alimento a un animal del zoológico. Elena reaccionó mentalmente y giró sobre sus talones justo cuando la gomita estuvo a punto de tocar sus labios.

-Pruebe- le susurró el hombre en una simple ternura.

Elena comió sin quitar los ojos de Roberto y el azúcar en su boca le pareció aún más dulce que cualquier otro caramelo en su vida. Las sonrisas que se cruzaron, los rizos de la muchacha que insistía en enrollar más con sus dedos y el extraño nerviosismo del hombre que estaba acostumbrado a las mujeres y que por primera vez se derretía y se moría por aquella boca simple y de ángulos perfectos los unió irremediablemente en un torbellino de amor y deseo que ninguno pudo reprimir cuando el joven Roberto invitó a comer a Elena a su casa. La mujer se perfumó ese día más que de costumbre, sus piernas, muy pocas veces exhibidas con tanta docilidad, relucían frente a la luz natural del sol de mediodía mientras caminaba a la dirección apartada y encerrada entre un bosque de pinos que rodeaba la casa a varios kilómetros a la redonda  donde habitaba el hogar de los Santa Anna. Era una casa simple, de techo con tejas coloniales y paredes blancas de cal, hermoseada con cuadros con paisajes campestres y ligeros, desde a fuera parecía como si pendiera del viento, ya que presentaba una inclinación casi imperceptible pero que comparado con el suelo de la llanura, se hacía más evidente. Roberto salió apenas vio a Elena aparecer entre los pinos. Sus pasos bamboleantes  hacían parecer su cuerpo aún más contorneado de lo que era, ya que el ceñido vestido de líneas primaverales se le pegaba al cuerpo debido a la acción de la ventolera que le desarmó el peinado y le dejó el cabello libre y sin  ataduras a su cabeza.

Ni siquiera se trenzaron palabras. Se tomaron de la mano y el joven la llevó a la rebosante mesa repleta de comida donde estaban sentados sus padres. Carmen Lucía Santa Anna, la matriarca de la familia, sentada en la cabecera de la mesa mostraba su rictus severo conocido en todo el pueblo porque era el sello de la honorable familia Santa Anna, cuando Elena entró, le dirigió la mirada juzgante que le otorgaba a cada desconocido mientras que  con sus manos delicadas tomó el tenedor y ensartó una alverja sutilmente mientras se le echaba a la boca.

Roberto de pronto desapareció de la mesa cuando Elena hubo de saludar a Carmen Lucía y a su esposo Antonio, senil después del derrame cerebral. Ni siquiera lo llamó con la voz, simplemente apareció la figura esbelta rubia y delgada en frente de ella y la saludó nuevamente, como si no la conociera.

-¿Roberto?

Los pasos se sintieron desde atrás de ella, las manos se posaron en su hombro y le contestó con la misma voz del hombre que tenía en frente.

-¡Dios mío, no me toques!- rugió Elena al darse cuenta que un desconocido la tocaba y se volteó para ver quién era, y descubrió la extraña cara familiar que tenía en frente, los mismos ojos alegres y la cabellera rubia que conoció en la dulcería. Tenía dos personas idénticas y no sabía a ciencia cierta, quien era Roberto y que pasaba en realidad.

-Tranquila Elena, se me olvidó comentarte que tengo un hermano gemelo. Te presentó a Hernán.- le confesó el hombre que tocó sus hombros, mirando a su viva imagen que le sonreía a la mujer.

-Hola, lamento no haberte dicho, pensé que el zopenco de mi hermano ya te había comentado de mí.

Elena le estrechó la mano casi tiritando, el susto que había pasado y la confusión que tenía en su mente, le cambió la perspectiva que tenia de los Santa Anna y se le pasó por su cabeza una diversidad de pensamientos sobre personas extrañas y horrores cometidos en la televisión o en los libros de terror. El almuerzo fue en silencio, a simple vista se notaba la diferencia de hermanos cuando ambos se sentaron juntos, Roberto por su parte comía lo que se atravesaba por su plato mientras que Hernán con una tranquilidad imperturbable, disfrutaba de cada bocado con sencillez y delicadeza que quizás en el corazón cegado de Elena, le pareció incluso más atractivo. Carmen Lucía terminó y se levantó de la mesa llevándose de la mano a Antonio, que sin haber terminado el plato, la siguió sin vacilar, con su mirada perdida y su sonrisa casi forzada en su rostro. Hernán por su parte, se limpió la boca y se retiró educadamente hacia una habitación cerca de la cocina.

-Te invito a dar un paseo por los bosques cercanos- le propuso Roberto mientras terminaba su plato y le tomaba la mano.

-Bien. -Susurró la mujer.

Los pinos en octubre liberan un aroma cálido y refrescante, para un bosque completo, el aroma intenso se cuela hasta el último rincón de los arboles. Allí Roberto recostó a Elena y a tirones le sacó el vestido de líneas primaverales. Sus respiraciones cambiaron de ser unos suspiros lentos, a una respiración acelerada entre besos y caricias a los pies del pino. El aroma le quedó marcado a Elena en sus narices para toda la vida, ya que Roberto, a pesar de ser muy limpio, exhalaba un tibio olor a caramelos de fresa  que la mujer sintió a lo largo de toda las estadía en el bosque, allí, desnudos como los primeros hombres y haciendo el amor frenéticamente, cómplices de sus propios pensamientos y de sus pasiones guardadas hacia ese momento. Ninguno pensó jamás que eso sería consumar un amor que no alcanzó a durar lo demasiado, porque la fatalidad lo alcanzó en su plenitud, pero en ese momento, mirando las lindísimas esporas que liberaba el bosque y que reflejaba los rayos del padre sol, como si el tiempo se detuviera y el reloj comenzara su lenta marcha hacia atrás, al revés de lo indicado, descubrieron apenas que nacieron en ese momento cuando se unieron entre un mar de brazos y caricias pasionales.

Elena sintió de pronto el sonido quebradizo de un paso entre los troncos, justo cuando la bestia pasional estaba sobre ella. No encontró los ojos que la miraban desde su refugio, pero tampoco tenía la certeza de que era alguien vivo, aunque la excitaba el doble y la hacía suspirar, la sola sensación de sentirse observada.  Cuando al fin los encontró, agachados y escondidos, huidizos a su mirada, descubrió los ojos de Hernán, el hermano gemelo de Roberto.  No le avisó, ni siquiera sintió pudor, solo le agradó que alguien la mirara, y que dos hombres las desearan, le hizo explotar en un éxtasis que el propio Roberto sintió cuando la mujer le arañó la espalda.

-Listo. Susurró la mujer al oído de Roberto.

Los ojos comenzaron a moverse, y justo antes que desaparecieran Elena le guiñó su ojo mientras Roberto se vestía con rapidez.

Volvieron a la casa y aparecieron entre los arboles justo cuando Carmen Lucía salía a caminar por el bosque para distraerse. Hernán se encontraba sentado mirando un libro mientras miraba a Elena de reojo. Antonio se acomodó al brazo de Carmen Lucía y no alcanzó a posar un pie en el suelo, cuando se abalanzó contra la mujer y le cayó encima sin dejarla respirar. Roberto corrió hacia donde su estaba su padre y descubrió que sangraba de la cabeza mientras que su madre apenas podía respirar.

-¡Se ha pegado con una piedra!- vociferó Elena al ver sangrar al anciano.

-¡Hernán, trae el automóvil que voy al hospital!

El gemelo corrió a sacar el chevrolet 1941 y mientras Roberto posaba a su padre en el asiento trasero con Carmen Lucía sujetando un paño en su cabeza, Hernán salió del asiento del conductor y fue a conversar con su hermano.

-Ve a dejar a Elena a su casa- Le susurró Roberto a un oído.

Hernán sintió el irrefrenable deseo de negarlo, pero su madre imploraba que avanzara en el automóvil  y cuando apenas pudo hablar, el automóvil solo era un punto ciego en el camino de pinos y Elena lo miraba con una sonrisa tierna desde el portal de la casa. El hombre entró sin dirigirle la mirada y casi como avergonzado de algo que él ni siquiera había hecho.

-No te aflijas, la envidia es tan natural como el deseo- Le vociferó Elena sin dirigirle la mirada, pero sabiendo que se detuvo y que un escalofrío le recorrió la espalda.

-No es envidia, ni tampoco deseo, de hecho no sé porque te estoy dando excusas- Le dijo el Hernán mientras se acercaba tanto, como para darle la oportunidad a Elena para robarle un beso que definitivamente lo marcó durante el día. Fue un beso tan largo, tan silencioso y transportador, que le valió los muchos años que estuvo sin besar a una mujer y se dejó llevar hasta caer al pasto húmedo mientras Elena lo seguía besando apasionadamente hasta que descubrió entre tanta obnubilación, que era lo que estaba haciendo. Saltó y sin siquiera despedirse corrió por el camino hasta dejar la figura rubia y de cuerpo delgado en la casa que se fue esfumando hasta que desapareció y junto con ella los pinos olorosos que dieron paso a la civilización del pueblo.  

Se sentó en un taburete al lado de una sastrería y comenzó a preguntarse desde cuando sus placeres carnales sobrepasaban los límites de la ética y el tiempo le señaló la tarde en que vio a Roberto Santa Anna comer caramelos en la dulcería del centro. Se sintió pésimo, pero su cuerpo pedía lo que tenía Roberto, el del olor a dulce y por otro lado pedía el temblor y la vergüenza de Hernán el de los ojos huidizos. La última pizca de decencia la perdió cuando Roberto pasó una semana después a caballo y la subió en el lomo para llevarla al bosque de pinos cerca del hogar de su hermano.

-Mis padres están en el hospital, papá recibió un golpe en la cabeza que lo dejó en cama y mamá viene en camino desde allá, pero demorará mucho.

-¿y Hernán?

-Ese mojigato está en la casa durmiendo, ni cuenta se dará.

El pueblo de pronto comenzó a desaparecer y el hogar de los Santa Anna apareció justo para cuando Roberto bajó a Elena y corriendo se fueron por los pinos sonriendo y tocándose, aguantando sus deseos carnales. Hernán apenas vio la figura de Elena entre los pinos y su corazón le indicó el amor que sentía. Su serenidad natural de pronto desapareció y su corazón dominó su mente justo para tomar el revólver cargado de Roberto y salir de la casa en la dirección donde la pareja desapareció.  Los gemidos que salían en alguna parte, como animales indefensos le alertaron sus sentido y los vio allí, a los pies del mismo pino donde los espió la primera vez, Elena lo descubrió, pero de los ojos huidizos ya no quedaba más que el recuerdo por que se veía su expresión de furia cuando apuntó el revólver  en la espalda de su hermano y levantó el martillo para disparar. Roberto alcanzó a abalanzarse sobre su hermano y derribarlo hasta que soltara el arma y fuera a caer justo a los pies de la mujer. Roberto lo tenia del cuello y Hernán apenas podía mirarlo, mientras los improperios entre todos agudizaban el ambiente dentro del bosque.

-¡Perra, mil veces perra!- le gritó Roberto y se distrajo para que su hermano le pudiera encestar un golpe en la mandíbula que lo derribó.

-¡Ahora juega con nosotros Elena, ahora que peleamos por ti!

Elena no pudo si no tomar el arma y no se atrevió a disparar al aire, pero cuando Roberto comenzó a ahogar a Hernán apuntó hacia los dos. La decisión que tomó ni siquiera la pensó, solamente actuó según lo que su mente le decía y cerró los ojos justo cuando disparó. El balazo le atravesó el pecho desnudo a Roberto y un olor dulzón se encerró entre los pinos cuando el joven rubio moría entre vómitos de sangre y maldiciones hacia Elena.

La celda en la cual la encerraron no tenía ninguna ventana. El amor que sintió alguna vez quedó encerrado en un tiempo detenido en el bosque de pinos donde quedó tendido el cadáver de su amor. Su mente, perturbada y en una dimensión diferente, jamás se imaginó que el contraste de dos hermanos le pudiera llegar a tomar la decisión de matar. Ahora estaba sola. Hernán solo era una de las cuantas personas en París, debido al viaje que hizo después de delatarla y Roberto solo era un recuerdo y un olor permanente en su mente. La muerte se le presentó así, de la misma forma en que se le presentó el amor, como una lluvia de sensaciones extrañas y sin sentido que la obligan a actuar, que le crean una necesidad superficial de provocar algo, de sentir y quedarse tranquila en su lugar en el mundo, esperando que los relojes giraran al revés y que el mundo rotara diferente y que ella, ya como lo había hecho una infinidad de veces, volvía a nacer, pero esta vez fue diferente. Solo alcanzó a ver el cinturón en la litera y descubrió que los relojes comenzaron a girar en sentido contrario, para colgarse y quitarse el aire con el que respiraba para recordar la sensación y volver al bosque de pinos donde aún se quedó suspendido el olor a caramelos que alguna vez fueron el centro de un encuentro de amor que terminó de la forma más fatal.

 

 

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  • Aceptando la invitación que me hiciste de pasearme por tus relatos me he topado con esta historia fascinante. Me ha gustado y no unicamente porque me identifique con el nombre del personaje. Me parece estraño el apellido de Santa Anna, yo conozco la forma de Santana (como aquel prodigioso guitarrista), pero le da un no sé qué de aristocrático al nombre, lo cual supongo que era la intención original
    muy buena historia :D sigue asii :D
  • Originalmente llamado "Insomnio"

    Primer proyecto poético (Fragmento)

    Saga de tres partes, el hechizo de sus ojos ha sido creado para conmemorar San Valentín, y así con la historia de Anna Lisa y Rodrigo Descubriremos que dentro de los ojos habita un mundo interior.

    ¿Cuanto puede durar la desesperación humana al tener la muerte tan cerca y tan próxima?, ¿Como la locura se hace presente cuando se pierde a lo que uno se aferra? a ese destello de lucidez, a ese faro de sensatez. Lo oscuro y lo grotesco son platos fundamentales en la psiquis humana, pero yacen ocultos hasta que aparece la situación donde emanan sin control, donde la lucidez y la sensatez, no son reyes en su reino.

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    "El día en que Marisa Contreras vio al payaso del circo llorar supo que su vida sería una sucesión de hechos sin sentidos y opuestos a toda lógica descrita. Pancho el chistoso la visitó esa misma noche en busca de consuelo porque veía el fantasma de su amada por toda su casa"

    Mi primer ensayo. Me gustaria saber que opinan del realismo magico, me gustaria entablar un debate en los comentarios y todas sus criticas, saludos. Pronto haré que lo revise un profesor de mi asignatura, pero espero que ustedes evaluen primero.

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Sobre mi ...Tengo 16 años, lector voraz y seguidor del terror inimaginable de Poe, Maupassant ....y de los mios propios, Amante del realismo mágico de Allende, Garcia Marquez, y de lo cotidiano mágico que puede llegar a ser la vida, cuando se le mira con ojos de un joven lector.

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